HACE DOS DÉCADAS, en una helada noche antes de la votación primaria de New Hampshire, Estados Unidos conoció a Bill y Hillary Clinton por primera vez como pareja.
Era el 26 de enero de 1992, una época más tranquila, cuando los periódicos controlaban la narrativa de las campañas presidenciales; cuando CNN era la única cadena de noticias por cable al aire y los blogs no existían. Bill Clinton era el favorito para ganar la candidatura demócrata y enfrentar al presidente George H.W. Bush en noviembre.
Y, luego, él tuvo lo que un alto asesor llamaría un desastroso “lío de faldas”. Su nombre era Gennifer Flowers, y el Star, el tabloide de supermercado, estaba a punto de publicar un artículo diciendo que ella y Clinton habían tenido una aventura por 12 años. En respuesta, la primera pareja de Arkansas había aceptado dar una entrevista de emergencia con Steve Kroft, de 60 Minutes, para hablar sobre su matrimonio. El gobernador de Arkansas y su esposa insistieron en aparecer juntos, y fueron las palabras de ella, más que las de él, las que salvaron su candidatura.
Los Clinton se sentaron juntos en un sofá: Bill, de traje, con las manos casi en oración entre las rodillas, y Hillary, con el brazo en la espalda de él o apartándose ocasionalmente para acomodarse en sus brazos. Usó una delgada cinta negra para la cabeza y un traje turquesa con un cuello de tortuga que combinaba con su sombra para los ojos. Examinó a su marido amorosamente, pero mantuvo un aire de mando, asintiendo con la cabeza cuando él hablaba, luego metiéndose cuando era necesario.
Las respuestas de su marido a las preguntas de Kroft fueron mesuradas, firmes y dichas con serenidad. En algunos momentos, un espectador no podía evitar pensar que era un actor astuto, golpeándose el corazón e inclinándose hacia delante. Una y otra vez, parecía dolido, incluso vagamente horrorizado; mordía resueltamente su labio inferior o con sus cejas cobraba un aire circunflejo. Otras veces, meneaba la cabeza o entrecerraba los ojos para expresar exasperación con su interrogador.
KROFT: Usted ha dicho que su matrimonio ha tenido problemas… ¿Qué quiere decir con eso?
CLINTON: Pienso… la gente que ha estado casada mucho tiempo sabe lo que significa y sabe todo el rango de cosas que puede significar.
KROFT: ¿Está preparado esta noche para decir que nunca tuvo una aventura extramarital?
CLINTON: No estoy preparado esta noche para decir que cualquier pareja casada debería siquiera discutir eso con alguien salvo ellos mismos… Y pienso que lo que la prensa tiene que decidir es: ¿Nos vamos a meter en un juego de “¡atrápenlo!”?
Finalmente, Kroft trató de articular los que muchos espectadores pensaban: “Pienso que la mayoría de los estadounidenses estaría de acuerdo en que es muy admirable que se hayan mantenido juntos, que hayan resuelto sus problemas, que al parecer han llegado a un tipo de entendimiento y un acuerdo”.
“Quería golpearlo”, concedió luego Clinton en su autobiografía, Mi vida. “En vez de ello, dije: ‘Espera un minuto. Estás viendo a dos personas que se aman mutuamente. Esto no es un arreglo o un entendimiento. Esto es un matrimonio”.
Hillary saltó, y su respuesta con la cabeza fría fue el fragmento de la entrevista que reverberó: “Sabes, no estoy aquí sentada como una mujer bajita apoyando a mi hombre, como Tammy Wynette. Estoy aquí sentada porque lo amo, lo respeto y honro por lo que él ha pasado y lo que hemos pasado juntos. Y, ya sabes, si eso no es suficiente para la gente, entonces, carambas, no voten por él”.
Luego, en una porción del segmento que nunca se transmitió, las luces superiores que habían sido montadas por alguna razón se desanclaron, junto con su montura de madera. El cordaje se vino abajo, con una escala, y casi golpeó a Hillary. “Simplemente se zafaron”, recuerda Kroft, “y se vinieron abajo atrás del sofá detrás de los Clinton… quienes se abalanzaron hacia delante para evitar los filamentos ardientes y las esquirlas de vidrio”.
Evitada una tragedia, Bill Clinton tomó a su esposa en sus brazos, la acercó a sí, y siguió diciéndole, con voz baja, que la amaba, que todo estaría bien. La pareja estaría bien, pero la entrevista —y la presidencia de Clinton— marcó el comienzo de un cambio radical en la cultura estadounidense, que llevó a mucho de lo que aborrecemos de la época actual.

AMOR Y CONTROL DE DAÑOS: Después de las acusaciones de Gennifer Flowers en 1992, las palabras de Hillary Clinton, más que las de Bill, salvaron su candidatura y lo ayudaron a ganar la presidencia. FOTO: CBS/GETTY IMAGES
SEXO, VOYEURISMO Y TV DE REALIDAD
La década de 1990 llena de vergüenza comenzó dos años antes de la entrevista tristemente célebre, con un estrepitoso encabezado de tabloide en el New York Post: “El mejor sexo que he tenido”. El artículo se trataba del magnate de los bienes raíces Donald Trump y su amante, Marla Maples; ella supuestamente hablaba de las proezas de él en la recámara. Esto fue mucho antes de la carrera de Trump como estrella de la televisión de realidad (aunque ya había presumido que podía ser presidente).
La década terminó en la víspera de la elección de 2000 con los estadounidenses en agitación suspendida. Ellos tenían dudas de que el aspirante presidencial Al Gore podía surgir de la sombra de otra relación extramarital de Clinton (con Monica Lewinsky, interna de la Casa Blanca) y su subsiguiente juicio político. También esperaban que nuestros programas de computadora pudieran evitar una catástrofe mundial por el Y2K (ellos sí pudieron, aun cuando muchas fortunas en tecnología se evaporarían pocos meses después con el final de la burbuja del punto com).
En medio de esos eventos, hubo mucho ruido sobre Clinton, el hombre cuyo tiempo en el cargo captó perfectamente los cambios rápidos que se estaban dando en la cultura estadounidense durante la década de 1990: el voyerismo y la virulencia propiciada por los medios sociales; el hambre de escándalo incitada por las noticias de tabloide las 24 horas toda la semana; las falsas narrativas de la televisión de realidad; el derrumbamiento de las barreras privadas (como resultado de la World Wide Web); la permisividad tácita de mentir sobre una conducta poco ética, y el rencor partidista perpetuado por la guerra cultural.
Esta fue la década cuando los estadounidenses, como nunca antes, enfrentaron una invasión pública cada vez mayor en sus vidas privadas. Los entretenían y alarmaban las historias de figuras bien conocidas atrapadas en escándalos. Lucharon con cuestiones que rodeaban la sexualidad, la red y los nacientes medios sociales. El sexo pasó al frente de sus vidas, desde la creación del viagra y el crecimiento del porno en internet hasta las en ocasiones venenosas reacciones negativas contra ambos.
Hoy, una generación después de que Clinton fue investido como presidente, no es coincidencia que termináramos con el presidente Donald Trump. La pícara década de 1990 de Clinton llevó a la era prevaricadora de George W. Bush (¿recuerda la “Misión Cumplida”?, ¿las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein?). Esos 16 años crearon un ambiente en el que, después de dos periodos relativamente libres de escándalos de Barack Obama, un Estados Unidos dividido, acostumbrado a sus versiones de falsa realidad, eligió a Trump, un mentiroso serial, como presidente; un hombre que muchos votantes sentían que lo conocían por su programa de telerrealidad.
“SOLO DI ‘NO’”
A principios de 1992, después de que los Clinton aparecieron en 60 Minutes, muchos votantes admiraron el compromiso inquebrantable entre ellos. Pero por lo menos un espectador estaba horrorizado. “Estaba que echaba chispas”, contaría Flowers en su libro de memorias, Passion and Betrayal. “Verlos sentados allí con miradas inocentes en sus rostros, mintiéndole a todo el país, fue exasperante”.
A la siguiente noche, Flowers se presentó en una abarrotada conferencia de prensa. La batalla campal mediática —350 personas según un cálculo, con CNN cubriéndola en vivo— representó un nadir en las noticias por televisión en tiempo real. Flowers vestía un brillante traje recto con solapas negras y hombreras extremadamente ochenteras. Sus labios eran grandes y rojos y casi caricaturescamente solemnes. Su pirotécnico cabello rubio, con su cascada de raíces oscuras, rodeaba su rostro como una lluvia dorada. “La verdad es que lo amé —dijo—. Ahora él me dice que lo niegue. Bueno, estoy harta de todo el engaño, y estoy harta de todas las mentiras”.
También tenía las grabaciones para demostrarlo. En un fragmento, Gennifer Flowers y Clinton hablaban de lo que ella podría decir si los reporteros preguntaban sobre los rumores de una aventura; lo que recordaba con una risa obscena fue que les diría: “Comiste un bueno coño”. Luego, Clinton parecía instar a Flowers a negar lo que sonaba muchísimo como una aventura. “Si alguna vez te salen con eso, solo di ‘no’ y continúa… Si todos de alguna manera se mantienen firmes, ellos simplemente no van a hacer nada… No pueden, en una historia como esta… si no tienen fotos”.
La conferencia de prensa pronto pasó de la farsa al vodevil. Una reportera preguntó si Flowers “sería tan amable de profundizar en el sexo y la relación que usted dice que tuvo con él por más de 12 años. Queremos que hable de ello. Por ello es que todas las cámaras están aquí” (Flowers se negó y le pidió que leyera el Star).
Conforme la multitud seguía disparando preguntas, un hombre se distinguía entre sus compañeros: “Tartamudo John” Melendez, una figura habitual en el programa de radio de Howard Stern que se había ganado su fama por emboscar a las celebridades con preguntas cómicamente controvertidas. “¿El gobernador Clinton usó un condón?”, preguntó él, con cara impávida. Al momento, quedó en claro que el muro de contención entre la noticia y el entretenimiento se había derrumbado. Y ahora un reportero de mentiras aparecía, usando lenguaje de tabloide para burlarse de la prensa, los políticos y sus devociones.
La siguiente pregunta del “Tartamudo John”: “¿Se acostará con otros candidatos presidenciales?”.
Sus chistes cortos enfatizaban por qué toda la prensa estaba allí. Este fue el principio de la banda de linchadores de los escándalos sexuales. Ellos habían ido a escuchar lo que normalmente no oirían. Habían ido para ver por sí mismos lo que Bill Clinton había visto en Flowers. Y habían ido, los diablillos, para estar en la misma sala con una mujer lo bastante lujuriosa para encantar a un gobernador, y lo bastante astuta para encender una grabadora.
Flowers simplemente les abrió el apetito. Ellos pronto salivarían por más.

TELEVISIÓN IMPERDIBLE: La publicación del video sexual de Pam Anderson y Tommy Lee y la cobertura del juicio de O. J. Simpson fueron dos eventos cruciales que marcaron la desaparición del decoro estadounidense. FOTO: WILLIAM NATION/SYGMA/GETTY
LA GRAN GRABACIÓN SEXUAL
En algún momento, a mediados de la década de 1990, el decoro estadounidense desapareció. Los medios de comunicación empezaron a prestarle mucha más atención a la desgracia de otros. Si hubo un punto de quiebre quizá haya sido el 6 de mayo de 1994, el día en que Paula Jones presentó una demanda civil contra Bill Clinton, acusándolo de haberle hecho una propuesta sexual insultante cuando era gobernador de Arkansas, y luego la difamó (Clinton negaría las acusaciones).
Un mes después, un público de casi 100 millones observó lo que ahora es considerado uno de los primeros espectáculos de la televisión de la vida real: una falange de patrullas persiguiendo a O. J. Simpson, la exestrella de la NFL, en su Ford Bronco blanco, días después de los asesinatos de su esposa y su acompañante masculino. El subsiguiente juicio de Simpson dominaría los encabezados nacionales por más de un año.
Los casos de Jones y Simpson señalaron un enorme cambio cultural. Los estadounidenses, por regla general, habían tratado de suprimir muchos de sus instintos más básicos. Al encontrar una circunstancia humillante de la vida real tal vez se habrían sentido atraídos a ella, pero la repudiaban al mismo tiempo. Ya no más. Para mediados de la década de 1990, con el ascenso de la fijación de tabloide en los medios de comunicación, las noticias las 24 horas toda la semana y el internet, nuestro impulso dominante fue oír a hurtadillas, mirar lascivamente, fisgonear en los asuntos privados de otros, en especial de la gente famosa. La decisión de muchos en los medios de comunicación de convertir todo supuesto acto inmoral en una excusa para el espectáculo ayudó a los consumidores de noticias a aceptar y luego esperar detalles explícitos de eventos embarazosos, sexualmente comprometedores o criminales.
Muchos de esos eventos destacan, desde el juicio de Simpson hasta “la esposa con el cuchillo”, Lorena Bobbitt, quien cortó el pene de su esposo después de que, dice, él la violó (él lo negó). Pero un incidente habla con más claridad de la colisión entre los medios de celebridades, el sexo y el voyerismo y presagió cómo internet tendría una parte tan primordial en nuestra existencia cotidiana.
A finales de octubre de 1995, el disgustado conserje (y a veces actor porno) Rand Gauthier supuestamente robó una caja fuerte de casa de la exuberante estrella de Guardianes de la bahía, Pamela Anderson, y su marido, Tommy Lee, el baterista tatuado de la banda de heavy metal Mötley Crüe. Su contenido incluía un video casero que mostraba a los recién casados en varios estados de unión conyugal. De alguna manera el metraje luego fue duplicado, empacado y vendido. A pesar de las demandas legales que siguieron, un magnate del porno en internet adquirió una copia de la grabación robada y la vendió como una película tres equis.
El video se convirtió en el “ciudadano Kane” de las grabaciones sexuales de celebridades, y personas de todo el mundo —algunas de las cuales nunca antes habían deseado ver porno o usar internet— estaban ansiosas de verlo. En su libro de 2005, Pornofied, Pamela Paul escribió que el video “se le atribuye el traer más usuarios en línea que cualquier otro evento”.
Este escándalo por el video sexual de una celebridad no fue el primero (en 1988, el actor Rob Lowe filmó un encuentro con dos jovencitas, una de ellas menor de edad), pero fue impactante porque era explícito, fuera de todo límite —claramente pensado para el consumo privado de la pareja— y estuvo entre los primeros videos en mostrar a personas famosas haciéndolo. Su alcance también fue inmenso. Antes del final de la década, según The Wall Street Journal, un porcentaje no insignificante de las decenas de millones de sitios web en internet (muchos no relacionados con el porno) serían etiquetados con las palabras “Pam” o “Pamela” o “video sexual”, ya que el dueño del sitio esperaba conseguir clics residuales, atraídos por asociación. Un montón de videos sexuales robados han seguido, estelarizados por Paris Hilton, Kim Kardashian y Kendra Wilkinson, y todos ellos se convirtieron en estrellas de la telerrealidad (sin embargo, no sería sino hasta 2017 que importantes canales mediáticos especularían sobre un fantasmal —y posiblemente falso— video sexual que involucra al presidente de Estados Unidos).
Para mediados de la década de 1990, la www era la meca masturbadora del mundo y el epicentro de las guerras culturales.
DISFUNCIÓN ELÉCTIL
La furibunda división hiperpartidista de Estados Unidos comenzó a principios de la década de 1990, y se trató principalmente del sexo. La cultura pop se había vuelto burda. La pornografía estaba rampante. Los encuentros sexuales informales eran más prevalentes y menos estigmatizados. Hubo un aumento importante en casos de enfermedades de transmisión sexual. Y “el índice de divorcios sigue, obstinadamente, en uno de cada dos”, escribió el periodista Joe Klein en un artículo de portada de Newsweek de 1992: “El índice de nacimientos fuera del matrimonio se ha triplicado desde 1970… Un bufet nauseabundo de disfunciones ha acompañado estas tendencias: una explosión en abuso infantil, crimen… nombre su patología”.
Ni los demócratas ni los republicanos celebraron estos desarrollos, pero Bill y Hillary Clinton estaban en el lugar incorrecto en el momento correcto. En los siete meses entre su aparición en 60 Minutes y la Convención Nacional Republicana, la pareja provocó animosidad contra quienes defenderían el derecho individual a elegir, y el derecho individual a amar a quienquiera que uno elija. A pesar del amplio atractivo de Bill Clinton, él y su esposa, ambos orgullosamente feministas, fueron ampliamente vilipendiados. Eran el dúo temible de la contracultura de la década de 1960. O así lo decían los republicanos, evangelistas, locutores de radio de derecha y conservadores seculares y religiosos.
Ya fuera por una preocupación auténtica o una política electoral cínica, los republicanos trataron de capitalizar esa visión, usando una retórica y unas tácticas cada vez más duras contra los Clinton, empezando por su convención nacional de 1992 en Houston. Se suponía que la reunión impulsaría al presidente George H. W. Bush, un moderado, a un segundo periodo. Pero dentro y fuera del anticuado Astrodomo, un tema mucho más radical, de “acaben con los bastardos”, se había arraigado. Décadas antes de que la multitud en la convención republicana de 2016 coreara: “¡Enciérrenla!”, camisetas en la convención republicana de 1992 aconsejaban: “Culpen a los medios”. Calcomanías instaban: “Sonríe si has tenido una aventura con Bill Clinton”. Una pancarta tenía un logo de cannabis: “La pistola humeante de Bill Clinton”. Otra: “Woody Allen es el asesor en valores familiares de Clinton”.
La virulencia fue más allá de los eslóganes mordaces. Patrick Buchanan, exredactor de discursos de Nixon y comentarista ultraconservador, se había asegurado casi una cuarta parte de los votos republicanos en las primarias. Bush tuvo que aplacar las fuerzas de Buchanan con tal de que su convención no implosionara, por lo que él y los mandarines republicanos cedieron grandes porciones de la plataforma partidista a aquellos de línea dura. Estaba llena de cláusulas relacionadas con las costumbres sexuales, kosher cultural y la supremacía de la familia nuclear. Buscaba prohibir el matrimonio homosexual, la adopción por parejas homosexuales, la venta de porno y el financiamiento público que podría usarse para “subsidiar obscenidades y blasfemias disfrazadas de arte”, entre otras cosas.
El republicanismo moderado de Bush batallaría para usar dos máscaras, y terminó perdiendo ante Clinton ese otoño. Y durante el primer periodo del nuevo presidente, los insurgentes radicales republicanos, encabezados en parte por Newt Gingrich, inauguraron una era de “partidismo hiperbólico”, según el historiador Geoffrey Kabaservice. “Fue el Sr. Gingrich quien lideró la disfunción política en la que todavía vivimos… dando lugar a la era política presente de confrontación y obstrucción”.
Un aficionado erudito a la historia con una presencia angelical y un casco plateado de cabello, Gingrich se convirtió en una fuerza cuántica en el conservadurismo estadounidense. El 27 de septiembre de 1994 reunió 367 hombres y mujeres, todos candidatos en las elecciones a mitad de la legislatura ese año, y los formó como un batallón en los escalones del Capitolio. Mientras las cámaras rodaban, hizo que cada candidato firmase un llamado Contrato con Estados Unidos. Esta medida, más allá de abordar problemas populares como las exenciones tributarias, el crimen en las calles, unas fuerzas militares revigorizadas y un presupuesto equilibrado, se enfocaba en algunas de las prioridades de la misma guerra cultural expuestas en la convención nacional republicana de 1992. Este fue un gran teatro político. También animó y unificó al partido. Gingrich ayudó a los republicanos a obtener victorias enormes en el Congreso. Y aun cuando con el tiempo se extralimitaría, dejando una abertura para que Clinton ganara la reelección, el ambiente hiperpartidista que ayudó a crear presagió al Partido del Té la furibunda respuesta republicana a Obama y el ascenso del movimiento que negaba el origen estadounidense de Obama y otras bufonerías pomposas.
Él también tuvo un poco de ayuda crucial.

MUJERES MENOSPRECIADAS: Después de hacerse públicas con sus historias sobre Bill Clinton, tanto Jones como Flowers se convirtieron en carne de cañón de una prensa cada vez más hambrienta de escándalos las 24 horas toda la semana. FOTO: SHELLEY KATZ/THE LIFE IMAGES COLLECTION/GETTY
BREVE HISTORIA DEL CIENO DERECHISTA
Gingrich, Buchanan y otras fuerzas de la derecha recibieron un empuje importante de una reciente y renaciente prensa derechista, desde el furioso adalid de la derecha en la radio de debate, Rush Limbaugh, hasta el encargado de cabello claro de hacer el trabajo sucio por los republicanos, David Brock, un periodista que enfangó a personas como Anita Hill, la mujer que acusó a Clarence Thomas, el juez de la Suprema Corte, de acoso sexual (él negaría todas las acusaciones).
A Limbaugh y Brock se les uniría la voz conservadora más transformadora de la década: Fox News. La cadena derechista por cable, ideada por Rupert Murdoch y desarrollada por Roger Ailes, se estrenó en 1996. Por entonces, CNN era ridiculizada por la derecha como descaradamente izquierdista; algunos la llamaban Clinton News Network. Ailes formuló a Fox durante el asombroso resurgimiento republicano encabezado por Gingrich. Salió al aire cuando Bill Clinton se postulaba para su segundo periodo. Y Ailes demostraría ser su arquitecto ideal: un genio de la televisión con instintos mcluhanescos; un estratega político que ayudó a darle forma a “marcas” de línea dura como Nixon, Limbaugh y, finalmente, Trump.
Ailes imaginó que su canal construiría su marca sobre el encono de aquellos privados de sus derechos, el público ávido de historias de tabloide y una furia moral contra los Clinton y el cambio progresista de la cultura. Tempestuosa e incestuosa (muchos de sus comentaristas eran estrellas republicanas), Fox News se convertiría en el infomercial de 24 horas toda la semana del partido, una sirvienta de los éxitos de la derecha para el próximo siglo. A la par, se anunciaría como políticamente imparcial, lo que Sam Tanenhaus, el historiador conservador, describiría como una “parodia sardónica (‘justa y equilibrada’) de un medio tradicional que asume estar lleno de desdén”.
El cuarto jinete en esta cuadrilla fue Matt Drudge. Este creció como un muchacho de la periferia que entregaba The Washington Star, se mudó a Hollywood, administró la tienda de chucherías de CBS Studio Center y en 1995 comenzó una bomba de chismes por correo electrónico. Llamó su creación el Reporte Drudge, el primer agregador extenso en línea de opiniones, encabezados y porquería de celebridades y políticos. Por un tiempo, su público destinado eran los chismosos dentro de Washington, Hollywood y los medios de comunicación. Pero para junio de 1997, en cuanto AOL empezó a coalojar su sitio, Drudge era un fenómeno en toda la red y la personalidad favorita con sombrero de fieltro de los conservadores estadounidenses.
Con sus ligas web y guano chismoso, Drudge era una némesis nacional y un placer culposo. Ligaba columnas y páginas de inicio de extrema derecha, algunas de las cuales rayaban en verdaderas locuras, y les dio a sus broncas y rumores un peso igual que a los artículos de servicio por cable. Reportó los reportajes de otros reporteros, y obtuvo la más grande primicia política de la década: la relación extramarital de Bill Clinton con Lewinsky, la cual, a su vez, llevaría al juicio político del presidente.
Limbaugh, Brock, Ailes y Drudge mandaban en la radio, la prensa, el cable y la web derechistas. En la década de 1990, los tipos mediáticos debatirían si los estándares éticos de los periodistas tradicionales se aplicaban a los blogueros y semejantes. Pero, al paso de una década, esa pregunta era irrelevante. Y gracias en parte a este cuarteto de malvados, las líneas divisorias se hicieron menos discernibles entre noticia y rumor, entre información y entretenimiento, entre el trato mediático del comportamiento público y privado.
Se puede trazar una línea clara, avala Tanenhaus, de Drudge en la década de 1990 hasta Donald Trump 25 años después. “Todo se remonta a Drudge en Hollywood”, dice, en una valoración de los asesores de Trump: “Desde Drudge hasta el difunto pionero noticioso de la derecha alternativa, Andrew Breitbart, y luego a Steve Bannon, el [ex] estratega en jefe del presidente Donald Trump. No es solo la derecha alternativa. Es política alternativa, fuera de los dos partidos, todo a través de los medios sensacionalistas”.
Conforme la web y los medios sociales ganaron popularidad, estos conspiradores de los nuevos medios y ultraderechistas diseminaban rumores, diatribas con una agenda y un hilo largo y nudoso contra Bill y Hillary, desde la calumnia de que ellos habían montado el “asesinato” de su confidente Vince Foster hasta el menjunje lunático del cártel de sexo infantil del Pizzagate. Esa borrosidad entre hecho y ficción, y las acusaciones de la extrema derecha de una “preferencia liberal” en unos medios tradicionales supuestamente monolíticos, llevaron a muchos a ver la prensa, no a los políticos, como el problema, a pesar del montón de reporteros que todavía desenterraban corrupción y escándalo legítimos.
Pero el daño estaba hecho. La definición de verdad y hechos se había vuelto maleable.

¿SUPREMACÍA DE EXTREMA DERECHA? En la convención republicana de 1992, los mandarines republicanos cedieron grandes porciones de la plataforma del partido a aquellos de línea dura como Pat Buchanan. FOTO: STEVE LISS/THE LIFE PICTURE COLLECTION/GETTY
EL MICHAEL JORDAN DE LA MENDICIDAD
En Mi vida, Bill Clinton finalmente admitió lo obvio: que había mentido. “Seis años después de mi aparición, en enero de 1992, en 60 Minutes, tuve que dar un testimonio sin mi presencia en el caso de Paula Jones, y… acepté que, por allá de la década de 1970, tuve una relación con [Flowers] que no debía haber tenido”.
No fue solo la aventura de Flowers lo que encajaba en su temática de mentiras. Por los efectos secundarios del escándalo en su segundo periodo, casi perdió la presidencia por mentir bajo juramento con respecto a si había tenido sexo. Pero a muchos estadounidenses no les perturbó este patrón. A pesar de todo el rencor, la vergüenza y el morderse la lengua, esta tendencia de diseccionar la verdad era un hábito de Clinton, una estrategia, un tic ético, y uno que muchos parecían estar adoptando en sus propias vidas.
La lección del escándalo del Watergate en la década de 1970 fue que el encubrimiento —la mentira— siempre es peor que el crimen. Pero los presidentes modernos tienen periodos largos y memorias cortas. Clinton y George W. Bush elevaron la mentira a un arte de sesgar. En el periodo de 16 años de sus administraciones seguidas, la verdad —como la presentaban los presidentes, los asesores de la Casa Blanca, los sesgadores políticos y los canales mediáticos— se convirtió en un caramelo retórico. Los consumidores de noticias se convirtieron en escépticos expertos, y aprendieron a esperar y tolerar cierto grado de veracidad elástica (una cualidad que el comediante Stephen Colbert luego identificó como “de veritas”).
Por supuesto, mucho de este engaño es anterior a la década de 2000. En su libro Fantasyland, Kurt Andersen rastrea la realidad alterna estadounidense hasta 500 años atrás. Más recientemente, cierta forma de veracidad elástica había sido desplegada por los asesores y portavoces de Lyndon Johnson sobre Vietnam, perfeccionada por Nixon y sus asesores de la Casa Blanca durante el Watergate y refinada por Reagan durante el escándalo Irán-Contras, todo antes de la preeminencia de las noticias por cable y el internet.
Pero el “Astuto Bill” resultó ser el Michael Jordan de este arte. Perfeccionó el sesgo como su modo estándar en el mismo momento que el “de veritas” se convertía en una respuesta aceptable en las interacciones humanas de todo tipo, desde Wall Street hasta el campo de pelota (¿recuerdas la competencia de jonrones llena de drogas entre Sammy Sosa y Mark McGwire en 1998?)
Conforme avanzó la década de 1990, Clinton empezó a encarnar lo equívoco. “Ha surgido un patrón claro, de retraso, de ofuscación, de litigar la verdad”, escribió Joe Klein en un ensayo de 1994 para Newsweek. “Con los Clinton, la historia siempre está sujeta a más revisión. Las declaraciones erróneas siempre se incrementan. Los ‘malentendidos’ siempre son inocentes: informales, irregulares, promiscuos. La confianza es derrochada con cuentagotas. ¿Este tipo de comportamiento también infecta la vida pública del presidente, su formulación de la política pública? Claramente, lo hace”.
Dee Dee Myers, exsecretaria de prensa de Clinton, es más caritativa: “Era una táctica que Clinton usaba más eficazmente —y no lo digo de una buena manera— que cualquier otro para quien haya trabajado. En política, la gente litiga la verdad, y Clinton lo hizo. [Él] diría cosas que técnicamente eran verdad, pero que creaban una falsa impresión que en cierta forma mandaba intencionalmente a la gente en la dirección errónea. O, más a menudo, pienso que trataba de darse espacio para maniobrar y cambiar de opinión y decir que él nunca dijo [eso]”.
Años después, tanto Hillary Clinton como Trump, tal vez los dos contendientes menos confiables en una contienda presidencial moderna, perpetuaron el síndrome poshechos durante su competencia en 2016 por la Casa Blanca. Clinton, desde sus ejercicios como primera dama (Travelgate) hasta su época como secretaria de Estado (Emailgate), era considerada por muchos como una ofuscadora desmesurada, mientras que Trump elevó la mentira a un arte oscuro. “En el sitio web PolitiFact —reportaría Nicholas Kristof, columnista de The New York Times—, 53 por ciento de las declaraciones públicas de Trump fueron calificadas como demostrablemente ‘falsas’ o ‘mientes con todos los dientes’”, una cifra que aumentaría a “71 por ciento… ‘principalmente falsas’” en la víspera de la elección. Esta fabricación endémica era tácticamente engañosa de una manera que hacía recordar a los líderes totalitarios, un patrón que se volvió aún más ominoso, como lo ha señalado Graydon Carter, editor de Vanity Fair, desde que Trump copió rutinariamente sus “temas de discusión de los rincones oscuros en el fondo del internet”.
Trump resultaría ser el candidato ideal para la era de las noticias falsas, los blogs de odio, la utilería agitadora, las cadenas noticiosas de miedo y resistencia, los chismes interminables y las diatribas en Twitter. Y no es exageración declarar que su candidatura no hubiera sido posible, o viable, si no hubiera sido por los precedentes retóricos y estilísticos establecidos por el siempre diseccionador Bill Clinton y sus mendaces detractores en la derecha.
BURDO Y SAGAZ
Dos y media décadas después de que los Clinton aparecieron en 60 Minutes, Estados Unidos eligió un presidente que otrora presumió que la fama le permitía agarrarles los genitales a las mujeres, en gran medida sin consecuencias.
Para entonces, las reglas de los escándalos sexuales en la política estadounidense habían cambiado. La década de 1990 había dado lugar a las marcas personales, la programación de realidad, noticias las 24 horas toda la semana, cobertura tipo tabloide de los escándalos y la expresión personal en línea. Aun cuando era burdo y predador, Trump era un maestro mediático. Parecía entender que aprovechar las fuerzas duales de los medios tradicionales y los medios sociales era el nuevo modo de reivindicar el poder para manipular la opinión pública (para adquirir poder), para humillar o minar a otros (quienes estaban exhibiendo demasiado poder) y para evitar o desviar la influencia de aquellos en otros centros de poder (para conservar el poder). Kim Kardashian lo sabía, el grupo Estado Islámico lo sabía, el presidente ruso Vladimir Putin lo sabía. Y Trump también.
Su victoria auguró una realidad nueva y pavorosa en la vida estadounidense. Y había un tenor inequívocamente noventero en todo ello. La odisea de Trump hasta la Casa Blanca hubiera sido inconcebible sin la vulgaridad de los años de Clinton, una vulgaridad igualmente atribuible a la cultura popular y la web recién creada, los escándalos del presidente y la lascivia de sus críticos derechistas.
Como escribió Nina Burleigh en Newsweek después de la elección presidencial de 2016: “Entre Trump confirmando el tamaño de su hombría en televisión nacional, el regreso de las acusadoras de acoso sexual por Bill Clinton y una campaña volcándose excelentemente sobre el anuncio del FBI con respecto a los mensajes sexuales de Anthony Weiner, la elección de 2016 fue un referendo nacional sobre las mujeres y el poder”.
Y de los hombres en el poder. Y la raza y el poder. Y la sustitución en la política estadounidense de la ira en vez de la razón, entretenimiento en vez de información, y bravatas en vez de verdad.

LA PÍCARA DÉCADA DE 1990: Décadas después de que Jones, extrema derecha, acusara a Bill Clinton de hacerle propuestas indeseadas, los estadounidenses eligieron a Donald Trump como presidente. Su desagradable divorcio de Ivana Trump ya no parecía importar. FOTO: TOM GATES/GETTY
CRONOLOGÍA NOVENTERA
ENERO DE 1990
Marion Barry
El alcalde de Washington, D. C., es pillado en una operación encubierta del FBI mientras fumaba crack con una exnovia. La escena es grabada en video mientras Barry es esposado y declara: “La perra me tendió una trampa”.
FEBRERO DE 1990
Donald e Ivana Trump
La pareja anuncia su separación después de que el New York Post proclama un supuesto comentario de Marla Maples, amante de Trump: “El mejor sexo que he tenido”.
MAYO DE 1990
Christian Brando
Es arrestado y luego hallado culpable de homicidio calificado en la muerte del novio de su media hermana.
JULIO DE 1990
Roseanne Barr
Al comienzo de un juego de beisbol de los Padres de San Diego, los abucheos del público apagan la controvertida versión de la comediante de “la bandera tachonada de estrellas”.
MARZO DE 1991
William Kennedy Smith
Después de salir con el tío Edward Kennedy, el estudiante de medicina regresa al hogar familiar con una joven. Es arrestado por —y luego absuelto de— cargos de violación.
JULIO DE 1991
Pee-wee Herman
El comediante, cuyo nombre real es Paul Reubens, es atrapado en un cine para adultos y acusado de exposición indecorosa. Luego de afirmar su inocencia, se declara sin disputa y evita un juicio público.
OCTUBRE DE 1991
Elizabeth Taylor
La actriz se casa con su séptimo marido, Larry Fortensky. Mientras se celebra la ceremonia, un paparazi baja en parapente desde el cielo y aterriza en el césped, solo para ser golpeado por los guardias de seguridad.
FEBRERO DE 1992
Mike Tyson
El campeón de boxeo es sentenciado por violar a Desiree Washington, una reina de belleza. Liberado de la cárcel en 1995, Tyson recupera su título, pero luego renuncia a su licencia de boxeo después de arrancar de un mordisco parte de la oreja de Evander Holyfield en un encuentro.
MAYO DE 1992
Amy Fisher
Embelesada con su amante casado, Joey Buttafuoco, la adolescente le dispara a su esposa (ella sobrevive). Buttafuoco pasa cuatro meses en prisión por acostarse con una menor de edad. Fisher cumple siete años por asalto imprudencial.
DICIEMBRE DE 1992
Lyle y Erik Menendez
Los hermanos van a juicio por matar a sus padres. A pesar de afirmar que su padre abusó sexualmente de ellos, son sentenciados por asesinato en primer grado y conspiración y deben pasar el resto de sus vidas en prisión.
6 DE ENERO DE 1994
La patinadora artística Nancy Kerrigan es golpeada con un garrote durante una práctica. La rival de Kerrigan, Tonya Harding, y su marido montaron el ataque.
ENERO DE 1994
Michael Jackson
El rey del pop acepta un acuerdo fuera de la corte en una demanda por molestar a un niño, supuestamente pagando 20 millones de dólares.
JUNIO DE 1994
Anna Nicole Smith
La exuberante modelo se casa con Howard Marshall II, de 89 años de edad y magnate petrolero seis décadas mayor que ella, con una fortuna de 500 millones de dólares. Él muere al año siguiente.
JUNIO DE 1995
Hugh Grant
El actor es arrestado con una prostituta en Hollywood. Él trata de redimirse mediante asistir a The Tonight Show, diciendo: “Hice algo malo. Ya lo dije”.
JULIO DE 1995
La princesa Estefanía de Mónaco se casa con su exguardaespaldas Daniel Ducruet, quien ya es el padre de dos de los hijos de ella.
AGOSTO DE 1996
Dick Morris
Durante la convención nacional demócrata, el Star le informa al estratega político del presidente Clinton que está a punto de publicar un artículo diciendo que el casado Morris había pasado tiempo con una prostituta. Él renuncia.
DICIEMBRE DE 1996
JonBenét Ramsey
El asesinato brutal de la niña de seis años de edad en Boulder, Colorado, propicia una cobertura obsesiva en la prensa e intensifica las críticas al auge de los concursos de belleza infantiles. El asesinato de Ramsey sigue sin resolverse.
ABRIL DE 1997
Michael Kennedy
El hijo de Robert F. Kennedy supuestamente tiene relaciones con la niñera menor de edad de sus hijos. Michael Kennedy muere varios meses después en un accidente de esquí.
MAYO DE 1997
La policía detiene a Eddie Murphy mientras está con una prostituta transgénero. El comediante no es acusado y dice que solo ayudaba a alguien en problemas.
AGOSTO DE 1997
Frank Gifford
El locutor deportivo Frank Gifford —casado con la popular locutora de televisión de debate Kathie Lee Gifford— es atrapado con una aeromoza, parte de una trampa femenina fotografiada en secreto.
AGOSTO DE 1997
Princesa Diana
Diana y un acompañante masculino mueren poco después de que su auto choca en un túnel de París. Su chofer —legalmente intoxicado al momento y muerto en el accidente— supuestamente trataba de eludir a los paparazis.
SEPTIEMBRE DE 1997
Marv Albert
El locutor deportivo es sentenciado por asalto y agresiones, derivados de un incidente que involucra a una mujer con quien ocasionalmente tuvo encuentros amorosos.
ENERO DE 1998
Bill Clinton
El Reporte Drudge dice que Clinton tuvo encuentros extramaritales con Monica Lewinsky, una interna de la Casa Blanca. El testimonio del presidente sobre su relación lleva a su juicio político.
—
Davis Friend es un editor de Vanity Fair, periodista y productor de documentales galardonados con el Emmy. Este extracto ha sido adaptado de su nuevo libro, The Naughty Nineties: The Triumph of the American Libido (Twelve Books, 2017).
—
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek