Apenas para aderezar la pésima semana que la fuga del “Chapo”
Guzmán y el fracaso de la Ronda Uno han generado para el gobierno federal, el presidente
del Consejo Coordinador Empresarial comentó que, según sus números y
perspectiva, las finanzas del país atraviesan por problemas similares a los de
Grecia. No se trata de una declaración menor, pues la crisis del país helénico
es el vivo ejemplo del fracaso económico de la Unión Europea, así que la
comparación sí duele, y bastante.
El presidente Guillermo Gutiérrez Candiani mencionó como dato
de referencia que si se tomaran en cuenta los pasivos laborales y pensionarios,
el déficit del sector público ascendería a 150 por ciento del PIB, una cifra
que excedería toda lógica financiera desde el punto de vista de la corriente de
pensamiento económico con que se ha administrado el país durante las últimas
décadas. Es una cifra que riñe con el paradigma de las finanzas sanas y el
balance presupuestal. Y por eso la alarma del líder de los empresarios.
Retomo algo que he comentado en columnas previas: el
endeudamiento no es algo negativo en sí mismo, su existencia no debe valorarse
de forma nociva, al menos no en primera instancia. Algo similar sucede con el
déficit público, pues el hecho de que una entidad gaste más de lo que ingresa
no necesariamente es dañino para su salud financiera. En ambos casos, todo
depende del uso y destino que se le asigne al dinero que se solicita en
préstamo para financiar ese déficit presupuestal.
Así, si un país, estado o municipio decide aumentar sus niveles
de gasto para detonar un proyecto de inversión que generará efectos benéficos
en su economía, lo que a su vez propiciará generación de empleos, incremento de
la infraestructura, plusvalía de los inmuebles, nuevas fuentes de empleo, mejor
asistencia social, entre otro efectos multiplicadores, el déficit y su
financiamiento no serán un inconveniente, pues la derrama económica igual
elevará la recaudación de impuestos y le agregará valor a la sociedad.
Es otra forma de ver el tema: decidir primero lo qué se
necesita hacer, para después buscar las fuentes de financiamiento para
ejecutarlo, y no sólo limitarse a lo que estrictamente se puede realizar con el
presupuesto disponible. Ambas posturas tienen positivos y negativos, y por eso
existen los programas de gobierno.
Es el punto del líder empresarial: en México se ha gastado y se
está gastando por encima del presupuesto anual, sin que se generen efectos
positivos y sustentables de dichas erogaciones. Los excedentes petroleros de la
década previa y el creciente endeudamiento que muestran las entidades
federativas, son un ejemplo de ello: no se destinaron ni se destinan a
inversiones productivas que hoy fortalezcan el PIB nacional. Al contrario, las
plazas burocráticas y el gasto corriente en general, aumentan año con año volviendo
cada vez más obeso el aparato administrativo gubernamental mexicano. Un círculo
vicioso, un barril sin fondo pues. Sin duda que en eso sí nos parecemos a lo
que estuvieron haciendo los griegos durante años.
Si bien la estabilidad macroeconómica del país es tan sólida
que hasta puede presumirse, también debe contemplarse que en los estados y
municipios aún hay muchos pendientes en materia financiera que podrían dañar
seriamente al país. Una muestra son los pasivos pensionarios de prácticamente
todas las entidades públicas que no sólo carecen del fondeo necesario, sino que
ni siquiera se encuentran cuantificados y menos contabilizados. Otro ejemplo es
la inaplicación de la Ley General de Contabilidad Gubernamental, la cual en la
práctica no opera a cabalidad en las entidades, lo que impide contar con la
información financiera indispensable para tomar decisiones a escala país. E
igual sucede con otras obligaciones que representan presión financiera para las
finanzas públicas y que ni siquiera aparecen en los estados financieros de las
instituciones.
Y por eso el endeudamiento de los gobiernos locales crece a
tasas superiores que el producto interno bruto, porque no existen los controles
que permitan frenar la irresponsabilidad financiera de los gobernantes. Lo que
se ha legislado no se lleva a la práctica; y lo que sí se materializa, no sirve
para corregir el hoyo negro que se cultivó durante años. Sin duda entonces que
sí tenemos problemas estructurales en nuestras finanzas públicas.
Su escribidor coincide con el líder empresarial: existen
deficiencias similares que amenazan significativamente la situación financiera
nacional. La diferencia es el nivel de gravedad que han alcanzado esas
incorrecciones. Ojalá que nos animemos a tomar decisiones.
Amable lector, recuerde que aquí le proporcionamos una
alternativa de análisis, pero extraer el valor agregado le corresponde a usted.