Inmovilizada completamente, con el cuerpo envuelto con piel de cerdo para regenerar células y la cara cubierta con placenta, Stefi lloraba pese a tener vendados los ojos y pedía con gritos a su madre que encendieran la luz. Sus seis años edad le impedían comprender que estaba en un hospital para niños quemados, en Galveston, Texas, y que su vida corría peligro. Junto a ella, con la paciencia y entereza que sólo las mamás tienen, Carolina se enjugaba las lágrimas, conversaba con Stefi para intentar calmarla, y se encomendaba a Dios ante la posibilidad de perder a su pequeña.
Los rezos, la destreza de los médicos especializados y una cadena de trabajo solidario permitieron a Stefi, varias semanas después, salvar su vida y regresar a su casa en La Higa, Hidalgo, para jugar otra vez con sus familiares y amigos.
Stefi, Dana Stephany, regresó del infierno de los niños quemados y, salvo por el cabello que apenas le crece, y la piel cubierta totalmente de pequeñas manchas, goza otra vez de una vida normal.
No es la de Stefi una historia de fuego, o agua hirviendo, que le arrancara la piel en un accidente y la pusiera al borde de la muerte, sino la de un caso del Síndrome de Stevens-Johnson, un rarísimo desorden del sistema inmunológico que mata la piel y afecta la mucosas, y que en casos extremos, como el de Stefi, puede provocar la muerte. Es, como describen quienes la atendieron, lo más parecido a quemarse de dentro hacia afuera, un síndrome presente en apenas dos de un millón de personas, y el cual afectó a la menor cuando recibió una medicina para un tratamiento común.
En febrero pasado, durante una consulta en un hospital público de Pachuca, a Stefi le recetaron una medicina cuando el médico intentó eliminar lo amarillento de la piel de la menor y sus ojos rojizos. Al día siguiente, para sorpresa de todos, Stefi lucía toda “colorada” y con pequeñas ámpulas en la piel. Un vistazo del médico en el mismo hospital desestimó algo grave y envió a la niña de regreso a casa. 24 horas después la situación era alarmante. La niña no pudo dormir por la molestia de su cuerpo completamente enronchado y con fiebre. Sus padres decidieron entonces llevarla a un médico particular, quien de inmediato pidió suspender los medicamentos y, de un vistazo, determinó que Stefi podría estar sufriendo el síndrome.
Cuando regresaron al hospital público la niña estaba en completo dolor. Desnuda porque no soportaba la ropa, cubierta apenas con una sabanita, al menor contacto se le desprendían jirones de piel.
Fue internada de urgencia mientras los médicos le preguntaban cómo se había quemado, pensando que la pequeña había sido víctima de un accidente doméstico.
Los medicamentos con los que trataron a Stefi ya internada en el hospital hidalguense resultaron caros. Apenas con un día de tratamiento se necesitaban cubrir casi 80 mil pesos, y conseguir más frascos para la niña.
Desesperados todos sus familiares, la abuela de la menor decidió solicitar ayuda. Primero se comunicó a la oficina de Geraldina García, secretaria estatal de Salud, gracias a una amiga en común. La funcionaria de inmediato ordenó cubrir el costo de las medicinas aplicadas.
Ese mismo día, en medio de la angustia, la abuela de Stefi visitó las oficinas del senador David Penchyna para solicitar apoyo. Allí fue atendida por Jesús Rivera Calderón, responsable de Relaciones Públicas del legislador. La señora se fue del lugar con la promesa de que les ayudarían. Aún no llegaba a su casa y la abuela de Stefi recibió una llamada de la oficina del senador en la cual le solicitaron datos adicionales sobre la menor, y le indicaron que recibirían una llamada de la Fundación Michou y Mau para revisar su caso, pues ya habían hecho contacto con la institución de ayuda.
La llamada desde la Ciudad de México llegó un par de horas después. Avisado por el senador David Penchyna, personal de la fundación para niños quemados (que fundó y dirige Virginia Sendel de Lemaitre) pidió copia del expediente clínico de la menor. Ante la gravedad del caso la fundación decidió trasladar de inmediato a Stefi al Hospital Shriners para Niños, de Galveston, Texas.
Un avión privado y médicos aterrizaron a primera hora del 14 de febrero pasado. En cuestión de minutos se hicieron cargo de la menor, la trasladaron a la aeronave, y emprendieron el viaje a Texas acompañados de la madre de Stefi. En La Higa, comunidad de la periferia de Pachuca, se quedaron el papá de Stefi, José Lorenzo, un bebé de meses, y Susana, la abuela.
A partir de su llegada al hospital especializado en niños quemados Stefi pasó al menos diez días en cama con férulas en los brazos para inmovilizarla y evitar que se tocara. La piel de cerdo con la que la envolvieron ayudó a que su piel volviera a nacer. Lo mismo hizo la placenta que se le colocó en la cara. Sus ojos, uno de los órganos más propensos a dañarse debido al síndrome, permanecieron tapados todo ese tiempo.
A Stefi la raparon para evitar cualquier posibilidad de una infección. Las uñas se le cayeron. Una sonda por la nariz la alimentaba. Fue una pesadilla para la menor y un sufrimiento para su madre. Quien atendió a Stefi fue el director del hospital. Cada noche un payaso visitaba su cuarto para conversar con ella e intentar animarla con cuentos y canciones. Un día, cuando se encontraban solos, Stefi le preguntó a su mamá si estaba en el cielo.
Durante su estancia en Galveston Stefi y su madre, Carolina, recibieron la visita de Virginia Sendel, directora de la fundación Michou y Mau, quien quería conocer el estado de la menor. Venía acompaña de la esposa de un gobernador mexicano, comenta la madre, aunque no recuerda quién era esa señora.
Pasada la urgencia, alejado el peligro de muerte, comenzó para Stefi la segunda parte de su batalla. Volver a comer alimentos sólidos, pues la enfermedad también le quemó la garganta y el tracto digestivo, y hacer terapia para caminar y moverse tras el largo periodo de inmovilización. Le tomó a Stefi 20 días regresar a vivir lo más parecido a una vida normal. El director del hospital y médico de Stefi las despidió con un abrazo.
Hoy, tras su visita al infierno de los niños quemados, Stefi ríe, bromea, se esconde tímida de la cámara cuando se le visita en su casa en Hidalgo. Su cabello es corto y su sonrisa amplia. Pide jugo cuando la abuela ofrece algo a los visitantes. Su cara se ilumina cuando mencionan la fiesta de cumpleaños que quedó pendiente por la enfermedad. Ya no corre peligro. Su piel está manchada pero con el tiempo lucirá como la de siempre.
En su casa hay palabras de agradecimiento a la ayuda recibida. Al médico que la diagnosticó del síndrome. A la titular de salud Hidalgo. Al senador David Penchyna y su equipo de colaboradores. A la Fundación Michou y Mau. A los médicos del Hospital Shriners. Y muchos agradecimientos a Dios.