El sucesor del terror

LAS LADERAS de la cordillera Spin Ghar, a cuarenta kilómetros al sur de Jalalabad, en la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán, otrora albergaron cientos de plantaciones de olivos. En decenas de miles de acres, allí solía haber granjas agrupadas a lo largo de las riberas del canal Nangarhar, un proyecto monumental de irrigación hidroeléctrica completado en la década de 1960, cuando Afganistán era seguro y lo bastante liberal para ser una parada regular en la ruta hippie de Europa a India y el Oriente Lejano. Sin embargo, con la llegada del nuevo milenio, más de veinte años de guerra continua casi habían destrozado la capacidad del canal de llevar agua a las arboledas y matado por completo lo que había sido un negocio floreciente.

Un día del otoño de 2001, con otra invasión extranjera avecinándose, un padre se sentó con tres de sus jóvenes hijos a la sombra de uno de los pocos olivos restantes. Juntos, realizaron una sencilla ceremonia de despedida. A cada uno de los tres niños el padre le dio un misbaha, una serie de cuentas para orar que simboliza los 99 nombres de Dios en árabe clásico. Luego el padre se marchó y desapareció en las montañas, encaminándose a un reducto familiar conocido como la Cueva Negra, o en el idioma pastún local, Tora Bora. “Fue como si nos sacáramos los hígados y los dejáramos allí”, recordó uno de los hijos en una carta en 2009.

El muchacho que escribió esa carta era Hamza bin Laden, uno de los hijo de Osama bin Laden —que luego se volvería el líder de Al Qaeda—. Hamza pasaría la mayor parte de la siguiente década en cautiverio. Creció tras las rejas, extrañando profundamente a su padre. “Cuántas veces, desde lo hondo de mi corazón, deseé estar junto a ti”, le escribió Hamza en la carta. “Recuerdo toda sonrisa que me diste, toda palabra que me dijiste y cada mirada que me ofreciste”.

Hamza creció con fervor por la yihad y la determinación de seguir los pasos de su tristemente célebre padre. Y hacia el final de su vida, el mayor de los Bin Laden empezó a prepararlo para un puesto de liderazgo. Incluso hizo planes para que Hamza se le uniera en su complejo secreto en Abbottabad, el lugar donde los SEAL de la armada finalmente lo acribillaron. Pero 16 años después de su despedida bajo el olivo, reaparece Hamza como un líder yihadista que, junto con varios de los lugartenientes más confiables y competentes de su padre, presagia el resurgimiento de Al Qaeda.

Hoy podrá parecer que el grupo Estado Islámico (EI) es fuerte, ya que sus seguidores atacan y matan inocentes en Londres y Mánchester; pero su poder está menguando conforme pierde hombres y territorio en Irak y Siria gracias a un asalto de las fuerzas iraquíes, kurdas y estadounidenses. Mientras tanto, la historia de Hamza —basada en libros, documentos de la corte, inteligencia de código abierto, videos y grabaciones de Al Qaeda incautados en el complejo de su padre después de su muerte en 2011, entre otras cosas— muestra cómo la organización madre del Estado Islámico, Al Qaeda, está planeando un regreso con consecuencias potencialmente mortíferas para Occidente y el resto del mundo.

TRES MOSQUETEROS YIHADISTAS

En los meses posteriores al 11/9 y la caída de los talibanes, mientras Estados Unidos invadía Afganistán, miembros de la familia Bin Laden y figuras de alto rango de Al Qaeda escaparon al bastión chiita de Irán. Ello podría parecer un destino sorprendente para algunos de los extremistas suníes más fervientes del mundo; hombres que condimentan sus declaraciones públicas con insultos a sus rivales chiitas. Pero después de los ataques en Nueva York y Washington, D. C., Irán era el único lugar en el mundo musulmán donde los militares y el aparato de seguridad estadounidense no podía aprehenderlos. Las autoridades iraníes deportaron a la mayoría de los miembros de Al Qaeda que capturaron, pero retuvieron a unos pocos detenidos de alto valor para usarlos como monedas de cambio en negociaciones de rehenes y otras situaciones difíciles. Entre esos rehenes valiosos estaban Hamza y su madre, Khayria, así como tres figuras claves: Abu Khayr al Masri, jefe del comité político de Al Qaeda; Abu Mohammed al Masri, jefe de sus campos de entrenamiento; y Saif al Adel, jefe de seguridad y uno de los principales tácticos.

Inmediatamente después del arresto del trío en Shiraz, en abril de 2003, fueron llevados a Teherán y encarcelados unos veinte meses en los calabozos de un edificio perteneciente al temido aparato de inteligencia iraní. Los superiores de Al Qaeda y sus familias fueron retenidos e incomunicados, pero sin cargos. A principios de 2005, fueron movidos a un espacioso complejo militar con un conjunto habitacional, campo de futbol y una mezquita, junto a un campo de entrenamiento de uno de los muchos grupos milicianos chiitas en la nómina de Teherán. A sus familias se les permitió unírseles, aunque por lo menos uno de los detenidos sospechó que esto era una treta para permitir que los iraníes estuvieran al pendiente de familiares potencialmente problemáticos.

Pero los prisioneros estaban inquietos. Para estos muyahidines endurecidos, las comodidades suburbanas solo exacerbaban su humillación. Uno de ellos dijo a sus captores que prefería ser extraditado a Israel que pasar más tiempo en la jaula dorada de Irán. En marzo de 2010, los prisioneros montaron lo que un detenido luego describió como “un enorme acto de perturbación”. A soldados iraníes enmascarados y vestidos de negro se les ordenó que invadieran el complejo. Los soldados golpearon a los hombres y a algunos de los niños y llevaron a los altos detenidos a confinamiento solitario, donde se asaron por 101 días.

La capacidad de los detenidos de comunicarse con el mundo exterior parece haber variado con el tiempo. Primero estuvieron cautivos, como lo dice un funcionario de Estados Unidos, “casi bajo arresto domiciliario, sin ser capaces de hacer gran cosa”. Las llamadas telefónicas a sus familiares estaban estrictamente limitadas. Pero las restricciones se relajaron gradualmente y las condiciones de vida de los detenidos mejoraron poco a poco. Las autoridades iraníes con el tiempo establecieron un sistema que permitía a los prisioneros enviar correos electrónicos y navegar por la red, aunque con acceso limitado.

También hubo otras formas de comunicarse con el exterior. El suegro de Adel, Mustafa Hamid, quien estaba cautivo en Irán en condiciones más holgadas, visitaba al grupo principal de detenidos cada cierto tiempo. Con su mayor libertad, Hamid estaba en posición de servir como mensajero, y así podría ser como Adel fue capaz de publicar una columna sobre seguridad e inteligencia en la revista interna de Al Qaeda en la península arábiga, Muaskar al Battar (Campo de la Espada). Otros detenidos escapaban y llevaban textos consigo escritos por los detenidos; Iman, la hija de Bin Laden, pasó de contrabando un texto llamado Veinte directrices en el sendero de la yihad —un libro tremendamente crítico de la violencia del fundador del Estado Islámico, Abu Musab al Zarqawi, contra civiles en Irak— y con el tiempo lo hizo publicar (el libro presagió el conflicto que dividió al Estado Islámico de Al Qaeda años después).

A pesar de su inquietud, los detenidos lograron crear los elementos de sus vidas previas detrás de las rejas. Los hombres se reunían cinco veces al día para orar y conversar en la mezquita. Los prisioneros pidieron que a sus hijos se les permitiera asistir a la escuela —y las autoridades se negaron—, pero la madre de Hamza, quien es bien educada, lo instó a buscar aprender lo mejor que pudiera, y un grupo de altos detenidos aceptó la labor de educarlo en estudio coránico, jurisprudencia islámica y el hadith, una colección de dichos atribuidos al profeta Mahoma. Mientras estuvo en custodia, Hamza se casó con una hija de Abu Mohammed al Masri y tuvo hijos.

Nunca volvería a ver a su padre, pero pronto se volvió igual a él: un defensor de la yihad violenta y radical.

TOMA BENIGNA DE REHENES: Después de los ataques del 11/9, Irán detuvo a varias figuras claves de Al Qaeda, incluido Hamza bin Laden, su madre, y Said al Adel (en la foto), su jefe de seguridad y uno de los principales tácticos. FOTO: FBI/GETTY

LLAMADO A LA UNIDAD

En 2014, Al Qaeda y el Estado Islámico se habían dividido oficialmente. El EI no solo había conquistado territorio en Irak y Siria, sino que había impactado al mundo al decapitar estadounidenses grabados en video que transmitían su brutalidad. A los ojos de Occidente, Al Qaeda ya no era el grupo extremista más peligroso, y el líder del EI, Abu Bakr al Baghdadi, se había convertido en un nuevo Bin Laden. Sin embargo, para algunos yihadistas, Baghdadi era mucho más: era el líder profetizado que traería un califato islámico mundial.

El ascenso de Baghdadi se dio a expensas de Ayman al Zawahiri, el líder de Al Qaeda. El egipcio quizás haya heredado la cartera y título de Bin Laden, pero desde su tumba, en el océano Índico, el jeque no podía pasar su aura. En julio de 2014, conforme crecía la disputa entre el EI y Al Qaeda, Zawahiri renovó el bayat, o juramento de lealtad, de su grupo al mulá Omar, el líder talibán. Por entonces, parecía una acción simbólica inteligente para subrayar la ilegitimidad del reclamo de Baghdadi a la supremacía. Sin embargo, un año después se supo que Omar había sucumbido a la tuberculosis en abril de 2013; Zawahiri y Al Qaeda le habían jurado lealtad a un hombre que había estado muerto 15 meses. Esto se vio mal para Zawahiri; o él ya sabía que Omar estaba muerto y le juró lealtad a un cadáver —una grave transgresión en la versión salafista-yihadista del islam de Al Qaeda— o no lo sabía y, por lo tanto, desconocía demasiado la situación como para hacerse llamar un verdadero emir. La pifia provocó el ridículo de parte de algunos yihadistas, y consternación en otros. En un momento en que Zawahiri batallaba para mostrar su relevancia en la era del Estado Islámico, parecía confirmar los peores miedos sobre su liderazgo.

Pero Zawahiri no está solo en la proa de Al Qaeda, y su tripulación recientemente se ha hecho más fuerte, en un momento en que la guerra con Occidente y sus aliados ha debilitado al EI. En un mensaje de audio grabado en mayo o junio de 2015, Zawahiri presentó triunfantemente a un hombre que él llamó “un león del cubil de Al Qaeda”. Después de cuatro años de silencio tras la muerte de su padre, la voz de Hamza bin Laden se oyó de nuevo, y sus palabras se mantenían fieles al mensaje de Al Qaeda. Alabó a los líderes de las varias filiales de Al Qaeda, insultó al presidente Barack Obama como “el jefe negro de [una] pandilla criminal”, aplaudió los ataques en Fort Hood y el Maratón de Boston e hizo un llamado para que los yihadistas “llevaran el campo de batalla de Kabul, Bagdad y Gaza a Washington, Londres, París y Tel Aviv”.

En su declaración de 2015, Hamza pidió la liberación de miembros encarcelados de Al Qaeda y distinguió a los “jeques”, a quienes da el crédito de educarlo en cautiverio, incluidos los tres grandes de la shura: Abu Khayr al Masri, Saif al Adel y Abu Mohammed al Masri. “Que Dios los libere a todos”, suplicó Hamza.

Sus oraciones pronto fueron respondidas. Al Qaeda, en la península arábiga, en medio de su ascenso en Yemen, había bombardeado la residencia del embajador iraní en Saná en diciembre de 2014. Luego había acribillado a un diplomático iraní que se resistió a un intento de secuestro. El grupo también había tomado vivos exitosamente a dos diplomáticos iraníes. En algún momento de 2015, los intercambió por los tres altos líderes de Al Qaeda en Irán, quienes fueron recibidos como héroes en Waziristán.

A su regreso, el trío trajo consigo un siglo en conjunto de experiencia en la yihad. Abu Mohammed al Masri había trabajado con Adel para entrenar a milicianos somalíes a principios de la década de 1990 y planeó los ataques suicidas contra la embajada de Estados Unidos en África del Este. Funcionarios estadounidenses de inteligencia lo reconocen como uno de los organizadores más experimentados y capaces no de Al Qaeda. Abu Khayr al Masri, un experto en explosivos, había fungido como ministro del exterior de facto de Al Qaeda y había protegido a Bin Laden en los días posteriores al 11/9. Y luego estaba Adel, cuya larga carrera ha incluido servir en las fuerzas armadas egipcias, ayudar a fundar Al Qaeda, precipitar el incidente de la Caída del Halcón Negro en Somalia, actuar como un mentor de Zarqawi y fungir como jefe de seguridad de Al Qaeda, con una participación íntima en prácticamente todos los ataques de la organización, incluido el 11/9. Los tres hombres estaban estrechamente involucrados en el primer golpe importante de Al Qaeda contra Estados Unidos, los ataques suicidas a la embajada en 1998. Y después de una larga ausencia, los tres ahora estaban involucrados en la yihad mundial (Abu Khayr fue muerto en un ataque aéreo de Estados Unidos en Idlib, Siria, previamente este año).

Su regreso se dio cuando las principales filiales mundiales de Al Qaeda habían cobrado fuerza, apuntaladas por la conmoción en Siria, Yemen y Libia. Estas habían presionado en contra del Estado Islámico, y en respuesta al reclutamiento de este alrededor del mundo, Zawahiri incluso anunció la formación de una nueva filial. Al Qaeda en el subcontinente indio, liderada por un excomandante de los talibanes pakistaníes, busca unificar a los yihadistas extremistas suníes de toda la región y “rescatar” a los musulmanes que viven en Bangladés, Birmania, Assam, Guyarat y Cachemira. Mientras tanto, la espina dorsal waziristaní de Al Qaeda, Khorasan, continúa gozando de la protección de los talibanes pakistaníes y la Red Haqqani, la cual tiene nexos con los servicios de seguridad de Pakistán.

El 9 de mayo de 2016, un día después de que Zawahiri hiciera su más reciente llamado a la unidad entre los grupos yihadistas que combaten en Siria, Al Qaeda publicó un segundo mensaje de audio de Hamza. Titulado “Jerusalén solo es una novia cuya dote es nuestra sangre”, la declaración reiteró la súplica de Zawahiri por la unidad e instó a los yihadistas a pensar en el conflicto sirio como un trampolín a la “liberación” de los territorios palestinos. “El camino para liberar Palestina —dijo— hoy es mucho más corto en comparación con antes de la bendita revolución siria”. Y como en su mensaje previo, motivó ataques de “lobo solitario” contra judíos o sus intereses alrededor del mundo.

La implicación era clara: Zawahiri estaba preparando a Hamza, el hijo del jeque, para liderar. Y si alguna vez Al Qaeda quiere reunirse con su propia progenie caprichosa, Hamza encarna esa posibilidad.

VOLVER A JUNTAR LA BANDA: El coche bomba en la residencia del embajador iraní en Yemen en 2014 fue parte de una serie de ataques de Al Qaeda que llevó a la liberación de tres altos líderes de dicho grupo cautivos en Irán. FOTO: KHALED ABDULLAH/REUTERS

EL NUEVO AL QAEDA

Por veinte años, el mundo ha estado infectado con una enfermedad virulenta. El nombre de este malestar es binladenismo, y el Estado Islámico es meramente su síntoma más reciente. Como lo deja en claro su comportamiento impetuoso, el grupo piensa y actúa exclusivamente a corto plazo. Tuvo éxito en conquistar grandes porciones de Irak y Siria porque, al principio, nadie trató de detenerlo. A las pocas semanas de la aparición de los ataques aéreos de Estados Unidos quedó en claro que el EI ya había alcanzado su nivel más alto. Tal como está concebido en el presente, carece de un futuro a largo plazo, aun cuando algunos de sus miembros sin duda pueden aspirar a largas carreras en el terrorismo.

En contraste, muchos intereses poderosos han tratado desde hace mucho destruir a Al Qaeda, y el grupo los ha superado a todos ellos. Desde el 11/9 ha aumentado su membresía y su alcance geográfico. Este nuevo Al Qaeda sin estado posee ventajas distintivas sobre el EI. Su estructura descentralizada lo hace casi imposible de acorralar; como un vampiro de película de clase B, al tratar de atravesar su corazón con una estaca se transformará en mil murciélagos y volará a otra parte. Contrasta esto con el EI, ahora obligado a defender su califato autoproclamado a un alto costo. Cuando el mundo finalmente haga acopio de la voluntad para deshacerse de este movimiento criminal, sabe dónde hallarlo. No tanto así con Al Qaeda, cuyos subgrupos se extienden en una banda holgada a todo lo ancho de dos continentes, y cuyos simpatizantes se hallan en todo el orbe. La paciencia fanática de la organización, su insistencia en jugar a la larga, la ha hecho mucho más resistente de lo que cualquiera esperaba.

Para el Al Qaeda de hoy hay poca ganancia en antagonizar con Occidente con ataques terroristas. Más bien, su estrategia para el presente involucra acumular recursos y territorio en lugares como Siria, Yemen y el norte de África mientras el mundo está distraído con el conflicto sirio. Sin embargo, cuando el Estado Islámico finalmente se desmorone, los reflectores regresarán a Al Qaeda. En ese momento atacarán, y atacarán en serio. Con el heredero filial de Bin Laden, sus sucesores ideológicos firmemente de vuelta en el redil y las filiales del grupo que tienen ganancias territoriales en Yemen y otras partes, Al-Qaeda de nuevo posee los medios y la oportunidad para atacar.

Hamza solo está esperando el momento correcto.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek