Con la culpa sobre la espalda

CONTABA CON 62 AÑOS cuando ganó el Premio Goncourt, el prestigioso galardón literario que se entrega en Francia desde 1903. Con ese reconocimiento, otorgado a su novela Nos vemos allá arriba, Pierre Lemaitre de una u otra manera consolidó una carrera como novelista que, aunque tarde, había comenzado prometedoramente. Su ópera prima, que publicó a los 55 años, Irène, ganó el premio a la primera novela en el festival de Cognac; a esta obra la siguieron otras igualmente exitosas entre la crítica y los lectores, como Alex, Rosy & John, Camille, Vestido de novia y Ejecutivos negros, las cuales obtuvieron diversos laureles.

Lemaitre, nacido en París en 1951, es psicólogo de profesión y ha sido catedrático de literatura francesa y estadounidense. En el orbe de las letras, además, es reconocido como uno de los máximos exponentes de la novela policiaca y el suspenso y su obra ha sido traducida a por lo menos 18 idiomas.

En México acaba de aparecer en español su novela más reciente, Tres días y una vida, la cual vio la primera luz en Francia hace unos meses. Publicada por la editorial Salamandra, la narración se desarrolla en Beauval, una comunidad situada en una zona boscosa cuya apacibilidad y hermosura se ven mutiladas por un crimen en el cual resulta involucrado un niño de 12 años, Antoine Courtin, quien durante el resto de sus días debe cargar sobre sus hombros una pesada lápida de culpa y horror. El relato, asimismo, destaca la construcción de la psique del niño Courtin, una víctima de su propia culpabilidad, y los ambiguos gestos, comentarios maliciosos, la maldad y la insidia parapetados detrás de las buenas intenciones de la comunidad.

Hace unos días Lemaitre visitó México y conversó con Newsweek en Español justamente sobre Tres días y una vida.

FOTO: ANTONIO CRUZ/NW NOTICIAS.

—¿Esta novela está inspirada en un hecho real o es solo una impresión?

—La novela muy pronto se considera como algo que fue inspirado por una nota roja real. Y debo decir que me halaga porque se percibe como un efecto del realismo, la gente piensa que salió de una nota roja real, pero desafortunadamente no es así. Siempre es difícil para un novelista saber de dónde le llega la idea de una novela. Para algunos temas es muy claro, de pronto uno tiene una buena idea e inmediatamente sabe que es prometedora, de buena historia, y luego a veces es más difícil porque uno como que pescó elementos por aquí y por allá y es complicado definir en qué momento esos pedacitos se fueron juntando y terminaron dando un tema.

—¿Por qué decidió que la culpa protagonizara esta novela?

—La culpabilidad forma parte de las grandes ideas de la tragedia clásica, junto con los celos, los deseos de dominio, las ganas de matar o de acostarse con otro, y a veces son sinónimos. Todo forma parte de las grandes pasiones humanas, y aquí me pareció que resultaba interesante que la culpabilidad cayera sobre los hombros de un muchacho de 12 años. En la novela policiaca clásica a menudo se ha visto a personajes adultos que están llenos de culpabilidad, y ya sabemos cómo funciona eso. Pero había un poco de misterio para saber qué sucede cuando se trata de un muchachito bastante normal, banal, no un niño violento que esté rompiendo con la sociedad, uno que no se droga y no bebe. Es un niño muy tranquilo, pero le sucede algo excepcional.


FOTO: ANTONIO CRUZ/NW NOTICIAS.

—Eso suena muy ingrato. ¿Por qué como narrador usted es tan despiadado con el niño Antoine, por qué lo desprecia y lo hace sufrir?

—En general me gusta estar, en principio, de acuerdo con los periodistas, pero cuando no estoy de acuerdo tengo que decirlo, lo siento mucho. Porque, de hecho, creo que tengo mucha compasión, al contrario, por este personaje. Es decir, hay que distinguir dos cosas claramente, lo que le sucede, eso es implacable, tiene razón y, por otro lado, la manera en cómo lo pongo en escena, en cómo hablo de él, lo que debe suscitar en el lector compasión, una especie de piedad. Me parece que no soy malvado con nuestro personaje, es la vida la que lo trata mal, y en el fondo yo estoy tratando de acompañarlo lo mejor que puedo. La historia está hecha de tal manera que, efectivamente, es dura, implacable, pero eso se llama fatalidad, y con esta no se puede ser malo o bueno, la fatalidad es la fatalidad. En cambio, sí se puede tener compasión en la manera de acompañar al personaje. Hubiera preferido que usted me preguntara sobre la compasión y no sobre lo malvado.

—Pero, de cualquier modo, queda claro que al final el lector terminará llorando…

—Espero que sí. Incluso, si solo llora hasta el final es que la novela no está bien.

FOTO: ANTONIO CRUZ/NW NOTICIAS.

—Usted es psicólogo y, como tal, asiste el desarrollo de la psique de Antoine. ¿Su personaje cuánto tiene de usted, hasta qué grado es su reflejo?

—Es una muy buena pregunta. Cuando empecé el libro tenía la impresión de que ese muchacho, en el fondo, tenía de mí solo la pequeña definición que dio un poeta, los niños son a la vez tristes y felices, porque corresponde bastante al niño que yo había sido. Pero después, conforme fui escribiendo el libro, me di cuenta de que se parecía mucho más a mí de lo que yo pensaba. No es casualidad que escribí este libro ahora que tengo mayor edad, 66 años, y tengo sobre la infancia una mirada retrospectiva mucho más lúcida y complaciente. Y algo que apareció muy tarde es que Antonie es un niño un tanto depresivo, no solo es un niño triste; eso no lo vi cuando escribía, fue conforme iba entrando en el libro como me fui dando cuenta de que, oh, mira, no solo está triste, tiene cierto aspecto depresivo este muchacho. Por eso hace un momento insistía acerca de la compasión: en cuanto descubrí que era depresivo realmente tenía ganas de abrazarlo, pero los dioses habían pasado antes por ahí y ante la fatalidad no se puede hacer nada.

—¿Vale la pena la novela de suspenso que se escribe en nuestros días?

—El suspenso es un género que permite una gran variedad de narraciones. Es decir, puede ser utilizado de mil maneras distintas, y eso sigue siendo uno de los motores de placer para el lector. Hay ciertos suspensos que podríamos llamar mínimos: ¿se casarán, se acostarán? Pero de esos suspensos veniales a los grandes existe toda una gama de soluciones para los novelistas. Por eso todavía tiene mucho futuro, incluyendo el caso de las novelas que no son policiacas, pues uno puede escribir una hermosa historia de amor con gran suspenso. Además, es uno de los más antiguos motores de la narración. En Las mil y una noches tenemos ese mismo motor, acuérdese, ¿qué hace Scheherezade? Ella se acuesta con el sultán, y la tradición era cortarle la cabeza al día siguiente a quien lo hiciera; pero cada noche ella le cuenta una nueva historia que detiene a la mitad, y como el sultán quiere saber qué pasará después, le otorga un día más de vida, y noche tras noche ella logra sobrevivir. ¿En qué momento terminará la historia y el sultán dirá: está bien, ya córtenle la cabeza? Es un suspenso formidable.