“La impunidad, corrupción y deshumanización nos han llevado al sufrimiento”

“UN HOMBRE que ha sido deshabitado ya no puede hacerse trampa y tiene que hablar desde su profundidad”. Así se explica el escritor, poeta y activista mexicano Javier Sicilia en su más reciente novela que, en una nota inicial, anticipa será la última.

“En un país donde la palabra está degradada me niego a escribir y dar una sola palabra”, acota Sicilia en charla con Newsweek en Español con motivo del lanzamiento de El deshabitado, una novela biográfica que ya circula bajo los sellos de Grijalbo y Ediciones Proceso.

En el texto, el también fundador del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad opta por el distanciamiento que brinda un narrador en tercera persona para revivir los acontecimientos desencadenados hace más de cinco años tras el asesinato de su hijo Juan Francisco y de seis de sus amigos. El poeta desglosa todo un cúmulo de horrores que estremecieron su persona como a los habitantes de México, los cuales, lejos de cambiar, continúan presentes, empeorando con cada nueva tragedia que sacude al país.

“Las víctimas no son un asunto de gobierno, son un tema de Estado. Las víctimas y problemas que no se han resuelto desde la época de [Felipe] Calderón se acumulan y se suman a las víctimas que se han generado en este sexenio. Entonces la cosa es terrible y ahora es peor”, comparte.

Foto: Luz Montero/NW Noticias.

—¿Por qué decidiste revivir en este libro un episodio tan trágico como la muerte de tu hijo?

—Por muchas razones. En primer lugar, porque me lo debía a mí. Quería circunscribir el mundo humano, que es el de la palabra, de lo que viví tanto interna, familiar, política, socialmente y saber racionalmente cómo me sentí con la finalidad de buscar sanarme. Uno no termina sano totalmente, pero la llaga se hace menos purulenta al nombrar lo que en muchos sentidos no era posible nombrar o lo que no tiene nombre. Segundo, porque fue un episodio importante de la nación y había que decirlo desde donde yo lo viví. Tercero, porque creo que muchas víctimas que no tienen la capacidad de la palabra pueden encontrar un poco de reposo. Y cuarto, para que la clase política y para quienes me han denostado puedan entender desde dónde hablé, porque lo que tienen son fragmentos y desde esos fragmentos han construido a veces cosas muy equivocadas y falsedad con respecto a mi persona y al movimiento.

—¿Al llevar a cabo esta retrospectiva te replanteaste el haber hecho algo de una manera distinta?

—Sí, siempre hay muchos abordajes. Uno nunca termina de estar satisfecho con lo que hace y eso es importante. En mi caso no es tan importante, pero es la fuerza del escritor. Si un escritor estuviera satisfecho de cómo hizo o cómo narró algo ya no volvería a escribir. Es la imposibilidad de hacer que lo que está ahí corresponda con lo que uno percibe de una totalidad mayor. Eso es lo que hace posible que un escritor siga escribiendo. Nunca se puede agotar la experiencia de la vida en una obra. Uno puede decir: me faltó agregar esto o pude abordarlo de esta otra manera. Hubo varios intentos de abordaje. La primera persona, por ejemplo, no me satisfacía porque estaba demasiado cercana a mí.

—A partir del uso que haces de la tercera persona, del narrador omnipresente, ¿quién es Javier Sicilia?

—Yo creo que nadie sabe quién es. La búsqueda del hombre es por saber quién es, y en el fondo uno nunca termina por saber quién es. Hay capas y capas de profundidad, que ya casi son inaccesibles en nuestra propia razón, que nos determinan, nos orientan, nos hacen vivir. Y uno puede darse cuenta a partir de fragmentos de quién es uno. Yo creo que la suma de toda una obra literaria, en mi caso, puede dar cuenta de la complejidad de quién es el autor. Y esa complejidad simplemente muestra que el ser humano es complejo e infinitamente inagotable.

Foto: Luz Montero/NW Noticias.

—¿Qué ha cambiado en México desde que formaste hace más de cinco años el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad?

—No, no ha cambiado por desgracia. Ha empeorado. La incapacidad del gobierno de no entender la tragedia humanitaria, de no entender la emergencia nacional, de reducir el problema de la violencia a un problema de violencia que se combate con la violencia, así como la impunidad, la corrupción y la deshumanización nos han llevado a un aumento terrible del sufrimiento y el dolor… Cuando nosotros salimos, la conciencia que se creó fue la de los asesinados. Tuvo que venir Ayotzinapa para decir que había desaparecidos y eso nos ha llevado a abrir fosas y nos hemos dado cuenta de que este horror es mucho más grande. Y todavía falta un tema más: los desplazados. No están todavía en la conciencia y con eso tenemos que vérnosla.

—¿Cómo encausar a la sociedad a un camino de paz y justicia?

—Creo que el hartazgo está generalizado. Los movimientos sociales, los movimientos de víctimas, cada vez son más. Yo creo que lo que falta es la unificación, el dejar protagonismos y en ponernos realmente a tratar de salvar a este país y a su gente. Unificarnos y crear una plataforma para el 2018 que nos lleve a un nuevo pacto social. Tenemos que juntarnos y crear desde esta reserva moral una plataforma que nos lleve a transformar el país. Yo creo que son temas muy específicos: es justicia, paz y seguridad. Ahí se abren muchas cosas. Hay que romper la impunidad, hay que generar nuevas formas de pedagogía, hay que negarse a un desarrollo descomunal como el que estamos imponiendo para reconstruir los tejidos sociales.

—¿Esto implicaría contar con la clase política?

—Con las personas sanas que viven en la clase política y que están maniatadas, pero no con aquellas que usan el país como su patrimonio, que han generado estas redes de corrupción y de complicidad con el crimen organizado. Esos no. A esos hay que juzgarlos como se hizo cuando se rompió el apartheid en Sudáfrica, citarlos para llevarlos al perdón, pero antes que nada evidenciar que son criminales. Ese es un largo trabajo de saneamiento del país, un trabajo muy doloroso y muy duro; y [debemos] enfrentarnos con el horror que somos.