“Una alfombra de personas en el mar”

Es una mañana soleada de mediados de abril
en la costa este de Sicilia, y en la distancia, el monte Etna se eleva desde un
mar verde azulado a través de los olivares hasta alzarse como un cono nevado
rodeado de nubes en forma de bolas de algodón. En el centro de este paisaje
mediterráneo, al final de un largo muelle en el puerto de Augusta, se encuentra
una irritante anomalía: un cañonero italiano de color gris, sobre cuya cubierta
trasera se amontonan cientos de personas bajo pesadas mantas marrones. En la
baranda está un hombre de unos 35 años, con una barba alborotada y un bebé en
su cadera. A su lado, una mujer que viste una abaya toma de la mano a una niña
pequeña peinada con trenzas. Sus caras están manchadas de tierra, su cabello
está cubierto de mugre, y sus ropas, que alguna vez fueron de colores
diferentes, son casi indistinguibles bajo las capas de mugre marrón y polvo
blanco. En el soleado y brillante entorno, los refugiados parecen fuera de
lugar, como si pertenecieran a otro lugar y a otro tiempo: como un cartel de
ayuda o una fotografía del Holocausto. Cuando una brisa marina lleva a tierra
el olor de esta apretujada masa, los trabajadores de la Cruz Roja que están en
el muelle retroceden. ¿Cómo es posible seguir vivo y oler tanto a muerte?

La marina italiana rescató a estos hombres,
mujeres y niños, principalmente sirios, eritreos y somalíes, cuando trataban de
cruzar el Mediterráneo. Sin embargo, cuatro días antes, 800 migrantes se
ahogaron cuando su bote se hundió frente a la costa de Libia. Por lo tanto,
este nuevo grupo fue el que tuvo suerte. En general, su viaje les ha costado
sus ahorros de toda la vida y años de sufrimiento. Muchos de los niños
africanos viajan solos. Otros murieron de deshidratación en el Sahara, mucho
antes de llegar a la orilla del Mediterráneo. Algunos llegaron a Libia sin
dinero suficiente para pagar la siguiente etapa de su viaje. Los traficantes de
personas los mantienen como rehenes hasta que logran convencer a sus familias
de que paguen. “Un niño ni siquiera podía contar cuántos de sus amigos han
muerto”, señala Gemma Parkin de Save the Children. “Casi todas las
mujeres han sido violadas.”

“Una maldita pesadilla”

En su oficina del segundo piso en el Palacio
de Justicia de Palermo, Calogera Ferrara enciende un cigarrillo y entrega una
acusación de 526 páginas contra 24 traficantes de personas africanos. Un día
antes, no sólo se ahogaron los 800 migrantes 300 millas al sur, sino que,
además, el Estado Islámico (ISIS) publicó un video donde mostraba la causa por
la que, aparentemente, muchas personas huían: la ejecución de 30 etíopes
cristianos en Libia. Sociable y elegante, Ferrara, un fiscal anti-Mafia, viste
un traje oscuro, chaleco y lentes de color azul claro. Acaba de asistir a una
conferencia de prensa para anunciar un triunfo poco frecuente en la lucha de
Italia contra la migración ilegal. Durante la noche, sus hombres desmantelaron
una red de tráfico de personas y arrestaron a 14 hombres, principalmente
eritreos, en Sicilia, Milán y Roma. Ferrara dice que espera que otras ocho
personas sean detenidas en los próximos días.

Sin embargo, Ferrara no tiene ninguna
ilusión sobre el probable efecto de esa incursión. Todos los días, cuando llega
al trabajo, Ferrara pasa frente una pared de piedra caliza en la que están inscritos
los nombres de 11 fiscales de Palermo asesinados por mafiosos. La constante
amenaza de la Mafia ha obligado a Ferrara y a su familia a vivir detrás de un
muro de seguridad armada. Ver a sus colegas asesinados y revisar balas
extraídas de los rostros de gánsteres son algo normal para Ferrara y sus
colegas. “Excepto esto”, dice, refiriéndose a la acusación,
“esta es una maldita pesadilla.”

Los problemas de Ferrara se derivan de la
ubicación de Sicilia. En el centro del Mediterráneo, a medio camino entre
Europa, África y Medio Oriente, Sicilia ha sido una de las grandes encrucijadas
de la humanidad durante miles de años. Palermo fue fundada por los fenicios en
el siglo VIII A.C., y luego fue conquistada por griegos, romanos, vándalos y
bizantinos, seguidos por los árabes y los normandos, después por los españoles,
los franceses, los italianos y, por último, en una invasión asistida por la
Mafia, por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

El antiguo carácter cosmopolita de Sicilia,
visible en las iglesias que tienen cúpulas árabes y placas con los nombres de
las calles en italiano y en árabe, parece haberla salvado de la tensión
política y racial que da la bienvenida a los migrantes en algunas partes de
Europa situadas más al norte. Una vista de la migración como algo inalterable,
imparable e incluso positivo también ayuda explicar por qué, aunque el número
de migrantes se disparaba, las autoridades tardaron mucho en intervenir.

Pero esto no explica por qué esa inactividad
se mantuvo aun cuando los migrantes comenzaban a morir. Desde 2000, unos 22 000
habitantes del Medio Oriente, asiáticos y africanos, se han ahogado en el
Mediterráneo. Muchos fallecieron en los mares entre África y Lampedusa, la
pequeña isla sureña de Sicilia a tan sólo 180 millas de Trípoli y la parte de
Europa más cercana a Libia. En los últimos 18 meses, el número de personas que
tratan de llegar a Europa, y que murieron en el camino, se ha acelerado. En
2014, más de un cuarto de millón de migrantes trataron de cruzar el Mediterráneo,
de los cuales 3 702 murieron. En 2015, la Unión Europea pronostica que el
número de personas que tratan de cruzar será de más de 500 000, un incremento
que, advierte la Organización Internacional de Migración, podría provocar
10 000 muertes.

El tráfico aumenta por distintas razones:
las guerras civiles en Libia, Yemen, Siria y los dos Sudanes, así como la
represión en Eritrea. Europa no es inocente en estos desastres. La OTAN ayudó a
derrocar a Muammar el-Qaddafi en Libia, la Unión Europea apoyó a un gobierno
étnicamente divisivo en Sudán del Sur, y la OTAN y la Unión Europea han hecho
poco por detener la implosión de Siria. Aún más atrás en el tiempo, como los
africanos que llegan a Europa suelen recordarles a aquellos que se oponen a la
emigración “económica”, la riqueza que atrae ahora a los migrantes
fue amasada, en gran medida, por europeos que emigraron a África en el siglo
XIX en pos de sus riquezas.

Sin embargo, Europa ha reaccionado con
indecisión frente a las noticias de que el Mediterráneo se está convirtiendo en
una fosa común. Italia, con sus finanzas todavía frágiles después de la crisis
financiera de 2008, afirma que no puede permitirse casi ninguna intervención
sin la financiación europea. Y mientras el Papa Francisco y los líderes del sur
de Europa han apelado a un humanitarismo común, más al norte, el número de
migrantes ha despertado una oleada de furia antiinmigración que, en el extremo
más escandaloso, convenció a un columnista del diario británico The Sun de
pedir barcos armados para disparar a los migrantes y obligarlos a volver a
África. Tal ambivalencia es reflejada en acciones confusas. En octubre de 2013,
después de que 366 migrantes se ahogaron cuando un bote se hundió cerca de
Lampedusa, la Unión Europea pagó a Italia para desplegar más patrullas de
rescate. Éstas últimas evitaron miles de muertes hasta un año después, cuando
la Unión Europea decidió que las patrullas alentaban la migración ilegal y
retiró su apoyo financiero. Después de la muerte de los 800 refugiados en abril,
la Unión Europea cambió de opinión otra vez, prometiendo restituir el apoyo.
Simultáneamente, y aun cuando criticó el lenguaje de The Sun, propuso emprender
acciones militares para destruir los botes de los traficantes de personas y
matar o capturar a los traficantes mismos, un plan rápidamente denunciado por
sus propios consejeros.

Esta lenta e incierta respuesta, después de
intentos igualmente dilatorios para abordar la crisis económica de 2008, ha
planteado preguntas sobre la capacidad de la Unión Europea de hacer frente a
las crisis, e incluso, según sus críticos, de funcionar en absoluto. Si hay
alguna nueva esperanza, está la constituye la elite de los fiscales anti-Mafia
de Italia, que han argumentado desde el desastre de Lampedusa de 2013, que el
tráfico de personas es una forma de crimen organizado, el cual afecta a Italia,
por lo que este desastre humanitario se encuentra bajo su jurisdicción. Fabio
Licata, un juez de Palermo que trabaja estrechamente con Ferrara, dice que la
larga experiencia de Italia con la Mafia les da a ellos una ventaja en este
caso. “Tenemos los mejores investigadores sobre el crimen organizado de
toda Europa, incluso mejores que en Estados Unidos”, dice. “Otros
países en Europa hacen frente al tráfico de personas como un problema policíaco
o un problema del orden público. Pero se trata de crímenes contra la humanidad,
tráfico, lavado de dinero, e incluso terrorismo. Conocemos estos fenómenos.
Sabemos cómo combatirlos. Obtenemos resultados.”

Sin embargo, como admite Licata, lo que
Ferrara y otros fiscales están descubriendo sugiere la existencia de una lucha
tan peligrosa y de tan enormes proporciones como cualquier lucha de la Mafia
que Italia haya enfrentado.

“Una operación delictiva como ninguna otra”

FERRARA empezó a investigar a traficantes de
personas la mañana del naufragio en Lampedusa. Ordenó a sus oficiales que
pidieran a los sobrevivientes los números telefónicos de los hombres que los
enviaron en el bote. Al intervenir esas líneas y rastrear las llamadas a otros
números, desarrolló un árbol telefónico con miles de números con ramas que se
extienden desde África a Europa, Medio Oriente, Asia y Estados Unidos.

En 18 meses, él y su equipo grabaron más de
30 000 llamadas. Esas transcripciones, algunas de las cuales Ferrara puso a
disposición de Newsweek, señalan a algunos nuevos sindicatos multinacionales
del crimen organizado que, en conjunto, tienen un valor de alrededor de 7 mil
millones de dólares al año. En ellas, también se identifica al hombre que,
presuntamente, es uno de los traficantes más ocupados y más sofisticados: un
etíope residente en Libia llamado Ermias Ghermay. “Es un criminal
despiadado que, por dinero, ha creado una empresa basada en mercancía
humana”, dice Ferrara. La red de Ghermay ofrece “un servicio completo
a los migrantes, que huyen del centro de África hacia Libia, de ahí a Italia y
desde allí a otro país. Incluye alojamiento, transporte y comida.” Es,
añade el fiscal, una operación delictiva como ninguna otra. Sin un nombre, sin una
base fija, con un número de miembros cambiante y, más excepcionalmente,
“totalmente sin riesgo.” “Con las drogas, si pierdes las drogas,
pierdes tu dinero”, dice Ferrara. “Pero en este caso, pagas con
anticipación. Incluso si los migrantes se ahogan, Ermias ya ha recibido su
pago.”

Newsweek no pudo contactar a Ghermay para
obtener sus comentarios. Sus clientes lo describen como un hombre de
aproximadamente 40 años, bajo y rechoncho. En la conversación, parece una
persona sin educación pero experimentada en la vida callejera. Es dinámico y
fluido en varias lenguas, entre ellas, árabe y tigrinya, la antigua lengua del
norte de Etiopía y Eritrea. Ha trabajado como traficante de personas por cerca
de una década. Al igual que muchos otros traficantes, tiene su base de
operaciones en la costa libia, principalmente en la capital, Trípoli, o en el
puerto de Zuwarah al oeste. Un factor importante para los oficiales de la Unión
Europea que piensan en atacar a los barcos de los traficantes es que Ghermay
considera a los barcos pesqueros de madera y las balsas inflables que compra
como algo desechable: en general, se hunden o son confiscados al atracar en
Sicilia. Eso le ha alentado a buscar las naves más baratas en condiciones de
navegar, eligiendo inevitablemente aquellas que a duras penas flotan. Para
hacer frente a la posibilidad de que sus clientes se acobarden o encuentren
otro bote, Ghermay presuntamente tuvo la idea de alquilar depósitos en Zuwarah
para encerrar a miles de ellos durante varios meses cada vez, después de
confiscar sus teléfonos celulares. Al igual que muchos otros traficantes,
Ghermay organiza a sus migrantes en sus botes por razas. Los sirios pagan más
por viajar en la cubierta superior. Los africanos, que en general tienen menos
dinero, son encerrados abajo sin comida ni agua.

La mayoría de los traficantes parecen
satisfechos al ser simplemente eslabones de una cadena. Pero Ferrara dice que
las llamadas de Ghermay revelan que tiene mayores ambiciones. Para garantizar
un suministro constante de migrantes, frecuentemente se pone en contacto con
traficantes en Sudán, Somalia, Nigeria y Eritrea que conducen camiones a través
del Sahara. Simultáneamente, establece continuamente nuevas relaciones con
traficantes que se encuentran más cerca del extremo de la cadena: en Sicilia,
operando dentro de los centros de migración, o en Roma o Milán, o incluso en
lugares tan distantes como Berlín, París, Estocolmo o Londres. Estos contactos,
a quienes Ghermay llama lisonjeramente sus “coroneles”, llevan a cabo
dos tareas principales, de acuerdo con la intervención telefónica. Mandan y
reciben personas y dinero. Ghermay canaliza el dinero principalmente a través
de agentes de transferencias internacionales en Etiopía, Israel, Suiza y
Estados Unidos. Como parte de su servicio, los coroneles también le dan a los
migrantes el número del coronel que se encargará de la siguiente etapa de su
viaje y la información más reciente sobre las rutas más seguras.

Algunos de los coroneles de Ghermay tienen
espíritu empresarial y se anuncian en Facebook y otros sitios. Y últimamente
Ghermay también se ha diversificado. Para quienes pueden pagar, ha establecido
relaciones con otros contactos que proporcionan pasaportes y documentos de
matrimonio falsos e incluso, usando al menos a un embajador europeo corrupto en
Addis Abeba, Etiopía, pasaportes y visas legítimas, de acuerdo con Ferrara.
Para quienes tienen mucho dinero, Ghermay incluso puede organizar un viaje en
avión.

De este modo, señala Ferrara, Ghermay ha
construido una red global que es una especie de “ventanilla única”. Sus
representantes en todo el mundo pueden ofrecer traslados de cualquier lugar a
cualquier otro, de cualquier forma, por un solo precio. Es un imperio que no
está basado en ningún lugar, está dirigido por un personal que cambia
constantemente, se ajusta a nuevas oportunidades y supera nuevas adversidades.
Licata, el juez, dice que es “un pulpo.”

El secreto del éxito de Ghermay, de acuerdo
con Ferrara, parece ser su encanto. Dedica gran parte de su día a llamar por
teléfono a las familias que pagan los gastos de migración de sus parientes,
tranquilizándolas con respecto a la seguridad, al tiempo que les recuerda
sutilmente la deuda que contrajeron. La cuestión del dinero es especialmente
delicada. Muchos de los eritreos son niños, a menudo bebés, recogidos de
campamentos de refugiados en Etiopía por traficantes, quienes prometen
transporte gratis a Europa, donde afirman que a un niño no acompañado se le
concederá asilo de manera automática, y establecen así una base donde sus
familias pueden reunirse con ellos. Esta es una interpretación flagrantemente
incorrecta del procedimiento de inmigración europeo. También es una estafa. Una
vez que se llevan al niño, la familia descubre que tendrá que pagar su
transporte: alrededor de 1,800 dólares por el viaje al Mediterráneo y a otros
1,800 para cruzar. Hasta entonces, al niño lo mantienen en uno de los depósitos
de Ghermay. Su frecuente éxito al establecer acuerdos en circunstancias tan
apretadas parece basarse principalmente en sus habilidades como negociador.
“No se trata de un robo”, señala un oficial de policía de Palermo que
habló desde el anonimato. “Trabaja con personas y trabaja con la
confianza. Cuanto más digno de confianza sea Ghermay, más personas recurrirán a
él.”

Alcancías humanas

Sicilia, por supuesto, es tristemente
célebre por sus sindicatos del crimen organizado. Así que el poder y la
proliferación de traficantes de personas como Ghermay hace surgir la cuestión:
¿por qué les permitiría la Mafia siciliana ganar cientos de millones de dólares
en su territorio? “Los intereses característicos de la Mafia consisten en
controlar el territorio y controlar la economía”, dice Licata. “No es
posible imaginar que una organización así permanecería indiferente ante la llegada
de los traficantes de personas.”

En diciembre de 2014, los fiscales de Roma
obtuvieron una respuesta. Después de arrestar al supuesto mafioso Massimo
Carminati y 36 personas más dentro y alrededor de Roma, los fiscales emitieron
una acusación de 1,200 páginas en la que se revelaba su profunda penetración en
el gobierno municipal, desde contratos para la recolección de basura y el
mantenimiento de los parques hasta la realización de fraudes electorales,
extorsión y desfalco. El 4 de junio de 2015, los fiscales arrestaron a otras 44
personas como parte de la misma investigación. Las más sorprendentes fueron las
acusaciones de que la pandilla de Carminati, a la que los fiscales denominaron
Mafia Capitale, debido a que tenía su sede en Roma, obtenía ganancias de la
catástrofe de los migrantes en Europa.

La Mafia Capitale no traficaba con personas,
pero una vez que los refugiados llegaban, movía sus influencias para la
construcción y el manejo de los centros de recepción donde los migrantes eran
obligados a vivir. De acuerdo con la acusación, el brazo derecho de Carminati,
un asesino condenado llamado Salvatore Buzzi, dirigía una cooperativa social
que proporcionaba servicios como alimentación y clases de idiomas para
migrantes, una empresa que, según afirma, tiene un valor de 45 millones. En la
acusación incluso se señalaba a Buzzi, acusándolo de azuzar los tumultos
anti-inmigrantes en Roma para alentar al estado a construir más centros para
migrantes, donde los extranjeros estarían seguros. Según se informa, los
abogados de Buzzi y Carminati, que no estuvieron disponibles para hablar con
Newsweek, han negado las acusaciones. Pero los fiscales grabaron a Buzzi
diciéndole a un socio: “¿Tienes idea de cuánto gano con los inmigrantes?
¡Ni siquiera las drogas son tan rentables!”

Se dice que algo que obtuvo incluso más
dinero que la cooperativa de Buzzi fue un contrato por 110 millones de dólares
a tres años para dirigir el centro de recepción de migrantes más grande de
Europa en Mineo, Sicilia oriental. Allí, a los directores se les pagaban 32
dólares por migrante, por alojar y alimentar hasta a 4000 personas. De acuerdo
con la acusación, así como con una investigación distinta realizada por
fiscales en la ciudad de Catania, en la zona oriental de Sicilia, un funcionario
llamado Luca Odevaine coordinó la estafa. Los distintos puestos de Odevaine,
Subsecretario del Gabinete en Roma, consejero de inmigración designado en Mineo
y miembro de la junta de coordinación nacional sobre la inmigración de Italia,
le permitieron distorsionar toda la estructura de inmigración de Italia para
servir a los intereses comerciales de la Mafia Capitale. Las llamadas
telefónicas intervenidas mostraron cómo Odevaine desviaba contratos para
construir y dar mantenimiento a los centros de refugiados para entregarlos a
sus socios, y luego ordenaba que los refugiados fueran enviado a esos centros,
especialmente a Mineo, llenándolos mucho más allá de sus capacidades. Según los
fiscales, no fue un sistema para recibir migrantes sino “un sistema de
corrupción.”

La magnitud de la estafa, y la manera en la
que sus participantes se aprovechaban de una de las crisis más graves de
Europa, sorprendió incluso a las personas que ya se habían resignado a la
penetrante corrupción en Italia. Varios políticos fueron arrestados. Un antiguo
Alcalde de Roma renunció a su puesto en el partido. Pero ninguna cantidad de
arrestos, condenas o suspensiones puede responder la sobrecogedora pregunta que
el asunto plantea: si los encargados de manejar los temas de migración en
Europa ganan dinero con los recién llegados, y más migrantes significan más
dinero para la Mafia y sus aliados políticos corruptos, ¿Europa está
alimentando la crisis?

Cadáveres y mentes destrozadas

El centro migratorio de Mineo es un conjunto
de 403 casas de ladrillos rojos en una agrupación aislada en medio de un amplio
valle. En otra vida, el campamento fue una base militar estadounidense, y con
sus puestos de control, sus cercas de alambre de púas y sus patrullajes en el
perímetro, el sitio aún produce una sensación restrictiva.

No hay transporte público, y la mayoría de
los migrantes no tienen dinero. Pero durante el día se les permiten atravesar
las puertas, y muchos deciden recorrer los senderos rurales que son ahora los
límites exteriores de su mundo. El día de hoy, John de Nigeria y Kadir de
Etiopía han salido por la puerta. John llegó hace 11 meses tras decidir que
Libia, donde había trabajado durante tres años, era demasiado peligrosa. Kadir
llegó hace dos años. Cuando llegaron, a ambos les dijeron que tendrían papeles
que los identificarían como refugiados buscadores de asilo en 35 días. Ambos
tenían planes de viajar a Alemania. Pero cuando las semanas se convirtieron en
meses y los meses en años, finalmente comprendieron. “Este lugar es un
negocio”, dice John. “Nosotros somos el negocio. La mercancía. Nos
retienen aquí y ganan dinero con nosotros.”

Fue precisamente esa clase de enlace entre
el Estado y los criminales al que John trató de escapar viajando a Europa.
Incluso los 2.30 dólares diarios que los migrantes reciben resultan ser otra
oportunidad para que quienes manejan a los migrantes se beneficien de ellos. En
vez de dinero en efectivo, los migrantes reciben crédito en una tarjeta
electrónica que sólo puede ser usada en la tienda ubicada dentro del centro o
en ciertos mercados fuera de él. Parece trivial, pero es un mercado cautivo que
vale cerca de 3.4 millones de dólares al año. En Catania, Riccardo Campochiaro,
un abogado que trabaja con el Centro Astalli, un grupo defensor de los derechos
de los migrantes, describió la detención prolongada de estos últimos en Mineo
como una especie del tráfico estacionario. Su colega, Elvira Iovino, añade que
la sobrepoblación significa que las condiciones son malas. Y sin una manera
legal de ganar dinero, señala Iovino, Mineo ha creado inevitablemente sus
propios negocios ilegales: prostitución, drogas y traficantes que ofrecen un
escape a Europa del Norte en el interior, o trabajo recogiendo fruta por 11
dólares diarios en el exterior. “Nada”, dice Iovino, “Nada
ocurre aquí sin que la Cosa Nostra esté enterada.”

Al parecer, todos se benefician, excepto los
migrantes. John dice que la ironía de arriesgar la vida y gastar cada centavo
para recorrer miles de millas en busca de una vida mejor, sólo para terminar en
un limbo de corrupción, ha destruido la mente de varias personas en Mineo. Uno
puede verlos caminando desnudos alrededor del campamento, dice. Por lo menos
uno se ha suicidado. Ha habido tumultos y fugas masivas. John inclina la cabeza
hacia Kadir, que se recarga pesadamente en un automóvil y mira al horizonte.

Kadir cruzó desiertos y océanos para
“encontrar un poco de libertad.” La gran caminata hacia el norte le
tomó más de un año. Caminó vistiendo andrajos y chancletas, haciendo todo lo
necesario para sobrevivir y pagar la siguiente parte de su pasaje. En el
camino, vio personas morir en el desierto, en la guerra de Libia y en el bote
cruzando el Mediterráneo. Pero cuando llegó, descubrió que todo era más de lo
mismo. Grandes hombres y personas comunes. Los corruptos y criminales
explotando a los honestos e indefensos. Y a Kadir se le han acabado los lugares
a donde ir. “Mi vida no es nada”, dice. “Si muero aquí, aquí
muero. No hay problema.”

Es esa aceptación de la muerte lo que más perturba
a quienes están en la primera línea de la crisis migratoria de Europa. El
capitán Giuseppe Margiotta ha navegado desde Sicilia para pescar langostinos en
las costas de Libia durante 35 años. Últimamente, ha esquivado a los piratas
libios, que pueden tratar de secuestrar su bote de 100 pies, y rescatado a
migrantes que están a la deriva en el mar. La noche de abril cuando se ahogaron
800 migrantes, Margiotta y sus seis tripulantes llegaron al lugar a las 4 a.m.
sacaron el cuerpo de un niño de 15 años. Luego, salió el sol y reveló una
catástrofe. “Ropa por todos lados”, Margiotta dice. “Ropa de
niños, ropa de mujeres, ropa de hombres, chancletas.” Debajo de las
prendas había cuerpos. A Margiotta aún le sorprende lo vivos que parecían
estar. De los 800 pasajeros, los rescatistas encontraron 28 sobrevivientes y 24
cuerpos.

Mientras cuenta su historia, Margiotta
empieza a llorar. También lloró esa noche. “Mis hombres preguntaron, ‘¿por
qué?’” dice. No lloró cuando su bote se hundió una vez ni cuando un incendio
a bordo amenazaba a su familia. “Pero cuando vi este caos, niños de 10 a
15 años sacados del mar como si fueran atunes…” Margiotta suspira. Cuando
vuelve a hablar, dice que tiene un mensaje para los líderes de Europa. Los
traficantes de personas consideran a los migrantes como una mercancía. Para los
políticos, pueden ser lo mismo: algo para ganar dinero o adquirir alguna
ventaja política. “Ustedes [que] se sientan alrededor de la mesa y toman
decisiones”, señala Margiotta. “Ustedes dicen que son civilizados.
Pero si esto ocurre otra vez, vengan y véanlo ustedes mismos. Vengan a ver cómo
se ve una alfombra de personas en el mar.”

Se limpia los ojos. “Lloro porque estoy
furioso.”