¿Voces del más allá? Los misterios y relatos de Palacio de Gobierno

Una voz que susurra “alguien nos ve” en una grabación, otra que imita a un locutor en medio del silencio y la figura de una niña de vestido blanco que cruza los pasillos y balcones. Son relatos que tienen algo en común: sus protagonistas aseguran haber vivido experiencias difíciles de explicar dentro del Palacio de Gobierno de Aguascalientes.

La historia del inmueble se remonta a 1665, cuando surgió como una residencia vinculada al mayorazgo de la familia Rincón Gallardo. En 1856 pasó a manos del Gobierno del Estado y, tras siglos de transformaciones, sus gruesos muros y pasillos resguardan no solo los emblemáticos murales de Oswaldo Barra Cunningham, sino también relatos de voces y apariciones que siguen despertando preguntas.

Palacio de Gobierno, siglo XVIII, cuando pertenecía a la familia Rincón Gallardo 

“Alguien nos ve”

Para Alejandra Quezada y Antonio Navarro, el misterio comenzó durante la administración del ex gobernador Luis Armando Reynoso Femat. Alejandra (quien trabajó durante 28 años en la producción de audios institucionales y en la conducción de La Hora Nacional, en su emisión local) se encontraba editando junto a Antonio el material de un video oficial que sería presentado ante el gobernador.

Aunque ella no recuerda el tema exacto de aquella producción, hay una secuencia que guardó con total claridad: Antonio estaba dentro de la cabina haciendo la locución cuando la puerta se abrió interrumpiendo la lectura, por lo que él hizo una pausa, caminó para cerrar la puerta y regresó al micrófono para continuar desde donde se había quedado mientras la cinta seguía grabando.

En ese instante, ninguno de los dos percibió nada fuera de lo común, pues parecía una interrupción ordinaria, pero fue en la tranquilidad de la edición donde la escena tomó un rumbo inquietante.

Al revisar el audio para limpiar ruidos e ir ajustando los volúmenes, Antonio llegó precisamente al punto donde había pausado la grabación y subió la ganancia para escuchar con mayor atención. Escuchó el chasquido metálico de la perilla, la madera cediendo al abrirse la puerta y, de pronto, una voz ajena que no pertenecía a ninguno de los dos, una presencia en segundo plano que arrastraba las palabras, como una especie de lamento helado: “Alguien nos ve”.

“Se escucha muy claramente, pero muy claramente cómo mueve la perilla (…) se escucha y se abre la puerta”, relata Alejandra.

Alejandra Quezada

Sorprendido, en ese momento Antonio la llamó de inmediato para que escuchara el fragmento a través de los auriculares, y la sensación fue tan estremecedora que el aire en la sala pareció enfriarse por completo, según relatan.

“Cuando yo me pongo los audífonos para escuchar más claramente eso, la piel se me puso chinita. Dije: ‘¿Cómo puede ser posible?’”, recuerda ella.

Aquella experiencia se convirtió en la primera psicofonía que lograron identificar (término que se utiliza popularmente para describir supuestas voces o sonidos atribuidos a presencias paranormales).

La duda comenzó a rondar en sus mente: ¿qué o quién observaba desde las sombras?. Y es que en La Hora Nacional, también se incluía una sección llamada La Lechuza, dedicada a rescatar leyendas y relatos locales, lo que llevó a Alejandra a preguntarse si investigar esas historias había influido, de alguna manera, en lo que acababan de vivir.

El eco entre las canicas

La segunda experiencia no tardó en llegar y, a diferencia de la voz anterior, que parecía un lamento distante, esta vez el enigma pareció responderles directamente en la cabina.

Ocurrió mientras preparaban un relato de terror para La Lechuza sobre una familia que escuchaba a un niño jugar con canicas dentro de su casa. Como en aquel entonces no contaban con catálogos digitales para descargar efectos de sonido, debían recrear los ruidos manualmente utilizando objetos reales, por lo que Antonio llevó unas canicas de vidrio a la cabina para hacer la prueba.

Sin embargo, al no quedar satisfecho con el resultado que obtenía, decidió pedirle ayuda a su compañera para lograr el efecto deseado.

“¿Sabes qué? Yo estoy bien menso. Mejor pásate tú y hazlo porque no va a quedar bien conmigo”, recuerda haberle dicho.

Antonio Navarro 

Alejandra entró al área de los micrófonos y comenzó a hacer sonar las canicas, mientras afuera su compañera Rosalinda controlaba la computadora y Antonio permanecía adentro junto a Alejandra. En un momento de la sesión, Antonio se dirigió hacia la consola para preguntarle a Rosalinda si el efecto se escuchaba bien: “¿si se oye?”,  a lo que siguieron dos segundos de silencio antes de que Alejandra respondiera afirmativamente.

Eran cerca de las seis de la tarde cuando apagaron los equipos y se retiraron a sus casas sin sospechar nada extraño, pero la verdadera conmoción aguardaba a la mañana siguiente.

Palacio de Gobierno, actualidad

Cuando Antonio revisó detenidamente la sesión para seleccionar los mejores cortes y eliminar sobrantes, escuchó de nuevo sus indicaciones, los pasos de Alejandra y la pregunta que le había hecho a Rosalinda, pero en esos dos segundos de silencio previo a la respuesta de Alejandra, una voz intrusa irrumpió en la cinta.

“En esos dos segundos de silencio que te platico que se habían quedado en la grabación, se escucha una tercera voz, femenina, que me imita, incluso hace la voz más gruesa porque era la voz de una mujer, y pregunta: ´¿si se oye?”, relata Antonio.

Atónito, volvió a reproducir la pista una y otra vez comprobando que la voz seguía ahí, clara y sin la interferencia habitual de los ruidos ambientales. No provenía de Rosalinda desde el exterior ni era la respuesta de Alejandra que venía inmediatamente después.

“Te juro que parecía una persona que estaba al lado mío”, asegura Antonio.

Navarro, quien se define como una persona escéptica acostumbrada a buscar explicaciones lógicas antes de atribuir algo a lo sobrenatural, reconoce que este suceso aún le resulta desconcertante y que le es difícil encontrar una explicación racional para lo que quedó registrado.

La niña de las colitas 

Las experiencias en la cabina de producción no son los únicos enigmas que flotan en el recinto, pues los antiguos muros de Palacio parecen resguardar sombras que caminan cuando las instalaciones se quedan en penumbras.

Roberto Elías, quien trabajó alrededor de dos décadas en el área de Turismo, recuerda con claridad la historia de una niña de vestido blanco con detalles rojos y olanes, dos trenzas sujetas con moños y una silueta pequeña que cruzaba por los pasillos solitarios. La primera vez que escuchó de ella fue al terminar un evento nocturno, cuando un compañero le pidió ayuda para revisar las oficinas porque acababa de ver a una niña cruzar hacia la antigua sala de gobernadores, con el detalle perturbador de que había atravesado una puerta cerrada con llave, aunque tras buscar por todo el inmueble no encontraron a nadie.

Años después la leyenda se convirtió en una vivencia personal para Roberto cuando, estando en el patio principal, levantó la mirada hacia el balcón de la planta alta y vio a la misma figura cruzar por el barandal , exactamente en la dirección que su compañero había descrito.

“Yo me acordé de los años anteriores, igual, salí corriendo (…) se te hace raro. Se quedan grabadas las imágenes donde ves a la niña: vestido blanco, colitas, moños rojos”, rememora Roberto.

A estas visiones se suma un hallazgo directo que Roberto vivió durante los trabajos de remodelación y mantenimiento que presenció a lo largo de sus veintitantos años de servicio en el edificio. Asegura que, durante las intervenciones (en el sexenio de Carlos Lozano) para sanear el salitre de los muros que dañaba una de las obras de Oswaldo Barra Cunningham, se realizó una profunda excavación en la pared del segundo mural entrando a mano derecha, justo en la esquina que conectaba con la oficina de Turismo.

Mural de Oswaldo Barra Cunningham

Retiraban la tierra húmeda por ambos lados de la construcción para reemplazarla por tepetate seco cuando, al observar detenidamente la parte baja del corte, Roberto descubrió algo que le heló la sangre.

“Justo en esa esquina en la parte de abajo, yo me encuentro dos huesitos, huesos de un niño, digámoslo así, de entre 5 a 12 o 13 años, huesos pequeños (…) no sé si era la parte de un brazo”, relata Elías.

Al percatarse del hallazgo, decidió tomar los restos y entregárselos al encargado de las obras en ese momento, el arquitecto José Luis García Rubalcava, pidiéndole que realizara las investigaciones correspondientes. Sin embargo, al consultar este suceso, el INAH señaló que no cuenta con registros de reportes ni excavaciones en Palacio de Gobierno durante ese periodo, precisando que los antecedentes documentados de hallazgos óseos en la zona centro corresponden únicamente a las obras de los años noventa en la calle 5 de Mayo.

El enigma permanece

Alejandra Quezada se jubiló de la cabina donde pasó casi tres décadas, Antonio Navarro continúa buscando explicaciones racionales sin haber podido descifrar la voz que lo imitó aquella tarde. Y Roberto Elías guarda en la memoria tanto el hallazgo entre la tierra como la imagen de la pequeña de las trenzas que vio en los balcones.

Las psicofonías grabadas en la consola y las visiones en los pasillos no cuentan con una respuesta científica ni con documentación que confirme la identidad de quienes se manifiestan, pero en un edificio tricentenario, las preguntas continúan flotando en el aire.

Fachada del Palcio de Gobierno de Aguascalientes

¿Son únicamente ecos y jugadas de la mente en un entorno antiguo, o el Palacio de Gobierno conserva en sus muros la presencia atemporal de quienes lo habitaron?

Por ahora las respuestas siguen abiertas, y la única certeza habita en el silencio de sus pasillos, y en la sospecha constante de que, en cualquier momento, alguien nos ve.