¿Correr o pertenecer? El fenómeno de los clubes de running y el precio de hacer comunidad 

Hubo un tiempo en que correr era, simplemente, correr. Bastaban unos tenis, o ni siquiera eso, una calle cualquiera y la voluntad de salir. Hoy sigue siendo una de las actividades físicas más accesibles que existen, pero alrededor de ella ha crecido todo un universo de comunidades, carreras, marcas deportivas, cafeterías, contenido para redes sociales y clubes que han transformado la experiencia en algo mucho más amplio que el ejercicio.

Lejos de ser únicamente una disciplina deportiva, correr se ha convertido para millones de personas en un estilo de vida. Representa salud física y mental, disciplina, libertad y superación personal, pero también un espacio para crear vínculos. Los clubes de running han encontrado precisamente ahí su razón de ser: reunir a corredores de todos los niveles para entrenar, compartir objetivos y construir una comunidad donde el sentido de pertenencia pesa tanto como los kilómetros recorridos.

Uno de esos casos es el de Sócrates Café, en Aguascalientes, un negocio que encontró en el café y en el running dos formas distintas de reunir personas. Lo que comenzó como una cafetería terminó convirtiéndose también en un punto de encuentro para decenas de corredores que cada semana salen juntos a recorrer la ciudad.

Para muchos, el primer contacto con este tipo de comunidades ocurre gracias a las redes sociales, como es el caso de María Isabel, quien cuenta que descubrió el grupo viendo los videos que publicaba el organizador en Instagram y que fue precisamente el ambiente de convivencia lo que la animó a asistir.

“Vi los videos que publicaba Yoab y se me hacía muy padre por la comunidad, por la integración de las personas. Dije: ‘Me gustaría ser parte de eso’. Tengo como seis meses viniendo. (…) nosotros batallamos un poquito para hacer cosas sociales y aquí la gente siempre busca integrarte. Con el tiempo conoces la historia de todos y terminas sintiéndote realmente parte de la comunidad”, expresó.

Diego llegó por recomendación de un amigo. Lo que comenzó como una invitación ocasional terminó convirtiéndose en una rutina de casi dos años.

“A mí me costaba muchísimo correr. Sabía que era importante porque ayuda física y mentalmente, pero siempre se me complicaba. Cuando llegué aquí vi a toda la gente unida, apoyándose, diciéndote ‘no lo sueltes’, ‘no te rajes’, y eso me ayudó muchísimo en muchos sentidos”, relató.

Para Angélica, el grupo apareció justo cuando buscaba retomar una actividad que había tenido que abandonar tras una lesión.

“Es mi primera vez. Yo ya había intentado empezar, pero me fracturé el pie y terminé postergándolo (…) lo que más me gusta de correr en grupo es que cuando lo intentas hacer sola es muy fácil decir ‘hoy no, mañana’. Pero cuando tienes una red de apoyo te animas mucho más y ya no lo dejas”, indicó.

Del café al running

Detrás del proyecto está Yoab Aréchiga, propietario de Sócrates Café, quien asegura que nunca imaginó que un negocio dedicado al café terminaría convirtiéndose también en una comunidad deportiva. Paradójicamente, correr era la actividad que menos disfrutaba cuando practicaba deporte.

“Toda la vida hice deporte, pero correr era algo a lo que yo me negaba. Después, en una etapa muy complicada de mi vida, una roomie me despertaba todas las mañanas para salir a correr porque decía que necesitaba liberar la cabeza. Empecé a correr, luego a juntarme con pequeños grupos y todo fue muy orgánico”, externó.

La comunidad creció al mismo tiempo que su cafetería. Lo que comenzó con una pequeña mesa vendiendo café y pan terminó trasladándose a un espacio donde hoy conviven clubes de lectura, reuniones y entrenamientos.

Para Aréchiga, la diferencia entre correr solo y hacerlo acompañado no está en la velocidad.

“Hay una frase que me gusta mucho: solo puedes llegar más rápido, pero juntos podemos llegar más lejos. La diferencia está en la motivación. Tener a alguien al lado que te impulse hace que creas más en ti mismo. Ver a otra persona esforzándose también te hace esforzarte”, destacó.

Aunque asistir a los entrenamientos es gratuito, existe un pago único de 250 pesos para quienes desean integrarse al grupo de WhatsApp y participar en actividades adicionales.

Y justo es ese “esquema” que ha generado críticas en redes sociales, donde algunos cuestionan por qué alguien pagaría por “correr”. Yoab responde que la verdadera experiencia va mucho más allá de simplemente salir a la calle.

“Venir a correr aquí es gratis. Ese pago único es solamente para quienes quieren estar en el grupo de WhatsApp y enterarse de eventos. Sobre quienes dicen ‘¿por qué pagar por correr?’, creo que muchas veces son personas que nunca han vivido esa experiencia. Lo mismo pasa con las carreras: no pagas por correr una calle; pagas la logística, la hidratación, la seguridad, los paramédicos, la organización. Todo eso forma parte de la experiencia”, dijo.

Cuando correr también habla de privilegio

Sin embargo, el crecimiento de los clubes de running también ha abierto otra conversación; una mucho menos cómoda. Porque, aunque correr siga siendo una de las actividades más económicas que existen, la cultura que hoy la rodea ya no siempre lo es.

Los tenis especializados pueden costar varios miles de pesos, las inscripciones a carreras, la ropa, los relojes deportivos, los geles energéticos, los cafés de especialidad después del entrenamiento y el tiempo libre necesario para entrenar varias veces por semana son recursos de los que no todas las personas disponen.

El propio Yoab lo reconoce: “Sí, es un privilegio. Existe una virtud que se llama ocio, que es muy distinta a la flojera. Es el tiempo que dedicamos a aquello que nos hace querer vivir. Para tener ocio primero necesitas negocio; necesitas trabajar. Hacer ejercicio, poder estar aquí platicando en la mañana, sí es un privilegio. También salen caros los tenis, el transporte, la ropa, las carreras. Pero al final cada quien decide en qué gastar su dinero. Hay quien lo gasta en otras cosas; nosotros preferimos invertirlo en salud”, sostuvo.

Y quizá ahí está la contradicción más interesante de esta nueva cultura del running, porque correr nació como una actividad, por así decirlo, democrática: cualquiera puede hacerlo, casi en cualquier lugar y sin pedir permiso. Pero alrededor de ese acto tan simple se ha construido una estética, una identidad y, en algunos casos, una forma de consumo que puede hacer sentir que para pertenecer hay que vestir cierta marca, frecuentar determinados espacios o tener la posibilidad económica de seguir el ritmo que impone la comunidad.

La discusión, entonces, no está en si 250 pesos es mucho o poco y tampoco en si alguien debería o no pagar por obtener beneficios dentro de una comunidad. La pregunta de fondo es ¿en qué momento una actividad tan elemental como salir a correr comenzó a rodearse de membresías, experiencias, marcas e identidades que pueden hacer sentir que pertenecer también tiene un precio?

Los clubes de running han demostrado que el deporte puede convertirse en amistad, apoyo emocional y una red que ayuda a las personas a mantenerse constantes. Pero también reflejan una realidad más amplia: incluso las actividades más sencillas terminan atravesadas por las desigualdades. Porque correr sigue siendo gratis. Lo que cada vez parece costar más es formar parte del estilo de vida que se ha construido alrededor de ese primer paso.