MOHSEN SAMIR MOHAMMED nunca quiso tener más de cuatro hijos, pero dado que sus primos y hermanos que viven en la misma calle de Ezbet Khairallah, uno de los distritos más pobres y más densamente poblados de El Cairo, tenían un hijo tras otro, e incluso cuestionaban su virilidad, el amigable hombre de 35 años comenzó a preguntarse si tenía suficientes hijos. Harto de sus burlas, persuadió a su mujer de que abandonaran los métodos de control natal. Durante los siguientes cuatro años añadieron un quinto, un sexto y un séptimo nuevo miembro de la familia.
Sentado en el pozo de la escalera sin iluminar de su edificio, Mohammed ahora se arrepiente. El precario sueldo que obtiene trabajando en una fábrica de cortinas de acero apenas alcanza para alimentar a su familia, que sobrevive a base de habas guisadas y pan. Sin ningún medio para pagar ni siquiera los 15 centavos que cuesta el viaje en autobús hacia la escuela, sus hijos no asisten a ella. Pero en un país en el que las familias de muchos miembros han sido la norma desde hace mucho tiempo, Mohammed dice que se siente impotente para ir contra la corriente. “Mi padre tuvo muchos, muchos hijos, mi abuelo tuvo muchos, muchos hijos, y aquí todo el mundo también tiene muchos hijos —dice—. No es fácil hacer algo diferente”.
En efecto, no es nada fácil. La población de Egipto se multiplica rápidamente. De poco más de 66 millones a principios del siglo, llegó a casi 93 millones a comienzos de este año. Si se mantiene la tasa de nacimientos, los demógrafos pronostican que la población total del país será de 150 millones en 2050.
Este tipo de crecimiento sería un desafío para casi cualquier país, pero para Egipto, políticamente frágil después de tres cambios de régimen en seis años y sufriendo una escasez de agua y alimentos, este auge en el crecimiento de la población amenaza con perjudicar la ya de por sí endeble estabilidad del país. “Esto incluso constituye una amenaza para la seguridad nacional”, afirma Amal Fouad, director de estudios de investigaciones sociales de CAPMAS, el organismo estatal de recopilación de estadísticas.
En ningún otro lugar son más evidentes los problemas de Egipto con los alimentos que en los ministerios de comercio y suministro del país. Egipto ya es el mayor importador de trigo del mundo, y conforme crece la población del país, deberá importar cada vez más alimentos, a los que suele conceder subsidios. Todo ello resulta costoso y se produce en un momento en que las populosas ciudades en la ribera del Nilo, como Asiut y Suhag, consumen cada vez más de las preciosas tierras cultivables. Así, las autoridades y los atribulados campesinos sienten que se les ha encomendado una tarea imposible. “Más alimentos para más personas en menos tierra”, dice Bashir Abdullah, campesino y organizador laboral en Giza, quien ha estado combatiendo las invasiones de los desarrolladores en los campos locales durante una década. “Es como si creyeran que podemos hacer milagros”.
El aumento en la demanda también afecta al gran río de Egipto. Cada persona utiliza alrededor de 160,000 galones de agua al año, 98 por ciento de la cual se extrae del Nilo, por lo que Egipto ha tenido una escasez de agua durante una década. Pero para 2030, cuando se pronostica que la población alcance los 120 millones, dicha cifra se habrá reducido por debajo de los 130,000 galones. En un momento en que la construcción de presas en Etiopía amenaza con cortar el flujo del río, al menos temporalmente, la fuente de vida del poder de los faraones pronto se verá reducida a un lastimoso hilillo de agua.

MASA AMARGA: Clientes compran pan subsidiado en El Cairo. Los crecientes precios en los alimentos han enfurecido a muchas personas en todo el país. Foto: CHRIS MCGRATH/GETTY
Una grave escasez de agua y alimentos podría provocar motines u otro tipo de descontento civil, lo cual preocupa a los servicios de seguridad del país. La revolución de 2011 fue provocada, en parte, por la incapacidad de la economía de hacer frente a los cientos de miles de jóvenes que se incorporan cada año a la fuerza de trabajo. Ahora, con los índices de crecimiento económico aún más débiles y con un sistema educativo que todavía se encuentra entre los peores de la región, no es de sorprender que algunos funcionarios teman al crecimiento de la población de Egipto. Es “peor que el terrorismo”, declaró en diciembre a un diario de El Cairo Abu Bakr al-Gendy, el general a cargo de CAPMAS. Diversos analistas indican que el presidente Abdelfatah Al-Sisi casi ha llegado a temer a los millennials.
Esto resulta doblemente frustrante para los defensores de la planificación familiar: este auge pudo haberse prevenido. Hasta hace poco, las autoridades egipcias parecían tener una sólida estrategia de control poblacional. Desde un punto máximo de más de 3.5 por ciento en la década de 1970, el índice de crecimiento cayó a 1.7 por ciento a principios de la década de 2000. Mediante una campaña ininterrumpida de concienciación que duró varias décadas, y que incluía vallas publicitarias en las áreas rurales pobres y un aumento en el acceso a los métodos anticonceptivos, los analistas señalaron que Egipto parecía a punto de resolver su creciente problema.
Pero a partir de 2008 y 2009, tres años antes del levantamiento que derrocó a Hosni Mubarak, que durante mucho tiempo fue presidente de Egipto, el gobierno intentó algo diferente. Quizá mostrándose complacientes tras su éxito temprano, los funcionarios de El Cairo redujeron su apoyo a distintas iniciativas de planificación familiar. Al mismo tiempo, organizaciones internacionales no gubernamentales redujeron su gasto, pues pensaban que podían desplegar esos recursos en otros países. Poco después de la revolución de 2011, la tasa de crecimiento aumentó a 2.23 por ciento. Tras el derrocamiento del régimen, esa cifra dio un salto a 2.48 por ciento en 2011 y 2012. Asimismo, se produjo un notable aumento en noviembre de 2011, exactamente nueve meses después del derrocamiento de Mubarak.
Algunas personas dicen que la explosión demográfica ocurrida en Egipto después de la Primavera Árabe no fue ninguna coincidencia: el aumento más notable en la población egipcia con respecto al año anterior se produjo durante el periodo en el poder de la Hermandad Musulmana. Justo después del periodo en el cargo del presidente Mohammed Morsi, la tasa de crecimiento anual alcanzó un máximo de 2.55 por ciento, y el número de nacimientos en los bastiones de la Hermandad, situados en el sur del país, volvieron a tener máximos no vistos desde la década de 1980. Legisladores islamistas presentaron leyes que habrían reducido la edad legal para el matrimonio de 18 a 13 años, aumentando las probabilidades de que las mujeres, o niñas en algunos casos, tuvieran hijos a una edad más temprana, minando así un puntal clave del control poblacional global. Dados los antecedentes de la Hermandad de rehusarse almacenar anticonceptivos en la vasta red de clínicas que alguna vez dirigió, no es de sorprender que los cuadros de mando del grupo mostraran poco interés en resucitar la campaña mediática a favor del control natal, la cual se había interrumpido durante la revolución.
A los defensores de la planificación familiar también les frustra la forma en que Al-Sisi, el sucesor de Morsi, ha manejado el crecimiento de la población del país. Obsesionado con amenazas a la seguridad, reales y percibidas, el gobierno del exgeneral ha impulsado una gran cantidad de leyes anti-ONG, que han hecho que muchas organizaciones extranjeras salgan del país, entre ellas, los proveedores de métodos de planificación familiar. En 1995, las ONG suministraban 10 por ciento de todos los anticonceptivos de Egipto, pero el año pasado dicha cifra se redujo hasta 0.6 por ciento.
No es fácil revertir media década de caos y de políticas inconexas. Entre 2009 y 2014, el número de hijos que los jóvenes egipcios consideraban deseable para una familia aumentó de un promedio de 2.5 a 3, de acuerdo con estudios del Consejo de Población. La disponibilidad de métodos anticonceptivos se ha reducido hasta 58 por ciento de la población, varios puntos porcentuales por debajo del promedio anterior a la revolución.
A pesar de las advertencias de los funcionarios, la enorme población de Egipto no necesita ser una carga, sostienen los demógrafos. Si los jóvenes estuvieran adecuadamente educados, afirman, esta enorme cohorte de hombres y mujeres veinteañeros podría dar fácilmente un gran impulso para la construcción de la nación, al impulsar la economía, en una forma muy semejante al aumento en el número de jóvenes en China. Al-Sisi y sus generales de alto rango tienen una impresionante variedad de recursos a su disposición, como el oro, el gas y la fértil ribera del río. Pero los críticos afirman que ellos han manejado mal esos recursos, lo que ha complicado la escasez derivada de la creciente población del país.
Tras varias décadas de gobiernos ejercidos por dictadores con una visión limitada, gran parte del daño ya ha sido hecho. Desde las enormes fábricas de cemento en el desierto, construidas para alimentar el auge en la construcción, hasta los crecientes distritos en las afueras de la capital que ahora casi rodean el complejo de las pirámides de Giza, la creciente cantidad de habitantes continúa alterando la forma del país.
A Mohsen Samir Mohammed le parece inconcebible que su rincón de El Cairo pueda alojar siquiera a una persona más. “Por todos lados hay gente, gente, gente —dice—. ¿Dónde vamos a ponerla?”.
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