La violencia con armas de fuego es feroz en todo Estados Unidos, y las heridas que produce son cada vez más visibles. Más de 11,000 estadounidenses son asesinados cada año en ataques relacionados con armas de fuego, y al menos 50,000 más resultan heridos. Entre las personas de entre 15 y 24 años, nueve de cada 100,000 vidas terminan debido a un homicidio por arma de fuego. Cada año, alrededor de 65 de cada 100,000 personas de este grupo de edades resultan lesionadas por ataques con armas de fuego.
A mediados de la década de 1980, los expertos en salud pública comenzaron a referirse a la violencia juvenil como una epidemia debido a que ocurría en números más altos de lo esperado. Algunos expertos llevaron más allá esa idea, e insistieron que la violencia juvenil no solo se parecen a una enfermedad, sino que es una enfermedad como tal, un patógeno infeccioso semejante a los que producen el sida y la tuberculosis. Hasta ahora, esta afirmación ha sido más una analogía punzante que una amarga realidad. Sin embargo, un nuevo estudio proporciona las primeras pruebas de que la violencia por arma de fuego se comporta exactamente como un agente patógeno transmitido por la sangre.
Andrew Papachristos, sociólogo de la Universidad de Yale que estudia la criminalidad, sabía que si la violencia por arma de fuego fuera una enfermedad, debía extenderse siguiendo una ruta predecible. Y sospechaba que esa ruta era el contagio social, la misma ruta tomada por el VIH y la hepatitis C. Esos patógenos se transmiten por la sangre, y no por las balas, para llegar a nuevos hospederos, pero los brotes suelen ocurrir entre redes de personas que se conocen unas a otras. Las enfermedades que se transmiten a través de conexiones sociales siguen un patrón distinto del de los resfriados transmitidos por el aire o de las enfermedades transmitidas por alimentos, en los que los contagios entre extraños son más comunes. Papachristos postuló que al sujetar a la violencia por arma de fuego a un estudio epidemiológico tradicional se revelaría si realmente se comporta como un agente patógeno transmitido por la sangre.
Para llevar a cabo su estudio, Papachristos y sus colegas de la Universidad de Harvard recurrieron a Chicago, donde se produjeron más de 4,300 víctimas de violencia relacionada con armas de fuego en 2016. Al combinar los registros de más de 1.2 millones de arrestos hechos en Chicago entre 2016 y 2014, los investigadores identificaron a las personas que se conocían unas a otras centrándose en los cómplices; es decir, en las personas arrestadas juntas por el mismo crimen. Posteriormente, se centraron en los cómplices que habían sido tiroteados en algún momento de su vida, independientemente de si el resultado habría sido fatal o no. Razonaron que, si la violencia por arma de fuego se extiende como un agente patógeno, entonces el hecho de convertirse en víctima de un ataque por arma de fuego es semejante a ser contagiado de una enfermedad infecciosa: una vez que “tienes” la enfermedad de la violencia por arma de fuego, es probable que se la pases a alguien más.
La más grande red social identificada entre los arrestos comprendía 138,163 personas. Esa red fue responsable de más de 11,000 tiroteos que afectaron a 9,773 personas, ya sea como víctimas, perpetradores o ambos.
Tras haber identificado una red de violencia por arma de fuego, los investigadores utilizaron un modelo matemático para examinar si la propagación se apegaba a patrones conocidos de contagio social. Ben Green, que estudia matemática aplicada en Harvard, fusionó modelos de enfermedades contagiosas con aquellos que dan seguimiento a la manera en que la información se mueve a través de las redes sociales. El modelo supuso que la cercanía era importante: “Tienes más probabilidades de influir en un amigo que en el amigo de un amigo”, afirma Green, y que el riesgo de exposición, es decir, que una víctima de violencia por arma de fuego pueda infectar a alguien más, se reducía con el paso del tiempo.
Este enfoque, señala Myron Cohen, que dirige el Instituto de Salud Mundial y Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Carolina del Norte y que no participó en el estudio, refleja exactamente la forma en que los epidemiólogos estudian las nuevas enfermedades físicas, especialmente si no se cuenta con muestras de sangre que contengan el agente patógeno. “Las herramientas que utilizaron son las que se utilizarían en la investigación de un brote”, afirma Cohen.
Según los resultados, publicados en enero enJAMA Internal Medicine, 63 por ciento de los casos de violencia por arma de fuego se debieron a un contagio social. Como explica Green, este índice indica que las víctimas de tiroteos estuvieron “expuestas a la violencia por arma de fuego mediante el contacto social más que por cualquier otro factor”. En otras palabras, fue posible encontrar la relación entre el tirador y la víctima al explorar su red social (aunque es posible que no se conocieran el uno al otro). El modelo reveló episodios de tiroteos que proliferaron a través de una cascada de personas que se conocían unas a otras: una víctima expone a los amigos, los cuales se convierten en víctimas y, a su vez, exponen a sus amigos. “La epidemia de la violencia por arma de fuego es aún más epidémica de lo que pensábamos”, afirma Papachristos.
Los tiroteos ocurridos en Chicago y que se incluyeron en el estudio se presentaron, en promedio, cada 85 días, apoyando aún más a la idea de la violencia por arma de fuego como una enfermedad infecciosa. Esos 85 días sugieren un periodo de incubación, es decir, el tiempo que transcurre entre el momento en que el hospedero se infecta y la aparición de los síntomas. La repetición de los sucesos de tiroteos suelen ocurrir pocas horas después, dice Gary Slutkin, médico infectólogo de la Universidad de Illinois y asesor de la Organización Mundial de la Salud, que fue uno de los primeros expertos en salud pública en considerar a la violencia como un agente patógeno. Sin embargo, el breve tiempo en el que una persona pasa de ser el amigo de una nueva víctima a convertirse en víctima ella misma (apenas unos cuantos meses) fue algo muy sorprendente. “Se trata de un hallazgo importante”, dice Slutkin.
Aunque factores como la edad, la raza, el género y la afiliación a alguna pandilla callejera se tomaron en cuenta en el estudio, los investigadores no encontraron datos sobre el nivel educativo, el estado laboral y el abuso de sustancias, factores que “podrían hacer que una persona presentara un mayor riesgo de inoculación”, afirma Papachristos. Pero aún con esas limitaciones, Cohen recalca que el estudio es importante porque muestra que la violencia se comporta “en una forma muy parecida a una enfermedad”.
Slutkin admite la diferencia evidente entre la violencia y las enfermedades virales o bacteriales: “No existe una partícula infecciosa”, dice. Sin embargo, piensa que la violencia es infecciosa y que entra al hospedero no a través del aparato respiratorio o circulatorio, sino a través del cerebro.
Slutkin fundó Cure Violence (Curar la violencia), una organización sin fines de lucro que aborda la violencia mediante intervenciones en los puntos de contagio, por ejemplo, inmediatamente después de un tiroteo, para disipar la ira que alimenta la venganza. Pero la idea de la violencia como una enfermedad infecciosa no ha sido adoptada por el público en general. Este investigador piensa que este estudio podría producir una mayor aceptación de la teoría de la enfermedad infecciosa y la consecuente adopción de nuevos enfoques para abordar la violencia por arma de fuego. Cure Violence se centra en las intervenciones en los puntos de riesgo, como el asesoramiento a víctimas y a sus amigos y familiares más cercanos inmediatamente después de un tiroteo. Papachristos prevé un equipo de respuesta rápida de especialistas en traumas, apoyado por el gobierno, que sería enviado a través de las redes sociales para detener la propagación.
Papachristos ha reproducido el modelo en otras siete ciudades de Estados Unidos, y ese trabajo será publicado pronto. En sus próximos estudios, examinará la influencia de otros contactos en la red de una persona (organismos de bienestar infantil, asesores en salud mental y el sistema judicial, entre otros) en la propagación y los rasgos de la violencia por arma de fuego, como la resiliencia, que protege a las personas que se encuentran en redes en riesgo que no son atacadas con arma de fuego.
Este investigador espera que el presente estudio transforme la manera en que vemos a los perpetradores de la violencia por arma de fuego: no sólo como criminales, sino también como víctimas de una enfermedad potencialmente mortal. Esta comprensión, dice Papachristos, hace más clara la necesidad de medidas preventivas y de tratamiento, más allá de lo que el sistema de justicia penal puede ofrecer. “Esta persona es una víctima”, dice, “y necesitamos salvarle la vida”.
—
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek