LA NOCHE que volé a West Palm Beach una serie de tornados mortales arrasaron Florida. Los fuertes vientos hacían golpear las olas contra la costera escarpada y sacudían los árboles de treinta metros de alto a lo largo de Royal Palm Way, que los lugareños llaman la Calle de Banqueros.
La investidura de Donald Trump había sucedido pocos días antes. Un par de kilómetros camino abajo, al parecer ajenos a la tormenta que se avecinaba, cientos de juerguistas abarrotaban Mar-a-Lago, el centro turístico privado al estilo Gran Gatsby que Trump ha llamado su “Casa Blanca de Invierno”, para agasajar a su nuevo rey. El evento privado, al que asistieron multimillonarios, empresarios y miembros de la alta sociedad de Palm Beach, presentaba cena y baile, una reproducción de la ceremonia de toma de juramento de Trump y una inmensa escultura de hielo de la bandera estadounidense con la leyenda de “Presidente Trump”, adornando la base en rojo.
En tales círculos exclusivos no es inusual toparse con personas que pasaron su infancia viajando en limusinas con sus nanas y, en sus años de jubilación, postergaron el funeral de un cónyuge para que pudieran disfrutar de los últimos días de lo que la gente de Palm Beach llama “la temporada”: alrededor de cuatro meses de épicas fiestas y galas invernales que van desde finales de noviembre hasta principios de abril cada año. Cuando las fiestas terminan, la población de la isla de Palm Beach rápidamente se reduce de 30,000 a 10,000.
La fiesta de Trump ocurrió en lo más álgido de esta temporada, pero uno de los vecinos del presidente, el magnate de bienes raíces y multimillonario Jeff Greene, no asistió. “Él es muy buen anfitrión. Tengo que darle crédito”, dice Greene, quien conoce a Trump informalmente y es miembro de Mar-a-Lago. “Pero no estoy de acuerdo con sus políticas. Pienso que algunas de las cosas que hizo para lograr que lo eligieran allanaron el camino para una retórica mucho más peligrosa en nuestro país”.
Greene no votó por Trump. Tampoco lo hizo la mayoría en el condado de Palm Beach, pero muchos de sus residentes se benefician con su presencia. El ascenso de Trump ha creado una de las concentraciones más grandes en el mundo de riqueza y poder globales justo en su patio trasero. Y ese giro podría significar un cambio enorme en las fortunas, no solo de las familias superricas que han hecho su hogar en Palm Beach durante el último siglo —los Ford, DuPont, Rothschild, Pulitzer y Lauder—, también para la clase media del área largamente ignorada.
Incluso antes de que Trump fuera presidente, lo que otrora era una parte tranquila de los bancos regionales de Florida al pie de Mar-a-Lago se fusionaba en un centro financiero. En los últimos años, el área ha atraído más de sesenta fondos de cobertura (algunos dicen que más de cien), docenas de compañías de capital privado y cientos de oficinas familiares, sin mencionar una cantidad creciente de bancos más grandes como Credit Suisse, Morgan Stanley, JPMorgan Chase y Goldman Sachs. Estas no son solo insignificantes oficinas satélites. Los bancos y fondos de cobertura con miles de millones de dólares están devorando edificios enteros y cuadras de bienes raíces comerciales, obligando a los residentes a bautizar el área como “la nueva Wall Street”.
Mientras tanto, algunos de los asesores de confianza y partidarios de Trump también han acudido en tropel al área. Anthony Scaramucci, fundador del fondo de 12,000 millones de dólares SkyBridge Capital, abrió sus oficinas en Palm Beach Gardens hace dos años (este año aceptó vender la compañía después de ser nombrado en el comité ejecutivo del equipo de transición de Trump en noviembre). Paul Tudor Jones, el multimillonario gerente de fondos de cobertura y quien dice que cuenta con el apoyo de Trump para salvar los Everglades de Florida, compró la finca otrora propiedad de Ron Perelman en Palm Beach por 71 millones de dólares en 2015. Carl Icahn, otro multimillonario de fondos de cobertura, a quien Trump nombró para su equipo de transición, es un residente de medio tiempo de Palm Beach que tiene una propiedad cerca de Mar-a-Lago. Y altos miembros del equipo de Trump también poseen hogares en las cercanías, incluidos los miembros del gabinete Wilbur Ross, secretario de Comercio; Ben Carson, secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano; Betsy DeVos, secretaria de Educación, y Gary Cohn, quien dejó Goldman Sachs para encabezar el Consejo Nacional de Economía de Trump.
El condado de Palm Beach desde hace mucho ha sido un magneto para la riqueza de la vieja guardia; en su mayoría está confinada en la “isla”, un delgado cordón litoral de cincuenta kilómetros que, desde épocas victorianas, ha atraído a docenas de multimillonarios, quienes han construido sus mansiones a lo largo de su punta norte. Parte de la atracción se debe a que Florida no ha tenido un impuesto estatal sobre la renta desde 1855. Pero el bombo publicitario alrededor de la victoria de Trump está suscitando un nuevo influjo de compañías financieras. “Muchas personas que previamente pensaban: ‘Pienso que me mudaré a Florida, vámonos a Miami’, ahora le están dando una mirada a Palm Beach”, dice Greene. “Porque enciendes la televisión y no ves a Trump en la Casa Blanca. Lo ves aquí”.
Es más, lo ves metiendo la nariz con los líderes extranjeros, dignatarios y multimillonarios de todo el mundo. De hecho, antes de que Trump asumiera el cargo y antes de que empezara a reunirse con presidentes y primeros ministros en su centro turístico de Palm Beach —incluso antes de que los estadounidenses empezaran a ver miembros de Mar-a-Lago en Facebook posando informalmente con el balón nuclear— el equipo de transición de Trump ya llamaba a la Casa Blanca, en Washington,D. C., la “Casa Blanca Norte”.

CASA BLANCA DE INVIERNO: Juerguistas en Mar-a-Lago, el centro turístico privado propiedad de Trump. El ascenso de él ha sido una bendición tremenda para el condado de Palm Beach. Foto: DON EMMERT/AFP/GETTY
AVIONES, GRÚAS Y GIRAS DE ALFOMBRA ROJA
La isla de Palm Beach de Trump desde hace mucho ha sido el oasis aristocrático al paisaje más crudo de rascacielos y cemento de West Palm Beach; a los dos los separa solo un puente levadizo que abarca el Canal Intracostero del Atlántico. Una edición de 1936 de Fortune, que todavía se ve en un restaurante de West Palm Beach, describe a los habitantes de la ciudad como existiendo “principalmente para servir a Palm Beach [y] cargar las maletas y atender los autos y lavar los blancos de los ricos que viven cruzando el agua”. Pero es West Palm Beach, la sede del condado, la que se beneficiará más con el atractivo de Trump.
Otrora una parada importante en la “autopista de la cocaína” de Estados Unidos, West Palm Beach tiene mejores perspectivas de crecimiento y un mercado laboral igual de frívolo que la ciudad de Nueva York. Como resultado, la región ha visto un raudal de gente en meses recientes que viene en busca de empleo, vivienda y espacio de oficina. Según un estudio reciente comisionado por la ciudad de West Palm Beach a la consultora empresarial Alpern Rosenthal, un promedio de 2000 nuevos residentes se reubica en el condado de Palm Beach cada mes. Para marzo, la ciudad tenía más de 2000 millones de construcciones de bienes raíces en espera, dice Chris Roog, director de desarrollo económico de la ciudad.
El horizonte de la ciudad está lleno de grúas. Están apareciendo oficinas, apartamentos y centros de transporte público. Los proyectistas de West Palm Beach están abrumados con anteproyectos para nuevos desarrollos, incluidos varios de Greene, que invierte cientos de millones de dólares para construir torres de oficinas y residenciales por toda la ciudad, así como microunidades en el centro para los millennials (él espera cobrar alrededor de 1,000 dólares al mes por una unidad de 400 pies cuadrados, menos de lo que muchos pagan ahora). Greene también ha inaugurado una escuela privada en West Palm Beach, para los niños dotados de la ciudad, que contiene robótica, “salones de concienciación” y clases de codificación computacional para niños de tres años o más.
Desde la victoria de Trump el auge solo se ha acelerado. Cuando Trump se preparaba para dirigirse a Mar-a-Lago para celebrar la Navidad con su familia, West Palm Beach desveló su Distrito Financiero Flagler, una tajada estrecha de elegantes propiedades para oficinas que mira al Canal Intracostero y sus flotillas de megayates. Cubriendo media milla cuadrada en la base del puente levadizo que lleva a la Calle de Banqueros, el centro lleva el nombre de Henry Flagler, un fundador de Standard Oil y el arquitecto de la era dorada de la isla.
“Ahora tenemos una escasez de espacio de oficina de clase A”, dice Jeri Muoio, alcaldesa de West Palm Beach, mientras muestra uñas rojas, destellantes anillos de diamantes y blusa con diseño de leopardo. Ella dice a Newsweek que, desde diciembre, la ciudad ha cortejado activamente a ejecutivos de Wall Street con una campaña publicitaria en el área triestatal de Nueva York, instándolos a mudarse al sur. West Palm Beach también acaba de finalizar un paquete de incentivos generosos que, en diez años, ofrecerá estímulos fiscales a la propiedad para compañías que traigan nuevos empleos, en especial de sueldos altos.
Aun cuando muchas de las compañías financieras que vienen al condado de Palm Beach —a menudo para servir discretamente las necesidades de sus familias ultrarricas— no son muy dadas a hablar de ello, el grupo de bienes raíces Cushman & Wakefield está monitoreando la tendencia. En enero, hizo pública información que mostraba que los “aumentos agresivos” en las rentas por toda la región no han desalentado a la falange de compañías financieras que se mudan aquí. Estas empresas se zamparon cientos de miles de pies cuadrados de espacio comercial el año pasado, dijeron, incluso cuando las rentas aumentaron más de 21 por ciento. “El sur de Florida ya no es la sala de espera de Dios”, dice Mark Pateman, director gerencial de C&W. “La gente viene aquí con sus familias y se asienta aquí permanentemente. Tal vez traen su propia compañía, o tal vez tienen un evento de capital y comercian con su propio dinero”.
Pocas semanas después de que Trump amarrara la presidencia, el Centro de Empleos y Capital Humano del Instituto Milken publicó su sondeo de las ciudades con mejor rendimiento, la cual ubicó el crecimiento financiero general del área metropolitana de West Palm Beach por encima de las de Nueva York y Boston, así como del distrito dominante de fondos de cobertura de la nación, Greenwich, Connecticut (en la siguiente década se espera que la cantidad de empleos en la ciudad se dispare tanto como 40 por ciento, encabezados por las finanzas y la alta tecnología). El grupo de expertos también señaló que el crecimiento salarial en el condado de Palm Beach desde la Gran Recesión ha superado el del área metropolitana de Nueva York, todavía la capital financiera del mundo, por lo menos por ahora. “Puedes conseguir todo aquí, excepto esquí en nieve”, dice Greene.
Joseph Jacobs, presidente de Wexford Capital, una compañía de capital privado de 3,000 millones de dólares, es uno de los inmigrantes recientes de Wall Street a Palm Beach. Él dice que reubicarse al Distrito Flagler pasó “sin fricciones”, y Wexford disfrutó de uno de sus años de mejor rendimiento desde la mudanza. Lo que no extraña de Nueva York o Greenwich, añade, son las multitudes, los largos viajes al trabajo y el clima congelante. “Cuando estás aquí, hay mucho menos ruido. Y hay menos estrés. Puedes hacer más. ¿Por qué diablos vivirías en Nueva York o Connecticut cuando podrías despertar aquí todos los días?”.
Jacobs todavía tiene una finca de 12 acres en Greenwich, pero dice que los valores de las propiedades allí están desplomándose. “Las tendencias son cada vez más favorables aquí. Las tendencias simplemente ya no son tan favorables en el noreste”.
Los viajes también son asombrosamente fáciles en West Palm Beach. Su aeropuerto internacional está a solo 15 minutos del centro. Emily Clifford, directora ejecutiva de J. P. Morgan Private Bank, ubicado a lo largo de la Calle de Banqueros, dice que es una de las mayores ventajas de Palm Beach. “Puedo salir en un vuelo a las 6:00 horas por la mañana, en Nueva York a las 10:30 horas, para reuniones, pasar el día ahí y estar de vuelta en mi cama esa noche”. Y este verano, West Palm Beach ofrecerá un tren expreso de alta velocidad que conectará el centro de la ciudad con Fort Lauderdale y Miami. En 2018, la línea también llegará a Orlando. El viaje de West Palm a Miami —el otro centro financiero importante de Florida— tomará solo una hora.
Para muchos de los inmigrantes de Palm Beach, nada supera el impuesto cero estatal sobre la renta. Si eres lo bastante afortunado para ganar un millón de dólares al año, eso es un incremento automático en tu ingreso de 100,000 dólares si acabas de salir de Nueva York, o como recibir un aumento decente sin importar cuánto ganes. Los impuestos a las ganancias de capital, estatales y corporativos también son mucho más bajos en Florida que en Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts y Connecticut, según el estudio reciente de Alpern Rosenthal. El estado es básicamente un enorme paraíso fiscal: cuanto más altos sean tus ingresos, más podrás conservar si te mudas al sur. Razón por la cual tantísimas personas del 1 por ciento se dirigen a Florida, dice Kelly Smallridge, presidenta y directora ejecutiva de la junta de desarrollo comercial del condado de Palm Beach en West Palm Beach.
En un momento dado, dice Smallridge, ella aconseja a alrededor de una docena o más de familias ultrarricas que buscan mudarse al sur, mientras recibe cientos de llamadas telefónicas al mes de personas interesadas en hacer lo mismo. Jacobs, de Wexford Capital, estuvo entre aquellos a quienes Smallridge ayudó a asentarse en el área de tiempo completo, aun cuando, dice, pasó un tiempo en Palm Beach desde la década de 1980. Jacobs señala que aun cuando algunos de sus gerentes de cartera de Wexford todavía trabajan desde Greenwich, mucho de su alto personal se ha mudado a Palm Beach, y él espera que más lo hagan. “Esta ya no es una comunidad de temporada. Hay un subconjunto más grande de gente mudándose aquí desde el norte como nunca antes. Y no es solo el bombo publicitario por Trump. Mucho de ello es impulsado por la tecnología. La gente es mucho más móvil hoy. Ya no tienes que vivir en Nueva York para ser competitivo en las finanzas. Entonces, ¿por qué vives allí si no quieres?”.

BAILE DE LOS MILLONES: Incluso antes de que el equipo de Trump volara a la “Casa Blanca de Invierno”, el condado de Palm Beach se convertía en un lugar de moda. Foto: CARLOS BARRIA/REUTERS
CORREDORES DE PODER EN SANDALIAS
En un martes a finales de enero, en el nuevo hotel Hilton, en West Palm Beach, me reuní con Andrew Schneider, de 43 años, fundador y director ejecutivo de Family Office Networks, una compañía financiera que empareja familias adineradas con fondos de cobertura, banqueros y compañías incipientes que buscan recaudar dinero. En el oscurecido bar del vestíbulo, lo vi sostener una serie de sesiones de ventas al estilo Shark Tank con jóvenes empresarios promocionando nuevas aplicaciones para tecnología de cadena de bloques y, luego, un médico que buscaba inversiones para investigación avanzada de cáncer. “Me pienso como un casamentero, presentando oficinas familiares a personas que nos dan oportunidades de inversión”, dice el oriundo de Nueva York, quien ahora vive en Palm Beach todo el año. Cuando no organiza acuerdos para la que dice que es su red de aproximadamente 10,000 familias de valor neto alto que administran oficinas de inversión privada, le gusta bucear y pasar tiempo en su bote. “La calidad de vida es mucho mejor”.
Los corredores de poder de Palm Beach firman acuerdos en bares, restaurantes y cafeterías. Debaten términos financieros y a veces incluso firman contratos en el bar con jaiboles y martinis. En mis veinte años de cubrir Wall Street, nunca he visto tantísimos acuerdos llevarse a cabo frente a mí —y con tanta indiferencia— como lo hice durante mi semana en Palm Beach.
Una de las principales razones por las cuales un público más joven y más empresarial viene al área es porque el escenario es ideal para recabar fondos, dice David Goodboy, fundador de la Asociación de Fondos de Cobertura de Palm Beach (y otro escapado de Wall Street). “Los fondos de cobertura siguen al dinero, y el dinero se muda aquí”, comenta a Newsweek. “Como la comunidad es tan pequeña, en realidad hay muy poco anonimato. Tienes un acceso sin precedentes a inversionistas y oportunidades de conocer nuevos clientes”.
Cuando SkyBridge Capital se mudó a Palm Beach, su principal ejecutivo de inversiones, Ray Nolte, dijo que uno de los mayores factores motivadores fue el hecho de que el sur de Florida “es una de las principales regiones de las que estamos incrementando activos”. Smallridge le atribuye el aumento en oportunidades de recabar fondos al hecho de que los directores ejecutivos, presidentes y directores que vienen a West Palm Beach ya no solo la usan como un sitio vacacional, sino que traen sus compañías con ellos, creando “una concentración muy alta de altos mandos en un solo lugar”.
Ello es cierto para Michael Falk, el director y socio administrativo de Comvest, una compañía de capital privado con 2,500 millones de dólares y también domiciliada en West Palm Beach. Falk dice que cuando se mudó al área desde Nueva York, hace 15 años, solo cinco miembros de Comvest se reubicaron con él. “Ahora 90 por ciento de nuestro personal, alrededor de 70 personas, vive aquí”, manifiesta. “Es una comunidad muy unida, buena para la filantropía y buena para sociabilizar”.
De forma similar, la escena social de Palm Beach hace mucho más fácil el recabar fondos aquí que en el norte, señala Kevin Bush, un gerente de fondos de cobertura que votó por Trump y abrió una oficina en Delray Beach en noviembre. No solo porque hay una concentración más alta de gente adinerada, sino porque está mucho más relajada. “Es un lugar raro porque todos son muy ricos”, apunta. “Viajo de ida y vuelta a Nueva York todos los meses recabando dinero, y mi experiencia es que el ambiente aquí afecta cómo actúa la gente. La gente va a reuniones en Palm Beach a veces usando sandalias. Son accesibles. Cuando caminas por el centro de Manhattan en un traje, tu guardia está arriba. Es menos formal aquí, y eso usualmente es mejor”.
Lo que no es mejor es el tránsito. “Cuando manejo de mi casa a mi oficina en South Ocean Boulevard —dice Greene—, quedo atrapado detrás de autos que avanzan muy lentamente por Mar-a-Lago con las videocámaras”. Roog, el director de desarrollo económico —un exvalet que otrora manejó el Lamborghini púrpura de Trump— dice que pasa lo mismo en la ciudad. Cuando el presidente arriba al Aeropuerto Internacional de West Palm Beach, es un caos.
“Esto es lo que pasa”, dice Roog. “Trump aterriza. Sale del avión. Entra en un auto privado. Y luego acelera a la mayor velocidad posible hasta Mar-a-Lago. Ellos cambian los semáforos para que estén en verde todo el camino. Pero provoca caos en el tránsito. Y hay reporteros, manifestantes, policías. La gente toma fotos en la pista con el Air Force One”.

LOBO DE PALM BEACH: A pesar de algunos momentos embarazosos, pocos pueden negar que el alboroto alrededor de Trump ha elevado el perfil de Palm Beach. Foto: JONATHAN ERNST/REUTERS
EL HOMBRE GRANDE EN EL TRAJE DE BRIONI
Poco después de que llegué a Florida, asistí a una fiesta privada por el lanzamiento de una tienda de libros raros en la glamorosa Worth Avenue de Palm Beach, el Rodeo Drive del sur. Artistas, empresarios y financiadores de cobertura sorbían champaña mientras oían a cantantes de ópera armonizar con violines. Coleccionistas de lujo hojeaban primeras ediciones de la amplia selección de clásicos de Wall Street en la tienda, como Camino de servidumbre y Memorias de un operador de bolsa. El público tenía toda la capacidad financiera de un evento exclusivo de Wall Street. Y no sorprende que muchos de ellos conocieran a Trump o hubieran frecuentado Mar-a-Lago.
Ron Burkhardt, un artista que se mudó recientemente a Palm Beach desde los Hamptons (y ha dormido en la Habitación Lincoln de Mar-a-Lago; sí, la Casa Blanca de Invierno también tiene una), dice que la victoria de Trump puso a Palm Beach “de vuelta en el mapa” por primera vez desde que los Kennedy vendieron su hogar allí, en la década de 1990. “Esto es algo así como el centro del universo ahora”, apunta. “Es como si todo el mundo tuviera los ojos puestos en nosotros”.
Definitivamente, eso ha sido cierto en los últimos meses, mientras el mundo veía a Trump batallar para responder en febrero al lanzamiento de Corea del Norte de un misil balístico en el mar de Japón mientras él cenaba con el primer ministro japonés Shinzo Abe en Mar-a-Lago. O a principios de marzo, cuando el presidente fue el fin de semana a su centro turístico de Palm Beach solo para empezar a acusar a su predecesor, Barack Obama, de intervenir su teléfono en la Torre Trump de Manhattan durante su campaña presidencial.
A pesar de algunos momentos embarazosos, pocos pueden negar que el alboroto alrededor de Trump ha elevado el perfil de Palm Beach. “La presidencia de Trump ha abierto muchas puertas para nosotros”, dice Schneider, de Family Office Networks, también un votante de Trump. “Ya no es solo un lugar de riqueza generacional. Él lo ha convertido en un escenario político”. En marzo, Trump anunció sus planes de recibir al presidente de China en Mar-a-Lago, un evento que los visitantes del club atestiguarán muy fácilmente, tomándose fotos o incluso participando en él, si Trump cena en la terraza al aire libre. Y aun cuando es el comandante en jefe, los miembros del club de Trump dicen que él todavía es raudo para relacionarse y pavonearse con sus invitados, ya sea en Mar-a-Lago o en su elegantito club de golf en West Palm Beach.
Greene, quien recientemente llevó a su madre a cenar por su cumpleaños número noventa en el club de golf de Trump, dice que se toparon con él. Y todavía estaba obsesionado con la elección. “Durante el pastel, él aplaudía al fondo”, dice Greene. “Y luego al salir, le dijo a mi madre: ‘¡Usted no tiene noventa! Tiene setenta. ¡Vamos!’. Trataba de ser amigable de una manera bonita y agradable. Y luego dijo: ‘¡Espero que esté molesta con su hijo por no apoyarme!”.
Ashley Cooper, un exbanquero de Wall Street que otrora trabajó para la Organización Trump como vicepresidente ejecutivo y administró sus propiedades de golf antes de que Donald Trump fuera presidente (también votó por él), cree que su exjefe tiene buenas intenciones. “Pienso que lo que lo motiva es… que ya no lo hace por el dinero. Está motivado por la victoria. Él quiere ser el mejor presidente que haya tenido Estados Unidos. Quiere encabezar una revitalización económica nacional. En verdad cree que una parte enorme de Estados Unidos se perdió a causa de la política. Es el tipo en el traje de Brioni que se acerca a ellos”.
Aun cuando la presencia de Trump ciertamente beneficia a West Palm Beach, al contrario de Greene, él no ha invertido personalmente en la ciudad por décadas. Una tarde, mientras yo iba a una entrevista, pasé frente a una serie de viejas torres residenciales a lo largo de Flagler Drive en West Palm Beach: Trump Plaza, los condominios de lujo que el presidente fue obligado a liquidar en la década de 1990 para pagar sus deudas. Son un recordatorio duro de cuán lejos Trump —y la ciudad— ha llegado.