Bloqueo de tuitero

¿DEBERÍA DEMANDAR a Donald Trump por bloquearme en Twitter?

Nunca esperé hacer esa pregunta. Pero la vida es extraña. Y también lo es Twitter, en especial cuando el presidente de Estados Unidos está involucrado.

Trump bloqueó mi cuenta el 15 de junio, aunque no sé por qué. Probablemente tuvo algo que ver con mi tuit burlándome de su uso de “¡CACERÍA DE BRUJAS!” (le dije al presidente que debería dejar de usar ese término porque es un insulto a las brujas). Pronto estaba bloqueado, y escribí un artículo al respecto.

Al día siguiente, me llamó un interno legal del Instituto Knight por la Primera Enmienda. Quería saber si yo estaba interesado en fungir como demandante en una demanda potencial contra Trump. El Instituto Knight fue fundado en la Universidad de Columbia en 2016 para defender la libertad de expresión en la era digital. En semanas recientes, la organización ha puesto la mira en los dedos tuiteros de Trump, argumentando que su cuenta —@realDonaldTrump— es “un foro público designado”, por lo cual los ciudadanos tienen el derecho, según la Primera Enmienda, de responder a él sin importar si el presidente no se ajustó a ello.

Mientras consideraba la invitación, tuve algunas dudas. Incluso si estuviera de acuerdo con la demanda en principio, ¿qué tal si me gusta estar bloqueado por Trump? Es agradable no tener acceso a su cuenta. Por meses, los tuits más recientes de Trump a menudo han sido lo primero que leía en la mañana. Y eso no parecía sano. La energía mental que gasté en tratar de pensar una respuesta ingeniosa podía ser mejor gastada en, bueno, cualquier otra cosa.

Pero esto no se trata de mí. Al bloquear a gente que lo fastidia, Trump (o uno de sus asistentes) está silenciando a sus críticos más sonoros (hablando de silencio, la oficina de prensa de Trump no respondió mi solicitud de comentarios). Además, parece haber redoblado su bloqueo compulsivo en semanas recientes, como Dikembe Mutombo, pero con manos diminutas. Uno incluso podría llamarlo una “¡CACERÍA DE BRUJAS!”.

Mientras reflexionaba sobre qué hacer, hablé con Katie Fallow, alto miembro del Instituto Knight. “Nadie había hecho esto antes”, dice, refiriéndose al bloqueo en Twitter de Trump. “Según mi entender, con Obama nadie fue bloqueado de la cuenta @POTUS”.

Según Fallow, el hábito bloqueador de Trump pisotea los derechos constitucionales por dos razones: (1) evita que los usuarios bloqueados tengan acceso a la comunicación oficial, y (2) evita que cierta gente sea capaz de responder a Trump con base en sus propias opiniones. La cuestión relevante es si la cuenta de Trump en Twitter —la cual es distinta de la cuenta @POTUS— es un foro oficial. Sean Spicer, secretario de prensa de la Casa Blanca, ha dicho que los tuits del presidente son “declaraciones oficiales”, lo cual podría tener implicaciones constitucionales.

“Creemos que el presidente utiliza su cuenta para asuntos oficiales”, me dice Fallow. “Él la usa principalmente para comunicarse con el público y, al hacerlo así, crea un foro público designado. Hay una larga línea de casos diciendo que el gobierno no puede excluir a la gente de foros públicos con base en sus puntos de vista”. Fallow señala un caso de Virginia que involucró a un hombre a quien se le bloquearon sus comentarios en la página de Facebook de un supervisor de condado. El individuo presentó una demanda, y la corte aceptó permitir que el caso siguiera su curso.

Hasta ahora, dos usuarios de Twitter dijeron que están dispuestos a permitir que el Instituto Knight los represente: Holly O’Reilly (@AynRandPaulRyan) y Joe Papp (@joepabike). Ambos son críticos de Trump con cuantiosos seguidores en Twitter, y ambos fueron bloqueados por el presidente a finales de mayo o principios de julio.

Si se les preguntara a los artífices de la Constitución si es una violación a la Primera Enmienda cuando el presidente bloquea gente en Twitter, ellos probablemente dirían algo como: “Pueees, ¿qué es Twitter? He estado muerto 200 años”.

Así que mejor le hice la pregunta a un abogado especializado en la Primera Enmienda, y este pareció simpatizar con el caso contra Trump. “Trump es el epítome del gobierno”, dice el abogado, Wayne Giampietro, en un correo electrónico. “La Primera Enmienda impide que el gobierno suprima el discurso con base en su contenido. Si Trump en verdad ha convertido su cuenta de Twitter en un foro público limitado, como argumenta el Instituto Knight, entonces podría haber una demanda allí”.

Y añade: “También podría argumentarse que… aquellos [suprimidos] que hablarían con el presidente están comprometidos a reclamar al gobierno, y por lo tanto están protegidos por la Primera Enmienda”.

Pero Saikrishna Prakash, experto en ley constitucional y quien enseña en la Facultad de Derecho de la Universidad de Virginia, duda de que el Instituto Knight sea capaz de ganarse a las cortes. “Según mi conocimiento, no hay un precedente en la Suprema Corte de cuándo una cuenta de Twitter es un foro público”, dice Prakash. “Incluso si son capaces de hallar un juez que simpatice con ellos, pienso que los demandantes perderán. No es tanto que ellos no tengan un caso. No es como si fuera risible. Pero, finalmente, no tendrá éxito”.

Incluso si el caso tuviera éxito, ¿por qué molestarse en unirse a la demanda?

Le hice esta pregunta a O’Reilly. Ella fue bloqueada después de tuitear un gif burlándose de Trump. Ahora ella tiene el hashtag #BlockedByTrump en su biografía de Twitter. O’Reilly apostó con unas cuantas amistades que Trump redoblaría su bloqueo de gente después de recibir esa carta del 6 de junio. Hasta ahora, O’Reilly parece estar en lo correcto.

Probablemente no me una a la demanda contra Trump. Soy un periodista, y unirme a una litigación activa (o pronta a ser activa) es un conflicto de interés (además, yo no ganaría mucho si me desbloquearan).

Pero O’Reilly planea involucrarse. “Si hay una demanda, seré una de las demandantes”, me dice a través de Twitter. “Hay un territorio legal enorme y sin explorar para los derechos de la Primera Enmienda en lo tocante a los medios sociales. Si ello ayuda a dar algo de estructura y de marco a las leyes que traerán los retos futuros a la Primera Enmienda, estoy contenta de ayudar”.

Y O’Reilly tiene otra razón: “Odio al jodido Trump”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek