China ya está en México. Falta convertirla en inversión.

China no es un mercado que México necesite descubrir. Ya está profundamente incorporada a nuestra economía. Está en los componentes electrónicos que utiliza la industria, en maquinaria, teléfonos, autopartes, numerosos utensilios de la vida diaria e insumos que posteriormente forman parte de bienes manufacturados en nuestro país. El problema, desde mi punto de vista, es que esa relación sigue siendo mucho más eficiente para comprar que para vender, atraer capital y construir negocios a largo plazo.

Las cifras permiten dimensionarlo. China es el segundo socio comercial de México en el mundo y el primero en Asia – Pacífico. El intercambio bilateral alcanzó casi 140 mil millones de dólares en 2024 y la asimetría sigue siendo considerable. En abril de este año México exportó a China alrededor de mil 381 millones de dólares e importó poco más de 11 mil 155 millones. Una diferencia cercana a diez a uno en un solo mes difícilmente puede explicarse como un asunto menor de balanza comercial.

A mi juicio, revela una relación económica cuyo potencial está lejos de haberse aprovechado en ambas direcciones.

Precisamente por eso me parece interesante el llamado que diplomáticos mexicanos están haciendo a los empresarios para mirar con mayor atención hacia Asia. No porque China pueda sustituir a Estados Unidos como destino de nuestras exportaciones. Pensarlo así sería desconocer la profundidad de la integración norteamericana. Estados Unidos seguirá siendo, por geografía, infraestructura, inversión y cadenas productivas, el mercado determinante para México. Pero una cosa es reconocer esa realidad y otra muy distinta asumir que toda nuestra estrategia empresarial debe terminar en la frontera norte.

Quienes administramos capital sabemos que la concentración también es una forma de riesgo. Lo es en un portafolio, en una cartera de clientes y, guardadas las proporciones, también en la estructura comercial de un país. Diversificar no significa abandonar el activo que mejor funciona para buscar otro. Significa construir fuentes adicionales de rendimiento y reducir la dependencia de una sola variable. Considero que México debería observar su relación con China bajo una lógica semejante.

Existe, además, una posibilidad todavía más interesante que simplemente exportar más productos mexicanos al mercado chino. Parte de las compañías asiáticas que buscan abastecer Norteamérica necesita acercar producción, proveedores y procesos a sus consumidores finales. México tiene experiencia manufacturera, infraestructura exportadora, talento industrial y una ubicación que difícilmente puede replicarse. Convertir importaciones de componentes en inversión productiva dentro del país permitiría capturar una proporción mayor del valor que hoy simplemente cruza nuestras aduanas.

No es una hipótesis enteramente teórica. Empresas chinas ya operan en México y varias han ampliado su presencia durante los últimos años. Desde mi punto de vista, el siguiente paso debería consistir en ser mucho más selectivos sobre el tipo de capital que queremos atraer.

Una inversión adquiere verdadero valor cuando desarrolla proveedores nacionales, incorpora tecnología, genera empleo especializado y deja capacidad productiva en el país. Importar un producto terminado y fabricar en México con una cadena local robusta producen resultados financieros y económicos completamente distintos.

La dificultad está en que esta oportunidad aparece en medio de una competencia geopolítica evidente entre Washington y Pekín. México no puede ignorarla. Los aranceles aplicados a productos procedentes de países sin tratado comercial, las discusiones sobre reglas de origen y la presión para evitar triangulaciones obligan a distinguir entre atraer inversión productiva y convertirse simplemente en una plataforma para eludir restricciones comerciales. Esa frontera será cada vez más importante para proteger la relación con Estados Unidos sin renunciar a capital y tecnología provenientes de otras regiones.

Ahí considero que México puede jugar una partida mucho más inteligente. No necesita elegir entre Estados Unidos y China como si ambos mercados fueran mutuamente excluyentes. Necesita definir con claridad qué inversiones fortalecen su propia capacidad industrial, cumplen las reglas comerciales norteamericanas y, al mismo tiempo, amplían la presencia de empresas mexicanas en Asia. La estrategia debe responder al interés económico de México, y no a la disputa de dos potencias.

Pero también debemos hacer nuestra parte. Resulta difícil pretender equilibrar una relación comercial si las empresas mexicanas conocen poco el mercado chino, sus canales de distribución, sus consumidores y sus diferencias regionales. Exportar requiere más que producir bien. Exige entender cómo vender, asociarse, financiar operaciones y construir presencia permanente. Empresas mexicanas ya lo han conseguido. El desafío es dejar de tratarlas como excepciones.

Desde mi experiencia, las grandes oportunidades de inversión rara vez aparecen en mercados completamente vacíos. Suelen encontrarse donde ya existe un flujo considerable de dinero, pero todavía hay una parte del valor que alguien no está capturando.

La relación México-China cumple exactamente con esa condición. Movemos cerca de 140 mil millones de dólares y, aun así, compramos muchísimo más de lo que vendemos y recibimos menos inversión productiva de la que el tamaño de la relación permitiría imaginar.

México no necesita darle la espalda al norte para mirar hacia Asia; necesita aprender a hacer ambas cosas al mismo tiempo. Si conseguimos que una parte mayor de lo que hoy importamos se produzca aquí, que más capital asiático construya capacidad industrial mexicana y que nuestras empresas encuentren consumidores del otro lado del Pacífico, el déficit dejará de ser solamente una cifra incómoda. Puede convertirse en el mapa de una oportunidad que todavía no hemos sabido aprovechar. Nw