Cada 27 de junio, el mundo conmemora el Día Internacional de las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas. Para algunos puede parecer una fecha más en el calendario económico. Para México, debería ser una llamada de atención nacional.
Porque hablar de MiPyMEs no es hablar de estadísticas frías. Es hablar de la tienda que abre antes de que salga el sol, del restaurante donde trabaja toda una familia, del taller que heredó el oficio del abuelo, de la estética que sostiene a una madre, del hotel pequeño que da vida a una comunidad, de la agencia de viajes, la fonda, la papelería, el mercado, la cafetería, el comercio local y el prestador de servicios que todos los días levanta la cortina para sostener la economía real.
En México, una empresa familiar es mucho más que un negocio. Es una unidad económica donde una o varias personas vinculadas por lazos familiares participan en la propiedad, influyen en las decisiones y buscan que el esfuerzo continúe por una o más generaciones. Es patrimonio, empleo, identidad, arraigo y futuro.
Por eso, cuando hablamos de negocios familiares, hablamos del corazón de la economía nacional.
México cuenta con alrededor de 6.1 millones de MiPyMEs, que representan 99.8% de las unidades económicas del país. Son la base de la actividad productiva, del empleo y del consumo interno. Sin embargo, la realidad es dura: solo 33% opera en la formalidad y 67% permanece en la informalidad.
Durante años se ha querido explicar la informalidad como una falta de voluntad del pequeño negocio. Esa lectura es incompleta y, en muchos casos, injusta. La mayoría de los negocios familiares no elige la informalidad por comodidad; muchas veces cae en ella porque formalizarse resulta caro, lento, confuso y excluyente.
Cuando un trámite exige días de espera, copias, traslados, firmas autógrafas, visitas presenciales, requisitos distintos entre municipios y criterios que cambian según la ventanilla, el mensaje al pequeño negocio es claro: crecer cuesta demasiado.
Y cuando crecer cuesta demasiado, la formalidad deja de ser una oportunidad y se convierte en una carga.
Ahí está el reto de fondo: la formalidad no se impone, se hace conveniente.
Un negocio familiar no necesita más obstáculos. Necesita reglas claras, trámites simples, seguridad, financiamiento, digitalización, capacitación, acceso a mercados y piso parejo. Necesita que el Estado sea facilitador, no laberinto. Necesita que abrir y mantener un negocio sea tan fácil como pagar con el celular.
México fue ubicado en 2026 como el segundo país más complejo del mundo para hacer negocios. Ese dato no debe leerse como una condena, sino como una oportunidad para actuar. La complejidad regulatoria no afecta igual a todos. Una empresa grande puede contratar abogados, contadores, gestores y consultores. Un pequeño negocio familiar, no. El dueño del negocio es también quien compra, vende, atiende, cobra, paga nómina, resuelve problemas y, además, debe cumplir con una carga administrativa que muchas veces fue diseñada sin pensar en su realidad.
Por eso desde CONCANACO SERVYTUR México hemos insistido en una idea sencilla: la simplificación debe llegar al último mostrador.
No basta con anunciar reformas desde el escritorio. La transformación se mide cuando una persona puede abrir su negocio sin miedo, renovar un permiso sin corrupción, pagar sus obligaciones sin perder días de trabajo, digitalizar sus operaciones sin costos abusivos y entrar a la formalidad sin sentirse castigada por hacerlo.
En este sentido, reconocemos la apertura del Gobierno de México, encabezado por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, para avanzar en una agenda de simplificación y digitalización. Desde CONCANACO SERVYTUR hemos trabajado con su equipo y con la Agencia de Transformación Digital en la construcción de la Ventanilla Única de Establecimientos Mercantiles, una herramienta que responde a una demanda histórica del comercio organizado: menos filas, menos discrecionalidad, menos trámites repetidos y más certeza para los negocios familiares.
Pero el siguiente paso es decisivo: que estados y municipios la implementen.
Ya no hay pretextos. Cada presidenta y presidente municipal debe entender que un trámite innecesario no es solo un papel más: puede ser la diferencia entre abrir o no abrir, contratar o no contratar, invertir o quedarse detenido. Cada minuto que pierde un negocio familiar también cuesta. Cuesta ventas, cuesta empleos, cuesta confianza y cuesta crecimiento.
La economía real no vive en los discursos. Vive en las calles, en los mercados, en los centros históricos, en las plazas comerciales, en los barrios, en los pueblos mágicos, en los corredores turísticos y en las comunidades donde el comercio, los servicios y el turismo sostienen la vida diaria.
Por eso la agenda de los negocios familiares debe ser una agenda nacional. En CONCANACO SERVYTUR actuamos en siete frentes: formalidad, simplificación, digitalización, seguridad social, financiamiento, seguridad y fortalecimiento del consumo local. No se trata de una lista de buenos deseos; se trata de una ruta concreta para convertir esfuerzo en oportunidades y resistencia en crecimiento.
La formalidad debe venir acompañada de beneficios visibles. Si un negocio se formaliza, debe acceder a crédito, capacitación, seguridad social viable, herramientas digitales, participación en compras públicas, promoción comercial y protección frente a delitos como la extorsión. De lo contrario, seguiremos pidiendo a millones de personas que entren a un sistema que les exige mucho y les devuelve poco.
También debemos entender que la recuperación económica solo será verdadera si se siente en la caja registradora del pequeño negocio. México no crece únicamente cuando crecen los grandes indicadores; México crece cuando vende la tienda de la esquina, cuando se llena el restaurante familiar, cuando un hotel recibe visitantes, cuando una fonda contrata a una persona más, cuando un comercio local cobra con tarjeta, cuando una empresa puede pagar nómina y seguir abierta.
Ahí está la economía que debemos cuidar.
El Día Internacional de las MiPyMEs debe servirnos para dejar de romantizar el esfuerzo del pequeño negocio y empezar a construirle condiciones reales. No basta con decir que son el motor de la economía. Hay que quitarles piedras del camino.
Porque no es falta de esfuerzo. Es falta de condiciones.
Y cuando el país crea las condiciones correctas, los negocios familiares responden: invierten, generan empleo, compran local, pagan impuestos, fortalecen comunidades y construyen futuro.
La formalidad no debe ser una amenaza. Debe ser una puerta.
Una puerta para crecer, para acceder a derechos, para competir mejor, para proteger el patrimonio familiar y para que millones de negocios puedan pasar de la supervivencia al desarrollo.
Ese es el México que debemos construir: un país donde abrir un negocio no sea un acto de resistencia, sino una decisión de prosperidad.
Porque cada trámite que se simplifica puede ser un negocio que nace.
Cada negocio que se formaliza puede ser un empleo que se conserva.
Cada familia que emprende puede ser una historia de movilidad social.
Y cada cortina que se levanta es una señal de que México sigue de pie.
La formalidad debe convenir, no asfixiar.
Ese es el reto. Y también, la oportunidad.
Por Octavio de la Torre de Stéffano
Presidente de CONCANACO SERVYTUR México / Asamblea Nacional de Empresas y Negocios Familiares.