Las fotos eran oscuras y granulosas, pero Kasidis Chanpradub, un alto oficial de una unidad paramilitar de élite de los guardabosques tailandeses, sabía lo que estaba viendo. “Son cazadores furtivos, seguro”, dijo a Newsweek. “Nadie más estaría allí afuera a esa hora de la noche”.
Después de una reunión informativa matutina en las oficinas de los guardabosques en un rincón remoto del Parque Nacional Khao Yai de Tailandia, Chanpradub desplegó cinco hombres vestidos con camuflaje y botas de combate. Armados con rifles de asalto, se dispersaron bajo el denso follaje selvático en busca de cazadores furtivos. El área que protegen es enorme: 3,800 kilómetros cuadrados de bosque que abarcan cinco parques nacionales al este de Tailandia, que la UNESCO ha declarado un sitio del Patrimonio Mundial. Más de 800 especies viven aquí, incluidos animales en peligro de extinción como el tigre asiático y el cocodrilo siamés.
Sin embargo, por estos días la mayoría de los cazadores furtivos no está en pos de animales raros. Están cazando lo que se ha convertido discretamente en el producto silvestre traficado más valioso del mundo: el palo de rosa siamés. Las confiscaciones de palo de rosa hechas por funcionarios de aduanas valen el doble que el segundo artículo más valioso, los colmillos de elefante, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Y en la última década, los cazadores furtivos han serrado los árboles casi hasta la extinción, amenazando el ecosistema de Khao Yai, un popular destino turístico.
El auge en la demanda proviene de China, donde el mobiliario con adornos tallados al estilo imperial Ming, conocido como hongmu, ahora es una industria con valor de 5,000 millones de dólares, según un cálculo de 2014 hecho por la Agencia de Investigación Ambiental (EIA, por sus siglas en inglés), una organización no gubernamental domiciliada en Londres que monitorea el tráfico ilegal de vida silvestre. Esa industria depende tremendamente de los árboles de palo de rosa cortados por toda la región Mekong en Camboya, Laos, Vietnam y Tailandia.
Con tanto dinero en juego, los taladores —jornaleros y oficiales militares camboyanos en servicio o retirados— están dispuestos a matar, y morir, por el botín. Los taladores pueden obtener un aproximado de 4,000 a 6,000 dólares de un árbol maduro. El año pasado, los taladores mataron a cinco guardas en el bosque (no se sabe cuántos cazadores furtivos han matado los guardabosques). La combinación de esas muertes y la madera de un tono rojizo de la especie ha llevado a los conservacionistas a llamarla “madera de sangre”.
Las operaciones de tala ilegal son dirigidas por sindicatos del crimen transnacionales y, desde hace mucho, han gozado de una ventaja sobre el personal del parque a causa de su superioridad numérica, financiamiento y armamento. Pero en 2015, el Departamento de Parques Nacionales de Tailandia creó unidades paramilitares especializadas de guardabosques llamadas hasadin (“elefante”, en sánscrito). Freeland, una ONG contra el tráfico y domiciliada en Bangkok, ha entrenado y ayudado a financiar al grupo, el cual consta de 50 guardabosques en unidades que abarcan los cinco parques nacionales. Ahora, con la ayuda de nuevas cámaras de reconocimiento facial, los hasadin finalmente están frenando a los cazadores furtivos. “Es una guerra que, tal vez, nunca podamos ganar por completo”, dice Chanpradub. “Pero si nos mantenemos fuertes, tampoco ellos ganarán”.
Hay muchos tipos de árboles de palo de rosa, pero el Dalbergia cochinchinensis, o palo de rosa siamés, oriundo de Camboya, Laos, Vietnam y Tailandia, es el más preciado por la floreciente clase media china. “El palo de rosa siamés… tradicionalmente fue del dominio de emperadores y la realeza”, dice Jago Wadley, el alto defensor de bosques en la EIA.
Como la tala ilegal ha hecho escasa la madera, los compradores la ven cada vez más no solo como un material para mobiliario grandioso sino también como una inversión. Un cliente acaudalado en Shanghái pagó $1 millón de dólares por una cama hecha con palo de rosa siamés, según una investigación de la EIA en 2014. “Hay una prisa atolondrada por adquirir algunos de los recursos más caros y finitos del mundo antes de que desaparezcan”, dice Tim Redford, director del Programa Sobreviviendo Juntos de Freeland, el cual trabaja con comunidades locales para proteger el medioambiente. “Algunos compradores cuentan con que la extinción aumente el valor de sus inversiones”.
Los taladores ilegales han arrancado casi todos los palos de rosa siameses conocidos en Camboya, Laos y Vietnam, aprovechándose de las autoridades laxas y corruptas en los parques nacionales. Ahora, se han dirigido a Tailandia, donde los bosques están mejor resguardados, porque es un país más acaudalado, con un mayor compromiso con el medioambiente, y porque las tradiciones animistas-budistas desde hace mucho han protegido a los árboles del uso local. “Tailandia históricamente no usó el palo de rosa, por lo que macizos enormes del árbol otrora permanecieron en las áreas protegidas”, dice Redford, pero gracias a la caza furtiva reciente, “solo una fracción existe todavía”. Como resultado, los cazadores furtivos han empezado a cernirse sobre el muy cercano palo de rosa birmano, hallado en Tailandia y Myanmar.

ACECHADORES NOCTURNOS: Combatir a los taladores puede ser difícil y mortal. Pero ahora, con la ayuda de nuevas cámaras de reconocimiento facial, los guardabosques tailandeses finalmente están frenando a sus adversarios. FOTOS: FREELAND FOUNDATION; DEMELZA STOKES
El Departamento Real de Bosques de Tailandia se prepara para plantar 8 millones de vástagos para remplazar los árboles adultos talados ilegalmente en sus parques nacionales. Pero a los nuevos árboles les puede tomar 150 años para alcanzar la madurez. Al corto plazo, tratar de derrotar a los cazadores furtivos es la única manera de salvar a la especie.
En meses recientes, los guardabosques tailandeses han usado un arma nueva de alta tecnología: cámaras furtivas, cámaras con sensores de movimiento camufladas en cajas verdes que se colocan en árboles a unos 12 pies por encima del suelo del bosque, captando el movimiento en el suelo y transmitiendo las imágenes vía correo electrónico a los teléfonos de los oficiales en tiempo real. Las versiones más nuevas tienen tecnología de reconocimiento facial lo bastante inteligente para alertar a los guardabosques de la presencia de humanos. Estas cámaras les permiten a los guardabosques monitorear múltiples ubicaciones remotas simultáneamente y dirigirse directamente donde están operando los cazadores furtivos. Los guardabosques mueven las cámaras cada cierta cantidad de semanas para evitar que los taladores rastreen sus ubicaciones.
Dado que las autoridades introdujeron las cámaras en los cinco parques nacionales hace nueve meses, los funcionarios dicen a Newsweek que han notado menos incursiones de los cazadores furtivos. “Ellas tienen un beneficio práctico, pero también un efecto psicológico en los cazadores furtivos”, dice Chanpradub. “Ellos no saben dónde están las cámaras y cuando están siendo observados. Creemos que ya están asustando a algunos de los grupos grandes”.
Las cámaras también han obligado a los cazadores furtivos a adaptarse. Antes, ellos venían desde Camboya en grupos de hasta 40 hombres, armados con sierras y AK-47. Ellos montaban campamentos de tala dentro de los parques y se quedaban de dos a tres semanas. Cuando terminaban de talar, arrastraban la madera fuera de los parques nacionales, donde contrabandistas en camionetas pickup equipadas con compartimentos ocultos esperaban para llevar la madera a Camboya. Ese tipo de operación a gran escala se ha vuelto menos práctico, gracias a las nuevas cámaras. Ahora, los cazadores furtivos usan misiones menos eficientes de “golpear y huir”, dirigiéndose al bosque en grupos más pequeños para estadías más cortas. Ellos derriban árboles, marcan su ubicación mediante GPS y envían porteadores para que regresen de noche, haciendo múltiples viajes para entregar la madera a las camionetas.
Las pandillas también luchan con menos frecuencia, temiendo más choques mortales con los hasadin. Si se ven enfrentados, ellos ahora prefieren huir hacia el bosque en vez de quedarse y pelear, dice Redford.
Para alertar a los guardabosques sobre las actividades de los cazadores furtivos antes de que entren al parque, Freeland quiere ayuda. Envía equipos de funcionarios de bosques tailandeses y camboyanos, junto con ONG locales, a escuelas y comunidades cercanas a las rutas de contrabando en la frontera entre Tailandia y Camboya. Allí, explican la importancia de conservar el bosque.
Pero los cazadores furtivos han contrarrestado esta táctica también. Antes de dirigirse al parque, ahora van a poblados cercanos y amenazan con matar a los lugareños si reportan la presencia de los cazadores furtivos.
Sin embargo, aparte de sus nuevas cámaras, los guardabosques ahora tienen aliados en todo el orbe. En enero, la Convención de Comercio Internacional de Especies en Peligro, un tratado internacional, cerró una laguna jurídica que había permitido que el mobiliario de palo de rosa parcial o totalmente terminado fuera importado legalmente.
El tratado ha dado a los defensores de los parques nacionales de Tailandia algo de esperanza en que pueden salvar al árbol de la extinción. Pero para Chanpradub y su equipo, la guerra continúa, un cazador furtivo a la vez.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek