El salón de belleza y el derrumbe de Juchitán

JUCHITÁN, OAXACA.—Hace 71 años que Teresa Chirinos regresó de Tuxtla Gutiérrez a su pueblo natal, Juchitán, cerca de la costa de Oaxaca. Su viaje aquella vez, cuando contaba 16 años, tenía un objetivo: aprender a cortar cabello y estilizarlo, para abrir una sala de belleza con la cual contribuiría a la economía de su familia, de la que ella era la mayor de nueve hermanos. Desde entonces tomó el salón principal de la casa de sus padres como centro de operaciones. El suyo fue el primer establecimiento de peinados, pero de él solo le quedaron unas tijeras tras el temblor de 8.2 grados que sacudió no solo Oaxaca, sino diez entidades más la noche del 8 de septiembre.

“Fui muy feliz trabajando. Juchitán me conoce, las personas de la tercera edad les cuentan a sus nietas que yo las arreglé el día de su boda. Peiné a varias generaciones”, cuenta Teresa, de 87 años, cinco después de quedarse sin nada. “Los espejos se hicieron añicos, todo se perdió. Se acabó todo. Lo único que mis sobrinas pudieron rescatar fueron las tijeras…”.

El Salón de belleza Teresita no fue lo único que se perdió en esta ciudad de 75 mil habitantes. Junto con el local de su primera peinadora profesional, Juchitán resintió la peor demolición que registran las entidades que acusaron el temblor. Una de cada tres viviendas quedaron dañadas en sus cimientos, y las que no han caído son inhabitables ante la inminencia del colapso.

El nivel de la desgracia, como el pasado lo ha dejado en claro, no encuentra el mismo tamaño de auxilio oficial.Funcionarios y políticos han emergido no con la ayuda necesaria, o para destrabar los envíos ciudadanos, sino para aprovechar el momento en busca de una imagen estilizada —tal y como los que acostumbraba Teresa— de cara a los procesos electorales del año entrante.

La vida cambió súbitamente para los pobladores.

En vez de hacerlo en sus casas, ahora más de 500 personas duermen en el refugio principal que se instaló al interior del Instituto Tecnológico del Itsmo, en donde se establecen nuevas rutinas. Los niños, por ejemplo, se dedican a correr y a acariciar a los perros de rescate que trae la Marina, con los que salen una vez al día en busca de cadáveres bajo los escombros.

Los perros de rescate trabajan en conjunto con el equipo de Búsqueda y Rescate en Estructuras Colapsadas (BREC), conformado por 25 personas, que fue inaugurado en 2015 cuando se cumplieron 30 años del temblor de 1985.

En los seis días posteriores al terremoto la Marina inspeccionó un total de mil propiedades, de las cuales 200 marcó como inhabitables, de acuerdo con datos proporcionados por el BREC.

50 MIL PARA RECONSTRUCCIÓN

Los restos de la antigua casa de la señora Teresa Chirinos yacen en el pavimento de la calle Belisario Domínguez, en el centro de Juchitán, una de las áreas más afectadas por el movimiento telúrico que impactó la ciudad.

Desde la calle solo se observa la pared principal de la cocina, en la que aún permanecen un par de sartenes colgados.

Teresa no tuvo hijos, pero dice que tiene 33: son los hijos de siete de sus hermanos. A la mayoría les pagó sus estudios en la Ciudad de México, muchos se fueron a vivir a otras ciudades dentro del país, o migraron a Estados Unidos. Pero las cuatro familias que se quedaron en Juchitán construyeron sus casas alrededor de la de Teresa. La suya era el punto de reunión.

Beatríz Mely García es sobrina y vecina de Teresa. Ella fue la primera en despertar la noche del terremoto, evacuó su casa con su hija en brazos y permaneció en el patio viendo cómo las tejas de la casa de su tía eran lanzadas con fuerza por el aire. En el patio se escucha al loro dentro de la jaula hablar zapoteco.

“Esta casa era donde nos reuníamos todos cada tarde, donde celebrábamos los cumpleaños y convivíamos los fines de semana. Era mucho más que una casa para nosotros”, dice Beatriz, abatida por el derrumbe.

El gobernador del Estado, Alejandro Murat, visitó la casa de Teresa dos días después del terremoto, prometiendo una ayuda de hasta 50 mil pesos para reparar el derrumbe total y la posterior reconstrucción. Su casa, prometió, le sería entregada en dos o tres meses.

La estampa del acto quedó registrada por las mismas cámaras del gobierno.

“Ella es la dueña de esta casa”, le dijeron al Gobernador. Murat entonces abrazó a la señora Teresa mientras un flash frente a él anuncia la fotografía oficial.

La familia Chirinos no podía esperar a que llegara la ayuda del gobierno, debido al riesgo de un colapso total en la estructura de la antigua propiedad.

“Ya no esperamos que el gobierno la tirara, nos adelantamos y la familia lo pagó”, dijo la misma Teresa fuera de flashes oficiales. “Nosotros lo estamos haciendo con la ayuda de todos, de mis sobrinos, ellos van a solventar”.

La familia pagó más de 20 mil pesos en la contratación de los tractores para la demolición de la casa y los sueldos de los operadores de la maquinaria. Con tres trabajadores y un tractor, recuperaron algunas pertenencias, como los peines que sus sobrinas utilizaban en el salón de belleza.

Al ver que la casa estaba siendo demolida por tractores que no había proporcionado el gobierno, uno de los colaboradores cercanos al gobernador se acercó a hablar con el sobrino de Teresa, Vicente Chirinos, quien viajó de la Ciudad de Oaxaca a Juchitán en cuanto se enteró de lo sucedido.

“Nos advirtió que si nosotros demolíamos la casa no habría apoyo del gobierno, porque para dar la ayuda se requerían pruebas”, comentó absorto Vicente. “Le contesté que los 50 mil pesos que estaban ofreciendo los podíamos juntar entre mi hermano y yo, y que eso no alcanza ni para media reconstrucción”.

“ME SIENTO EGOÍSTA SI LLORO”

Los dos postes de cemento de la cancha de basquetbol “El Calvario” quedaron cuarteados en el suelo. En esta área los vecinos que perdieron su casa instalaron un refugio. Tres días después llegó el DIF de Oaxaca a colocar carpas con el logo de la Institución, a levantar unas 20 tiendas de campaña y cocineta para los damnificados.

El encargado de Comunicación del DIF, Jesús Ugalde, recibió a la prensa alardeando los esfuerzos del gobierno estatal para ayudar a Juchitán.

“El gobernador mudó su gobierno a Juchitán”, señaló orgulloso. “Ya no está en la Ciudad de Oaxaca, está aquí”.

En este albergue los niños son los únicos festivos. El grupo de 12 infantes juega entre los escombros que quedaron de la cancha de basquetbol y dormir en una casa de campaña parece toda una aventura.

A una semana del terremoto, las réplicas de hasta seis grados se sienten cada cuatro o cinco horas, poniendo en riesgo las miles de casas que no se derrumbaron pero que presentan cuarteaduras. Las clases se han suspendido hasta nuevo aviso y el número de muertos alcanzó los 65.

“Me siento egoísta si lloro porque no sólo soy yo la que está sufriendo está situación, mucha gente está afectada porque han perdido seres queridos”, dice Teresa con voz firme.

La casa donde abrió su salón de belleza la construyó su papá. Teresa aún recuerda el nombre del constructor de la casa, quien edificó la Iglesia del Calvario, inhabitable también después del temblor.

“No tengo valor para llorar”, repite Teresa, quien arregló el cabello a tres generaciones que hoy comparten la desgracia. ***