La tumba de bebés

En la década de 1930, los arqueólogos empezaron a excavar el ágora ateniense, el mercado en el centro de la antigua ciudad griega. Aparte de toparse con los grandes templos y estatuas por los que la ciudad ahora es conocida, hallaron algo que originalmente pensaron como mundano: un pozo, labrado en la roca firme.

Se impactaron cuando miraron dentro. Allí, hallaron los esqueletos de cientos de perros e infantes humanos. La colección perturbadora de muertos antiguos desconcertó a los arqueólogos. Al paso de los años, los expertos plantearon dos hipótesis principales para explicar el extraño descubrimiento, que es diferente a todo lo encontrado en el mundo antiguo, único tanto en términos de la cantidad de bebés muertos como por la inclusión de esqueletos caninos. Algunos aventuraron que el tesoro podía ser el resultado mortificador de un infanticidio masivo; otros creían que una plaga fue la culpable.

En las últimas dos décadas, un equipo de investigadores ha hecho uso de la más reciente tecnología disponible para analizar los restos. Ellos han concluido que ninguna de esas hipótesis posiblemente sea correcta. Su análisis, pronto a ser entregado a Hesperia, una revista académica publicada por la Escuela Americana de Estudios Clásicos en Atenas, da una nueva y macabra luz sobre la antigua sociedad ateniense. Maria Liston, una antropóloga biológica de la Universidad de Waterloo en Ontario, y su equipo determinaron que había 457 infantes muertos en el pozo, junto con 150 perros y cachorros, y el esqueleto de un adulto con una deformidad física seria. Mezclados con los huesos, hallaron toneladas de cascotes de cerámica. Al fechar este material, Susan Rotroff, arqueóloga de la Universidad Washington en San Luis, calculó que los cuerpos terminaron allí en algún momento entre los años 160 y 15º a.C., al final del período helenista que siguió a las conquistas de Alejandro Magno y poco antes de que los romanos invadiesen Grecia.

Parece que los bebés del pozo tuvieron muertes naturales, y no como parte de una pandemia. Todos los infantes, salvo tres, tenían menos de una semana de edad al momento de su muerte, dice Liston. Su estudio de los cráneos sugiere que aproximadamente un tercio murió de meningitis bacteriana, una infección del cerebro y los tejidos circundantes a
menudo provocada por cortar el cordón umbilical con un objeto sin esterilizar, todavía una causa común de muerte en algunas partes del mundo en desarrollo. La meningitis deja marcas reconocibles en los huesos craneales, dice Liston. Los otros bebés griegos, añade ella, posiblemente murieron de otras enfermedades y problemas de salud comunes en la
época, como la deshidratación por diarrea, que no deja ninguna huella en el esqueleto.

El pozo estaba rodeado de varios talleres de metalurgia abandonados, y en él, los arqueólogos hallaron gran cantidad de trozos de bronce. El cobre de esta aleación, el cual caló en los huesos cuando el pozo fue llenado con agua, tiene fuertes propiedades antibacteriales y posiblemente explica por qué estos materiales están “notablemente bien preservados”, dice Liston.

No obstante, la pregunta es por qué los huesos estaban en un pozo. La respuesta también es una explicación a una discrepancia prolongada en nuestro entendimiento del mundo antiguo. “Sabemos que una gran cantidad de bebés murieron”, dice John Papadopoulos, profesor de arqueología y los clásicos en la Universidad de California, campus Los Ángeles, que no estuvo involucrado en esta tarea. Pero por lo general los bebés no tienen una gran presencia en el
registro arqueológico. Los arqueólogos han hallado algunos bebés enterrados en tumbas, pero en otros casos han, por ejemplo, desenterrado esqueletos de infantes bajo tablas de piso y en vertederos de la ciudad.

Esta última tarea se añade a esos descubrimientos perturbadores, mostrando evidencia de que, en esa época, si un bebé moría, su cuerpo era desechado, no enterrado apropiadamente. Esto se debe a que los bebés griegos, como los de Roma, no eran considerados individuos completos hasta después de una ceremonia especial alrededor de una semana a 10 días después del nacimiento, explica Rotroff. Durante este evento, momento en que al infante se le daba su nombre, el jefe de familia (casi siempre el padre) decidía criar o no al niño. Él podía decidir no criar al niño por varias razones; por ejemplo, en el caso de algún tipo de deformidad, o si la familia era demasiado grande, o si la madre no estaba casada. A veces, un bebé no deseado era abandonado en un lugar público con la esperanza de que lo adoptasen. No era inusual que tales niños fueran criados como esclavos.

Pero si estos bebés no ciudadanos morían antes de esa ceremonia, tal vez terminaban en el fondo de un pozo. Habría sido una ubicación ideal para que las matronas atenienses llevasen a cabo tal acción: al momento de este entierro, entre 165 y 150 a.C., el pozo se habría encontrado en un callejón sin salida cerca del ágora, accesible pero fuera de la vista. Liston reflexiona que ser arrojado en un pozo abandonado bien podría haberse considerado como más respetuoso que el vertedero de la ciudad.

No todos los bebés tuvieron murieron de forma natural. Un infante de 18 meses de edad muestra señales de abuso frecuente: fracturas frecuentes a lo largo del cuerpo, incluido el cráneo, en diferentes grados de sanación. Es posible que se haya encontrado el ejemplo más antiguo de un niño maltratado, dice Liston. Una fractura final de la mandíbula sucedió al momento de su muerte. Estas señales tristes de abuso son tan obvias incluso más de dos milenios después, que Liston dice que ella “iría a la corte… y testificaría que éste era un niño maltratado”, si fuera un caso forense moderno.

Luego están los perros. La zooarqueóloga Lynn Snyder dice que posiblemente fueron sacrificados. Aun cuando aves y ovejas eran más comunes como ofrendas, los perros eran considerados especialmente buenos para mitigar la “contaminación”, dice Liston. El parto, y la muerte de un niño pequeño, eran pensados como circunstancias “contaminantes”, y los atenienses tal vez hayan matado perros para “limpiarse”, dice Liston. Los perros posiblemente eran perros callejeros, los genéricos “perros parias” que todavía se hallan deambulando por las calles de ciudades alrededor del mundo comiendo sobras, dice Snyder. Curiosamente, estos huesos caninos no muestran marcas de un trauma fatal, aun cuando muchos sí tienen fracturas sanadas. Así, se desconoce cómo mataban los atenienses a los perros, aunque quizás fuera mediante sofocarlos, dice Snyder.

Liston y los otros arqueólogos están habituados a crear un “distanciamiento profesional” con los huesos de los humanos que estudian. Pero a veces el trabajo fue un poco oscuro de más. “Cuatrocientos cincuenta y siete bebés muertos; esos son muchísimos padres dolientes y pesares”, dice ella. “Y a veces sólo necesitaba alejarme y hacer otra cosa por un
tiempo… Tiene una pesada carga emocional”. Pero el trabajo la valió, dicen ellos, para entender mejor el sufrimiento de los niños enfermos hace miles de años.

El pozo se encontraba en lo que ahora es un área arbolada y montuosa entre el Museo del Ágora Antigua —el cual cientos de turistas visitan diariamente para maravillarse con los millones que han vivido, muerto y pasado por esta ciudad antigua al paso de los milenios— y el Templo de Hefestos, el cual se ve igual que cuando fue construido hace más de 2,400 años. Ya se han ido los muertos que otrora llenaban el pozo, en su mayoría recién nacidos que nunca saborearon realmente la vida. Todo lo que queda del pozo es una pequeña depresión en el suelo. Allí crece un pino desaliñado, con la forma retorcida de su tronco asemejándose más o menos a un signo de interrogación.