En mayo 2014, CNN transmitió las imágenes de un helicóptero ucraniano que era derribado por militantes pro-rusos. Grabado con una cámara de teléfono celular y subidas a los medios sociales, el vídeo aportaba evidencias contundentes de la escala y sofisticación tecnológica del conflicto ucraniano.
Pero el vídeo también era falso; de hecho, tenía un año de antigüedad y procedía de Siria. CNN se retractó de la transmisión y ofreció disculpas, mas el “incidente” aún se debate en los medios sociales rusos y ucranianos.
A la zaga de la Primavera Árabe, el entusiasmo por el poder de los medios sociales alcanzó su apogeo. Y hasta ahora, nada más ha demostrado la misma capacidad para movilizar manifestantes que viven bajo regímenes opresivos pues, según el argumento, al democratizarse la información, los disidentes pueden rebasar el control de los medios centralizados y la maquinaria de propaganda crítica para los Estados autoritarios.
Sin embargo, esa lógica tiene un defecto, como demuestra el vídeo falso del helicóptero. Si bien los medios sociales dieron a los disidentes con habilidad tecnológica una ventaja temporal sobre los gobiernos represivos que no lograban mantener el paso, Twitter y sus análogos regionales al fin han alcanzado a su plena madurez tecnológica.
Igual que la radio y la televisión, los regímenes represivos pueden usar –y de hecho, usan- los medios sociales para consolidar su control del poder. En consecuencia, el efecto neto de los medios sociales en una posible revolución democrática son (en el mejor de los casos) ambiguos. Más aun, negativos.
Esto ha sido desestimado en el entusiasmo por el potencial de los medios sociales. Ese optimismo nos lleva a pasar por alto todo lo que arriesgan quienes detentan el poder, así como su capacidad desarrollar nuevas estrategias usando nuevas herramientas.
Queremos creer en “balas de plata”, esperando que los adelantos tecnológicos correctos empoderarán a los pueblos para emprender levantamientos exitosos. Sin embargo, es igualmente probable que los millones o miles de millones de tweets que envían los disidentes les vuelvan vulnerables, porque son extremadamente visibles, mientras que las respuestas estratégicas de los actores gubernamentales suelen pasar inadvertidas.
Es como una inversión irónica de “Lo que se ve y lo que no se ve” de Frédéric Bastiat. Es decir, en vez de que el pueblo sobrevalore las acciones gubernamentales porque sus beneficios directos enmascaran el coste oculto impuesto a los ciudadanos individuales, las acciones de esos ciudadanos en los medios sociales permiten que la acción del gobierno se oculte entre las personas.
Hace poco salieron a la luz algunos de los usos más famosos y sofisticados de los medios sociales por parte de los regímenes represivos. En un reportaje fascinante, Adrian Chen, de The New York Times, explica las actividades de una siniestra “granja troll” rusa que realiza operativos multiplataforma en gran escala para diseminar información errónea.
En determinado momento, inventó una explosión en una planta de químicos de Luisiana, para lo cual creó un hashtag (#ColumbianChemicals) y recurrió a personas comunes que diseminaron la historia, a sabiendas de que era muy improbable que verificaran los detalles. Ese tipo de operaciones, llevadas a cabo en “suelo extranjero”, demuestran que la organización rusa toma muy en serio los medios sociales. La explosión de la planta de químicos puede haber sido, simplemente, un experimento, una prueba conceptual de lo que puede lograrse con ataques como ese.
Su estrategia básica en los medios sociales consiste en pagar a varias personas para que se hagan pasar, en línea, como simpatizantes del régimen. Es verdad que algunos han actuado como “sock puppets” –identidades ficticias en la Internet- desde que se crearon las primeras redes de computadoras, pero jamás se había visto algo de esta escala o con este grado de coordinación.
Aunque Chen analiza esta práctica generalizada desde la perspectiva rusa, desde hace más de una década se sabe que hay “50 centros” chinos integrados por blogueros y usuarios Weibo que reciben 50 centavos de dólar por publicación pro-gubernamental. Y la presencia de esos individuos en las comunidades en línea, donde manifiestan opiniones favorables al régimen, puede tener un profundo efecto desalentador en los movimientos de protesta.
Los científicos políticos modelan el proceso de protesta y revolución como un “problema de coordinación”. Dicho problema tiene dos partes: el conocimiento individual y el conocimiento común.
Es absurdo actuar aisladamente. Aun cuando yo esté completamente convencido de la perversidad del gobierno y de la necesidad de derrocarlo, no tiene sentido que salga a la calle por mi cuenta, pues acabaré en la cárcel y el gobierno terminará más fortalecido que nunca.
Ahora bien, la fuerza sock puppet del régimen no tiene que persuadir a la disidencia de su error. Lo único que debe hacer es confundir a los inconformes sobre la opinión de los demás. Si los disidentes creen que están aislados y que la mayoría apoya al régimen –o incluso si dudan de lo que piensan los otros-, se mantendrán dóciles, pues no hay manera de obtener información precisa sobre la opinión pública.
Es muy probable que los disidentes sepan que las personas con quienes hablan regularmente no son una muestra representativa; y además las encuestas pueden ser manipuladas o suprimidas. Así que una horda de 50 centros basta para enmascarar el resentimiento generalizado bajo una nube de “aprobación” respaldada por el gobierno.
Y como argumentan Timur Kuran (profesor de economía y ciencias políticas de la Universidad de Duke) y otros, es necesario resolver más que el problema de conocimiento individual: los disidentes también deben solucionar el problema de conocimiento común. Para mí, no es suficiente estar convencido de que todos odiamos al gobierno: para que una revolución sea exitosa, todos (o por lo menos, un porcentaje umbral de la población) necesitamos saber que todos estamos al tanto de que toda la población odia al gobierno.
Por eso los sock puppets y los “trolls de alquiler” son tan poderosos: hacen casi imposible que tengamos una idea clara de lo que piensan los demás y en consecuencia, no hay forma de saber si una revolución será exitosa. Como el conocimiento compartido es crítico para una revolución, la incertidumbre puede ser devastadora.
La competencia entre disidentes y regímenes por las nuevas tecnologías evoluciona continuamente y nadie puede anticipar cuál será el siguiente punto de equilibrio. Con suerte, una consecuencia de la creciente concienciación pública sobre las estrategias en línea de los gobiernos autoritarios será un mayor escepticismo frente a declaraciones infundadas en los medios sociales, así como más profundidad en la forma como percibimos el mundo.