Si Khaled Ali está preocupado, no lo demuestra. Sentado detrás de un escritorio de madera en su oficina del centro de El Cairo, el prominente jurista de derechos humanos habla de su caso con el tranquilo desapego de un abogado que defiende a su cliente. Solo que, esta vez, el propio Ali es el acusado.
En mayo, las autoridades egipcias arrestaron a Ali, un posible candidato presidencial para las elecciones egipcias, a realizarse a principios de próximo año, acusado de “ofender la decencia pública” por hacer un gesto grosero con la mano afuera de un tribunal de El Cairo. Ali hizo el gesto en enero para celebrar el veredicto de uno de los tribunales más altos de Egipto con respecto a una demanda que presentó contra el gobierno del presidente egipcio Abdelfatah al Sisi por transferir el control de dos islas del Mar Rojo a Arabia Saudita. El acuerdo, que muchos egipcios piensan que Al Sisi hizo a cambio de miles de millones de dólares en ayuda e inversiones saudíes, desencadenó inusuales protestas callejeras el año pasado, a pesar de las duras restricciones legales en contra de las manifestaciones. Aunque Ali triunfó ese día, finalmente perdió la demanda. Al Sisi pasó por alto los tribunales y buscó la aprobación del Parlamento, que ratificó el acuerdo el 14 de junio.
Ali afirma que fue arrestado como venganza por sus desafíos al régimen, entre los que se incluye la demanda, y por su anuncio en febrero de que consideraba la posibilidad de postularse a la presidencia. El cargo en su contra, que Amnistía Internacional ha calificado como “absurdo”, ha llegado a simbolizar los muchos esfuerzos de Al Sisi por eliminar a cualquier posible rival. “No existe ninguna razón justificada para mi arresto”, declaró Ali a Newsweek. “Fue un intento de asustarme”.
Ali no tienen miedo y no se ha sometido. Si el veredicto de su juicio no se lo impide, podría postularse en la elección del año entrante. Pero su arresto, que ha sido uno de los aproximadamente cincuenta que se han producido desde abril en todo Egipto contra activistas de al menos cinco partidos de oposición y grupos políticos juveniles, entre ellos, el izquierdista Partido Pan y Libertad, fundado por Ali, muestran la aparente determinación de Al Sisi de asegurarse de que no existan desafíos viables a su autoridad. Los activistas han sido acusados de delitos tan insignificantes como expresar su desacuerdo en línea, como Mohamed Walid, un miembro del Partido Pan y Libertad de Suez, que fue arrestado por publicar en Facebook el mensaje: “Abajo el gobierno militar”.
Ali se enteró en mayo de su propia orden de arresto gracias a sus colegas, cuando el aviso de un fiscal público llegó a su oficina de El Cairo mientras él se encontraba en un viaje de fin de semana en Roma, en donde asistió a un taller de derechos humanos. Por órdenes del fiscal, voló de regreso a Egipto para presentarse y ser interrogado. Fue liberado tras pasar una noche en prisión y, ahora, a principios de julio, enfrenta un juicio. Si es condenado, Ali dice que podría enfrentar cualquier cosa, desde una multa hasta pasar un tiempo en la cárcel. Ali comenta a Newsweek que está seguro de que lo encontrarán culpable; si es así, es posible que esté legalmente impedido para convertirse en candidato presidencial (Newsweek solicitó más información sobre los arrestos de Ali y otros activistas al Ministerio del Interior de ese país, pero no recibió ninguna respuesta).
Los arrestos han intimidado a muchas personas. Otros partidos de oposición señalan que no están seguros de presentar un candidato en la elección del próximo año debido a que temen sufrir represalias, y a que no creen que vaya a ser un proceso justo. “Al Sisi evita que la oposición postule a un candidato sólido en su contra para las próximas elecciones”, señala Khaled Dawoud, presidente del Partido Dostour, cuyos miembros han sido arrestados por cargos que incluyen insultar al presidente. El temor a ser arrestados hace que los jóvenes tengan dudas sobre unirse al partido, dice. Esto también afecta la financiación, señala. “¿Cree usted que algún empresario vendrá y me dará dinero si ve que muchos miembros de mi partido son arrestados todo el tiempo?”.
Mientras tanto, el gobierno de Al Sisi ha intensificado sus medidas represivas contra otros tipos de voces disidentes. A finales de abril, en un movimiento que, según los expertos, fue diseñado para evitar el ascenso de dos jueces disidentes, Al Sisi ratificó reformas que le daban el poder de nombrar a los miembros de más alto nivel del sistema judicial. Luego, a partir de mayo, las autoridades egipcias comenzaron a bloquear el acceso a al menos cien sitios web, entre ellos, algunos noticiosos como Al Jazeera y Mada Masr, la prominente fuente noticiosa independiente de Egipto. Ese mismo mes, Al Sisi aprobó una ley que, según Human Rights Watch, “criminalizará el trabajo de muchas [organizaciones no gubernamentales], haciendo que les resulte imposible desempeñarse en forma independiente”.
Al Sisi ya había paralizado el disenso en Egipto tras encabezar, en 2013, el derrocamiento militar de Mohammed Morsi, el primer presidente elegido democráticamente en Egipto. Desde que asumió el poder, al año siguiente, ha tomado alrededor de 40,000 prisioneros políticos, ha prohibido las protestas antigubernamentales, ha impuesto prohibiciones de viajes a activistas y ha destituido a jueces considerados poco dóciles.
Con tan pocos desafíos, algunas personas se preguntan por qué Al Sisi parece tan decidido a aplastar a su debilitada oposición. Algunos analistas afirman que esto se debe a que el presidente está cada vez más paranoico debido a las críticas públicas sobre su manejo de la economía y su estrategia de seguridad: el grupo militarista Estado Islámico ha lanzado cuatro ataques desde diciembre contra cristianos egipcios. Otras personas piensan que estaba ansioso por silenciar a la oposición antes de la controvertida votación parlamentaria sobre el acuerdo de las islas del Mar Rojo, el cual es muy impopular en todo Egipto.
A pesar de estos problemas, Al Sisi cuenta con un importante apoyo dentro de las instituciones estatales clave, y ni él ni otros miembros del orden establecido egipcio consideran que su posición sea vulnerable, afirma H. A. Hellyer, miembro no residente del Consejo del Atlántico, un grupo de analistas de asuntos internacionales con sede en Washington, D. C. Al mismo tiempo, la relación aparentemente cercana de Al Sisi con el presidente estadounidense Donald Trump lo ha envalentonado aún más. En mayo, en una reunión con varios líderes del mundo árabe en Riad, Arabia Saudita, Trump prometió visitar El Cairo y, luego, halagó a Al Sisi por sus zapatos negros, diciendo que le encantaban. “El cambio en la Casa Blanca ha enviado una señal clara de que la presión internacional no será demasiado intensa”, dice Hellyer, aunque añade que no había mucho que pudiera disuadir a Al Sisi antes de que asumiera el cargo. “Francamente, el gobierno de Obama no era muy vigoroso en cuanto a establecer políticas reales que estuvieran diseñadas para promover la buena gobernanza en Egipto”.
Las circunstancias actuales no han hecho que Ali se muestre particularmente esperanzado sobre su futuro, pero ha jurado seguir luchando. Después de todo, afirma, “el régimen y las autoridades no pueden ganar todas las batallas”. Sin embargo, hasta ahora, parece que el régimen ha ganado muchas de ellas.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek