Recientemente homenajeado durante el 40 Festival de Cine de Toronto por sus cincuenta años de carrera, Arturo Ripstein vuelve a la carga apegado a su estilo en un largometraje que deja ver las entrañas de un México que aún existe, principalmente en el centro del país, y que parece sususarrarle sus secretos al director, quien, apoyado por su inseparable guionista y esposa Paz Alicia Garciadiego, transitan por la psique de un país que levita entre la nostalgia del pasado y su renuencia a cambiar, perpetuándose en personajes como las prostitutas, los luchadores de box, la policía, los alcohólicos y ruinas vivientes.
VIDEO: Youtube / IMCINE
Apelando al cine en blanco y negro como soporte de esta historia que parece extraviada en un tiempo que ya fue pero que sigue siendo, Ripstein nos engancha con suavidad y nos transporta a través de su cámara a una amalgama de espacios comunes que nos ponen frente a la pantalla de algo que ya conocíamos o habíamos escuchado, pero que no nos habíamos detenido a contemplar de la forma en que el alumno prodigioso de Luis Buñuel lo logra.
En este largometraje plagado de un barroquismo lingüístico imperceptible, como el mismo Ripstein confiesa, pareciera existir una consigna sutil pero evidente: México ha comenzado el tránsito del callejón de los milagros a la calle de la amargura.

Cortesía / La calle de la amargura
Sinopsis
Es la madrugada y dos putas de edad provecta vuelven a sus cuchitriles. No están cansadas de trabajar. Están cansadas de no hacerlo. Una, en su casa, tiene problemas con su hija adolescente y con su marido travesti. La otra con su soledad. En el hotel de paso y para despojar a los hombres minúsculos de las ganancias, los narcotizan con gotas oftálmicas. Pero la dosis resulta letal. Los asesinan sin querer. Asustadas y confusas, cometen todos los errores posibles.