Desde las primeras tomas —una madre y su hija vuelven a casa
tras una tensa visita a la universidad—, Lady Bird, la nueva e indeleble
película (y debut como cineasta) de Greta Gerwig, está colmada de los
sufrimientos perceptibles de la adolescencia: cada desdén y cada traición resultan
abrumadores y devastadores; cada ademán coqueto va imbuido de una promesa imposible;
el nombre de cada amado debe escribirse en la pared de la alcoba con un
marcador.
La historia, que comienza en 2002, hace la crónica de un año
tormentoso en la vida de Christine “Lady Bird” McPherson (Saoirse Ronan), una
joven de 17 años en el último año de bachillerato cuyo sobrenombre favorito
encarna su espíritu libre (“¿Es el nombre que te impusieron?”, pregunta una
maestra impaciente en su escuela católica. Sí, responde: “Es el nombre que me
impuse yo misma”). Lady Bird ha teñido su cabello de rojo y posee un conocimiento
impresionante de los éxitos de Alanis Morissette. Se compromete con todo —trátese
del teatro escolar o de perseguir a un chico presuntuoso— y lo hace con un
entusiasmo espléndido y un individualismo feroz.
El título operativo de la cinta era Madres e hijas, y mucho
del peso emocional estriba en las disputas constantes del personaje principal
con su madre, siempre irritable (interpretada con admirable complejidad por
Laurie Metcalf), quien ama a la hija, pero es incapaz de expresarlo. Lady
Bird está desesperada por escapar de lo que considera la mediocridad
anónima de su hogar y su ciudad natal (Sacramento, California), a fin de
reclamar para sí un poco de grandeza. No obstante, sus calificaciones distan
mucho de ser grandiosas y, como insiste en recordarle su madre, su familia no
puede costear estudios en Yale o Columbia; apenas pueden pagar una colegiatura
en el estado.
Gerwig se reveló como una guionista dotada con Frances
Ha (2013) y Mistress America (2015), cada cual sobre mujeres jóvenes que
enfrentan ambiciones creativas y complicadas traiciones personales en la Ciudad
de Nueva York de la era de Obama. Ambas fueron colaboraciones con su pareja, el
autor-director Noah Baumbach (creador, este año, de The Meyerowitz Stories [New and
Selected]). No obstante, Lady Bird es toda suya y más parece
un esfuerzo personal, pues detalles de la trama evocan la crianza de Gerwig en
Sacramento. En las entrevistas, la autora rechaza el término “autobiográfico” y
enfatiza que su Lady Bird, desenvuelta y rebelde, poco se parece a ella en la
adolescencia (el personaje es expulsado de una asamblea escolar por fanfarronear
ante un orador antiabortos; planifica cuándo y cómo perder la virginidad;
persigue de manera implacable —y conquista— a un chico lindo de su clase de
teatro y, luego, en una de las fabulosas secuencias tragicómicas de la
película, descubre que el galán es gay).
Gerwig no estelariza —ni actúa— la cinta; con 34 años, es
demasiado madurita para hacer de colegiala. Sin embargo, Ronan (foto) —egresada
del bachillerato hace cinco años— es excepcional. Y con su mezcla de
exuberancia y arrogancia estadounidense, resulta fácil olvidar que es
irlandesa.
Cuando Gerwig describe las torturas particulares del
bachillerato, lo hace con calidez, especificidad y autenticidad. A excepción de
que Lady Bird termina descartando a su mejor amiga ñoña (Beanie Feldstein) para
frecuentar a un grupo más popular —una subtrama más que conocida—, la historia
y los personajes son complejos y carentes de clichés (la tónica recuerda a Lucas,
el clásico de bajo presupuesto que David Seltzer hizo en 1986). Lady
Bird ejemplifica, a la perfección, la manera como los adolescentes
pasan de una identidad a otra en la búsqueda de “sí mismos”; su anhelo,
profundo e inenarrable, de escapar (aunque, al mismo tiempo, ansían las
comodidades de casa); y la acumulación de incontables humillaciones minúsculas.
¿Por qué la película no se desarrolla en el presente?
Sospecho que una razón es evitar nuestras obsesiones actuales con Instagram y
Snapchat; 2002 fue un periodo más simple, cuando algunos adolescentes
(pudientes) tenían celulares, pero no así la mayoría. Y la decisión de Gerwig
sitúa la historia en un momento de ansiedad histórica a la vez distante y
vívido: la Guerra de Irak se desarrolla por televisión como trasfondo de varias
escenas, y el 11/9 es un trauma reciente. Lady Bird reflexiona que será más
fácil lograr que la acepten en universidades neoyorquinas porque todos “tienen
miedo del terrorismo”.
Hay otros significadores más leves y graciosos del periodo:
fiestas con éxitos de Justin Timberlake y la banda de Dave Matthews. El interés
romántico de Lady Bird tiene un cartel de Cannibal Ox en su pared, y va por
todas partes cargando el libro A People’s History of the United States,
de Howard Zinn.
Gerwig también estudió en un bachillerato católico y se graduó
en 2002. Escapó a una prestigiosa universidad de la costa este (Barnard). Y
reclamó algo de grandeza para sí. Lady Bird es prueba de ello.
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Publicado en
cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek