Si todas sus otras blasfemias culturales no acabaron con Donald Trump, su frase de “agarrarlas del coño”, en la opinión apabullante de los medios liberales, lo haría. Que no lo hiciera podría sugerir que muchas certidumbres culturales son mucho menos firmes de lo que pensaba la mayoría en la industria mediática y cultural. Veinte años (o más) de endurecer las reglas de cómo hablamos del sexo, el género, la raza y nuestra sociedad multicultural fueron puestos a revisión por la elección de Trump.
Las expresiones actuales de conmoción por parte del sistema cultural reflejan sus miedos de que el hombre blanco sin remordimientos haya regresado. Difícilmente se puede hallar una versión más amenazadora y retrógrada de ello que con Trump: un sabueso de coños rico, voluble y egocéntrico. Para escribir sobre él se necesitaría de una combinación de autores como Norman Mailer, Terry Southern, Harry Crews y Gore Vidal, todos ellos notablemente fuera de contacto con las normas culturales actuales.
Sin embargo, estas normas no le dicen nada a una parte considerable de la nación: esa misma charla de coños que conmocionó a los cosmopolitas resultó ser no muy preocupante para muchos estadounidenses. La fragmentación mediática ha creado todo tipo de nichos prósperos que alojan las opiniones de consumidores ansiosos y disminuyen la necesidad de hablarle a un público más amplio y difícil de captar, el otrora grandioso mercado del consumo masivo. Esta misma fragmentación está convenciendo a los consumidores culturales más elitistas de que sus preocupaciones son primordiales.
Estos son solo “problemas del hombre blanco”, dijo un agente que en 2013 rechazó una colección de cuentos sobre los terrores y la angustia madura de Kevin Morris, un hombre de 53 años oriundo de Pensilvania y la clase trabajadora, quien rápidamente tomó eso como el título de su libro —piense en Richard Ford, John Cheever y Bernard Malamud, todos ellos escritores que también están fuera de moda— que él luego autopublicó a través de Amazon. (El mundo de la autopublicación es una cultura paralela extraordinaria y vibrante, difícilmente reconocible por el mundo librero oficial.) Cuando Grove Atlantic poco después compró la primera novela de Morris, All Joe Knight—sobre sexo, raza y dinero, contada a través de los ojos de un muchacho de clase media baja quien crece para ser un hombre blanco maduro y alienado—, el editor Morgan Entrekin dijo: “Batallamos para pensar en escritores con mentalidad similar que pudieran publicitar el libro y difícilmente pudimos hallar uno”. El libro se publicó poco después de la elección de Trump y, con su incorrección política y lenguaje proteico, es una especie de favorito instantáneo cuasi clandestino, por lo menos entre otros escritores masculinos más viejos. Todavía no ha sido reseñado por The New York Times.
Instintivamente o con un plan astuto, Trump convirtió la guerra cultural conservadora y pueblerina contra el aborto y el matrimonio homosexual en una campaña mucho más visceral contra las devociones políticas del Estados Unidos sofisticado, con Trump como la venganza máxima contra la vida cultural tradicional elitista. Es lo educado y afectado contra lo profano e inmediato.
Para Trump, Hillary Clinton, con su circunspección y desconfianza, con su incapacidad de expresarse a sí misma con sinceridad y espontaneidad, resumía la falta de contacto cuando ella batallaba para atraer públicos de pocos cientos, mientras que él atraía decenas de miles.
En una entrevista poco después de que su candidatura estuvo asegurada, Trump me dijo que estaba seguro de la victoria cuando para el primer debate en las primarias, el público usual aumentó casi diez veces a causa de su presencia. “Soy más entretenido que los medios”, dijo. La prensa, esclavizada en el sistema cultural —y suscrita a sus reglas y preocupaciones culturales— no era auténtica, y él era lo verdadero. Para los partidarios de Trump que gritaban “CNN apesta”, CNN apesta por la misma razón por la cual apesta para todos los demás —es falsa y servil—, pero los seguidores de Trump súbitamente lo decían, lo gritaban a todo pulmón.
Este ataque contra la cultura cautelosa, ordenada y prescrita es lo que sucede cuando la cultura deja de hablar de lo que una parte significativa del país considera importante. O es —y ciertamente esos abanderados culturales atacados pensaron que lo es inevitablemente— una arremetida siniestra contra la ilustración en sí.
En la opinión de este último bando, Steve Bannon, una de las mentes maestras de la campaña de Trump y el “estratega en jefe” de la nueva administración, se convierte en un espantajo blanco retrógrado y supremo. La cultura contraria a Trump solo puede verlo como una amenaza y, sin los medios para describir a alguien demasiado fuera de su círculo, un racista, misógino y antisemita. Aun así, no hace mucho, Bannon habría sido una figura perfectamente reconocible, incluso admirable: un exmilitar que ascendió de la clase trabajadora y prosperó a través de matrimonios y varias carreras para hacerla, pero que nunca se halló demasiado cómodo en el mundo del sistema, al querer ser parte de él y hacerlo estallar al mismo tiempo —una historia estadounidense para un escritor como Kevin Morris—. La política republicana está llena de tales luchadores —Lee Atwater, Roger Ailes, Karl Rove—, grandes personajes reducidos a violadores de las sensibilidades liberales.
La elección vuelve a abrir una batalla de género que mucha gente en el bando de Nueva York en la brecha de Trump había pensado que se encaminaba en una sola dirección. El hombre estadounidense vestigial y primitivo, recalcitrante, que le aullaba a la luna (probablemente bajo el influjo de opiáceos) —la derecha alterna en la opinión liberal—, sin voz por muchos años (o prudente de callarse), ahora tenía un portavoz. El mensaje obvio de este resurgimiento súbito es que no desapareció ni se reformó: simplemente se lo acalló. Sin un lugar en la cultura tradicional elitista, excepto como un enemigo ocasional de la razón o sujeto de escándalo, no había puente que se extendiera hacia él, no le quedaba humanidad.
Mientras los medios liberales ayudaban a expulsar esa máxima figura demoniaca blanca llamada Roger Ailes de Fox News por pecados reales y presuntos contra las mujeres (no parecía importar mucho cuáles eran), el país hacía presidente a un agarrador de coños. La brecha entre los departamentos de recursos humanos y el mundo real es una historia que no se ha contado muy bien. Una historia cuyas ambigüedades y matices no podrían escribirse ahora —ni expresarse su lenguaje real— porque el sistema cultural no ve ambigüedades y matices y, claro está, no permite esas palabras. Pero mientras tanto, una buena parte del país —incapaz de comunicarse con el sistema cultural— solo ve hipocresía.
Hay una izquierda y una derecha nuevas. En un bando están las ortodoxias incesantes del comportamiento y el lenguaje que alcanzan su apogeo en esas extrañas cruzadas infantiles en los campus universitarios, un ejercicio espeluznante y poco eficaz de reingeniería cultural. En el otro bando hay cuadros de provocadores radicales que provocan a sus enemigos a episodios cada vez más grandes de histeria y se burlan de lo estirado de la izquierda de la misma manera que la izquierda solía burlarse de lo estirado de la derecha. Y en cada bando hay guerrillas en los medios sociales para apoyarlos. El sistema cultural ve su alianza natural en la izquierda académica y milénica, sin importar cuán chiflada sea. El nuevo sistema de Trump permite que la nueva derecha irrite a la nueva izquierda en una conmoción todavía más grande de inexpresividad paralizada: sus enemigos son todos fascistas, supremacistas blancos, antifeministas y transfóbicos. Cuanto más es provocada la izquierda, más se defiende a sí misma, dificultándole más a cualquiera en el negocio cultural, siempre inclinado a la izquierda, desviarse de las normas prescritas.
Gawker, otrora un desenfadado sitio de chismes, se convirtió en sus últimos años en un esbirro salvaje de la moralidad de la nueva moralidad de izquierda. Sus escritores, mojigatos, milénicos, más o menos posfeministas, parecían estar en pos de avergonzar a todo hombre que ellos hallaran teniendo sexo, excepto del tipo más formal y tradicional, como vulgar y corrupto. La demanda por hacer público un video sexual filmado en secreto del luchador Hulk Hogan que cerró el sitio el verano pasado fue financiada por el multimillonario, y partidario de Trump, Peter Thiel (cuya vida sexual Gawker había hecho pública previamente). El jurado que halló la deshonra de Gawker a Hulk Hogan como una violación de su privacidad presuntamente tampoco se habría molestado mucho por la grabación del coño de Trump. El viejo mundo, súbitamente más comprensivo de las flaquezas humanas que el nuevo, contraatacaba.
En una reciente carta, el editor de Vanity Fair, Graydon Carter, comenzó una diatriba predecible contra las torpezas de Trump, solo deteniéndose para reconocer que varias décadas de corrección política iban a generar resentimientos entre la gente que era “correcta”. Esto fue notable porque Vanity Fair es editada cuidadosamente para evitar cualquier incursión del gusto tradicional elitista, y porque Carter, siempre atento a los cambios culturales, estaba, a pesar de su larga hostilidad contra Trump, obviamente viendo lo que se venía.
De forma similar, pocas semanas antes de la toma de posesión de Trump, Anthony Bourdain, quien ha batallado para mezclar el esnobismo liberal gastronómico con la autenticidad de la verdadera labor culinaria y sus trabajadores, hizo un esfuerzo extra para enfatizar su marca y aprovechar la instancia suprema “trumpiana” (la instancia suprema inferior, si la hay). “He pasado mucho tiempo en el Estados Unidos amante de las armas y temeroso de Dios. Hay un demonial de gente buena allí, quienes hacen lo que todos los demás en este mundo tratan de hacer: lo mejor que pueden para subsistir y cuidar de sí mismos y de las personas que aman… El tono autocomplaciente de la izquierda privilegiada —solo repitiendo y repitiendo y repitiendo las indignaciones de la oposición— no gana corazones y mentes”.
En ambos casos, el punto parece no ser tanto político —Carter y Bourdain siguen siendo liberales—, sino más bien un entendimiento profesional. Los medios funcionan mejor cuando reflejan que cuando resisten (sus vendedores más sinceros entienden eso). La gente elegirá la autoridad que reconozca.
Estados Unidos como una idea grande y a menudo absurda solía ser nuestro principal tema cultural, una celebración o por lo menos un carnaval de santos y pecadores, cada uno presente en los variados estratos de la vida, todos con prejuicios chiflados y maneras únicas de expresar el desorden de la vida estadounidense. Es la incapacidad de los medios y funcionarios culturales de lidiar con el Estados Unidos desordenado de Trump —o hablarle en un lenguaje que entienda, o hacerlo creíblemente parte de las historias que contamos sobre nosotros mismos, o hallar un chiste en común—, lo que ahora ha ayudado a poner al Estados Unidos de Trump en el escenario central; de hecho, más bien se abrió paso allí a la fuerza. Y ahora es una historia inevitable, solo rogando que alguien sea capaz de contarla.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek