Votar. Ese es el mantra que debemos repetir los ciudadanos a lo largo de la semana y cuya acción debemos ejercer el próximo 7 de junio. Votar para elegir a un hombre o mujer que nos represente en la Cámara de Diputados por los próximos tres años.
Entiendo que los políticos no son precisamente los más populares. Nunca lo han sido. Pero que nos caigan mal no significa que debamos ignorarlos. Hay en cada distrito al menos 10 opciones a elegir. Hay candidatos de todos los colores y rangos del espectro político. Centristas, izquierdistas, conservadores, extremistas e independientes. Todo es cuestión de reflexionar un momento y decidir a cuál de ellos le vamos a dar nuestro voto para que nos represente.
Tal vez mi concepción sea simplista, pero si votas por un candidato y no te gustó cómo actuó en el Congreso de la Unión, entonces a la siguiente elección federal puedes votar por otro, y luego por otro, y otro, hasta encontrar a uno que te satisfaga por lo menos un poco, o a quien consideres congruente con su postura.
Hay que recordar lo simple: basta un solo voto para que un candidato gane. Anular entonces tu sufragio, o no presentarte a votar no ayudará a tener representantes dignos. Necesitamos aprovechar nuestra fuerza (y nuestra molestia) al momento de acudir a las urnas.
No caigamos en el conformismo. No nos quedemos con la frustración. Emitamos un voto y estemos al pendiente del trabajo de quien ganó. No es necesario irle a gritar en la cara para hacerle ver nuestro punto de vista. Basta con saber que si un representante popular fallío, podemos desligarnos de él y de su partido vía elecciones. Eso sí les duele.