La pareja más dispareja

Cuando el papa
Francisco entró en el espacio aéreo de China en un vuelo a Corea del Sur
realizado en agosto de 2014, envió una nota al presidente chino Xi Jinping:
“Extiendo mis mejores deseos a su excelencia y a sus compatriotas, e invoco las
bendiciones divinas de paz y bienestar para la nación”.

Con ese mensaje,
el Papa rompió 63 años de silencio entre el Vaticano y el gobierno chino, que
data desde que el Partido Comunista de Mao Zedong expulsó de Beijing al último
diplomático vaticano en 1951. Y ahora, después de más de dos años de
negociaciones, China y la Iglesia Católica Romana se acercan a un acuerdo
histórico para restablecer lazos a través de una iglesia católica unificada
china, y posiblemente, incluso una relación diplomática formal.

“Pienso que
puede ocurrir muy pronto, en cualquier momento. Podría ser en la primera mitad
de este año si no es que al final del mismo”, dice Victor Gao, analista de
política exterior de alto nivel en Beijing y antiguo intérprete del líder chino
Deng Xiaoping. “Será un buen movimiento para el Vaticano, debido a que China ya
tiene muchos católicos y la posibilidad de que existan más es muy grande. Para
China, esto reforzará el mensaje de tolerancia y libertad religiosa”.

En febrero, el
cardenal John Tong Hon, obispo de Hong Kong, anunció los detalles preliminares
del acuerdo en la publicación Sunday Examiner, el periódico en idioma inglés
dirigido por la diócesis católica de Hong Kong. Una vez que se haya finalizado,
el acuerdo dará al Papa la autoridad definitiva en la selección de obispos
católicos de China, el cual constituye un paso esencial para la creación de una
Iglesia Católica unificada y reconocida por el Vaticano y por el gobierno
chino.

Aún se trabaja
en los detalles y persisten algunos desacuerdos; ambas partes no han logrado un
consenso con respecto al derecho de la Iglesia a establecer escuelas, hacer
proselitismo o tener propiedades en China, pero Tong afirma que esas
diferencias no deberían evitar el acercamiento. “El principio moral de la
Iglesia”, escribió, “nos enseña que debemos elegir el menor de entre dos
males”.

Un acuerdo de
esa naturaleza transformaría la vida de los católicos chinos, cuya cantidad,
según cálculos conservadores, asciende a cerca de 10 millones, quienes ya no
tendrían que tomar la difícil decisión entre una iglesia aprobada por Beijing
pero rechazada por el Vaticano, o una iglesia subterránea leal a la Santa Sede
que funciona en un espacio jurídico incierto. Y si el experimento de China con
la Iglesia Católica sale bien, podría generar una mayor libertad para los miles
de millones de chinos que practican alguna forma de religión organizada. TJ, un
católico de 29 años que trabaja para una empresa propiedad del Estado en
Beijing, se muestra esperanzado. (No proporcionó su nombre verdadero por temor
a sufrir represalias por comentar públicamente acerca de un tema políticamente
delicado en China). “Como cristiano católico, me siento emocionado”, dice.
“Realmente espero que el Papa Francisco pueda visitar China tan pronto como sea
posible”.

Asimismo, es
probable que la alianza entre 1.4 mil millones de chinos y los 1.2 mil millones
de católicos en el mundo también tenga un impacto que se extienda mucho más
allá de las fronteras de China, principalmente gracias a los dos líderes
mundiales a quienes habrá de unir. Para Francisco, que ha estado trabajando
para rehabilitar la imagen de la Iglesia en todo el mundo, una alianza con Xi
podría permitirles a ambos combatir la pobreza mundial y el cambio climático,
en una época en que las relaciones del Papa con el presidente estadounidense
Donald Trump son tensas. (En febrero, Trump insultó al Papa, calificando sus comentarios
sobre la fe religiosa de Trump como “vergonzosos”). Para Xi, una asociación con
el popular pontífice podría elevar la estatura moral de China en un momento en
el que la de Estados Unidos parece desvanecerse.

CHINA TIENE UNA
ORACIÓN

El Vaticano es
el único estado occidental que no tiene relaciones diplomáticas con China.
Cerró su embajada en Beijing en 1951 y la reabrió en Taipéi, Taiwán, después de
que el Partido Comunista comenzó a purgar a China de las religiones
organizadas, particularmente de aquellas importadas de Occidente.

Sin embargo, en
los años que han pasado desde entonces, China ha relajado poco a poco su
prohibición de los piadosos. Las restricciones del Partido Comunista
permanecen: ninguno de sus casi 90 millones de miembros tiene permitido
practicar una fe espiritual. Pero como parte de las reformas económicas de la
década de 1970, la constitución del país garantizó en 1978 que los ciudadanos
chinos podían “disfrutar la libertad de creencias religiosas” y les protegió de
la discriminación.

Al reconocer la
oportunidad de restablecer relaciones con China, Francisco ha hecho una serie
de intentos de acercamiento, comenzando con aquel mensaje que le envió a Xi
desde su avión. En septiembre de 2015, el Papa y Xi hablaron ante la Asamblea
General de Naciones Unidas. Sus discursos dejaron claro que ambos líderes
tenían mucho en común, señala Mogens Lykketoft, ex ministro danés de Relaciones
Exteriores y presidente de la sesión de la Asamblea General encargado de
presentarlos en el estrado. “Uno podría decir… estos dos grandes líderes de
movimientos muy distintos convergieron en la comprensión de temas muy, muy
esenciales sobre el futuro del mundo… enfrentar los problemas del cambio
climático, la sustentabilidad y la pobreza”.

Más de un año
después, en enero de 2017, Francisco declaró al diario español El País que
visitaría China “tan pronto como me envíen una invitación”, y defendió la
postura de China sobre la religión al pronunciar una controvertida declaración:
“En China las iglesias están llenas. Se puede practicar la religión en
China”.

Al mes
siguiente, el Vaticano enfrentó aún más críticas por ablandar su postura hacia
China cuando invitó al profesor Huang Jiefu, un ex viceministro chino de salud
de gran prestigio, para hablar en la conferencia sobre tráfico de órganos del
Vaticano, una decisión criticada por los especialistas en ética, quienes
mencionaron la práctica de China de cosechar órganos de prisioneros
ejecutados.

Los expertos
señalan que hay muchas razones por las que el Papa ha perseguido a China de una
forma tan obstinada. El pontífice enfrenta una creciente oposición por parte de
facciones conservadoras de la Iglesia Católica, encabezadas por el Cardenal
Raymond Burke. (Según informes, Burke se reunió con Steve Bannon, el estratega
en jefe de la Casa Blanca, aunque en Infovaticana, un blog conservador sobre la
Iglesia Católica, se menciona que Burke ha dicho que no recuerda la reunión).
Los partidarios de la línea dura no están contentos con las inclinaciones
liberales del Papa, entre ellas, su condena del abuso infantil cometidos por
sacerdotes, así como por su enfoque relativamente relajado hacia el divorcio y
la comunidad LGBT. El establecimiento de una relación con China permitirá que
el Papa construya su función global, a pesar de sus problemas internos.
Desarrollar una presencia en China también podría ayudar a los católicos a
competir con los protestantes, que tienen muchos más fieles en ese país.

Algunos
católicos familiarizados con el interés del Papa de China afirman que esto no
tiene nada que ver con la conversión, que podría ser impopular entre los
chinos. Afirma que el pontífice está interesado en la manera en que la
diplomacia china puede ayudarle a hacer frente a problemas como la pobreza, el
cambio climático y la crisis en Siria. “Está interesado en la paz mundial”,
señala Francesco Sisci, periodista italiano que reside en Beijing y que ha
entrevistado a Francisco “No le interesa convertir a las personas, como al
mantener un registro de cuántos nuevos bautismos logran los sacerdotes cada
mes. Está diciéndoles a sus propios sacerdotes, ‘No traten de convertir a
nadie’ mediante el proselitismo”.

ADMIRADOR CHINO: Un peregrino chino agita
una bandera ante el papa Francisco en la plaza de San Pedro en el Vaticano. FOTO:
TONY GENTILE/REUTERS

EMPUJANDO FUERTE
POR LA INFLUENCIA DIPLOMÁTICA

Ningún Papa ha
visitado nunca la China continental, pero es probable que las negociaciones
recientes que parecen conducir hacia una relación diplomática puedan cambiar
eso. Beijing ha dado un paso concreto para ordenar a dos obispos en las
provincias de Sichuan y Shanxi, quienes no sólo son reconocidos por la
Asociación Patriótica Católica de China sino también, en un giro, por el
Vaticano.

Xi tiene varias
razones para tratar de establecer una relación con el Vaticano. Ha estado
tratando de mejorar la postura moral de su país en el mundo mediante
iniciativas como la campaña que anunció en marzo para sacar de la pobreza a 10
millones de aldeanos chinos. También ha incrementado las fuerzas de
mantenimiento de la paz de China para convertirlas en una de las más grandes de
Naciones Unidas, y se ha convertido en un líder global en el abordaje del
cambio climático.

El reverendo Jim
Mulroney, vice editor en jefe del Sunday Examiner, afirma que los chinos están
trabajando con el Papa para aumentar su influencia en el mundo. “Pienso que les
interesa la influencia diplomática”, dice.

Más allá de
hacer que los chinos luzcan mejor en la cuestión de la libertad religiosa, el
Pontífice puede convertirse en un fuerte socio diplomático para ellos.
Francisco se ha anotado importantes victorias diplomáticas, entre ellas, el fin
de las sanciones estadounidenses contra Cuba. También envió ayuda a Ucrania
occidental y apeló directamente al presidente sirio Bashar al-Assad, al tiempo
que utilizó propiedades del Vaticano para dar asilo a los refugiados que huyen
de la guerra civil de ese país.

Si China está
interesada en la autoridad moral, Francisco es un aliado atractivo, alguien a
quien Xi habría notado en la Asamblea General de Naciones Unidas. Mientras las
extasiadas multitudes asediaban al Pontífice, la cobertura noticiosa sobre Xi
fue relativamente apagada. “[El Papa] ha conseguido, para decirlo sin rodeos,
un enorme público. Está en contacto mediante una línea telefónica directa con
muchas personas”, señala Mette Holm, locutor y periodista que vivió en China
durante las reformas de los primeros años de la década de 1980 y que estuvo en
Nueva York esta semana. “Muchos países estarán de acuerdo [en que] la forma en
que China trata a las religiones no es muy sofisticada. Por ello, tienen mucho
que ganar en cuanto a su reputación”.

CAZANDO ALIADOS

Las
implicaciones mundiales de una relación de colaboración entre Xi y Francisco, y
por extensión, entre China y el Vaticano, son potencialmente sísmicas. De
manera más inmediata, ello podría resultar catastrófico para Taiwán. Si China y
el Vaticano establecen relaciones diplomáticas, el Vaticano se vería obligado a
dejar de reconocer a Taiwán, privando a este país de su único aliado
europeo.

Esto no podría
producirse en un peor momento para Taiwán, que ha estado perdiendo aliados
diplomáticos ante China, más recientemente, en marzo de 2016, cuando Gambia
anunció que cambiaría su lealtad diplomática de Taipéi a Beijing. Taiwán está
reconocido únicamente por 21 estados soberanos, un número que ha mantenido
mediante un acuerdo según el cual China no trataría de quitarle a Taiwán los
aliados que le quedan en tanto ese país no buscara su independencia.

Pero esa
distensión fue puesta en riesgo cuando Tsai Ing-wen, el presidente de Taiwán
que está a favor de la independencia, llamó para felicitar al presidente electo
Trump, en lo que constituye, según se informa, la primera vez en que un líder
taiwanés habla con un presidente o presidente electo de Estados Unidos desde
finales de la década de 1970. Posteriormente, Trump cuestionó la histórica
política de “una sola China” de Beijing, que es la piedra angular de las
relaciones sinoestadounidenses desde 1979. “Fue entonces cuando [China] dijo,
‘Bien, se acabó, vamos a ir tras todos y cada uno de los aliados diplomáticos
que tiene Taiwán’”, señala Jorge Guajardo, embajador de México en China de 2007
a 2013. Pocas semanas después de la llamada, las islas africanas de São Tomé y
Príncipe cambiaron sus enlaces de Taiwán a China.

Ahora, parece
que China va tras los países de mayoría católica de América del Sur que aún reconocen
a Taiwán. Guajardo confirmó a Newsweek que Nicaragua, Paraguay y República
Dominicana han tratado de lograr la participación de China para establecer
relaciones diplomáticas.

Ese proceso se
aceleraría, desde luego, si el Papa y el Vaticano se acercan cada vez más. “Una
visita de Estado del Papa [a China] tiene un gran simbolismo”, dice Guajardo.
“Para que China se anote ese golpe y pueda decir realmente que el Vaticano ha
dejado [a Taiwán]… eso sería simplemente inimaginable en cuanto al mensaje que enviaría
a todo el mundo sobre la legitimidad de China como un jugador de clase
mundial”.

Pero la relación
de China con Taiwán no es más que el espectáculo secundario. La oportunidad que
existe en este momento es de crear una sociedad sin precedentes entre el Estado
comunista más poblado y la Iglesia gestiona más grande, y al hacerlo, unir a
2.6 mil millones de personas de todas partes del mundo.

Publicado en
cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek