¿Por qué no podemos, simplemente, quitar el CO2 del aire?

Las técnicas de “remoción de carbono” disponibles son muy variadas. Incluyen cultivar árboles en tierra firme o bien, algas en el mar; y luego, capturar y enterrar algo del carbono que hayan capturado de la atmósfera. También hay soluciones de ingeniería que “lavan” CO2 directamente del aire, para lo cual se utilizan absorbentes químicos; después, el carbono se recupera, purifica, comprime y licua para enterrarlo en el subsuelo. Todo eso parece muy difícil y costoso; y por lo pronto, lo es.

Tanto la Real Sociedad de Gran Bretaña como el Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos señalan que sería en extremo complicado implementar esos esquemas en una escala lo bastante grande para marcar una diferencia. Sin embargo, un reciente comunicado conjunto de las sociedades de eruditos británicos argumenta que, a fin de limitar el calentamiento global a 2ºC, es necesario que las tasas de remoción de CO2 (CDR, por sus siglas en inglés) durante la segunda mitad del presente siglo sean superiores a las emisiones de ese periodo (es decir, tendría que haber “emisiones negativas netas”). Y eso solo será posible si podemos implementar tecnologías CDR.

Un nuevo artículo publicado en Nature Communications revela cuán grandes son las tasas de remoción requeridas. Aun en el escenario más optimista de IPCC (siglas en inglés del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) para los niveles futuros de emisiones de CO2, hay que remover de la atmósfera al menos unos cuantos miles de millones de toneladas anuales de carbono, incluso hasta 10 mil millones o más, dependiendo de cómo resulte la mitigación convencional.

En estos momentos, emitimos alrededor de 8 mil millones de toneladas anuales de carbono, de modo que la dimensión del proyecto es monumental: comparable con la escala actual de la minería y la quema de combustibles fósiles en todo el mundo.

La remoción de carbono podría reducir problemas como la acidificación del mar. Por ello, un segundo artículo en Nature Climate Change también desalienta el esfuerzo porque demuestra que ni siquiera una remoción de carbono, activa y sostenida, con una tasa de cinco mil millones o más toneladas anuales, bastaría para recuperar las condiciones preindustriales del océano, en la eventualidad de que el esfuerzo se relajara.

No desistir

¿Esto significa que la remoción de carbono es un callejón sin salida y que las investigaciones ulteriores son una pérdida de tiempo (y dinero)? Pues, no. Pero tampoco es una solución milagrosa: la reciente investigación debe servirnos para evitar expectativas poco realistas de que hallaremos una “solución” al cambio climático o que la remoción de carbono es una alternativa a la reducción de emisiones.

Mantener e incrementar esfuerzos para reducir emisiones sigue siendo la primera prioridad crítica. No obstante, desarrollar métodos de remoción seguros y asequibles, que además puedan escalarse para retirar unos cuantos miles de millones de toneladas anuales, nos vendría bien incluso ahora, pues apuntalaría los esfuerzos para reducir las emisiones del gas (que tampoco han resultado fáciles).

A largo plazo, una vez que hayamos eliminado todas las fuentes “fácilmente” corregibles de emisiones de CO2 –generando más electricidad con recursos renovables y capturando carbono de las plantas eléctricas-, todavía tendremos entre manos varias fuentes intratables, como la aviación y la agricultura, que son en extremo difíciles de mitigar.

Será entonces cuando realmente necesitaremos la remoción de carbono, para sacar del aire el CO2 que no podamos contener con facilidad. Más aun, si con el tiempo logramos estabilizar el nivel de CO2 del aire y decidimos que, de cualquier manera, es demasiado elevado y necesitamos reducirlo, la remoción de carbono será la única forma de alcanzar nuestro objetivo.

Un desafío científico colosal

Los métodos de remoción basados en la biología de baja tecnología serán de escala limitada, y no solo por sus efectos colaterales potenciales para los océanos y los conflictos por el uso alternativo de tierras.

Con todo, varios grupos están desarrollando métodos prometedores para captura directa (física y/o química) del aire, tratando de reducir, a niveles aceptables, las demandas de energía, agua, materiales y por supuesto, costos.

A un plazo más largo, alguien podría encontrar un catalizador adecuado para acelerar los procesos de erosión geoquímica que ya están removiendo CO2 del aire (si bien, con una lentitud exagerada para compensar las emisiones humanas). Eso también podría resolver el problema de la eliminación de CO2, sobre todo si podemos evitar el uso de los miles de millones de toneladas de minerales requeridos como absorbentes. Sin embargo, es muy probable que transcurran varias décadas para pasar del laboratorio a la implementación de escala industrial, y ninguna de esas tecnologías se pondrá en práctica hasta que hayamos fijado un precio a las emisiones de carbono para volverlas comercialmente rentables.

La remoción de carbono no es una solución mágica, pero sí una tecnología de vital importancia que casi sin duda necesitaremos eventualmente. Debemos investigarla con diligencia y seriedad, porque se requerirá de tiempo y mucho esfuerzo para desarrollar métodos seguros y asequibles que puedan instrumentarse en una escala masiva.

De modo que debemos continuar la investigación en remoción, no como un posible remedio rápido, sino como una herramienta para el juego final. Es un desafío científico colosal y un reto de ingeniería que exige el tipo de esfuerzo conjunto que dedicamos a la luna o al Gran Colisionador de Hadrones. Y en mi opinión, sería mucho más meritorio.