DEJEMOS que un documental sueco desentierre un capítulo casi
olvidado de la historia del jazz estadounidense: la brillante vida y la
terrible muerte del trompetista Lee Morgan, asesinado a tiros por su esposa de
derecho consuetudinario, Helen, entre actuaciones en el Slug’s Saloon del Lower
Eastpor Side de Manhattan en 1972. (Aparentemente, ella se enfureció por las
atenciones que él dedicaba a otra mujer). Morgan tenía apenas 33 años cuando
recibió los disparos aquella nevada noche de febrero (se culpó al inclemente
clima por la tardanza de una hora de la ambulancia; de otra manera,
posiblemente habría sobrevivido).
Kasper Collin, cuya oscuramente evocadora película “I
Called Him Morgan” (Lo llamaba Morgan) se estrenará de manera limitada el
24 de marzo en Nueva York y Los Ángeles, también dirigió el aclamado documental
“My Name Is Albert Ayler” (Mi nombre es Albert Ayler, 2006), sobre el
saxofonista avant-garde cuyo salto al Río East de Nueva York en 1970 puso fin a
otra prometedora carrera.
Morgan fue uno de los talentos más prodigiosos del
movimiento jazzístico de mediados del siglo XX, conocido como hard bop, un estilo más funky, menos
frenético que el vertiginoso bebop de Charlie Parker, Dizzy Gillespie y
Thelonious Monk. Recibió su primera trompeta en su cumpleaños número 13 y fue
invitado a unirse a la vanguardista “big band” de Gillespie cuando
cumplió 18.
Poco después vinieron temporadas de grabación con John
Coltrane y Hank Mobley, seguidas de un codiciado puesto en los Jazz Messengers
del baterista Art Blakey. Pero al igual que muchos jazzistas, Morgan sucumbió
al consumo de drogas, comenzando una espiral descendente que lo llevaría hacia
la mujer que sería su salvadora y su verdugo. Los recuerdos de ella son la
columna vertebral de I Called Him Morgan, grabados en una chirriante cinta de
casete un mes antes de su muerte en 1996. Los testimonios de otros músicos
completan la historia, así como material de archivo y fotografías de las
sesiones de grabación de Morgan en Blue Note Records. Uno de esos álbumes, The
Sidewinder (1963), fue un éxito combinado en las listas de R&B, y la pieza
que da título al disco incluso fue utilizada por Chrysler para un comercial de
la Serie Mundial al año siguiente.
Pero con ese inesperado éxito, llegó también el dinero que
financiaría brevemente su costoso hábito de consumo de cocaína y heroína. Helen
More era una inquieta mujer originaria de Carolina del Norte cuyo apartamento,
situado en la periferia del centro de la ciudad, era un salón lleno de comida y
empapado en alcohol para músicos de jazz. Fue ahí donde el trompetista halló
una figura materna tras empeñar su abrigo y su instrumento para comprar drogas.
More lo ayudó a dejar los fármacos, recuperó su trompeta de la casa de empeño y
fue su pareja y mánager durante la siguiente década.
Las entrevistas con los compañeros músicos de Morgan nos
ayudan a comprender sus dones musicales, al igual que las selecciones de sus
grabaciones. Nota personal: cuando era un adolescente en Detroit, descubrí la
música de Morgan gracias a una grandiosa estación local de jazz. Su aptitud
lírica como compositor y solista era como caña de azúcar comparada con las
cavilaciones más oscuras y más íntimas de Miles Davis, y yo los ame a ambos
como las torres gemelas de la trompeta jazzística.
Y aunque la mitad de mi corazón pertenecía a los Beatles y a
Bob Dylan, como correspondía a todo joven en la década de 1960, reservaba mi
profunda compasión y estima para los atormentados sobrevivientes de la
comunidad del jazz. Músicos como Lee Morgan combatían diariamente a sus
demonios personales, al racismo y a compañías de discos corruptas, y aun así,
crearon un sonido lleno de luz y de vida que sigue tan fresco hoy como sonaba
hace más de 50 años. Escucha Cornbread, su álbum de Blue Note, si necesitas una
prueba. Funk y gracia, unidos para siempre.
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Publicado
en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek