Alguien sí abrió la boca

A principios de la década de 1960, Antonio Veciana era el hombre de la CIA en La Habana. Con una posición alta en el gobierno cubano, provocó el caos en el régimen comunista de Fidel Castro, bombardeando la tienda departamental más grande de la capital y conspirando para matar a Castro con una bazuca. Cuando las fuerzas de seguridad del hombre fuerte de Cuba lo obligaron a exiliarse, Veciana no renunció. Desde 1960 hasta principios de la década de 1970, canalizó fondos de la CIA a una red de contrarrevolucionarios con base en Miami que llevaron a cabo una revuelta armada contra el gobierno cubano.

Veciana se retiró desde hace mucho de su guerra encubierta contra Castro, quien murió plácidamente en su propia cama el año pasado. Ahora, el exagente cubano cuenta su historia en un libro de memorias, Trained to Kill: The Inside Story of CIA Plots Against Castro, Kennedy, and Che, que sopesa el costo de la cruzada contra Castro, tanto para sí mismo como para Estados Unidos. Veciana escribe para justificarse y disculparse, para expresar orgullo y remordimiento. No se arrepiente de combatir al líder cubano, pero sí se arrepiente de que su lucha lo llevó a perderse muchos eventos con su familia e hijos.

Más que nada, quiere compartir lo que sabe sobre uno de los traumas más duraderos en la historia estadounidense: el asesinato del presidente John F. Kennedy.

OPERACIÓN PEDRO PAN

Train to Kill no es otro libro conspiratorio disparatado sobre Kennedy; cables de la CIA desclasificados confirman la relación laboral de Veciana con la agencia e, incluso, su nombre clave, AMSHALE-1. El libro es la historia de un soldado sobre lo que él vio en las líneas del frente de la lucha de poder cubanoestadounidense. “Era un terrorista inverosímil”, empieza Veciana. “Era flaco, asmático y plagado de inseguridades”.

Su recuento, coescrito con el periodista veterano Carlos Harrison, es lacónico y lúcido mientras recuerda sus carreras paralelas en contabilidad y espionaje. En 1960, Veciana se unió al nuevo gobierno socialista de Castro para poder subvertirlo desde dentro. Robó fondos oficiales mientras trabaja para el ministro de finanzas Che Guevara y usó el dinero para financiar ataques a oficinas de gobierno, puestos remotos de seguridad, fábricas y almacenes. Dos años después, usó su posición en el gobierno para distribuir propaganda anunciando falsamente que el gobierno planeaba quedarse con la custodia de niños en edad escolar. Ese ardid aterrorizó a miles de familias cubanas e hizo que muchos de ellos en 1962 enviaran a sus hijos al sur de Florida, donde la Iglesia católica los acogió. Lo llamaron Operación Pedro Pan, y periódicos de Estados Unidos la describieron como una acción altruista para rescatar a las víctimas de la opresión comunista.

El responsable de Veciana para esa operación fue un hombre conocido como “Maurice Bishop”, pero cuyo nombre real, afirma Veciana, era David Atlee Phillips. En el transcurso de una década, Veciana dice que llegó a conocer bien a Phillips, tanto personal como políticamente. Un hombre teatralmente atractivo y oficial encubierto condecorado, Phillips llegaría a ser jefe de la división del hemisferio occidental de la CIA antes de su retiro en 1975.

Después del fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961, cuando Castro derrotó a una banda de rebeldes entrenados por la CIA, Phillips expresó su desprecio por Kennedy, dice Veciana. Después de la resolución pacífica de JFK a la crisis cubana de los misiles, Veciana también dice que Phillips lo ayudó a fundar Alpha-66, una organización paramilitar dedicada a atacar objetivos cubanos, y el grupo se convirtió en el instrumento del hombre de la CIA para presionar a Kennedy. En marzo de 1963, Veciana y un grupo de comandos marítimos atacó un barco ruso que navegaba hacia Cuba, lo que generó encabezados en todo el mundo. Veciana dice que Langley lo ayudó a celebrar una conferencia de prensa en Washington para presumir el ataque. Phillips, recuerda él, esperaba humillar a los soviéticos y avergonzar a JFK para que tomara una acción más agresiva contra Cuba.

Pero no funcionó. Kennedy minimizó el problema cubano, y los enemigos de Castro, dice Veciana, estaban furiosos, incluido Phillips.


ESPECTRO ESTADOUNIDENSE: Décadas después de su muerte, el trabajo de Phillips en la CIA sigue envuelto en secretos. FOTO: BETTMANN/GETTY

“TONY, ESTE ES LEE”

Tal vez la parte más seductora de la historia de Veciana complementa una historia que él contó primero a investigadores congresistas en 1975: que vio a Maurice Bishop con Lee Harvey Oswald en Dallas en septiembre de 1963, dos meses antes de que JFK fuera asesinado.

Como lo dice Veciana, se reunieron en la recepción del Southland Center, el edificio más alto de Dallas. “Bishop ya estaba allí”, escribe. “La recepción estaba ajetreada, llena de gente, pero lo vi parado en una esquina, hablando con un joven pálido y frágil. Él no habló cuando Bishop me lo presentó… No recuerdo si Bishop me lo presentó por su nombre. Él quizá dijo: ‘Tony, este es Lee. Lee, Tony’. Pero estoy absolutamente seguro de que ‘Lee’ no dijo nada”.

Después de que JFK fue asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963, Oswald fue arrestado, y su rostro fue transmitido en televisión. “Lo reconocí de inmediato”, escribe Veciana. “Él era, sin duda, el mismo hombre pálido de cara demacrada que yo había visto once semanas antes” con Bishop.

Un soldado leal de la CIA, Veciana dice que sabía que no debía mencionarlo a nadie, en especial a su responsable. Pensaba que Kennedy había sido débil, incluso traidor, en el problema cubano y no lamentó su muerte.

La reacción de Bishop a la muerte de JFK fue curiosa, dice Veciana. A principios de 1964, afirma, el hombre de la agencia le preguntó si su primo, un oficial en el servicio de inteligencia cubano, estaría dispuesto a decir que conspiró con Oswald antes de que JFK fuera asesinado. Phillips ofreció pagar por tal historia; pero Veciana le dijo que su primo era comunista y no podía comprarlo.

Una década después, en 1975, cuando autoridades estadounidenses reabrieron la investigación de JFK, Gaeton Fonzi, un investigador congresista del sur de Florida, supo que Veciana había trabajado para la CIA. Se acercó a él y le pidió que averiguara más con respecto a si la CIA colaboró con exiliados cubanos. Veciana le contó la historia de su trabajo con Bishop, incluida la reunión con Oswald. Fonzi consiguió que un artista hiciera un dibujo de Bishop con base en la descripción de Veciana. El resultado fue un retrato que se veía muy parecido a Phillips, ya una persona de interés para los investigadores. Fonzi luego llevó a Veciana a Washington para una reunión con Phillips. Aun cuando había trabajado con Veciana por una década, Phillips fingió tranquilamente que no lo conocía, escribe Veciana, y que ni siquiera reconocía su nombre, lo cual era extraño, porque el cubano era muy bien conocido por los oficiales de la CIA que trabajaban para derrocar a Castro.

Veciana siguió el ardid de Phillips, revela, por miedo a represalias de la CIA. Dijo a Fonzi que Phillips no era el hombre a quien él conocía como Maurice Bishop. “Me sentí mal por mentirle a un amigo”, escribe, “pero él solo podía adivinar lo que estaba en juego cuando se trató de romper mi voto de silencio”.

Era un voto que no guardaría por siempre.

UN SECRETO QUE QUEMABA POR DENTRO

Para algunos, la historia cambiante de Veciana sobre la identidad de Phillips pone en duda su credibilidad. Y los investigadores notarán una gran laguna en su recuento. Él no menciona su trabajo con la inteligencia del ejército de Estados Unidos a principios de la década de 1960, el cual está documentado en archivos desclasificados del gobierno estadounidense.

Pero hay muchas razones para creerle. Documentos de la CIA muestran que AMSHALE-1 era un miliciano confiable en una red administrada por Phillips a principios de la década de 1960. Su recuento sobre una conferencia de prensa en Washington en marzo de 1963 para publicitar un ataque de Alpha-66 concuerda. Y dos de los colegas de Phillips en la CIA han dicho que el hombre de la agencia sí usó de hecho el seudónimo Maurice Bishop.

La renuencia de Veciana a hablar sobre Oswald, su admisión de que le mintió a Fonzi y su decisión de no explotar la historia antes hace su recuento más plausible, no menos. Igual lo hace su renuencia a especular más allá de lo que sabe de cierto: el ánimo de la CIA y sus aliados cubanos en Miami a finales de 1963.

“No sé quién mató a Kennedy —escribe—, pero sé quién quería hacerlo, y él [Phillips] trabajaba para la CIA”.

Trained to Kill no demuestra que Phillips o alguien más en Langley conspiraron para asesinar al presidente. Pero sí suma al cúmulo de evidencias que corre para contrarrestar las conclusiones de la Comisión Warren, creada por el presidente Lyndon Johnson para investigar el homicidio de JFK. Esa investigación determinó que Kennedy fue asesinado por Oswald, a quien describe como un loco solitario. En realidad, Oswald no era un solitario ni un psicópata. Era una persona que atrajo la atención cercana y constante de media docena de altos oficiales de la CIA, incluido Phillips, antes del 22 de noviembre de 1963.

Hoy, décadas después de su muerte, el trabajo de Phillips en la agencia sigue envuelto en secretos. La CIA ha reunido una serie de archivos operativos generados por él que abarcan más de 600 páginas, según la base de datos de los Archivos Nacionales. A menos de que el presidente Donald Trump intervenga, los archivos serán desclasificados antes de octubre de 2017.

Sin importar qué muestren los documentos, Veciana ha contado su parte. Termina su libro con la historia de cómo rompió su silencio en una conferencia de 2014 por el quincuagésimo aniversario del informe de la Comisión Warren. Fue invitado a hablar por Marie Fonzi, la viuda de su difunto amigo Gaeton Fonzi. “Con ella como mi testigo —escribe— sentí que finalmente podía hacer público el secreto que me había quemado por dentro todos estos años”.

Jefferson Morley es el autor de The Ghost: The Secret Life of CIA Spymaster James Jesus Angleton

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek