¿El fin de las guerras culturales?

Me
gusta hablar ante grupos de adultos mayores sobre mi investigación sobre la
guerra cultural estadounidense. Casi todos ellos reconocen la imagen de
Powerpoint del difunto Spiro Agnew, ex vicepresidente y “hombre de
ataque” del presidente Richard Nixon. Nixon fue quien se propuso
atraer a la “gran mayoría silenciosa” de los estadounidenses. El
pronunció un discurso televisado a escala nacional en noviembre de 1969 donde
pidió apoyo para su política de la Guerra de Vietnam, teniendo como telón de
fondo un creciente sentimiento pacifista.

Sin
embargo, fue Agnew quien hizo giras pronunciando discursos en los que se
burlaba de los medios de comunicación de élite que criticaban a Nixon. Los
llamó “nababs del negativismo”.” En palabras dignas de una batalla
entre Foxs News y Jon Stewart, y cada vez más el Congreso de Estados Unidos, Agnew
reveló la utilidad de la “polarización positiva.” Agnew todavía
tiene eco actualmente. Lo que resulta significativo para mí y que es apreciado
por mis estudiantes universitarios, muchos de los cuales no tienen más de 20
años, es la medida en que los ataques de Agnew continúan resonando con el tono
de resentimiento y preocupación que dan forma al debate político de la
actualidad. Es en este contexto que ver a Donald Trump en la cima de las
encuestas tempranas republicanas resulta a la vez sorprendente y esperado. Sin
duda, Trump es un espectáculo (algunos le llaman “payaso”). Podría
ser una fuerza que choque y se queme en las primeras etapas de esta contienda,
pero por ahora, posiblemente esté apelando a algún sentimiento perdurable entre
una parte del electorado. En un discurso reciente que evocaba a Nixon,
Trump dijo, “La mayoría silenciosa está de regreso, y vamos a recuperar el
país.” En frases dignas de Ronald Reagan, el único presente al que todos los
candidatos republicanos tienen en muy alta estima, Trump tiene en su podio el
lema de “Hacer que Estados Unidos sea grande otra vez.” En el reciente
grupo de enfoque del periodista John Heilemann en el que se analizó a Trump, los
encuestados articularon algunas de sus razones para apoyar al fenómeno de Trump
de 2015:

“Habla
con la verdad.”

“No le
importa lo que piensen las personas.”

“Es
como uno de nosotros… además del asunto del dinero.”

“Pienso
que podemos volver a ser un país orgulloso.”

“Para
el pueblo estadounidense, sería una presidencia de esperanza.”

Para tales
partidarios, Trump no es un payaso. Es un héroe folklórico, aunque también es
un extraño recipiente para la expresión del resentimiento. En una era de
ansiedad económica y frustración respecto a la política exterior, resulta predecible
que la crítica a los inmigrantes y el vilipendio a Obama impulsen la
candidatura de Trump. Pero los datos demográficos y de actitud, indican lo
contrario. Estados Unidos es un país cada vez más diverso y los estadounidenses
se aferran cada vez menos a algunos “temas controvertidos” importantes
que han provocado divisiones entre el electorado estadounidense por más de 30
años. Este cambio ocurre en toda la sociedad estadounidense, especialmente
entre los jóvenes. En mi nuevo libro, The Twilight of Social
Conservatism: American Culture Wars in the Obama Era (El ocaso del
conservadurismo social: Las guerras culturales estadounidenses en la era de
Obama), analizo por qué el cambio en la diversidad y las actitudes con respecto
a temas morales ha convertido a Estados Unidos en un lugar tan distinto que
cuando Nixon habló y cuando Reagan gobernaba. El país ha cambiado
significativamente incluso desde hace 10 años, cuando Karl Rove, asesor de Bush,
pronosticó décadas de dominación conservadora en nuestro “país de
centroderecha.” Hay tres razones clave para esto.


Más tolerancia hacia los derechos de los
homosexuales

Lo primero
es que los estadounidenses han cambiado sus actitudes sobre algunos asuntos clave,
como los derechos de los homosexuales y el matrimonio entre personas del mismo
sexo, que alimentaron la guerra cultural.

El
matrimonio entre personas del mismo sexo es ahora una ley suprema en los 50
estados de EE UU. Ese cambio ha corrido en paralelo con un aumento constante en
la opinión pública estadounidense que respalda la reforma legal. No hace mucho,
la oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo era un poderoso “tema
controvertido.” Podría usarse para atraer a los votantes obreros pero
socialmente conservadores hacia los candidatos del Partido Republicano, entre
ellos, George W. Bush, en 2004. Ahora, los estrategas republicanos le restan
importancia a la discusión de este tema. Incluso Rush Limbaugh reconoce que la
aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo es “inevitable.”
Este cambio es, al mismo tiempo, de actitud y demográfico. Conforme la
generación del milenio ha alcanzado la edad para votar, las opiniones
progresistas de sus miembros sobre la moral personal y el poder del gobierno para
intervenir han presagiado un porvenir estadounidense más liberalizado. Setenta
y tres por ciento de los estadounidenses nacidos después de 1981 respaldan el
matrimonio igualitario. El surgimiento de la “mayoría influyente” de los
miembros de la generación del milenio, mujeres solteras y votantes de color que
fue clave en la reelección de Obama en 2012 han reemplazado la dependencia de
los “demócratas reaganianos” que estaban interesado en esos temas
controvertidos.


Los estadounidenses van menos a la
iglesia

En segundo
lugar, aunque aún pertenecen a más religiones institucionalizadas que las
personas en Francia, Inglaterra o Alemania, los estadounidenses se han vuelto
más seculares y menos practicantes.

La
importancia de religión, una base fundamental para el crecimiento de las Mayoría
Moral y la Coalición Cristiana, ha cambiado drásticamente. Los estadounidenses son
más decididamente seculares (o “no afiliados” o “no
pertenecientes a ninguna iglesia”). Los miembros de la generación del
milenio de más de 18 años son el grupo principal, considerándose 35 % no
afiliados. Mientras tanto, los estadounidenses fieles a alguna religión nunca
han sido tan drásticamente conservadores sobre temas como la cobertura de los conservadores
religiosos podría implicar. Por ejemplo, 60 % de los católicos estadounidenses
respaldan actualmente el matrimonio igualitario.

Latinos menos conservadores

En tercer
lugar, los conservadores sociales, como la Organización Nacional para el
Matrimonio, el grupo que se opone al matrimonio igualitario, no pueden esperar
que la creciente presencia latina en unos EE UU tan diversificados pueda
disminuir la velocidad de ese cambio progresivo.

En 2012, el Centro Hispánico Pew descubrió que
más de 50 % de los latinos respaldaban el matrimonio entre personas del mismo
sexo. Los latinos más jóvenes son una gran parte de la población
latinoamericana. Son aún más tajantes en sus opiniones, al igual que sus contrapartes
de la generación del milenio. Los “temas controvertidos” de la
guerra cultural que han tenido éxito durante más de 30 años en la política están
perdiendo poder. Esta “descontrovertización” es lo que caracteriza a
EE UU en 2015, especialmente entre la generación del milenio. Es difícil
imaginar un futuro en el que esta fuerza conservadora social recupere su
importancia y su poder.

Una cosa
está clara: el llamado realizado en 2012 por Reince Priebus, presidente del
Comité Nacional Republicano y su comité para una mayor receptividad de la creciente
diversidad étnica de EE UU no está recibiendo ninguna atención. Aunque las
elecciones de 2012 demostraron el surgimiento de esta potencialmente poderosa “mayoría
emergente”, podía esperarse que el debate del jueves pasara por alto esa
realidad y ofreciera un poco de nostalgia de la época de Nixon.

John Dombrink es catedrático del Departamento de Criminología, Leyes y Sociedad
de la Universidad de California en Irvine. Este artículo fue publicado
originalmente en The Conversation.