Layla Richards nació en un hospital londinense en junio de
2014. Fue una bebé saludable de 3.22 kilogramos, con cabello castaño oscuro y
mejillas regordetas. Pero 12 semanas después, mientras se habituaba a la vida
en su hogar del norte de Londres, Layla, de pronto, dejó de beber su leche y
comenzó a llorar constantemente. Como hasta entonces había sido una nena
sonriente y feliz, sus padres la llevaron con el pediatra, quien sospechó de
una infección intestinal. Sin embargo, solo para asegurarse, ordenó un estudio
de sangre. Pocos días después recibió unos resultados impactantes: Layla tenía
una forma de leucemia aguda y mortal, y no sobreviviría sin tratamiento
inmediato. Tenía escasas 14 semanas de edad.
Hecho el diagnóstico, una ambulancia condujo a la familia a
la unidad de terapia intensiva en el Hospital Great Ormond Street (GOS), centro
pediátrico de renombre mundial en Bloomsbury. Los médicos describieron el
cáncer sanguíneo de Layla como “una de las formas más agresivas de la
enfermedad” que jamás hubieran visto. Durante las siguientes semanas, la niña
fue sometida a varias rondas de quimioterapia, seguidas de un trasplante
completo de médula ósea para reemplazar las células sanguíneas dañadas. Una
terapia así de agresiva suele ser exitosa en bebés, pero ninguno de los
tratamientos de Layla resultó, ni siquiera los experimentales. Se quedó sin
opciones desde el punto de vista médico. Solo quedaba una posibilidad:
ingresarla en una institución de atención terminal para que sus últimos días
fueran lo más cómodos posible.
A pocas puertas de la sala de leucemia en GOS se encuentra
el despacho del Dr. Waseem Qasim, un inmunólogo barbado y amistoso,
especializado en trastornos pediátricos, incluidos varios tipos de cáncer.
Qasim había trabajado desde hacía meses con una nueva terapia para la leucemia,
mediante la cual modifica con ingeniería genética las células blancas de un
donador anónimo para lograr que reconozcan las células cancerosas. Las células
blancas son los soldados del organismo, pues combaten enfermedades infecciosas
e invasores externos. Las células modificadas forman un arsenal de células
anticancerosas especializadas que pueden inyectarse en cualquiera. Solo había
un problema: el procedimiento se había probado solamente en ratones.
El laboratorio de Qasim opera en el Instituto de Salud
Infantil de University College Londres, el cual está conectado por un corredor
con GOS. “Circulamos sin problemas entre ambos institutos. No hay otras
barreras físicas ni intelectuales, así que es un ambiente propicio para eventos
fortuitos”, explica Qasim, quien se enteró del caso de Layla por su cirujano de
trasplante. “Me preguntó medio en broma, ‘Tal vez esté loco, pero ¿crees [que
tus células] pudieran ser útiles aquí?’”, recuerda.
Como la terapia jamás se había utilizado con humanos,
existía el obvio riesgo de que algo saliera muy mal, pero los padres y los
médicos de Layla sabían que moriría sin un milagro. Después de que la Agencia
Reguladora de Medicamentos y Productos de Salud otorgara una licencia de
emergencia, Layla se convirtió en la primera persona del mundo que recibió un
único vial con células de un desconocido, genéticamente editadas para atacar su
cáncer.
Lo que siguió al tratamiento genético experimental de Qasim
–una técnica nueva que utiliza tijeras moleculares a la medida para cortar,
editar y eliminar ADN- fue descrito por los médicos de Layla como “milagroso” y
“pasmoso”. La niña entró en remisión en cuatro semanas, y sobrevivió con éxito
a un segundo trasplante de médula ósea. Ahora, transcurridos dos años,
permanece sana y libre de cáncer.

BEBÉ MILAGROSO: Layla Richards se convirtió en la primera
persona en recibir un único vial con células de un desconocido, genéticamente
editadas para atacar su cáncer. Hoy está sana. Foto: SHARON LEESE
¿QUIÉN QUIERE JUGAR A SER DIOS?
La pequeña Layla fue una pionera, la primera persona salvada
por la edición genética; y sin el ambiente favorable propiciado por los
científicos y reguladores británicos en la última década, el tratamiento
experimental de Qasim, que confiere propiedades especiales a las células, jamás
se habría autorizado.
Con los adelantos recientes en edición genética y las
autorizaciones gubernamentales, el Reino Unido podría convertirse en el
inopinado pionero de uno de los campos más controvertidos, aunque asombrosos, del
conocimiento humano: la manipulación de nuestro código genético. Aunque
laboratorios del mundo entero están trabajando en curas genéticas para
enfermedades pediátricas y de adultos, la mayoría recela en meter mano al ADN
de un embrión humano, temerosos de las consecuencias no intencionadas para
generaciones futuras.
No obstante, el Reino Unido logró un doble hito en 2016: fue
el primer país que permitió, legalmente, reemplazar parte de un embrión con los
genes de una tercera persona, y el primero que autorizó la modificación
genética en humanos desde la etapa embrionaria.
Los opositores de estas técnicas –incluidos los Institutos
Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés),
bioéticos y líderes religiosos- consideran que anuncian un futuro enfermizo de
“bebés de diseñador”; un mundo donde los padres podrán editar los genes de sus
nonatos para hacerlos más fuertes, altos y saludables. David King, ético y
biólogo molecular, fundador del grupo de vigilancia británico Human Genetics Alert,
opina que la manipulación embrionaria abre “por primera vez, en la historia
humana, la posibilidad de diseñar seres humanos, conscientemente, en una
infinidad de maneras”. Un informe reciente de Nuffield Council on Bioethics,
Londres halló que la edición genética –sobre todo, en embriones- requería de un
mayor escrutinio. Señaló que la oposición siempre ha surgido, particularmente,
cuando el “alcance de las consecuencias imprevistas se considera muy grande o
la edición se considera irreversible”.
Todos los humanos tenemos una secuencia “genómica” única;
los más de 3000 millones de pares de moléculas conocidas como ADN y que definen
quiénes somos: desde nuestro aspecto físico hasta nuestras características
biológicas e incluso, nuestra personalidad. Las mutaciones o los errores en
este código genético pueden conducir a enfermedades, como diabetes o leucemia.
Mas la edición genética significa que, ahora, podemos encontrar y corregir esos
errores genéticos en el laboratorio. Y una vez perfeccionadas, las herramientas
podrían usarse para corregir males como la anemia de células falciformes y la
fibrosis quística, y también para combatir el cáncer.
La promesa de la edición genética va más allá de curar
enfermedades en los adultos; incluso podría usarse para modificar embriones
humanos y eliminar defectos genéticos graves antes del nacimiento. Eso
impediría la transmisión de enfermedades debilitantes de padres a hijos, y
podría poner fin a discapacidades hereditarias devastadoras.
El reciente respaldo del gobierno británico para la
investigación en edición genética coloca al país a la vanguardia de la
siguiente revolución en salud y ciencias; sin importar que el mundo no esté
preparado para semejante revolución.

GEN-IO: El tratamiento experimental del Dr. Waseem Qasim
utiliza unas tijeras moleculares a la medida para cortar, editar y eliminar ADN.
Ha tenido resultados prodigiosos. Foto: ABBIE TRAYLER-SMITH PARA NEWSWEEK
GENIOS DE LOS GENES
Casi cuatro décadas antes que naciera Layla Richards, otra
bebé hizo historia en Gran Bretaña. El julio de 1978, Louise Brown llegó por
operación cesárea a sus esperanzados padres. El nacimiento de esta niña de 2.32
kilogramos nada tuvo de particular y, no obstante, su arribo al mundo contribuyó
a que dos científicos británicos ganaran el premio Nobel. La razón: Louise fue
concebida en una caja de Petri, el primer bebé creado mediante el proceso de
fecundación in vitro (FIV). En aquellos días, Louise fue llamada el primer
“bebé de probeta”, lo que indica cuán extraño se consideraba entonces el
procedimiento que hoy se ha vuelto estándar. En 1981, The New York Times
escribió que el procedimiento era considerado “el equivalente al aborto a los
ojos de algunos opositores”.
La inmaculada concepción artificial de Louise es parte de la
larga trayectoria de biotecnologías innovadoras del Reino Unido. Un legado que
inició en la Universidad de Cambridge en 1953, cuando los estudiantes
doctorales Francis Crick y James Watson desentrañaron la estructura de doble
hélice del ADN, modificando para siempre nuestra comprensión de la biología
humana. La sencilla configuración de doble hebra –trazada a mano por la esposa
de Crick, Odile, en su artículo original de Nature- dio origen al campo moderno
de la biología molecular, y engendró tecnologías de punta, desde clonación
hasta edición genética. Los investigadores británicos han sido pioneros de
técnicas clínicas en biología reproductiva, incluidas FIV, el descubrimiento de
células madres embrionarias en ratones (1981) y la primera clonación de un
mamífero, la oveja Dolly (1996).
Con cada uno de estos hitos, los científicos de todo el
mundo han encarado el dilema moral pertinente a la definición de la vida
humana. ¿Cuándo es que una aglomeración de células se convierte en un feto?
¿Acaso la vida creada artificialmente tiene derechos? ¿Debemos eliminar de
nuestra población los defectos físicos, como la sordera? Tras el nacimiento de
Louise Brown, el gobierno británico convocó un comité de ética, encabezado por
la filósofa Mary Warnock, para investigar las implicaciones de crear y
modificar la vida humana en un laboratorio. El informe resultante, publicado en
1987, derivó en un consenso nacional sobre los beneficios sociales evidentes de
FIV.
El informe también llevó al establecimiento de la Autoridad
para Fecundación Humana y Embriología (HFEA, por sus siglas en inglés), el
primer cuerpo legislativo e independiente –en el mundo- que regula la
investigación con embriones humanos y el tratamiento FIV. En vez de ministros
gubernamentales, HFEA es supervisado por una junta independiente, aunque es
patrocinado por el Departamento de Salud británico, cuyo director designa a los
miembros de la junta, la cual está integrada por genetistas, filósofos, ex
servidores públicos, y profesionales de finanzas y del ámbito empresarial. La
presidenta actual, Sally Cheshire, responde directamente al ministro de Salud
del Reino Unido. HFEA simboliza el compromiso de Gran Bretaña con la innovación
en ciencias médicas, y se distingue por su naturaleza progresista respecto de
otras naciones avanzadas, como Estados Unidos y Alemania, donde la religión y
la política a menudo entorpecen la investigación.
Hace poco, HFEA otorgó dos licencias controversiales: en
febrero de 2015, el gobierno británico aprobó una tecnología genética pionera
para prevenir la transmisión de enfermedades mitocondriales mortales de madres
a hijos. Al introducir los genes sanos de un donador en un embrión FIV, los
investigadores afirman que el bebé resultante podría evitar síntomas graves
como sordera, emaciación muscular, insuficiencia hepática o renal, y daño
cerebral. Con todo, los críticos temen que cuando estos bebés hereden el nuevo
código genético a sus hijos, nietos y cada generación posterior, habrá consecuencias
hasta ahora imprevisibles.
Pese a la franca oposición de algunos miembros del
Parlamento, así como las protestas de la Iglesia de Inglaterra y el clero
católico, la Cámara de los Comunes votó, por mayoría abrumadora, para autorizar
esta donación mitocondrial.
Aunque el proceso tiene la aprobación del gobierno del Reino
Unido, no está autorizado como un método seguro y eficaz por las autoridades
estadounidenses y chinas. A principios de año, durante una revisión de la
tecnología, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos
(FDA, por sus siglas en inglés) previno que las evidencias todavía no
demuestran la seguridad de la transferencia mitocondrial en humanos.
En febrero de 2016, la genetista Kathy Niakan, del Instituto
Francis Crick en el Reino Unido, se convirtió en la primera científica en
recibir una licencia para editar embriones humanos sanos con fines de
investigación (a condición de que no se implanten en un ser humano). La
finalidad de la licencia es entender el proceso del desarrollo humano temprano;
nada tiene que ver con rediseñar bebés. De cualquier manera, algunos
legisladores hicieron todo lo posible para impedir este tipo de investigación
en Gran Bretaña. Durante un debate parlamentario sobre la licencia, Jacob
Rees-Mogg, miembro del Partido Conservador, dijo: “En un país nervioso por los
cultivos genéticamente modificados, estamos dando un paso temerario hacia los
bebés genéticamente modificados”.
Personajes clave de NIH tienen inquietudes parecidas y desde
1995, Estados Unidos ha prohibido el uso de fondos federales para cualquier
investigación con embriones humanos. “[En Estados Unidos] es muy difícil
sostener un debate real sobre cualquier asunto relacionado con tecnologías de
concepción artificial o manipulación genética, porque les asusta que la
conversación derive en el aborto, un tema que no quieren enfrentar”, dice el
profesor Robin Lovell-Badge, asesor científico de HFEA, y de la Academia
Nacional de Ciencias de Estados Unidos en el tema de la edición genética. “Causa
un nerviosismo [a los estadounidenses] que no sentimos en el Reino Unido,
porque sabemos exactamente cuáles son las barreras; están establecidas por la
ley y por regulaciones detalladas”.
A pesar de las inquietudes que provoca la investigación con
embriones, el gobierno federal estadounidense permite tratamientos FIV, los
cuales dependen de investigaciones embrionarias para mantenerse vigentes. “Así
que utilizan investigaciones de otros países, pero no promueven las suyas”, me
dice Niakan. “No tiene el menor sentido”.
Niakan, junto con Lovell-Badge, fueron parte de la primera
cohorte de científicos del recién inaugurado Instituto Francis Crick de
Londres, así nombrado en honor de un célebre británico, y el primer centro de
investigación que recibió una licencia HFEA para editar embriones humanos vivos
de siete días de desarrollo. Su trabajo se enfocará en mejorar las tasas de
éxito de FIV, la técnica demostrada con éxito a unos 500 kilómetros al norte,
cuando nació Louise Brown en 1978.

DEL TUBO DE ENSAYO A LOS PRIMEROS PASOS: Louise Brown fue el
primer bebé del mundo creado por fecundación in vitro. Foto: MICHEL
ARTAULT/GAMMA-RAPHO/GETTY
CADA CONCEPCIÓN ES UN MILAGRO
Dirigido por sir Paul Nurse, biólogo laureado con el Nobel,
el instituto de investigación Francis Crick fue inaugurado en septiembre. Es un
edificio imponente, con atrios de vidrio y un techo abovedado muy distintivo.
Con una inversión aproximada de 805 millones de dólares, la instalación
albergará a unos 1,250 científicos en cuatro bloques interconectados,
convirtiéndolo en el instituto de investigación biomédica más grande de Europa.
Los científicos británicos que caminan en sus corredores serán las primeras
personas que verán los misterios moleculares que conducen a la concepción de la
vida humana.
La mujer que lidera este esfuerzo es Niakan, de 38 años,
menuda, de cabello oscuro y con aspecto de pajarito. Nos reunimos en mayo en su
laboratorio temporal del barrio de Mill Hill, al norte de Londres, donde
cualquiera podría confundirla con una estudiante de pregrado, vestida con
mallas y un suéter tejido.
Mientras describe el aspecto de un embrión humano temprano
–blastocisto- durante el quinto día de su existencia, toma un pedazo de papel y
empieza a dibujar. De vez en cuanto, marca la ilustración con números
encerrados en círculos que indican la baja tasa de supervivencia de los
embriones FIV: solo 40 por ciento de los embriones fecundados se convierten en
blastocistos y de ellos, solo 50 por ciento se implantan en el útero materno.
Agrega que otro 50 por ciento no logra sobrevivir a los tres meses de
desarrollo. En este momento, no se sabe a ciencia cierta por qué fracasan
tantos embriones. Cuando señalo que, estadísticamente, parece un milagro que la
humanidad se haya reproducido con éxito durante siglos, exclama: “¡Lo sé!”.
Hija de inmigrantes iraníes, Niakan creció en la pequeña
población de Silverdale, Washington, donde su padre trabajaba como neurólogo.
Su interés en la genética surgió durante el primer año de estudios en la
Universidad de Washington en Seattle, donde suplicó que le permitieran lavan
las cajas de Petri en un laboratorio que estudiaba enfermedades congénitas en
familias numerosas; el laboratorio le permitió ayudar a los investigadores que
estudiaban genética humana y a la larga, descubrieron el gen causante de la
talasemia, un trastorno sanguíneo genético. “Recuerdo que tomé una clase de
genética y… simplemente me encantó”, dice Niakan. “Quedé cautivada y desde
entonces no he parado”.
Niakan estudió biología del desarrollo en la Universidad de
California, la Universidad de Harvard y la Universidad de Cambridge en el Reino
Unido, a donde emigró en 2009 como estudiante postdoctoral. “Gran Bretaña ha
sido muy proactiva en el enfoque de la salud y la medicina reproductiva”,
comenta. “Es genial, y es la razón de que me haya quedado tanto tiempo”.
Su objetivo es entender las etapas iniciales de la vida
humana, cuando somos meramente una aglomeración de 200 células. Sabe que su
trabajo ayudará a las mujeres a concebir y que permitirá combatir enfermedades
genéticas, pero eso no es lo que la motiva. Su aliciente es desentrañar el
misterio científico de la reproducción humana. “Tiene el potencial de
revolucionar nuestra comprensión de la biología humana en una caja de Petri”,
afirma. “Eso es fascinante para mí”. Gracias a una herramienta de edición
genética llamada CRISPR-Cas9, capaz de cortar y editar el ADN con gran
precisión, pretende aislar genes que se consideran importantes para el
desarrollo fetal; solo entonces entenderemos cuál es la función exacta de cada
uno.
Hoy día, cuando una mujer llega a la clínica para
tratamiento FIV, los expertos califican la calidad del embrión con base en la
forma, el tamaño y otras características físicas visibles, en vez de sus rasgos
genéticos. Si bien es posible examinar embriones para detectar anormalidades
genéticas, poco se sabe de la genética del desarrollo humano en esta etapa
inicial. “Podemos usar muy pocas herramientas moleculares para identificar a
esos embriones. Sabemos que hay una tasa de desprendimiento de 50 por ciento,
así que hay margen para determinar las firmas clave que necesitan los embriones
para implantarse con éxito”, explica Niakan. “Podrían aumentar las
probabilidades [de gestación] o podrían ayudar a elegir embriones que
probablemente se desarrollen con éxito en un bebé sano”. A la larga, ese
conocimiento nos permitirá comprender las causas de los defectos reproductivos
o incluso, de la infertilidad.
HFEA pasó tres años investigando la petición de Niakan para
utilizar las tijeras CRISPR-Cas9, realizando una serie de inspecciones
minuciosas de su trabajo de laboratorio, incluyendo si trataba los embriones
con respecto y cuidado, y si asesoraba y actualizaba a los donadores
debidamente. Niakan fue notificada de la decisión a fines de enero. Confiesa
que el sentimiento principal no fue de emoción o siquiera de alegría; pues,
durante todo ese tiempo, tuvo mucho miedo de que la irracionalidad y el temor
de lo desconocido abrumaran a la ciencia.
La decisión fue celebrada por científicos, grupos de
pacientes con enfermedades genéticas y madres que no podían concebir. Emma
Benjamin, una mujer de 34 años que había abortado cuatro veces, habló con los
medios para manifestar abiertamente su apoyo. “Fue muy frustrante que jamás
tuviera respuesta a mis continuos abortos”, dijo. “Si esta investigación
hubiera ocurrido antes para darme respuestas, me habría evitado muchos
sufrimientos”.

EXPERTOS MOLECULARES: Científicos trabajan en el Instituto
Francis Crick de Londres, el primer centro de investigación que obtuvo una
licencia HFEA para editar embriones humanos de siete días de desarrollo. Foto: FIONA
HANSON
PASOS DE BEBÉ
A pesar de la victoria trascendental de Niakan, en el Reino
Unido todavía es ilegal implantar embriones genéticamente modificados con el
propósito de dar a luz. Eso garantiza que los genes modificados no pasen a
generaciones futuras; por ello, el laboratorio de Niakan debe destruir cada
embrión después del séptimo día.
Aunque Niakan insiste en que su investigación no es
pertinente para bebés reales (por ahora), muchos en la comunidad científica
contemplan la posibilidad de que un embrión modificado pueda resultar en un
niño vivo. En diciembre de 2015, varios cientos de científicos de todo el mundo
se reunieron en Washington, D.C. para la primera cumbre internacional sobre
edición genética. Durante la clausura, el presidente del evento, David Baltimore
–biólogo del Instituto de Tecnología de California y laureado Nobel-, emitió
las conclusiones, diciendo: “Conforme avance el conocimiento científico y
evolucionen las opiniones sociales, el uso clínico de la edición de línea
germinal [embriones] habrá de revisarse de manera regular”.
Esos científicos tienen motivos para preocuparse: algunos de
sus colegas ya han avanzado. En abril de 2015, investigadores de Guangzhou,
China, anunciaron un experimento de modificación genética CRISPR con embriones
humanos defectuosos, con la finalidad de editar el gen responsable de la
beta-talasemia, un trastorno sanguíneo potencialmente mortal. Fue un rotundo
fracaso, porque el método CRISPR modificó los genes equivocados de manera
accidental, y estos terminaron enmarañando irremediablemente el ADN
embrionario.
Aquella investigación desató un acalorado debate global en
la fraternidad académica sobre la necesidad de declarar una moratoria para la
modificación embrionaria, hasta que las leyes y los reglamentos éticos puedan
ponerse al corriente con la ciencia. En respuesta, científicos estadounidenses,
británicos y chinos que asistieron a la cumbre de Washington clamaron por un
alto temporal a la modificación de embriones humanos destinados al nacimiento,
calificando esa investigación de “irresponsable” y potencialmente peligrosa. La
rápida decisión de cooperar internacionalmente es evidencia de la naturaleza
trasnacional de esta investigación; un aspecto de la ciencia que podría cambiar
lo que significa ser humano.
Hasta los proponentes más férreos de la edición genética
reconocen que podrían ocurrir errores catastróficos. Por ejemplo, CRISPR podría
editar genes de manera imprecisa, causando mutaciones no deseadas y
desfiguraciones. También existe el riesgo muy real de que actores maliciosos
realicen ediciones deshonestas: personas acaudaladas que paguen por mejoras
genéticas, lo cual podría convertirse en una forma de discriminación social; o
introducir nuevas secuencias genéticas en la especie, como una suerte de
cirugía cosmética genética. Hasta que se resuelvan esas cuestiones éticas y de
seguridad, la comunidad científica ha propuesto detener y reevaluar las
investigaciones actuales constantemente.
En los círculos académicos corren rumores de varios
experimentos chinos con embriones humanos, los cuales han despertado
inquietudes de un mercado negro de investigación clínica no regulado. En un
caso paralelo, Estados Unidos no cuenta con leyes que rijan la investigación
privada con embriones pese a las sanciones financieras federales, lo que
significa que los embriones terminan siendo comerciados como contrabando. “Hay
una operación FIV multimillonaria en las clínicas privadas, muchas de las
cuales utilizan técnicas dudosas, por decir lo menos”, señala Lovell-Badge.
“Existen reglas estrictas contra la implantación de más de dos embriones en una
mujer. Sin embargo, en Estados Unidos se han conocido casos famosos como el de
‘Octomom’, quien tuvo ocho bebés y donde, claramente, es imposible que hayan
observado alguna regulación”.
Si bien la mayoría de los científicos reconoce que la
edición embrionaria podría ser una opción clínica algún día, algunos siguen
oponiéndose con firmeza. King, de Human Genetics Alert, se refiere a la edición
genética como la “nueva tecno-eugenesia”.
Lovell-Badge opina que el debate abierto y la confianza
pública en HFEA es la clave para una transición clínica segura. “En Estados
Unidos, es ilegal transferir a una mujer cualquier embrión genéticamente
editado”, informa. “Dada la experiencia de HFEA regulando [esta investigación],
y si cambiaran la ley, imagino que el público también podría tener la confianza
de que cualquier solicitud se restringiría a usos clínicos importantes”.
Niakan concuerda, señalando la capacidad de los reguladores
británicos para separar Iglesia y Estado en asuntos de investigaciones
científicas polémicas, como la suya. “El papel pionero del Reino Unido en los
adelantos de la medicina y la salud reproductiva, sobre todo FIV, depende mucho
del marco regulatorio y la disposición de las personas a entablar debates
abiertos sobre estos temas complejos”, dice Niakan. “En otros países, el
mensaje se mezcla con la política y la religión”.

EL UMBRAL DE GATTACA: A algunos les incomoda la idea de
eliminar las discapacidades de la población general, pues creen que eso
afectaría los derechos de los discapacitados. Foto: FIONA HANSON
CÓMO EDITAR EL BEBÉ PERFECTO
Aunque la edición embrionaria permanece limitada firmemente
al laboratorio, los científicos de la Universidad de Newcastle, en el norte de
Inglaterra, están dando el siguiente paso hacia el futuro modificando embriones
FIV para crear bebés sanos.
En septiembre, México recibió al primer bebé del mundo con
genes de tres personas, hijo de padres jordanos que habían perdido a dos niños
y sufrido cuatro abortos debido a la enfermedad mitocondrial. Este trastorno
genético se debe a mitocondrias disfuncionales, las unidades celulares
responsables de generar energía. En el caso de este bebé, la disfunción se
debió a mutaciones, o errores, en el ADN mitocondrial. El procedimiento lo
llevó a cabo un equipo de médicos de la Ciudad de Nueva York, mas no se conocen
muchos detalles. El único país con un marco legal o regulador para esta
tecnología es Gran Bretaña donde, a partir de diciembre de 2016, es legal
modificar un embrión e implantarlo en el útero de una mujer.
Hasta que Rachel Steel cumplió 20 años, sabía casi nada de
regulaciones FIV y le importaban mucho menos. Ella compitió como gimnasta en la
infancia, estudió enfermería pediátrica en la Universidad de Northumbria en
Newcastle, y dio clases de gimnasia a los niños de su vecindario. Quería tener
hijos antes de los 30 años, pero no corría prisa. Sus únicos problemas de salud
importantes eran infecciones de oído, las cuales le causaban una ligera
dificultad auditiva. Las padeció a menudo mientras crecía y solía compensar el
problema de audición leyendo los labios. Los doctores jamás pudieron
identificar la causa de sus problemas de oído. Pero hace cinco años, Steel
descubrió que tenía una mutación genética en su ADN mitocondrial.
Los médicos de Royal Victoria Infirmary en Newcastle –donde
Steel, de 26 años, trabaja como enfermera- sospecharon algo extraño cuando
internaron a su madre para un trasplante pancreático, habiéndole trasplantado
un riñón unos años antes. “Se dieron cuenta de que sus cinco hermanos tenían
diabetes y una leve sordera, y aquello les pareció extraño”, recuerda Steel.
Cuando hicieron una prueba genética, hallaron que su madre tenía enfermedad
mitocondrial. Dado que las mitocondrias se transmiten exclusivamente de madre a
hijo, sus hijas habían heredado la mutación.
La gran mayoría de tus 20 000 genes se encuentran en el
núcleo de cada una de tus células, la cual contiene el ADN de tus dos
progenitores, pero las mitocondrias tienen su propio genoma, que lleva apenas
unos 37 genes y los heredas solo de tu madre. La gravedad de la enfermedad
mitocondrial depende de la fracción de mutaciones contenida en los 37 genes
heredados; en el caso de Steel, no eran buenas noticias. Había heredado 80 por
ciento de las mutaciones de su madre. Steel permanece eminentemente sana hasta
ahora, mas su enfermedad podría avanzar a cualquier cosa, desde diabetes hasta
pérdida auditiva total, o deterioro muscular extremo.
Si Steel tiene hijos, estos podrían verse aún más afectados.
“Cuando yo era más joven, pensaba, ‘Oh, afecta a los bebés, qué pena’. Pero
nunca imaginé que me afectaría a mí”, dice Steel. Casi uno de cada 200 bebés
del Reino Unido nace con enfermedad mitocondrial. El porcentaje en Estados
Unidos es menor, de casi uno por cada 1,000 mil nacimientos anuales; muchos
bebés viven solo unas pocas horas, mientras que otros comienzan a enfermar
rápidamente después de unos años, desarrollando enfermedades cerebrales,
cardiacas o renales. La enfermedad mitocondrial no tiene cura. Las opciones
para las mujeres que presentan esta condición y quieren tener hijos son quedar
embarazadas y luego, detectar y eliminara los embriones afectados –un proceso
desgarrador para los futuros padres- o bien, tener un bebé FIV usando un óvulo
de donadora.
El hombre que lucha con más ahínco por el futuro de Steel es
su médico de 64 años, sir Douglass Turnbull, quien se ha especializado en la
enfermedad mitocondrial durante 35 años. “He conocido a varios de mis pacientes
y sus familias desde hace 20 o 30 años”, dijo a Newsweek en su laboratorio de
la Universidad de Newcastle. “Puede haber tres generaciones afectadas en una
familia, y muchas de ellas pierden tres o cuatro hijos debido a la enfermedad.
Para mí, esa es la mayor motivación”.
Desde 2001, Turnbull y Mary Herbert, embrióloga de
Newcastle, han estado trabajando en una nueva técnica FIV conocida como
donación mitocondrial, la cual ofrece a mujeres como Steel –y otras 2,500 como
ella, solo en el Reino Unido- un medio para tener hijos biológicos que no
presenten las mutaciones de la madre. La técnica es un poco como intercambiar
la yema de un huevo: implica quitar un núcleo sano (la yema) del óvulo de la
madre, el cual contiene cerca de 99.8 por ciento del material genético que
heredará el bebé. Esto se transfiere al óvulo de una donadora, al cual se le ha
retirado el núcleo. La donadora, que no tiene enfermedad mitocondrial, pasará
sus mitocondrias saludables. De esa manera el bebé heredará la gran mayoría de
las características biológicas de sus padres a través del ADN nuclear, pero
tendrá los genes mitocondriales sanos de la donadora.
En un artículo publicado el verano pasado, en Nature,
Turnbull y Herbert hallaron que su técnica podría reducir a menos de 5 por
ciento el riesgo de transmitir el ADN mitocondrial defectuoso; mucho mejor que
el riesgo de transmisión de 60 a 90 por ciento si no se hace. “Para quienes
tienen que ver hacerse pedazos a sus hijos sin poder hacer algo, esto es un
resultado tremendamente positivo”, dice Herbert.
En 2012, los científicos de Newcastle comenzaron a presionar
a HFEA para que aprobara su técnica, y encontraron una oposición enorme. Ya que
el método de transferencia mitocondrial pasa el cambio genético de una
generación a otra, los parlamentarios británicos –e incluso algunos
científicos- temen que pueda dar origen a problemas inesperados. Los
especialistas en ética de la Iglesia Católica se opusieron también a introducir
genes de una tercera persona en un embrión, argumentando que eso “diluye la
paternidad”. En respuesta, el equipo de Newcastle argumenta que, como la
donante permanece anónima y no tiene derechos sobre el niño, no debería
considerarse un tercer progenitor.
A otros críticos les incomoda la idea de eliminar las
discapacidades de la población general, pues opinan que eso afectaría los
derechos de los discapacitados. El bioético Tom Shakespeare, quien presenta
enanismo y usa una silla de ruedas, no cree que “corregir” las mutaciones
genéticas sea, necesariamente, lo que busca la comunidad discapacitada, aunque,
en principio, no se opone a la donación mitocondrial. “Al contrario de lo que
establece la hipótesis predominante, la mayoría de las personas con
discapacidad manifiesta una calidad de vida equivalente a la de las personas no
discapacitadas. Su prioridad es combatir la discriminación y el prejuicio”,
escribe en un artículo publicado en Nature. La investigadora bioética y sorda,
Jackie Leach Scully, se siente especialmente incómoda con las curas genéticas
como solución para todas las discapacidades, aunque reconoce que sería difícil
encontrar a alguien que se oponga a corregir las mutaciones mitocondriales, que
son “enfermedades muy desagradables, en general”.
Los científicos de Newcastle objetan con firmeza estos
argumentos, pues consideran que toda madre con una enfermedad genética debe
tener una opción entre esperar que todo salga bien o usar la ciencia para tener
un bebé sano. “A menudo nos critican porque no valoramos la discapacidad. Esa
no es mi postura, en absoluto. Me pasé la vida cuidando de personas con
discapacidad, y creo que la gente debería tener el derecho de decidir si
quieren o no tener hijos discapacitados”, dice Turnbull.
En Estados Unidos, médicos de Nueva Jersey especializados en
fecundidad utilizaron una versión burda de esta técnica en la década de 1990,
lo cual resultó en el nacimiento de, al menos, 50 bebés en Estados Unidos,
Israel, Taiwán e Italia. Muchos están sanos actualmente, pero FDA prohibió la
técnica en 2001 debido a inquietudes relacionadas con defectos genéticos
inesperados y a una reducción de la fecundidad en las mujeres nacidas por este
método. Desde entonces, varios laboratorios estadounidenses han solicitado
licencias clínicas, como hicieron Turnbull y Herbert, pero los reguladores
estadounidenses las han rechazado. “En Estados Unidos, en el año fiscal 2016,
está prohibida la investigación con sujetos humanos utilizando la modificación
genética de embriones para prevenir la transmisión de la enfermedad
mitocondrial”, informó un portavoz de la FDA, en un comunicado.
Durante los cinco años en que se debatió esta técnica en el
Parlamento británico, pacientes como Steel –incluso las que han superado sus
años reproductivos- acudieron a la Cámara de los Comunes para aportar su
perspectiva al debate y explicar lo que querían. “Yo, definitivamente, quiero
una familia”, me dijo Steel. “Eso no significa que pueda hacerlo naturalmente,
tener hijos; porque hay un gran riesgo, y es un riesgo que no quisiera correr”.
CURAR LO INCURABLE
Mientras los científicos siguen luchando para lograr que
aprueben sus técnicas biomédicas de vanguardia antes de usarlas en seres
humanos, Qasim, el inmunólogo de University College Londres, sigue salvando
vidas; y evitando a los padres la tragedia más terrible.
Hacia la Navidad de 2015, meses después que Layla Richards
regresara a casa en remisión, el equipo de Qasim obtuvo una segunda licencia de
emergencia para tratar a otra niña con el mismo tipo de leucemia, diagnosticada
cuando la pequeña tenía solo cuatro semanas de vida. Al cumplir 16 meses, la
niña (cuyos padres no quisieron divulgar su nombre) recibió la misma dosis de
células anticancerosas modificadas genéticamente que habían administrado a
Layla. Semanas después, fue declarada libre de cáncer; y ahora, con 2 años y 4
meses de edad, se encuentra en buenas condiciones.
El tratamiento de emergencia de Qasim, que ya ha salvado a
dos niñas, es parte de un ensayo más amplio que se abrió al público general en
junio. El ensayo tratará a un máximo de 10 niños con el mismo tipo de leucemia
que las dos pequeñas que se encuentran en remisión. Si la terapia funciona, la
introducción de genes modificados podría convertirse en el tratamiento primario
para cánceres como este; e incluso podría sustituir a la quimioterapia.
Qasim dice que, con un ligero ajuste, su terapia genética
podría utilizarse con otros tipos de cáncer, e incluso en enfermedades
genéticas como la talasemia. Ya están probándose terapias genéticas para esos
trastornos, por lo que el marco temporal para corregir una amplia variedad de
defectos genéticos podría ser de apenas unos cinco años, afirma. El tratamiento
incluso podría usarse para enfermedades consideradas incurables, como VIH. La
farmacéutica estadounidense Sangamo está llevando a cabo un ensayo clínico que
utiliza la edición genética para rediseñar la inmunidad de los pacientes
seropositivos ante la enfermedad.
Mientras tanto, transcurridos casi dos años, Layla permanece
libre de cáncer y saludable. En diciembre de 2015, durante una recaudación de
fondos para el Hospital Great Ormond Street, la madre de Layla instó a otros
padres con niños enfermos a no tener miedo de los tratamientos de “conejillo de
Indias” y a “probar cosas nuevas”.
Si la terapia de Qasim se aprueba para uso general, podría
ser el primero de miles de tratamientos parecidos. “Layla tiene un propósito:
ayudar a otras personas. Estuvo a punto de morir. Casi nunca escuchas una
historia de cáncer con un final feliz”, dijo el padre durante su intervención.
“Un día habrá una cura para el cáncer. ¿Quién sabe? Tal vez, en 40 años, Layla
habrá ayudado a dar el primer paso hacia esa meta”.
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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in
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