Cierta vez, un fanático deportivo anónimo dijo: “La vida no se mide por la cantidad de respiraciones, sino por los lugares y los momentos que te dejan sin aliento”. De acuerdo, no sé si el tipo que dijo eso era un fanático de los deportes (o siquiera si era un tipo), pero sé que para quienes amamos los deportes, la emoción de presenciar un encuentro épico o de estar en un estadio histórico se acerca mucho al significado de la vida. Los fanáticos amamos la adrenalina. También coleccionamos recuerdos; más precisamente, somos acaparadores de recuerdos. Conforme tachamos ítems de nuestras listas de pendientes, esas marcas se vuelven suvenires atesorados. Y nuestras listas de pendientes deportivos personales son como cronómetros que siguen su marcha, impacientes. El tiempo corre.
Las prolongadas despedidas de Derek Jeter y Kobe Bryan en los últimos años, o la campanada final de Muhammad Ali y Gordie Howe, recuerdan a todos los aficionados que el viejo dicho, “Espera al año próximo”, no es siempre el mejor consejo. La perentoriedad de una lista de pendientes no estriba solo en el paso del tiempo, sino en el zumbador que siempre marca el final para los equipos, para los estadios, para las carreras atléticas.
Por supuesto, la mejor manera de ver a tus atletas y tus estadios admirados es en persona, mas esta breve gira narrativa por el mundo –adaptada de The Sports Bucket List: 101 Sights Every Sports Fan Should See Before the Clock Runs Out, libro de Rob Fleder y Steve Hoffman (HarperCollins, lanzado en mayo)- brinda, con imágenes y algunas palabras, un atisbo tentador y un acicate para que te pongas en acción. Aún te queda tiempo en el cronómetro, pero no olvides que el tiempo sigue corriendo.
GOLDEN STATE WARRIORS
Arena Oracle, Oakland, California
¿Cómo transformas una franquicia perennemente fracasada en el mayor espectáculo del baloncesto, en un equipo que llena todos los escenarios donde juega, local o como visitante? Fácil: compras el Golden State Warriors con 450 millones de dólares, como hicieron los propietarios actuales en 2010. Luego, reconstruyes tu alineación con la convicción de que el tiro de 3 puntos es un arma que debiera utilizarse muchísimo más en la NBA. En reclutamientos posteriores, contratas a Stephen Curry (foto), Klay Thomson y Draymond Green para explotar sus ventajas y minimizar las vulnerabilidades del tiro de larga distancia. Incluye algunos elementos complementarios y listo: tienes un equipo que ganó el campeonato de 2015, defendiéndolo con una temporada sin precedentes de 73 victorias; y en esta temporada, añadió a Kevin Durant, uno de los cinco mejores jugadores del mundo. Como dije, fácil.

Waimea Bay, Oahu, Hawái. FOTO: SPORTS STUDIO PHOTOS/GETTY
THE EDDIE
Waimea Bay, Oahu, Hawái
Aunque es la competencia de surf de gran oleaje más antigua, el Eddie sigue siendo la más prestigiosa y peligrosa. Por otro lado, su nombre es un merecido homenaje a la leyenda del surf hawaiano, Eddie Aikau, el primer salvavidas oficial de Waimea, quien remontó las olas y realizó rescates que nadie se atrevería a intentar. El evento que hoy lo recuerda se distingue de otras grandes competiciones profesionales por el requisito de que las olas deben medir, al menos, 6 metros antes que los mejores surfistas del mundo puedan ponerse los trajes de neopreno. En el Eddie, las olas ganan con mucha más frecuencia, derribando uno a uno a sus jinetes hasta que alguien remonta el borde justo como debe hacerse, sobrevive la caída hasta el tubo, desaparece en la espuma y, de alguna manera, emerge del monstruo, no solo vivo sino triunfante.

Yokohama, Japón. FOTO: MARK RUNNACLES/GETTY
COPA MUNDIAL DE RUGBY
Yokohama, Japón (finales 2019)
No necesitas saber distinguir entre un scrum (melé) y un maul para pasarla genial en el rugby, un juego de una física de fuerza contundente que debiera conquistar a cualquier amante de la NFL. Y no hay mejor rugby que la Copa Mundial de Rugby, cuando se encuentran los equipos de 20 países, incluidas las habituales superpotencias del hemisferio sur que han arrasado con siete de las ocho copas previas: Australia (tres), Nueva Zelanda (dos) y Sudáfrica (dos). Si tienes suerte, podrás ver la haka, el desafío ceremonial kiwi que los neozelandeses hacen antes de cada partido, y que reduce al rugby –y, si a esas vamos, a todos los deportes- a su esencia misma. Cuando enfrentan al equipo contrario, los All Blacks (como se conoce a los neozelandeses) gritan, gruñen y gesticulan la violencia que pretenden infligir para subyugar y, finalmente, destruir a sus oponentes. Solo ese espectáculo justifica viajar al otro lado del mundo.

Nepal. FOTO: FRANK BIENEWALD/GETTY
CAMPAMENTO BASE, MONTE EVEREST
Nepal (28°0’26” N, 86°51’34” E)
Esto es lo más parecido a escalar el monte Everest sin escalar el monte Everest. Pero no te confundas: no es un paseo por un parque (aunque lo incluye, por el Parque Nacional Sagarmatha, Nepal). Primero, tienes que volar a Katmandú; luego, continúas en un avión pequeño sobre las montañas hasta Lukla. Allí es donde empieza la caminata. Hablo de unas dos semanas de trayecto por alturas extremas, siguiendo a los sherpas, y con escalas frecuentes para que te acostumbres a la altitud. El campamento base es donde los montañeros inician el ascenso final a la cumbre del Everest, solo porque está allí. Y puedes verlo perfectamente, porque estás allí.

Estadio Roland Garros, París. FOTO: JULIAN FINNEY/GETTY
ABIERTO DE FRANCIA
Estadio Roland Garros, París
La segunda etapa del Grand Slam de tenis, disputado en las características canchas rojas del Roland Garros, en el centro de París, es sin duda el principal torneo en suelo de arcilla del mundo. Pero examinemos el tenis que se juega en el Abierto de Francia como, seguramente, lo hacen muchos parisinos: en términos de estética. A diferencia del tenis que se juega en canchas duras de hierba o sintéticas, que amplifican la ventaja de los grandes servidores (el saque), la arcilla del Roland Garros favorece la devolución, el desplazamiento por la pista y el juego de resistencia. Los peloteos tienden a durar más, y el tenis es –¿cómo se dice?- plus élègant, más complejo, más sutil.
Pete Sampras, cuyo poderoso servicio le permitió ganar 14 títulos de Grand Slam, jamás ganó el francés. Rafael Nadal, que podría pararse en la línea de fondo, lanzar más cohetes que Kim Jong Un y devolver cualquier cosa que le lanzaran, ha ganado nueve veces el francés. Serena Williams, cuya potencia sobrecarga todas las fases de su juego, ha ganado 16 títulos de singles en Grand Slam, pero solo tres de ellos en París. Allí, el estilo se impone al poder. Más francés, ¡imposible!
Además, tenemos el encanto del Roland Garros: es fácil de llegar en metro, y la comida es mejor de lo que imaginas (y encima, no necesitas pedir un préstamo hipotecario para pagar los boletos). Para colmo, es el más íntimo de todos los estadios Grand Slam (el Philippe Chatrier, escenario central del Abierto de Francia, tiene capacidad para poquitín menos de 15,000 espectadores).
Si no te basta, considera esto: es primavera y estás en París.

Boston. FOTO: JOE ROBBINS/GETTY
GREEN MONSTER
Boston
Fenway Park es estadio de béisbol más antiguo (construido en 1912) y más pequeño (37,673 asientos) de la Liga Mayor de Béisbol, pero la legendaria pared de su campo izquierdo es la más alta del deporte, un pelín por arriba de 11 metros (11.33). Muchos aficionados mencionan hoy que la interpretación de “Sweet Caroline” –reciente tradición de la octava entrada- es su parte favorita de la experiencia en Fenway, pero el Green Monster es, y siempre será, el rasgo característico de este estadio.
Elemento de la construcción original de Fenway, la pared del campo izquierdo cumplía la función de impedir que los aficionados miraran la acción desde Lansdowne Street sin pagar. Con una extensión de 70.40 metros de izquierda a centro (toda en el diamante, excepto por 90 centímetros), la estructura de madera fue reconstruida con hormigón y estaño en 1934, momento en el que se retiró Duffy’s Cliff (una terraza empinada al pie de la pared, así llamada en honor de Duffy Lewis, el jardinero izquierdo de los Sox, quien dominó las complejidades de jugar a la defensiva en ese lugar), y entonces instalaron el famoso marcador operado a mano. Trece años después, una renovación con pintura transformó lo que fuera una simple pared en lo que hoy se conoce como Green Monster.
Desde el principio, la pared dio y la pared quitó. Por un lado, las bolas altas y lentas, más fácil atrapar en parques más espaciosos, tenían la manía de rebotar contra el Monster para dar cabida a jugadas dobles o algo peor (a veces, mucho peor; consulta: Dent, Bucky, 1978). Por el otro, los batazos asesinos que habrían salido del campo en muchos parques se reducían a dobles o menos. Así que, en Boston (como suele decirse en otro contexto), cada pelota es una aventura.

Louisville, Kentucky. FOTO: CHRIS GRAYTHEN/GETTY
DERBY DE KENTUCKY
Louisville, Kentucky
La milla y cuarto del Derby separa para siempre al potro o la potranca de tres años del resto de su generación, dando al ganador generosas cuotas de cruzas –y una vida amorosa muy activa y variada-, así como un lugar codiciado en los anales de las carreras de caballos. Las apuestas son altísimas, por ello es que, desde hace mucho, el Derby ha sido descrito como “los dos minutos más emocionantes en el mundo de los deportes”.
Pero ¿qué, exactamente, está en juego el Día del Derby (amén de 20 jockeys y un par de cientos de millones de dólares en apuestas al totalizador)? Para empezar, la historia y, como muchas otras cosas en las carreras, esa historia se sustenta en linajes. En 1872, Meriweather Lewis Clark (nieto del explorador William Clark, del célebre dúo Lewis y Clark) asistió al Epsom Derby de Inglaterra, y socializó con los emperifollados del Jockey Club francés en el Longchamp de París. A su regreso, decidido a crear un espectáculo similar para las carreras estadounidenses, compró tierras a dos sus tíos, apellidados Churchill, y organizó a los aficionados locales para fundar el Jockey Club de Louisville. Fue así como, en 1875 se corrió el primer Derby de Kentucky, con 15 caballos, 10,000 aficionados y un ganador: Arístides.
Desde entonces, el Derby se ha corrido todos los años y, en términos de espectáculo estadounidense, ha viajado años luz respecto de cualquier cosa imaginada por Clark. En 2015, un récord de 170,513 aficionados atiborró Churchill Downs el día de la carrera. Bebieron juleps de menta –galones de juleps- y bien se hayan sentado en Millionaires’ Row o estuvieran vitoreando sin camisa, vomitando sobre la multitud reunida en el campo, todos cantaron “My Old Kentucky Home”, tal vez con los ojos arrasados de lágrimas (e indiferentes al hecho de que la canción habla de la esclavitud). Y entonces, vieron abrirse la compuerta de salida para observar, durante dos minutos, a los mejores tres añeros disputándose cuál de ellos sería recordado para siempre.

Cheyenne, Wyoming. FOTO: MICHAEL SMITH/GETTY
CHEYENNE FRONTIER DAYS
Cheyenne, Wyoming
Sombreros grandes y ganado más grande todavía son los distintivos de este grandioso espectáculo: 10 días de rodeo profesional al aire libre, combinado con lo que podríamos describir como una gigantesca exhibición, baile y comilona al estilo del Viejo Oeste.
El asunto empezó en 1897 como un rodeo a la antigua –una especie de feria de trabajo para vaqueros-, cuando Cheyenne era una encrucijada importante para el negocio ganadero. Los vaqueros iban al pueblo a buscar empleo y se pavoneaban montando broncos y lazando toros. En breve, aquello se transformó en Frontier Days (Días de la Frontera), pero cuando lo describen como “el padre de todos los eventos”, la expresión no es más que la punta de un sombrero de sombrero vaquero de copa muy alta; y no solo en términos de longevidad (después de todo, el festival está por cumplir 120 años), sino en cuanto al nivel de la competencia de rodeo.
Hoy día, el boom que resuena en Frontier Days no es económico, sino sónico, y se debe a los Thunderbirds de la Fuerza Aérea estadounidense, que hacen sobrevuelos programados. El día inicia con desayunos gratis de panqueques y de allí, continúa todo tipo de atracciones, desde desfiles de autos antiguos hasta desfiles de modas del Salvaje Oeste y exhibiciones de arte. Y lo que fuera el arreo convencional es ahora una sobredosis diaria de rodeo: doma de broncos en silla y a pelo, doma de bueyes, monta y lazada de toros, amén de vaqueras y vaqueros que sortean barriles a lomos de veloces caballos.
Más tarde, la Arena Cheyenne Frontier Days recibe a 19,000 visitantes para grandes conciertos nocturnos con los mejores exponentes country y western del país, y sin duda hay un montón de acción que vale la pena ver en esos espectáculos musicales. Pero en lo personal, comprar un boleto para ver a un vaquero lanzarse desde un caballo al galope y tratar de derribar a un buey desbocado es mucho mejor que cualquier cantidad de panqueques gratis.
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Copyright @ 2017 por Low Gear & Minus Inc. And Apartment 8H Inc. Publicado por Harper Design, un editor de HarperCollins Publisher.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek