UNA CATÁSTROFE épica amenaza con hacer llover muerte y destrucción en todo el mundo, pero no se trata del peligro al que la mayoría de nosotros tememos: no son los misiles que la sobrevalorada y autocrática Corea del Norte podría lanzar. Si de verdad quieres aterrorizarte, considera el ataque global con ransomware como un calentamiento para el tipo de catástrofe digital absoluta que podría ocurrir (y algunas personas afirman que ocurrirá con toda seguridad).
Este momento es un eco de hace cien años. En 1918, la Primera Guerra Mundial mecanizada parecía lo peor que pudo haberle pasado a la humanidad. En ella murieron 17 millones de personas en las zonas de guerra. Justo cuando terminó, una pandemia de gripe española arrasó el planeta y mató cien millones de personas, atacando por igual las grandes ciudades y los pueblos más pequeños. Nadie estaba a salvo de ella, y nadie la vio venir.
Una batalla nuclear en la que participe Corea del Norte sería horripilante: un equivalente moderno de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, una ofensiva cibernética de gran magnitud que ataque todo elemento digital haría caer el mundo en un caos que podría significar el fin de nuestra sociedad. No podemos imaginar el número de víctimas porque nunca hemos visto un ataque de ese tipo. Michael Hayden, exdirector de la CIA, ha comparado esta situación con nuestra incapacidad de comprender el resultado de una bomba nuclear antes de que fuera lanzada sobre Japón. Nuestra forma de pensar acerca de la guerra cibernética, señala Hayden, “nos recuerda a 1945. Se trata de una nueva clase de arma que nunca antes ha sido usada”.
¿De qué manera un bombardeo digital podría ser peor que un bombardeo nuclear real? En primer lugar, tengamos en cuenta la manera en que estamos propiciando un desastre al trasladar todos los aspectos de nuestra vida y de nuestro comercio al ámbito en línea sin tener ninguna manera de proteger plenamente esos sistemas. Es como poner a nuestra familia y nuestras posesiones en una casa que tenga una cortina de cuentas en lugar de una puerta principal… en una zona de alta criminalidad y sin una fuerza policiaca.
Desde hace mucho tiempo, hemos dependido de las computadoras y del software para dirigir grandes sistemas como la red eléctrica, los aeropuertos, los bancos, las fábricas y el ejército. Ahora, estamos invirtiendo miles de millones de dólares en dispositivos de la internet de las cosas para colocarlos dentro de nuestras casas, automóviles, alumbrado público, juguetes, ropa, mascotas y más. Estos dispositivos fueron el punto débil que permitió que, el otoño pasado, los piratas informáticos pudieran atacar importantes sitios web como PayPal y Spotify en Estados Unidos. Actualmente, hacemos la mayor parte de nuestro trabajo profesional mediante software y aplicaciones, hablamos con nuestros colegas a través de Slack, compramos en Amazon y buscamos amigos con derechos en Tinder. Estamos a un paso de llenar nuestras carreteras con automóviles autónomos mientras que drones robots zumban sobre nuestras cabezas entregando pizzas. Todo esto está conectado, y todo esto es vulnerable.
Mientras tanto, los ataques cibernéticos siguen intensificándose, y los expertos en seguridad no pueden seguir el paso de los piratas informáticos. El más reciente de esos ataques, ocurrido a mediados de mayo, ha sido el peor hasta ahora. El ransomware afectó 99 países. Paralizó hospitales en el Reino Unido, infectó el Ministerio del Interior de Rusia y a Sberbank, el banco más importante de ese país, desactivó algunas partes de la empresa española Telefónica, y carbonizó millones de computadoras con Windows en China e India. Es posible que Corea del Norte haya lanzado el ataque, y muchas naciones amenazantes, grandes y pequeñas, patrocinan operaciones de sabotaje cibernético cada vez más sofisticadas. “Solíamos preocuparnos de que Rusia y China se apoderaran de nuestra infraestructura”, señala Stewart Baker, exconsejero general de la Agencia de Seguridad Nacional, en una entrevista para el Pew Research Center. “Ahora tenemos que preocuparnos acerca de Irán, Siria y Corea del Norte. Y después, de Hezbolá y Anonymous”.
Los constantes ataques cibernéticos nos han dejado con una amorfa sensación de miedo. Se nos ha dicho que tenemos que protegernos con encriptación y autenticación de doble factor, lo cual no es nada alentador. Es como si nos informaran que realmente tenemos que cavar un foso alrededor de nuestra casa y colocar arqueros en el tejado porque los visigodos van a atacar, y nadie puede ayudarnos, así que ¡buena suerte!
Sin embargo, asegurar nuestras cosas resultará inútil si una nación o grupo enemigo pone en marcha un ataque que inutilice las redes digitales mundiales. Solo imagina cómo sería. Digamos que estás en una ciudad. De repente ya no tienes comunicación. Aún si tu computadora personal y tu teléfono celular siguen funcionando, no tendrán acceso a nada: ni Gmail, ni WhatsApp ni Facebook. El presidente estadounidense Donald Trump ni siquiera podría entrar en Twitter para decir que el ataque fue “¡malo!”.
Miras afuera y te das cuenta de que todo está congestionado porque las luces de los semáforos están apagadas y el transporte público no puede avanzar. Los aeropuertos han aterrizado todos los vuelos. Hasta los satélites se habrán vuelto inútiles: no podrás activar el GPS para encontrar tu camino.
Si vas a la tienda, verás que solo aceptan efectivo porque el artilugio para leer las tarjetas no funciona. Las personas vacían los estantes, preocupadas por una escasez de víveres. El cajero automático no funciona, y tu tarjeta de crédito es completamente inútil sin la tecnología que la respalda. Ni siquiera podrás estar seguro de que tu cuenta bancaria no haya sido intervenida y vaciada.
Ahora te preocuparás por la comida, el agua, la seguridad. No habrá electricidad porque los sistemas de la red eléctrica habrán colapsado. La policía estará en un caos, abrumada e incapaz de comunicarse. Los sistemas hospitalarios estarán desactivados. Los pacientes en cuidados intensivos que dependen de dispositivos automatizados comenzarán a morir. Los mercados financieros se congelarán y los inversionistas entrarán en pánico. El gobierno no podrá hacer llegar información a las personas y quizá ni siquiera esté funcionando.
E imagina que esto ocurre en todas las ciudades y en todos los pueblos de todos los países.
¿Cuánto tiempo habrá de pasar antes de que las personas se vuelvan unas contra otras? ¿Y antes de que irrumpan en casas que parezcan ricas y llenas de comida? ¿Y antes de que las armas comiencen a salir de los cajones y de las cajas fuertes? ¿Y antes de que comiencen los incendios y de que las muchedumbres enfurecidas recorran las calles fuera de control? ¿Qué tan mal se pondrán las cosas si los sistemas resultan tan dañados que no puedan ser reactivados durante semanas, meses o años? Parece una locura, pero esa situación parece cada vez más plausible con cada nuevo ataque cibernético.
Quizás Kim Jong Un sea realmente astuto, y que todo este asunto de los misiles no sea más que un juego de manos. Mientras que Trump y otros líderes se centran en los cohetes, solo podemos esperar que Kim y sus veinteañeros y enajenados nerds, encerrados en algún búnker militar bien resguardado, no hayan desarrollado su verdadera arma de destrucción masiva en una MacBook.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek