Miedo a las banderas negras

CATHERINE DE BOLLE espera, y está preocupada. Incluso antes de las advertencias de Estados Unidos de un “riesgo intensificado de ataques terroristas” en Europa durante la temporada vacacional, la directora de la Policía Federal de Bélgica se preparaba para una nueva ola de asaltos alrededor de Bruselas. Los vecindarios de inmigrantes musulmanes de la ciudad fueron bases de operaciones de los ataques de noviembre pasado en París, los cuales mataron a 130 personas e hirieron a casi 500, así como de los bombardeos suicidas de marzo en el aeropuerto de Bruselas y una estación del metro en el centro de la ciudad, los cuales mataron a 32 e hirieron a más de 300.

Más de ocho meses después del último ataque, las autoridades de Bruselas han rodeado la ciudad con nuevas medidas de seguridad, empezando con soldados fuertemente armados resguardando el aeropuerto —todavía en reparación por el ataque de marzo—, así como edificios de la Unión Europea y las embajadas de países de la OTAN que combaten al grupo miliciano Estado Islámico (EI) en Siria e Irak. Soldados listos para el combate patrullan la estación central de trenes de la ciudad e, incluso, las estrechas y serpenteantes calles de sus pintorescos distritos de comercios y comedores del siglo XIX. Camiones verdes del ejército y transportes de personal son una presencia constante afuera del elegante hotel Hilton Brussels Grand Place. Las nuevas cámaras de seguridad son ubicuas y graban rostros y placas de autos, dicen los funcionarios.

“La gente está acostumbrada a ver más seguridad en las calles ahora”, dice Peter Mertens, portavoz del Centro de Crisis que vincula todas las agencias en Bruselas, a Newsweek. “No era así hace un año”. Pero debió serlo, dicen los críticos. Bélgica es “un núcleo central para el EI”, dijo Sajjan Gohel, director internacional de seguridad del grupo de expertos Fundación Asia-Pacífico, a CNN después de los ataques a Bruselas. Ahora Europa está bajo un asalto total de ataques inspirados en o dirigidos por el EI, muchos de ellos conectados a milicianos domiciliados en Bruselas. Con 129 muertos y casi 550 heridos en Europa Occidental hasta ahora en 2016, se espera que el nivel de la carnicería supere las cifras horrendas de 2015. “Las autoridades belgas no tomaron en serio a Sharia4Belgium [un grupo radical salafista fundado en 2010] hasta que fue demasiado tarde”, añadió Tim Lister de CNN. “El daño estaba hecho”. No fue cerrado sino hasta el año pasado.

De Bolle, la única jefa de una policía nacional en Europa, espera problemas de los milicianos del EI que regresan a Bélgica por el deterioro en las condiciones alrededor de Mosul, su bastión clave en Irak, así como en Raqa, Siria, el bastión principal del grupo. “En los primeros seis meses de este año, ya hemos arrestado 163 personas quienes ahora están en prisión, lo cual significa que todavía tenemos un problema”, dice ella durante una entrevista exclusiva con Newsweeken su oficina en Bruselas. “Mucha gente ha regresado o regresará, sus mujeres regresarán, sus hijos regresarán. ¿Cómo lidiaremos con esto? ¿Qué harán ellos cuando regresen? ¿Se reintegrarán?”.

No es solo un problema de la policía, añade, sino un reto para las agencias sociales y escuelas de Bélgica. Los inspectores de vivienda ya han redoblado sus acciones para determinar quién vive dónde, y si una casa o un apartamento tiene inquilinos fantasmas que podrían estar luchando con el EI mientras sus familiares cobran sus cheques de asistencia social.

Madre de tres y con una voz suave, De Bolle proyecta la autoridad tranquila que se espera de la jefa de una agencia policial importante. Pero como sus pares en Europa y Estados Unidos, no puede ocultar su ansiedad por lo que podría suceder. Según un informe del año pasado realizado por una compañía privada de inteligencia, el Soufan Group, Bélgica ha producido más combatientes extranjeros per cápita para el EI —y milicianos retornados— que cualquier otro país del mundo. Hace seis meses, el ministro del interior de Bélgica dijo que podría haber tantos como cien yihadistas con experiencia en batalla planeando ataques en el país.

De Bolle insiste en que Bélgica está mejor equipada para prevenir y responder al terrorismo de lo que estaba el año pasado, cuando los críticos se burlaron ácidamente de la estructura de gobierno de la nación separada, un sistema complicado que asigna la autoridad entre las autoridades federales y los funcionarios locales en el norte flamencoparlante y el sur francoparlante, los cuales apenas y se llevan bien. Mientras tanto, las comunidades inmigrantes mayoritariamente norafricanas de Molenbeek y Schaerbeek se han convertido en incubadoras de combatientes del Estado Islámico. De Bolle atribuye a una redada policial en enero de 2015 a un escondite en Verviers, al este de Bélgica, el que Bruselas haya hecho más sobre su amenaza local. La policía confiscó cuatro rifles de asalto Kalashnikov, equipo para hacer bombas y uniformes de policía en la redada, la cual terminó con dos milicianos muertos y otro capturado. “Las cosas se dieron más rápido” después de eso, dice De Bolle, con altos ministerios aceptando, en principio, nuevos remedios para las fuerzas de la ley y agencias sociales para mitigar el peligro de los combatientes del EI nacidos en Bélgica. “Estoy convencida de que hacemos todo lo que podemos para mantenernos más seguros —explica—. Hemos desarrollado políticas para integrar los diferentes servicios: los servicios secretos, el servicio de inteligencia, el ejército, el centro responsable de analizar amenazas a la región. Todos están más educados en el enfoque global del radicalismo y terrorismo”.

Sin embargo, un alto funcionario belga de contraterrorismo llamó tales medidas como “cosméticas”. Al mismo tiempo, añadió, la policía ahora trata a todo criminal árabe de poca monta como una amenaza potencial del EI, lo cual ha puesto una carga adicional a los recursos de la policía. “Tenemos cientos de personas que poner bajo vigilancia”, dice, hablando bajo la condición del anonimato a causa de lo sensible del tema. “Es imposible”.

De Bolle concedió que las nuevas medidas de seguridad han aumentado enormemente la cantidad de sospechosos que la policía rastrea. “Tenemos una base de datos dinámica donde ponemos a toda la gente sospechosa de terrorismo potencial”, dice ella. “Esta es una ley nueva. Queríamos hacerlo antes, pero a causa de los ataques [de 2016] se ha dado mejor y más rápido”.

POLICÍA MÁXIMA: De Bolle, la jefa nacional de policía, teme que milicianos nacidos en Bélgica regresen a casa desde Mosul, Irak. Foto: WILLIAM VAN HECKE/CORBIS/GETTY

De Bolle, quien es la primera belga en representar a Europa en el Comité Ejecutivo de la Interpol, dice que reforzar los controles fronterizos en el continente “es la primera prioridad”. Pero hay poca evidencia de que se haya avanzado mucho en ese aspecto. Las fronteras porosas de Europa, en especial en el este, les ha permitido a los combatientes belgas y franceses del EI regresar a casa y planear ataques, de los cuales el más reciente fue descubierto el 20 de noviembre, cuando redadas policiales francesas en Estrasburgo, en la frontera con Alemania, y en Francia interrumpieron lo que el ministro del interior de Francia llamó “un ataque coordinado diseñado para golpear varios sitios simultáneamente” en París. Cuatro de los cinco sospechosos son ciudadanos franceses de origen norafricano, dijeron las autoridades. El quinto es un ciudadano marroquí quien había sido señalado por lo que el ministro del interior francés, Bernard Cazeneuve, llamó un “país socio”. Las autoridades sospechan que el grupo está vinculado con Salah Abdeslam, un miembro nacido en Bélgica, y único sobreviviente del equipo del Estado Islámico que llevó a cabo los ataques en París y Bruselas.

A pesar de la amenaza reunida, los ministerios de seguridad y el Parlamento de Bélgica todavía debaten cambios menores en la ley que la policía dice necesitar desesperadamente para lidiar con los ataques. El principal entre ellos: una medida que permitiría a la Policía Federal retener a un sospechoso más de 24 horas sin presentar cargos. “Es demasiado corto”, dice De Bolle sobre el lapso de 24 horas. “El problema para nosotros son los dispositivos electrónicos. No podemos explotarlos en 24 horas”. Un solo iPhone puede contener miles de contactos, además de registros de llamadas telefónicas y fotos, mientras que una sola redada puede obtener docenas de dispositivos. “Podría haber un plan para un ataque allí, pero necesitamos tiempo para leerlo”.

Un juez puede aumentar el tiempo de retención a 48 horas, pero solo en casos excepcionales. El Parlamento debate si extiende el tiempo de investigación a 72 horas, un asunto polémico en un país donde los recuerdos de la Gestapo nazi llenó las leyes belgas de limitaciones estrictas a la policía. “No diré que podamos resolver este problema [de explotar evidencia] con [una extensión a] 72 horas, pero por lo menos tendremos más tiempo”, dice De Bolle. Relajar las restricciones a la policía es “lo más importante para nosotros”.

Otro reto: la Policía Federal no puede usar civiles como agentes encubiertos. Aun cuando los detectives pueden pagar por pistas a los informantes, solo los miembros juramentados de la fuerza están autorizados para ir encubiertos con la meta de identificar a los miembros y líderes de una célula e interrumpir sus planes. Ese papel está relegado a las agencias de inteligencia civiles y militares de Bélgica.

Tampoco la agencia de De Bolle puede esperar mucha ayuda mediante reclutar cadetes policiales en las comunidades inquietas de inmigrantes norafricanos en Bélgica. “Tomamos acciones hace unos pocos años para reclutar gente con un origen cultural diferente”, dice el jefe de contraterrorismo de De Bolle, quien habló bajo términos de anonimato a causa de lo sensible de su empleo. Pero eso terminó siendo en su mayoría inútil, añade. “Hemos visto una y otra vez que los oficiales de policía árabes no eran bien recibidos en sus comunidades”.

El desempleo juvenil en el vecindario musulmán de Molenbeek es cercano al 40 por ciento, dijo su alcalde a CNN después de la redada de Verviers el año pasado. “En general, Bélgica califica muy bajo en la integración al mercado laboral de ciudadanos de países tercermundistas en comparación con otros países europeos”, según un estudio de 2012 del Instituto de Política Migratoria, domiciliado en Washington, D. C. Los generosos beneficios de desempleo en Bélgica también han reprimido la integración de los árabes al mercado laboral, dijo el informe. Pregúntele a cualquier taxista de Bruselas —en su mayoría parecen ser árabes— y él le dirá que demasiados jóvenes musulmanes enfrentan futuros sin salida, haciéndolos idóneos para los videos de reclutamiento del EI.

En una entrevista en noviembre pasado, Claude Moniquet, un exagente de inteligencia y cofundador del Centro Europeo de Inteligencia Estratégica y Seguridad, llamó a Molenbeek como “fuera de control”.

“En algunas áreas —concede De Bolle— realmente tenemos el problema de que ya no hay confianza. En algunas comunidades, la segunda o tercera generación ya no acepta la autoridad, incluso de sus padres o abuelos como lo hacían antes”.

La policía no puede resolver ese problema, agrega, y repite las excusas de sus pares estadounidenses. Padres, maestros y trabajadores sociales tienen que tomar la batuta en erradicar a los malhechores, identificando a alborotadores futuros y dándoles esperanza a los jóvenes que quieren triunfar.

Eso es mucho por hacer después de años de simular que no había un problema, dicen De Bolle y otros oficiales. Pero más retrasos son inaceptables. La necesidad de soluciones es “en verdad, en verdad, inmediata” agrega ella.

“Es responsabilidad de todos, es problema de todos. Todos deben preguntarse qué podemos hacer para salvar nuestra sociedad”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek