Dulcería Rangel: El arte de preservar la tradición a base de dulce artesanal

En Aguascalientes quedan pocos lugares donde el tiempo parece detenerse, pero la Dulcería Rangel es uno de ellos. Al cruzar la puerta, el desfile es un constante ir y venir de proveedores que entran y salen surtiendo los tradicionales chamucos y el pan del día, clientes que buscan frutas confitadas, y mostradores de vidrio que protegen y presumen los dulces y el oído noble de la señora Juanita. Con una paciencia de esas que ya no abundan, ella atiende las historias de su barrio y, de vez en cuando, regala un dulcecito a quien ve pasando un mal día.

“Es mi buena acción del día; a mí no me hace más pobre y a ellos les cambia el semblante”, platica en entrevista con NW Aguascalientes.

En la calle Benjamín de la Mora, en el emblemático Barrio de Guadalupe, este negocio familiar no solo ha resistido el paso del tiempo, sino que ha crecido gracias a la nostalgia y buen gusto de sus clientes. La historia comenzó en 1988. 

“Iniciamos vendiéndolos fuera de aquí. Vendíamos en el mercado, en las calles, fue donde yo inicié. Y ya después aquí empecé en la puerta, con una mesita”, recuerda Juanita. El oficio lo heredó de su suegro, quien aprendió desde chico en León antes de mudarse a Aguascalientes, y de su esposo, a quienes ayudaba en la fabricación. Hoy, 27 años después de haberse establecido formalmente en ese local, la tradición sigue intacta.

Aunque hoy Juanita se dedica exclusivamente a su negocio (todos los días, sin falta) de 10 de la mañana a 8 de la noche, la producción en los talleres de Dulcería Rangel no para. Su esposo, tres de sus hijos, un nieto y cuatro empleados se encargan de las hornillas y las frutas.

El volumen de producción actual es sorprendente: procesan cerca de una tonelada de camote, calabaza y chilacayota por semana, además de elaborar unas 200 barras de dulces de leche. Todo bajo un proceso artesanal estricto. 

“Son dulces naturales, no llevan conservadores. Tienen que estar hirviendo constantemente porque si los dejan, a veces un día sin hervir, se te pueden echar a perder”, explica. El proceso completo de reposo en almíbar dentro de los cazos puede tomar hasta una semana antes de que el dulce esté listo para salir al mostrador.

A pesar de la competencia de las golosinas industriales, Juanita asegura que el negocio, lejos de contraerse, ha crecido bastante, impulsado fuertemente por temporadas como la Feria Nacional de San Marcos, cuando los paisanos y turistas regresan buscando el sabor local. Para surtir la demanda actual, cuando la fruta escasea en la región, la traen directo de Guadalajara.

El perfil del consumidor, sin embargo, ha cambiado con los años.

 “Las personas adultas son las que más lo consumen. Ya a los niños de hoy no mucho les dan… la mayoría quieren cosas picosas, gomitas con chile”, comenta Juanita. Aun así, relata con gracia cómo en su local todavía se libra una pequeña batalla cultural.

 “Hay uno que otro papá que les dice: ‘No, no, no, de ese encuentras en la tiendita de la casa. Agárrate un dulce de leche, agárrate una cocadita, mira’. Sí hay quienes les dicen a los niños, cómete de esto'”.

Mientras el mercado se llena de productos idénticos, repletos de conservadores y en serie, la familia de Juanita apela al valor del tiempo, del hervor constante y del trato gentil. Gracias a ese empuje familiar, a las frutas azucaradas que todavía tientan a todas las generaciones y a la nobleza de Doña Juanita (quien sabe que un dulce sabe mejor cuando se acompaña de un oído dispuesto), los dulces artesanales en Aguascalientes no solo se mantienen vivos, sino que se comparten cada día como una buena acción que endulza la cotidianidad del Barrio de Guadalupe.

Puedes encontrar a la Dulcería Rangel aquí:

https://maps.app.goo.gl/6NgGYBqpor1wHCLJ6