Alimento para la incomodidad

Las cenas rígidas y almidonadas con
personas a las que conoces formalmente pero que no te agradan, donde
mordisqueas platos microscópicos de algo que sabe a trozos de césped mientras
analizas una próxima edición con un tono cortésmente reservado; ¿puede haber
algo más tedioso y que provoque más ansiedad? De hecho, sí: The Dinner (La
cena), la nueva película ambiciosamente esculpida pero a final de cuentas
exasperante de Oren Moverman, recrea demasiado vívidamente para los
espectadores toda la incomodidad antes mencionada, exceptuando la amplia lista
de vinos que ayudarían a sobrellevarla menos penosamente.

El internacionalmente exitoso libro del
autor holandés Herman Koch, publicado en 2009, y que ya ha sido firmado dos
veces en Europa, nos muestra a unos padres adinerados que se reúnen para hablar
acerca de un crimen cometido por sus hijos, sólo para que la reunión revele sus
instintos menos civilizados. La adaptación remilgadamente americanizada
mantiene los conflictos morales angulares de su fuente, pero elimina en gran
medida la seca y amarga ironía de Koch. En su lugar encontramos una amplia y
sería asunción de gravedad política: en medio de las críticas competitivas, la
grandilocuencia retórica y la mención de referencias históricas de este
cuarteto burgués de Nueva York en un templo de la alta cocina iluminado en
tonos carmesí, es difícil escapar a la sensación de prestigio autoproclamado
(el retumbante mensaje de que esta es Una Película Para Nuestro Tiempo). Sin
embargo, los detalles más finos de lo que nos dice a nosotros, o de lo que dice
acerca de nosotros, permanecen casi ocultos.

El entorno es elegantemente sencillo y se
apega estrictamente al texto de Koch. Dos parejas, una de ellas un poco más
adinerada que la otra, se reúnen para cenar en el tipo de establecimiento con
múltiples estrellas donde el presupuesto semanal promedio de un comprador se
gasta en un plato que contiene apenas un poco de pan de centeno. Si no están
ahí por la comida, ciertamente tampoco lo están por la compañía. El cínico
profesor de historia Paul (Steve Coogan) y el congresista en campaña Stan
(Richard Gere) son hermanos que apenas ocultan bajo el más tenue velo el
desprecio que sienten el uno por el otro; Claire (Laura Linney), la esposa de
Paul, y Kate (Rebecca Hall), la pareja adquirida más recientemente por Stan, se
miran una a la otra con una helada mezcla de suspicacia mutua y comprensión de
la frágil política familiar que está en juego.

Un importante asunto doméstico los ha
reunido en la mesa: los hijos adolescentes de ambas parejas han cometido un
grotesco acto de delincuencia juvenil, el cual amenaza con destruir la carrera
política de Stan si atrae la atención de las autoridades. La mejor manera de
manejar la verdad, o quizás de ocultarla, es el principal tema de la
conversación. Mientras ponderan las opciones, sus posturas éticas cambian con
rapidez. Nadie asume exactamente la autoridad moral, pero las más bajas
posturas morales están a la vista.

Se trata de una premisa que podría
recordar a los espectadores la salvaje sátira social de la dramaturga francesa
Yasmina Reza titulada God of Carnage (El dios de la matanza, 2006), y la
adaptación fílmica de Roman Polanski (¿Sabes quién viene?, 2011). La película
de Moverman, al igual que la de Polanski, traslada una comedia muy europea de
actitudes contemporáneas al ámbito de la elite de la Costa Este; en ambos
casos, una discusión ostensiblemente civilizada se pone de cabeza de manera
estridente y venenosa, a la vez que saca a la luz desagradables perjuicios. Es
posible que Moverman tenga un oído más comprensivo que Polanski hacia las
debilidades de esta clase alta estadounidense, pero The Dinner nunca parece más
que una traducción oportunista: aun cuando las palabras se encuentren en su
punto más mordaz, los detalles políticos (nada menos que las propias lealtades
de Stan) se ven opacadas en favor de una universalidad blanducha.

Moverman difícilmente pudo haber sabido
con anticipación que su película sería estrenada durante los tóxicos primeros
meses de la presidencia de Donald Trump; en momentos, la película habla de
manera fortuita a las jerarquías venidas a menos de clase social y raza de
Estados Unidos. Moverman ha revelado la psicología de los menos privilegiados
de Estados Unidos logrando un efecto aterradoramente conmovedor en películas
anteriores como Time Out of Mind (Invisibles, 2014, estelarizada también por
Gere) y The Messenger (Los mensajeros del mal, 2009), pero esta vez presenta
adustamente conceptos en lugar de personajes.

Conforme el enfoque pasa distraídamente
del acalorado debate en la mesa a una red zigzagueante de flashbacks, el
impulso se estanca fatalmente, mientras que el ilustre conjunto de actores que
se encuentran en el centro de la película nunca llega a cuajar. Linney, como
una especie de Lady Macbeth con un atuendo de Banana Republic, y un Coogan
febril y con un torpe acento interpretan los bullentes papeles principales,
pero son los personajes más silenciosos los que mantienen nuestra atención:
fuera de este espantoso círculo alimentado con vinos caros, Nina (la
maravillosa Adepero Oduye), la suavemente agitada asistente de Stan, ronda con
la cautelosa compostura de alguien que sabe dónde están enterrados los
cadáveres. Uno sigue esperando, en vano, que The Dinner le dé un asiento en la
mesa.

Los estrenos mundiales continuarán hasta
el 8 de junio; THEDINNER.FILM

Publicado en
cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek