En todos los partidos políticos existen demonios. Algunos son tímidos o tranquilos, pues han sido domesticados por decenios de sumisión, como es el caso de los priistas. Otros, como en el caso de los del PAN, no se acostumbran a la vara del domador y afilan sus colmillos y garras para la elección del candidato o candidata a la presidencia de la República para el 2018. Y antes, tal vez, al dirigente nacional.
Antes de cualquier otra cosa, es necesario conocer al Partido Acción Nacional de Baja California, que debutó en el estado en 1953, con Francisco Cañedo como candidato a gobernador, y que en 1959, Salvador Rosas Magallón ganó las elecciones en una jornada heroica, víctima de nuestra desmemoria, a pesar de que sufrió el primer gran fraude electoral con el que impusieron a Eligio Esquivel Méndez, del PRI.
Desde 1959, el PAN ganó elecciones limpiamente, mientras el binomio “PRI-Gobierno” se empeñó en cometer fraudes electorales. Fue hasta que en 1988, que Cuauhtémoc Cárdenas como candidato del Frente Patriótico Nacional obtuvo una alta votación que rompió el bipartidismo. Un año después, en 1989, El PAN y su candidato Ernesto Ruffo Appel ganaron la gubernatura en Baja California, y dos de cuatro alcaldías. Con ello, se abrió paso a un período de normalización electoral, que fue cercenado por la imposición de candidatos en el PAN, a la manera priista. A partir del 2009, Felipe Calderón repartió ‘dedazos’ e impuso a sus amigos y leales sin respeto a la historia democrática del partido.
El panismo de Baja California influyó al panismo emergente en toda la república desde 1959 y hasta 1989. Desde Tijuana hasta la península de Yucatán. Por desgracia, su renuncia a la democracia, fue también un pésimo ejemplo para el panismo nacional.
Así el PAN sufre una crisis existencial. El cacicazgo de fue Felipe Calderón fue usurpado por Gustavo Madero, y este por Ricardo Anaya, actual cacique y presidente nacional del partido, quien está acomodándose en la candidatura presidencial del PAN-2018. Felipe Calderón, ante la imposibilidad de reelegirse, decidió imponer a su esposa Margarita Zavala como candidata a la Presidencia de la República, en contra de Anaya y de quien se le oponga.
No hay duda, estamos ante una batalla de pesos pesados, donde no habrá piedad y solo un grupo sobrevivirá.
Esta batalla desplazará al segundo plano a todos los temas nacionales y locales del partido. Poco importa ahora el “fraude” de Coahuila, o la necesaria reorganización del partido, y hasta las elecciones estatales del 2019 son accesorias. Ante la contienda interna del PAN todo es secundario.
Lo importante, lo primario, es que los contendientes salten a la arena, para que corra la sangre azul de los inmolados y que entierren a los derrotados antes de que termine el presente año.
De la confrontación Calderón vs Anaya, surgirán nuevos grupos dominantes en Baja California. Así el perdedor será excluido de la gubernatura del 2019, en tanto los que ahora se consideran candidatos estarán suspendidos en el limbo, hasta que el ganador de la contienda del 2018 establezca las reglas del juego, extienda su poderoso dedo y designe o ratifique a candidatos.
Así tendremos a un PAN nuevo, tal vez tradicional, tal vez re-editado, fundido, confundido, o “refundado” como lo quería Calderón en 2012. En fin, como sea que resulte ser, pero ese nuevo PAN con su nuevo amo, será el que toque el clarín convocando a las elecciones del 2019, hasta que surja un nuevo César que se imponga.