Cada mayo, cuando el piloto de aviones comerciales Benja Henderson vuela dentro y fuera de Vientián, la ciudad capital de Laos, tiene que navegar por un peligro perenne: los cohetes que vuelan por encima del gran río Mekong.
Estos proyectiles son parte de un antiguo ritual agrícola. En lo más álgido de la temporada seca en Laos, dice Henderson, se modifican las trayectorias de vuelo mientras miles de aldeanos de norte a sur del país disparan balísticos a la tropósfera durante los boun bang fai, o festivales de cohetes. Los cohetes —tubos de PVC repletos de carbón de leña, excremento de murciélago, azufre y a veces más de 113 kilos de pólvora— son para provocar que el dios del cielo, Phaya Thaen, honre un pacto de enviar las lluvias que hizo con el Rey Sapo, una encarnación de Buda.
Los festivales de cohetes son un recordatorio de que la relación frágil entre la agricultura y el clima en Laos está en peligro. Desde los arrozales fluviales hasta el karst de caliza, la subsistencia de los agricultores de Laos —alrededor de 80 por ciento de la población rural— depende de recibir la cantidad apropiada de lluvia en el momento apropiado. Pero en años recientes, los cambios en el clima global han resultado en largas temporadas de sequía, y luego temporadas de lluvias cortas e intensas que ahogan los cultivos. La inundación destruye alrededor de sesenta mil hectáreas de arroz en Laos anualmente, y se espera que esa cantidad aumente. Los análisis del Instituto Internacional de Gestión del Agua sobre la precipitación en la cuenca del Mekong de 1953 a 2004 mostraron una tendencia de temporadas de sequía más largas, y temporadas de humedad con periodos de precipitación más cortos pero más intensos.
En un domingo reciente en la Aldea Phognern, en las afueras de Vientián, guardias armados escoltaron camiones Hyundai de guirnaldas a través de una serie de vendedores que ofrecían estropajos, detergente para ropa y cuchillos de cocina. Algunos camiones llevaban cohetes en cajones de bambú de 10 metros de largo. En un camión, un monje se sentaba sobre altavoces apilados que atronaban con mor lam, la música campirana laosiana popular en la región; agricultores en harapos siguieron a otro camión, lanzando falos de madera al cielo.
Bajo el alero de una casa con pilotes retirada de la carretera, Khanjana Ounmany sirve whisky de arroz a los amigos sentados en sillas de plástico. “Los campos están muy secos, y el agua del río no es suficiente. Por ello tenemos que pedir que llueva”, dice. Khanjana, quien ahora trabaja para una compañía de arquitectura en la capital, había ido a casa para celebrar el boun bang fai con su familia. Mientras brinda por el comienzo de la temporada de siembra, un gran estruendo hace que los bebedores corran deprisa bajo los toldos mientras un cohete atorado en el espacio entre dos techos de aluminio esparce plástico quemado en sus platos de grillos fritos y cuencos de sopa de sangre de pato.
La población creciente de Phognern y el avance de los suburbios de Vientián ha reducido un poco el festival de los cohetes. “Antes había pocas casas y ningún camino. Todo era campos de arroz”, dice Khanjana. Para los laosianos como Khanjana, el desarrollo ha traído oportunidades desconocidas a sus parientes agricultores. El crecimiento económico ayudó a reducir los índices de pobreza en 6 por ciento en 1992 y en cerca de 23 por ciento en 2013, dice el Banco Mundial.
Muchos en la aldea todavía dependen de la respuesta de Phaya Thaen a los cohetes. La inundación y la sequía, que pegan en momentos e intensidades diferentes a lo largo de la topografía montañosa del país, pueden ser devastadoras para los agricultores de subsistencia, la mayoría de los cuales posee menos de dos hectáreas de tierra. “No podemos tener mucha cosecha del arroz si el patrón de lluvia no es normal”, dice Kiengkay, hermano de Khanjana.
La avalancha de inversiones que ha permitido a Laos tener notables índices de crecimiento en su producto interno bruto en los últimos nueve años le ha añadido presión a los sistemas vulnerables. Entre 2000 y 2009, los acuerdos de tierras laosianas para la industria agraria, la minería, la energía hidráulica y otros desarrollos industriales aumentaron 50 por ciento. El problema es que mucho de este desarrollo ha desmochado el bosque laosiano, y la deforestación deja el suelo más vulnerable a la erosión y reduce la fertilidad. Según el gobierno de Laos, sólo 41.5 por ciento del total de tierras en el país sigue arbolada.
La inversión extranjera mal regulada ha desplazado a la gente igual que al bosque. Los arrendamientos de tierras expulsan comunidades de sus tierras sin una consulta o compensación adecuada. También ha habido hostigamiento gubernamental, intimidación y detención arbitraria de defensores de los derechos de tierras que objetan. Por ejemplo, en 2012 un metraje de CCTV mostró al trabajador de desarrollo comunitario Sombath Somphone al ser detenido por la policía en Vientián y luego subido a una camioneta pickup. No se le ha visto desde entonces.
A pesar del peligro político, muchos están ofreciéndose a ayudar a los agricultores laosianos. Por ejemplo, agencias de ayuda están mejorando los sistemas de gestión del agua e introduciendo variedades de arroz más resistentes al clima. Y tecnologías como el sistema prototipo WeRise del Instituto Internacional de Investigación del Arroz —el cual combina pronósticos del clima en tiempo real con modelos de cultivos y herramientas de gestión de nutrientes para permitir a los agricultores plantar el cultivo más adecuado en el momento apropiado— dan esperanza a algunos. Otros buscan expandir y modernizar una práctica antigua: el cultivo arroz-peces. En estos sistemas biodiversos, peces y otras criaturas acuáticas se cultivan junto con el arroz en arrozales inundados. La comercialización del cultivo arroz-peces en Indonesia y otros países ha mejorado las cosechas de maíz así como las proteínas acuáticas para consumo y venta.
Pero para los agricultores de subsistencia de las tierras altas que labran alrededor de cuatrocientas mil hectáreas fuera de los pastizales de las tierras bajas que el gobierno ha destinado para protección y desarrollo, las perspectivas siguen siendo desalentadoras. Michael Trockenbrodt, quien administra talleres sobre el valor de la biodiversidad en algunas de las áreas más remotas de Laos, dice que a los granjeros se les abandona a debatir por qué sus cultivos están fracasando. “Algunas personas dicen ‘mala suerte’, algunas personas dicen ‘espíritus malos’. Algunas personas dicen directamente ‘deforestaciones’, que ya no tenemos un bosque”, manifiesta.
De vuelta en la Aldea Phognern, una banda campirana tocó para una multitud en un campo cubierto con botellas de cerveza vacías y tafetán. Se había lanzado el último de los cohetes, y los juerguistas bebían bajo las estelas de vapor que desaparecían. En el horizonte, gruesos cúmulos de nubes bloqueaban el sol vespertino.
Phongsavanh Phommavongsa, bañado en sudor, con maquillaje blanco embadurnado en las mejillas, estaba entre los danzantes cerca del escenario. “Los cohetes van a funcionar”, gritó sobre la música. “Si las lluvias no vienen en quince días, pueden cortarme la cabeza.”