Paperas en el camino

A FINES DEL VERANO pasado, una familia del noroeste de Arkansas enfermó de paperas, quizá contagiada tras la visita de un pariente de Iowa. El virus se diseminó rápidamente entre los estudiantes de las escuelas públicas en Springdale, la cuarta ciudad más grande de Arkansas. Al principio, los más afectados fueron los inmigrantes de las Islas Marshall, una importante comunidad de la región, muy probablemente porque la pobreza los orilla a vivir en hogares hacinados. Mas el virus, que es en extremo contagioso, no se limitó a una población particular. Durante el apogeo del brote, que ocurrió hacia fines de 2016, el Departamento de Salud de Arkansas informaba de unos cincuenta casos nuevos todos los días.

La parotiditis o paperas ha reaparecido en todo Estados Unidos de manera sorpresiva. Los brotes de 2016 en el estado de Washington, en el norte del estado de Nueva York, Oklahoma, Indiana y otros lugares marcaron la mayor propagación del virus desde 2006. Y las infecciones no se limitaron a niños no vacunados, de modo que la culpa no radica solo en los padres que optaron por no inmunizar a sus hijos. Por el contrario, parece que la puerta se abrió debido a una imperfección en la vacuna. No obstante, la creciente abstención vacunal podría contribuir a que persistan los brotes.

El virus de la parotiditis, miembro de la familia Rubulavirus,consiste de un único filamento de ARN envuelto en una bolsa de proteínas. El virus ataca el sistema nervioso central, por lo que a veces puede provocar encefalitis o meningitis. Lo más común es que la parotiditis produzca inflamación dolorosa de las glándulas salivales, fiebre, dolor muscular, cefalea y cansancio. En algunos varones, la parotiditis ocasiona que se inflamen los testículos, lo cual, en ocasiones, puede provocar infertilidad. Y en algunos niños, la enfermedad puede conducir a la sordera permanente. No hay tratamiento médico para las paperas, de modo que el cuadro se resuelve por sí solo, aunque el riesgo de efectos secundarios peligrosos justifica la adopción de medidas preventivas.

La vacuna contra la parotiditis fue desarrollada en 1967 por Maurice Hilleman, un microbiólogo que creó más de cuarenta vacunas. La inmunización protege contra dos cepas del virus, obtenidas originalmente de la garganta de la hija de Hilleman, Jeryl Lynn (las cepas vacunales se conocen como Jeryl Lynn 1 y 2).

Los Centros para Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) recomiendan dos dosis de la vacuna SRP, que contiene virus vivos atenuados de sarampión, rubéola y parotiditis: la primera entre los 12 y 15 meses de vida, y la segunda entre los cuatro y seis años de edad. El esquema de vacunación completo previene un promedio de 88 por ciento de los casos. Es decir, de cada cien personas vacunadas contra la parotiditis, alrededor de 12 siguen siendo susceptibles al virus. En cambio, la inoculación contra el sarampión tiene una eficacia de 97 por ciento.

Debido a la protección incompleta de la vacuna, persiste la infección por el virus de parotiditis. “Han ocurrido brotes en comunidades con alto índice de vacunación; sobre todo, en entornos de contacto estrecho”, señala Manisha Patel, oficial médica de la División de Enfermedades Virales en CDC. Los centros universitarios son criaderos comunes del virus debido a la gran cantidad de estudiantes que conviven en los dormitorios. Como el patógeno se disemina en la saliva —mediante besos, tazas compartidas y cigarrillos—, los campus universitarios son hábitats particularmente propicios.

Sin embargo, la cifra de casos estadounidenses en 2016, publicadas en casi todos los estados, fue muy inusual, interpone Paul Throne, especialista en salud pública del Departamento de Salud del estado de Washington. Después de que el total de casos superara los 6000 enfermos en 2006, la incidencia se mantuvo por debajo de 3000. Por ejemplo, en 2012 solo se informó de 229 casos en Estados Unidos. Dicho total aumentó paulatinamente en los últimos años, a poco más de 1000 enfermos en 2015. Pero en 2016, la marca fue de más de 5300 casos.

Patel informa que los CDC están investigando los factores que pueden haber contribuido a ese incremento, mas la dependencia federal todavía no tiene una explicación. Throne sugiere que los brotes tal vez se debieron a la protección incompleta que confiere la vacuna, aunada a una caída de la inmunidad con el paso del tiempo, fenómeno observado con muchas otras inmunizaciones. Por otra parte, también es posible que el virus haya mutado, distanciándose de las dos cepas Jeryl Lynn contenidas en la inoculación administrada a los niños. No obstante, los CDC han analizado muestras de sangre de pacientes recién infectados y no detectó cambios alarmantes. “No hay pruebas de que la eficacia de la vacuna contra las paperas haya cambiado con el tiempo”, asegura Patel.

Throne y Dirk Haselow, epidemiólogo estatal de Arkansas, manifestaron inquietud por los niños no vacunados. Arkansas autoriza que los niños cuyas familias objetan la vacunación por motivos filosóficos acudan a las escuelas públicas (algunos estados prohíben esta práctica). Sin embargo, durante el brote de 2016 y como medida preventiva, el Departamento de Salud del estado prohibió que los niños no vacunados asistieran a clases. Después del brote, cientos de niños previamente no vacunados fueron inmunizados, mas alrededor de cincuenta chicos no recibieron la vacuna, de modo que Haselow teme por las repercusiones de la prolongada ausencia escolar para esos niños y sus familias.

Por su lado, a Throne le inquieta que el aumento de casos indique una creciente resistencia al esquema de inmunización que recomiendan los CDC. Explica que, para detener la diseminación de la parotiditis, es necesario que 90 por ciento de la población reciba el cuadro completo de vacunación SRP. “Los brotes son señal de que no tenemos ese nivel de protección”, dice Throne. De hecho, la tasa de vacunación SRP parece estar cayendo en Estados Unidos. Sin embargo, según CDC, 94.6 por ciento de los niños que ingresaron en el jardín de niños en 2015, habían recibido dos dosis de SRP, una tasa que ha sido “consistente a lo largo del tiempo”, dice Patel.

En los brotes de parotiditis de 2016, los efectos secundarios más preocupantes fueron raros. Arkansas no ha informado de casos de meningitis, y de los más de 2700 enfermos, solo cinco fueron hospitalizados. “No hay duda de que se trata de una versión leve de la enfermedad”, señala Haselow. Los casos del estado de Washington —donde el virus se propagó a varios condados, sobre todo a través de las escuelas públicas— también fueron leves. Según Patel, ese mismo patrón se observó en todo el país.

Throne se pregunta si este fenómeno es similar al observado con la vacuna contra la influenza, que ayuda a aminorar la enfermedad, aunque no previene la infección. “Puede ser una señal de que la vacuna protege a las personas contra lo más grave de la enfermedad”, sugiere.

Aunque el brote de Arkansas parece estar disminuyendo, el estado todavía registra alrededor de cinco casos diarios, y las autoridades se mantienen alertas. “No podremos bajar la guardia hasta que haya terminado”, dice Haselow. El brote continúa en Washington, con casi 400 casos notificados el 7 de febrero. “No vemos el menor indicio de que esté perdiendo fuerza”, confiesa Throne.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek