La fusión de los humanos y las máquinas ya ha comenzado

La más antigua gran obra de la literatura que sobrevive cuenta la historia de un rey sumerio, Gilgamesh, cuyo equivalente histórico tal vez haya gobernado la ciudad de Uruk en algún momento entre el 2800 y 2500 a.C.

Un héroe de fuerza sobrehumana, Gilgamesh se ve infundido de un miedo existencial después de presenciar la muerte de su amigo, y viaja por la Tierra en busca de una cura para la mortalidad.

Dos veces la cura se le escapa de las manos y él aprende la futilidad de luchar contra el destino común del hombre.

Fusionarse con máquinas

El transhumanismo es la idea de que podemos trascender a nuestros límites biológicos, mediante fusionarnos con máquinas. La idea fue popularizada por el renombrado tecnoprofeta Ray Kurzweil (ahora un director de ingeniería en Google), quien llamó la atención del público en la década de 1990 con una serie de predicciones astutas sobre la tecnología.

En su libro de 1990,La era de las máquinas inteligentes (MIT Press), Kurzweil predijo que una computadora derrotaría al mejor jugador de ajedrez del mundo para el año 2000. Sucedió en 1997.

Él también predijo el crecimiento explosivo de internet, junto con la aparición de tecnología ponible, guerra con drones y traducción automatizada del lenguaje. La predicción más famosa de Kurzweil es lo que él llama “la singularidad” —el surgimiento de una superinteligencia artificial, disparando el crecimiento tecnológico desmedido— que él predice que sucederá alrededor de 2045.

En cierto sentido, la fusión de humanos y máquinas ya ha comenzado. Los implantes biónicos, como el implante coclear, usan impulsos eléctricos orquestados por chips de computadora para comunicarse con el cerebro, y así restaurar sentidos perdidos.

En el Hospital St. Vincent y la Universidad de Melbourne, mis colegas desarrollan otras maneras de acceder a la actividad neuronal, dándole así a la gente un control natural de una mano robótica.

Estos casos involucran enviar señales simples entre una pieza de hardware y el cerebro. Sin embargo, para fusionar realmente las mentes y las máquinas, necesitamos de una forma de enviar pensamientos y recuerdos.

En 2011, científicos de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles dieron el primer paso hacia esto cuando implantaron un chip de computadora en ratas que servían como una especie de disco duro externo del cerebro.

Primero las ratas aprendieron una habilidad en particular, jalando una secuencia de palancas para obtener una recompensa. El implante de silicio escuchaba mientras ese nuevo recuerdo se codificaba en la región cerebral del hipocampo, y registraba el patrón de señales eléctricas que detectaba.

Luego a las ratas se les indujo a olvidar la habilidad, mediante darles una droga que afectaba el hipocampo. El implante de silicio entonces se hizo cargo, disparando una serie de señales eléctricas para imitar el patrón que había registrado durante el entrenamiento.

Asombrosamente, las ratas recordaban la habilidad: las señales eléctricas del chip en esencia reproducían el recuerdo, en una versión burda de esa escena enMatrix donde Keanu Reeves aprende (descarga) kung fu.

De nuevo, el obstáculo potencial: el cerebro tal vez sea más diferente de una computadora de lo que gente como Kurzweil aprecia. Como argumenta Nicolas Rougier, un científico computacional en Inria (el Instituto Francés de Investigación en Ciencias Computacionales y Automatización), el cerebro necesita del complejo aporte sensorial del cuerpo en aras de funcionar apropiadamente.

Separa el cerebro de ese aporte y las cosas empiezan a salir mal con mucha rapidez. Por ello es que la privación sensorial es usada como una forma de tortura. Incluso si consigue la inteligencia artificial, ello no significa que nuestros cerebros sean capaces de integrarse con ella.

Pase lo que pase en la singularidad (si es que ocurre), Kurzweil, ahora de 68 años de edad, quiere estar por allí para verlo. Su Fantastic Voyage: Live Long Enough to Live Forever (Rodale Books, 2004) es una guía para extender la vida con la esperanza de ver la revolución de la longevidad. En él detalla sus prácticas alimentarias, y resume algunos de los 200 suplementos que toma diariamente.

Si esto falla, tiene un plan B.

Muerte congelante

La idea central de la criogenia es preservar el cuerpo después de la muerte con la esperanza de que, algún día, civilizaciones futuras tengan la capacidad (y el deseo) de reanimar a los muertos.

Tanto Kurzweil como De Grey, junto con otras 1,500 personas (incluida, al parecer, Britney Spears), han firmado para ser preservados criogénicamente por la Fundación Alcor de Extensión de la Vida en Arizona.

De pasada, la idea parece una chifladura. Incluso en la experiencia cotidiana, se sabe que el congelamiento cambia las cosas: se puede identificar una fresa que ha sido congelada. El sabor, y en especial la textura, cambian inequívocamente. El problema es que cuando se congelan las células de la fresa, se llenan de cristales de hielo. El hielo las hace pedazos, convirtiéndolas en esencia en una plasta.

Por ello es que Alcor no te congela: te convierte en vidrio.

Después de que mueres, a tu cuerpo le drenan la sangre y ésta es remplazada con una mezcla criogénica especial de anticongelante y preservativos. Cuando se enfría, el líquido pasa a un estado vidrioso, pero sin formar cristales peligrosos.

Eres colocado en un gigantesco frasco térmico de nitrógeno líquido y enfriado a -196° C, lo bastante frío para detener efectivamente el tiempo biológico. Ahí puedes permanecer sin cambios, por un año o un siglo, hasta que la ciencia descubra la cura de lo que haya sido que provocó tu deceso.

“La gente no entiende la criogenia”, dice Max More, presidente de Alcor, en una gira de YouTube por sus instalaciones. “Piensan que es esta cosa extraña que le hacemos a los muertos, en vez de entender que en realidad es una extensión de la medicina de emergencia”.

La idea tal vez no sea tan chiflada como suena. Técnicas similares de preservación criogénica ya se usan para preservar embriones humanos usados en tratamientos de fertilidad.

“Hay personas que caminan por allí todos los días y que han sido preservadas criogénicamente”, continúa More. “Solo eran embriones entonces”.

Una prueba del concepto, más o menos, fue reportada por el experto en criogenia Greg Fahy de 21st Century Medicine (un laboratorio de investigación criogénica con fondos privados) en 2009.

El equipo de Fahy extirpó un riñón de conejo, lo vitrificó, y se lo reimplantó al conejo como su único riñón funcional. Asombrosamente, el conejo sobrevivió, aunque solo por nueve días.

Más recientemente, una nueva técnica desarrollada por Fahy permitió la preservación perfecta de un cerebro de conejo mediante vitrificación y lo almacenó a -196° C. Después de recalentarlo, un escaneo avanzado en 3-D reveló que el “conectomo” del conejo —o sea, las conexiones entre las neuronas— estaba imperturbado.

Desgraciadamente, los químicos usados para la nueva tecnología son tóxicos, pero la obra sí da la esperanza de que algún método futuro pueda lograr el mismo grado de preservación con sustancias más amigables.

Dicho esto, preservar la estructura no necesariamente preserva la función. Nuestros pensamientos y recuerdos no solo están codificados en las conexiones físicas entre las neuronas, sino también en la fuerza de estas conexiones, codificada de alguna manera en el plegamiento de proteínas.

Por ello es que la labor criogénica más notable a la fecha podría ser la llevada a cabo en Alcor en 2015, cuando científicos lograron convertir en vidrio un gusanito por dos semanas, y luego regresarlo a la vida con su memoria intacta.

Ahora bien, aun cuando el gusano tiene solo 302 neuronas, tú tienes más de 100,000 millones, y aun cuando el gusano tiene 5,000 conexiones de neurona a neurona, tú tienes por lo menos 100 billones. Así, hay mucho camino por recorrer, pero ciertamente hay esperanza.

En Australia, una nueva organización sin fines de lucro, Southern Cryonics, planea abrir la primera instalación de criogenia en el hemisferio sur.

“Con el tiempo, la medicina será capaz de mantener a la gente saludable indefinidamente”, me dice Matt Fisher, portavoz y secretario de Southern Cryonics, en una llamada telefónica.

“Quiero ver el otro lado de esa transición. Quiero vivir en un mundo donde todos puedan ser saludables por el tiempo que quieran. Y quiero que todos sepan y les importe que también tienen esa oportunidad”.

Para hacer despegar a Southern Cryonics, diez miembros fundadores han invertido $50,000 dólares australianos cada uno, dándoles derecho a una preservación criogénica para sí mismos o la persona que elijan. Dado que la compañía no tiene fines de lucro, Fisher no tiene un incentivo financiero para hacer campaña por ello. Él simplemente cree en ello.

“En verdad quiero ver [la preservación criogénica] convertirse en la elección más común de confinamiento en toda Australia”, dice él.

Fisher admite que todavía no hay prueba de que la preservación criogénica funcione. La cuestión no es si es posible hoy día, dice él, es si puede ser posible en un futuro.

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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

Este artículo apareció originalmente en The Conversation.

Vuelto a publicar con permiso de Millenials Strike Back, la 56ª edición de Griffith Review. Las partes seleccionadas consisten de extractos, o lecturas largas en las cuales escritores de la Generación Y abordan los problemas que la definen y le preocupan.