La mañana del viernes 20 de febrero de 1998 Sergio Ramírez recibió una llamada.
—Te llaman de España —le dijeron—. Es Carlos Fuentes.
Se puso al teléfono.
—¿Qué hora es en Managua? —escuchó la voz del autor de Aura.
Un poderoso sentido de irrealidad comenzó a gobernarlo. El corazón le golpeó más fuerte en el pecho. La emoción de lo ominoso comenzaba a dibujarle una sonrisa en el alma.
—Ganaste el Alfaguara —anunció Fuentes. Agregó: —Es un premio doble, no dividido. Lo ganó también Eliseo Alberto. Lichi —recalcó con entusiasmo.
Eliseo Alberto lo ganó con Caracol Beach y Sergio Ramírez con Fin de fiesta.
—Solo que al jurado no le convence tu título. Sugieren otro: Margarita, está linda la mar…
Sergio Ramírez aceptó sin chistar. Ciento setenta y cinco mil dólares del premio constituían un buen argumento; además, el nuevo título no era malo. Hacía alusión a una parte medular de su novela: el momento en que Rubén Darío le escribe un poema en el abanico de una niña de nueve años. El año, 1907. La niña: Margarita Debayle. El poema dice: “Margarita, está linda la mar / y el viento / lleva esencia sutil de azahar; / yo siento / en el alma una alondra cantar; / tu acento: / Margarita, te voy a contar / un cuento…” Esa niña, al paso del tiempo, se convertiría en cuñada del dictador Anastasio Somoza García (el asesino de Augusto Sandino) y en tía de Anastasio Somoza Debayle (derrocado por la revolución sandinista). Con un lenguaje rico en descripciones, incluso barroco, a ratos cursi, a ratos no exento de crueldad, en su mayoría poderosamente bello, que rebosa pasión por la literatura, Margarita, está linda la mar une a esta niña ya convertida en mujer con la historia convulsa de Nicaragua, entre dictaduras e intentos por derrocar a los tiranos. Como él mismo lo ha dicho: “Por la familia Somoza siento odio como demócrata y fascinación como escritor”.
Sergio Ramírez quedó, tras la llamada de Carlos Fuentes, en la soledad de su estudio, frente a la computadora apagada, y mirando por la ventana un árbol de capulín, “me sentí en medio del vacío absoluto, un vacío feliz”.
CINEMA PARADISO
En el principio fue el cine. A los cinco años, proyectada sobre una sábana, vio una película de una mano cortada que, llena de vida y venganza, estrangulaba a quien se le pusiera enfrente. A los 12 años fue operador de la única sala de cine en Masatepe, el Cine Club, propiedad de su tío Ángel Mercado, un hombre alegre y desgarbado. Lo había adquirido tras la muerte de su dueño, fulminado de un infarto al ordeñar una vaca. Supo de cambiar rollos y proyectar películas (“vi Cinema Paradiso y me dije: esa es mi vida”). Se hizo ahí de una sólida cultura cinematográfica. Seguramente, el lenguaje del cine fue su primera escuela literaria. Se le despertó la imaginación y el gusto por las historias. El oficio solitario de proyectar películas y de escribir novelas y cuentos.
A los los 14 años ya publicaba uno que otro relato y a los 21, su primer libro. Le seguirían hasta la fecha más de 50 obras como Castigo divino, Un baile de máscaras, Catalina y Catalina, El cielo llora por mí, Adiós a los muchachos y Sara.

DESENCANTADO con el camino que tomó el sandinismo, en 1994
decidió marcar su distancia con Daniel Ortega. FOTO: INTI OCON/AFP
Escribe diario, sin parar, de ocho y media de la mañana a la hora del almuerzo (“cinco horas de trabajo cada mañana es bastante”). Es un escritor profesional, su vida es la literatura. Ocho años, sin embargo, se pasó sin escribir: cuando se lanzó de lleno a la Revolución Sandinista. Tenía el alma henchida de utopía y la esperanza de los rebeldes por un destino mejor. La fascinación romántica de querer cambiarlo todo. A eso dedicó su vida. A esa Nicaragua tan violentamente dulce, como la llamó Cortázar. No empuñó el fusil sino las ideas. No usaba ropa de combate sino trajes que le mandaba Fidel Castro desde Cuba o camisas blancas de algodón. Al triunfo de la Revolución entró a una muy festiva Managua en un carro de bomberos al lado de figuras como Tomás Borge y Daniel Ortega.
Fue nombrado vicepresidente. Se trató de una época llena de romanticismo y de problemas prácticos, entre la injerencia norteamericana a través de los Contras y los distintos egos armados (de manera literal) con su propia idea de cómo gobernar. A la distancia, reflexiona: “Nací bajo una dictadura dinástica —de medio siglo— oprobiosa, obscena. Tenía esa espina clavada y acepté la empresa de derrocar esa dictadura y asumir sus consecuencias: la toma del poder. Fue parte de mi vida, un episodio muy importante, pero no es mi vida y eso les pasa a muchos escritores en América Latina porque a la conciencia creativa del escritor hay que añadir su conciencia ciudadana. En Estados Unidos, un escritor así sería visto como un rara avis y, en Europa, los escritores que se meten en política siguen siendo escasos. Pero en América Latina a nadie la parece extraordinario”. Agrega: “Cuando pienso sobre mi vida pasada, creo que, si alguien me hubiera propuesto entrar en la política en una circunstancia normal, jamás hubiera aceptado, pero estábamos en una revolución, en una situación absolutamente extraordinaria y eso lo justifica”.
VA A NEVAR EN NICARAGUA
“Nicaragua es blanca”, se titula uno de los primeros cuentos que leí de Sergio Ramírez. Está en Charles Atlas también muere, publicado en el lejano 1976 por Joaquín Mortiz en su legendaria serie de El Volador. Es la historia de un viejo meteorólogo que predice algo extraordinario: va a nevar en Nicaragua. Se las ingenia para comunicárselo al mismísimo presidente (por supuesto, uno de los Somoza), a quien despierta. Una vez que escucha tan inverosímil noticia, el presidente regresa a su cama, no sin antes ordenar: “Me lo agarran, ya”, y lo encierran en la cárcel. Lo sueltan cuando el servicio meteorológico de Estados Unidos confirma lo predicho: va a nevar en Nicaragua. ¿Cómo lo supiste?, interroga al viejo meteorólogo. Estudié en Renania, antes de la Primera Guerra Mundial, responde. “¿Y hasta ahora pudiste averiguar lo de la nieve?”. “Es que hasta ahora se da el caso, señor”. El presidente decide darles todo el crédito a los norteamericanos. Aprovecha el encendido del árbol de Navidad y la presencia del embajador estadunidense para anunciar: “Recibiremos como una bendición del cielo una nevada”. Hace calor, pero la burguesía se viste con gruesos abrigos y bufandas. El propio presidente ha preparado un trineo para desplazarse junto con su esposa por la nieve. Nada pasa. No nieva. El presidente manda traer de nuevo al viejo meteorólogo y lo amenaza de acusarlo “por burla institucional a los supremos poderes del Estado”. Este se defiende: no fallaron mis cálculos, sí nieva, pero no aquí, en Managua, sino en otras partes del país. En efecto, en una amplia región cayó nieve “menuda y líquida”, una “especie de lluvia de motas de algodón”. El río se heló y las temperaturas cayeron a 15 grados bajo cero.
“Nicaragua es blanca”. Y hoy Nicaragua es Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes. Lo curioso es que el presidente parece no haber cambiado. De la dictadura de Somoza a la autocracia de Ortega no hay más que una revolución de diferencia.
DEVORADO POR SATURNO
A Sergio Ramírez le gusta ese retrato de César Augusto Sandino pintado por el maestro Arnoldo Guillén: “Ligeramente inclinado, el rostro afilado bajo el ala del sombrero Stetson, Sandino empuña en ese retrato un fuete con pomo de plata, y bajo la solapa del saco asoman las cabezas de un juego de lapicero y estilográfica”. Ese retrato parecería enunciar un destino: la lucha antiimperialista y la pluma como arma. A los 17 años presenció una matanza de estudiantes (cuatro muertos y 60 heridos a manos de la Guardia Nacional) y eso marcó su vocación política y su lucha antisomocista.
Desencantado con el camino que tomó el sandinismo, en 1994 decidió marcar su distancia con Daniel Ortega. Este lo defenestró como jefe de la bancada sandinista. Se trató de “una conspiración urdida desde la sombra por los mismos compañeros de mi vida”, y “muy pronto me vi puesto bajo las baterías que el partido reservaba para sus peores enemigos”. Lo llamaron traidor y lanzaron una campaña de infamias contra su familia. Lo cuenta en Adiós, muchachos. Una memoria de la Revolución Sandinista, aparecido en 1999. Este libro, dijo, “no es un arma de venganza, sino una manera de reconstruir la historia de la Revolución”, como se lee en sus páginas. Al final utiliza la imagen de Saturno para comparar su situación. Él, Sergio Ramírez, era un hijo de la Revolución y a su revolucionario padre, representante de una ortodoxia no acorde con los tiempos, no le importaba sacrificarlo con tal de permanecer como dios. “Es el precio incesante que se paga en las revoluciones de las que otros, los más despiadados y mejor dotados para la mentira y el cálculo, terminan apropiándose”.

SERGIO RAMÍREZ: “La literatura crea una realidad. Es una
mentira que tiene que ser verdadera”. FOTO: INTI OCON/AFP
“Tengo más lectores que electores”, se sonríe al recordar esos días (fue, además, fundador en 1995 de un partido político, el Movimiento Renovador Sandinista, que fracasó casi estrepitosamente en las urnas). Y también ha dicho: “Quisiera ser visto como un escritor que pasó por la vida pública y no como un político que pasó por la escritura”.
SOY ESTRÁBICO
Carlos Fuentes llamó a Sergio Ramírez artista supremo de Nicaragua: “La selva ronda, la violencia irrumpe, la sonrisa humaniza…”, sintetizó su poder creador.
El también autor de El cielo llora por mí, donde volvió a incursionar en la novela policiaca (antes lo había hecho con Castigo divino) bajo la forma de dos soldados sandinistas que persiguen cárteles de la droga en Nicaragua, opina que el gran triunfo del escritor es hacer que quien compra una novela y comienza a leerla, aun a pesar de saber que es una ficción y dudando de la existencia de sus personajes, termina convencido de que realmente existen. El escritor, para él, resuelve esa incertidumbre a favor del lector, y crea un mundo imaginario que pueda pasar por real.
Alto (1.83 de estatura), el ojo izquierdo se le extravía como distraído debido a un pronunciado estrabismo. Su primer recuerdo tiene que ver con este defecto de su visión: “La Mercedes Alborada me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca y me envuelve en una sábana, y mientras se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio. Pero mientras se acerca de regreso veo que una imagen suya, más débil, comienza a desprenderse hacia un lado desde la principal, y luego la estoy viendo dos veces. Veo dos veces su trenza gorda y brillante que cae a un lado de su cuello. Es que soy estrábico, y así recordaré a partir de entonces las imágenes de las personas y de las cosas, y no me causará ninguna extrañeza. Ver doble será lo natural para mí, y no sé que no se pueda ver de otra manera”.
Le gusta la frase de Stendhal: “La belleza nunca es más que una promesa de felicidad”. Casado desde siempre con Gertrudis (cuyo nombre ha desaparecido por el más cariñoso de Tulita), uno de sus hijos, Sergio, combatió en los frentes de batalla; a sus 75 años casi no peina canas, le gustan Los Tigres del Norte y es llamado doctor, por tener estudios de derecho.
El Premio Cervantes premia a un escritor que ha sido congruente con sus ideas. Para él, hacer literatura es querer cambiar el mundo. “La literatura crea una realidad”, ha dicho. “Es una mentira que tiene que ser verdadera”. Silvia Cherem, quien lo entrevistó ampliamente, ha dicho: “En él vive siempre la esperanza de rehacer el mundo: con la powlítica o con la literatura”. Ejerce “el viejo arte de mentir”, que es el ejercicio de contar historias, con los trucos de la “falsificación y el engaño”, pero con la verdad de la disciplina, el talento, las utopías probables y las ganas de contar historias que duren. Centroamérica tiene otra vez un escritor digno de sus tragedias y epopeyas.