Balas entre infantes

Estamos acostumbrados a ciertas preguntas de nuestros médicos: “¿Tienes todas las vacunas? ¿Fumas? ¿Eres sexualmente activo? ¿Tienes un arma?”. Bueno, tal vez la última no.

Esperamos que los doctores nos hablen de hábitos que afectan la salud, y eso aplica también a los pediatras que atienden a nuestros hijos y deben educar a los padres en la manera de minimizar riesgos. “Los pediatras se sienten cómodos hablando de cinturones de seguridad, venenos y demás porque todos, por el simple hecho de estar vivos, nos vemos expuestos a esas cosas”, dice Garen Wintemute, médico de urgencias e investigador en salud pública de la Universidad de California, Davis. Hay otros riesgos que los médicos quizá no experimentan directamente, pero sobre los que se habla mucho en las escuelas de medicina (como el tabaquismo), de modo que no les perturba abordarlos con sus pacientes. Sin embargo, Wintemute señala otro riesgo de salud común que suele resultar muy incómodo: las armas de fuego. Y esa incomodidad se hizo evidente en los resultados de un estudio entre pediatras de urgencias, el cual fue presentado el 15 de septiembre durante la conferencia de la Academia Estadounidense de Pediatría.

“Me parece que este asunto tiene una gran carga política, y puede herir sensibilidades”, dice la investigadora principal Sheryl Yanger, urgencióloga pediatra en el Hospital Infantil Ann y Robert H. Lurie de Chicago. “El problema es que hay muchas emociones implicadas en el tema de la tenencia de armas”.

Hasta ahora, los médicos no han recibido mucha ayuda para enfrentar esas emociones. Eso, pese al hecho de que las muertes y lesiones por armas de fuego son prevenibles y prevalentes. Según los datos recogidos por los Centros para Control y Prevención de Enfermedades, 33,594 estadounidenses murieron en 2014 por armas de fuego, y en 2015, 84,997 sufrieron lesiones no mortales por la misma causa. Cada año, en Estados Unidos, las armas cobran las vidas de alrededor de 1,300 niños y lesionan a cerca de 6,000 menores.

La posibilidad de prevenir las lesiones por armas es lo que inspiró a Yanger a investigar cómo lidiaban con el problema los médicos de urgencias, quienes suelen examinar a los pacientes para detectar peligros, pero a menudo lo hacen bajo presiones de tiempo. Por ello, interrogó a 185 urgenciólogos pediatras sobre su postura política (66.8 por ciento manifestó ser demócrata), su tenencia de armas (11.6 por ciento tenía un arma en casa), cómo abordaban el tema cuando hablaban con los pacientes, y si encaraban algún obstáculo durante la conversación.


CADA AÑO, en Estados Unidos, las armas cobran las vidas de
alrededor de 1,300 niños y lesionan a cerca de 6,000 menores.

Según la encuesta, los pediatras tenían mayor probabilidad de hablar con los pacientes sobre la seguridad de las armas si creían que su intervención podía prevenir una lesión; si se sentían seguros al proporcionar la información; y si consideraban que tenían la responsabilidad de hacerlo. Por otro lado, los obstáculos incluyeron consideraciones políticas, carecer de información adecuada, y el temor de que hablar de las armas fuera ilegal.

Yanger espera que su estudio aliente a las escuelas y los grupos profesionales a proporcionar a los médicos la información y las técnicas (y la motivación) que necesitan para empezar a hablar de la seguridad de las armas. Los resultados no son sorprendentes, necesariamente, pero disponer de datos concretos demuestra la necesidad de más capacitación.

Wintemute, quien no intervino en el estudio, confía en que grupos generales —como la Asociación Médica Estadounidense, así como organizaciones especializadas y estatales— se vuelvan más participativos en los debates sobre armas. Esto se debe, en parte, a una decisión judicial de febrero que revocó una ley mordaza floridana, la cual impedía que los médicos preguntaran a sus pacientes si tenían armas. La decisión ha reducido la inquietud de que semejantes conversaciones puedan resultar en demandas judiciales, principal temor de los profesionales de la salud.

Wintemute agrega que el riesgo de las armas varía con la edad del paciente. En el caso de los niños, el riesgo doméstico típico es lo que se conoce como “exposición no intencional”, cuando los pequeños descubren un arma de fuego accidentalmente. Conforme crecen, el suicidio y el homicidio también se vuelven consideraciones importantes. En cuanto a los adultos, los riesgos exigen que el médico formule preguntas distintas y ofrezca información diferente, dependiendo de las respuestas.

Todos estos detalles pueden dificultar la conversación sobre la seguridad de las armas para quienes no están familiarizados con ellas. Entre 13 y 41 por ciento de los médicos tienen armas, respecto de 36 por ciento de la población estadounidense total. “Como médico, si no tengo exposición personal a las armas y la gente con que sociabilizo tampoco, estaría entrando en otra cultura” al preguntar sobre la tenencia de armas, dice Wintemute, acerca de sus colegas. “Y su renuencia a hacerlo es comprensible”. Hablar de esa vacilación es el primer paso para recibir la capacitación que necesitan para mantener a salvo a los niños.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek