En las semanas que han pasado desde que Donald Trump fue elegido, el comportamiento de los mercados financieros de EE.UU. —y del mercado bursátil en particular— ha representado el triunfo de la esperanza sobre el sentido común. El constante aumento confiado de los principales índices bursátiles a récords históricos está arraigado no solo en una economía local que mejora con lentitud, sino en el optimismo: la esperanza de que Trump, como lo prometió durante la campaña, recorte las tasas tributarias corporativas e individuales; repatríe miles de millones de dólares que las compañías ahora almacenan en el extranjero en vez de invertirlas en casa; invertir un billón de dólares en infraestructura, y desregular porciones grandes de la economía, todas ellas políticas que el EE.UU. corporativo ama.
Pero a menos de dos semanas de su toma de posesión el 20 de enero, los mercados financieros también reflejan algo más: aprensión. Gracias a las expectativas de lo que traerá la trumponomía, las tasas de interés estadounidenses rápidamente se han ajustado más altas —la tasa de un pagaré del Tesoro de EE UU a 10 años ahora es del 2.4 por ciento, en comparación con 1.8 por ciento un día antes de la elección— e igual lo ha hecho el valor del dólar estadounidense. Esto ha puesto una tensión especial en las economías de mercados emergentes —China en particular— para defender sus divisas debilitadas.
Hasta cierto punto, los economistas pueden argumentar que estos hechos también están arraigados en el optimismo: una economía estadounidense más fuerte e impulsada por políticas diseñadas para aumentar el crecimiento inevitablemente llevarán a tasas de interés más altas; habrá más demanda de capital conforme las empresas busquen invertir, y un crecimiento más fuerte llevará a un repunte de las presiones inflacionarias. Y tasas de interés más altas significan que más inversionistas de todo el mundo buscarán invertir en EE.UU., impulsando al alza el valor del dólar.
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Pero ya hemos visto esta película, y no necesariamente termina bien. En EE.UU., una combinación de una política monetaria más ajustada —la Reserva Federal ha dicho que posiblemente aumente las tasas dos o tres veces este año— con una política fiscal holgada tiene consecuencias. Una de ellas es un dólar que sube frente a otras divisas al grado que se vuelve un problema genuino para las multinacionales estadounidenses que tienen grandes negocios en el extranjero, porque los ingresos contabilizados en el extranjero valen menos en términos del dólar. En el pasado, esa combinación de políticas ha significado que el dólar “se dispara”, como dicen los economistas, al alza: se aprecia demasiado en relación con donde los fundamentos económicos dicen que debería estar, y el resultado es que los ingresos corporativos estadounidenses sufren inevitablemente. Precisamente esto sucedió durante la administración de Reagan, la era que los fans más fervorosos de Trump creen que se asemeja a la de hoy. Los principios y mediados de la década de 1980 fueron conocidos como la “era del Súper Dólar”, cuando el dólar se apreció significativamente frente al yen japonés y el marco alemán, por entonces los socios comerciales más importantes de EE.UU.
No sorprende que el déficit comercial de EE.UU. se disparara, ya que los productos importados tuvieron precios más competitivos y las exportaciones de EE.UU. sufrieron en el extranjero. La era terminó solo cuando el entonces secretario del tesoro, James Baker, convocó una cumbre en el Hotel Plaza (el cual, en una bonita ironía histórica, Donald Trump poseería después), la cual resultó en una apreciación enorme y controlada del yen frente al dólar.

Un inversionista mira un tablero electrónico mostrando
información bursátil en una agencia de corredores en Shanghái, China, el 3 de enero
Foto: Reuters.
¿Guerra comercial abierta?
¿Qué tiene que ver eso con hoy día? Trump prometió durante la campaña que reduciría la deuda nacional de EE.UU., pero las posibilidades de que eso pase son pocas. Él quiere recortar las tasas tributarias tanto corporativas como individuales, aumentar el gasto en defensa y construir infraestructura nacional. La única manera en que se podría hacer esto sin reventar el déficit presupuestal es reformar los programas de subsidios —Seguridad Social y Medicare—, cosa para la cual los representantes republicanos están más que dispuestos. ¿El problema? Donald Trump no lo está. Él no siente entusiasmo de recortar los subsidios. Así, conecte los puntos: el déficit presupuestal posiblemente estalle más alto, lo cual a su vez significa que EE.UU. tendrá que pedir prestado más al extranjero para financiarse a sí mismo, lo cual posiblemente signifique una mayor presión hacia arriba al dólar. Yeso posiblemente aumente el déficit comercial, como lo hizo en la era de Reagan, algo que Donald Trump ciertamente no quiere que suceda, dada la forma en que hizo campaña como un guerrero comercial.
He aquí dónde la trumponomía podría volverse calamitosa. Considere lo que sucede en China al momento: a pesar de las arengas constantes de Trump sobre China “manipulando” su moneda (o sea, mantenerla artificialmente baja en relación con el dólar para tener una ventaja comercial), el banco central chino ahora trata desesperadamente de conservar el valor actual del renminbi (RMB) frente al dólar. Gracias a una economía local debilitada y un dólar más fuerte, los inversionistas chinos sacan con prisa dinero de su país para ponerlo en bienes basados en el dólar. Las enormes tenencias chinas de divisas extranjeras cayeron $70,000 millones de dólares en diciembre a su nivel más bajo en seis años, y la presión se intensifica, en parte a causa de los miedos a la devaluación. Yu Yongding, un ex asesor del Banco Popular de China (BPC), inquietó a los mercados locales recientemente cuando dijo que al RMB no se le podía permitir depreciarse más de 25 por ciento este año. Los inversionistas interpretaron que la acción actual del BPC de apuntalar al RMB fracasará al final, y que la devaluación es inevitable.
Ello significa que las importaciones chinas posiblemente aumenten y no disminuyan, como le gustaría a Trump. Dada la política en Washington, ello haría casi inevitable una guerra comercial abierta con China. El gobierno de Beijing ya ha corrido el rumor de que cualquier acción en EE.UU. de discriminar los productos chinos resultará en problemas para las multinacionales estadounidenses. El gobierno ya las ha amenazado silenciosamente con investigaciones antimonopolios y tributarias, y en privado muchas compañías estadounidenses ya tiemblan de miedo.
Una guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo no es un resultado político que cualquier legislador en sus cabales buscaría. Pero la serie de políticas que la administración de Trump busca todas apuntan en esa dirección. En algún momento, los inversionistas bursátiles en EE.UU. se percatarán de ello, y el actual “aumento optimista” se convertirá en exactamente lo opuesto.
