Hace más de tres décadas, los penetrantes ojos verdes y expresión encantada de Sharbat Gula aparecieron en la portada de National Geographic. La niña de 12 años de edad se convirtió en un símbolo poderoso de los apuros de los refugiados afganos que huyeron a Pakistán durante la guerra soviética. Ahora ella es el rostro de un grupo nuevo de refugiados afganos, aquellos que son obligados a cruzar de vuelta la frontera.
El 9 de noviembre, Gula, de 44 años, fue deportada a Afganistán con sus cuatro hijos, tras ser arrestada en Peshawar por portar una cédula de identidad pakistaní falsa. Para muchos en Kabul, su caso es evidencia de una mayor amplitud en las medidas severas. Desde julio, más de 500 000 afganos han salido de Pakistán abruptamente. Para finales del año, funcionarios de Naciones Unidas esperan que el total exceda los 730 000, divididos más o menos equitativamente entre refugiados e inmigrantes “indocumentados” que pudieron haberse establecido en Pakistán por generaciones, pero nunca recibieron la condición de refugiados. Reportes generalizados de acoso e intimidación han alimentado las sospechas de que Pakistán está coaccionando a comunidades enteras de refugiados antiguos para que se vayan en lo que constituye la migración forzada más grande en cualquier parte del mundo.
El éxodo desde Pakistán ha recibido mucho menos escrutinio que el flujo masivo de inmigrantes a Europa, el cual ha suscitado debates divisivos en ambos lados del Atlántico. Pero algunos activistas de derechos humanos investigan si Islamabad está violando la ley internacional al forzar a los refugiados a regresar a un país todavía en guerra. “Docenas de afganos que ha regresado de Pakistán después de ceder su condición de refugiados nos han hablado de una campaña concertada para expulsarlos”, dice Gerry Simpson, alto investigador de refugiados en Human Rights Watch. “Muchos dicen que no pueden regresar a poblados inseguros, y casi todos aseguran no tener idea de dónde hallarán refugio, empleos, comida y escuelas”.
Islamabad insiste en que los afganos regresan voluntariamente, y que el país trabajará con la ONU y el gobierno de Kabul para repatriar con seguridad a sus 1.5 millones de refugiados registrados (se calcula que por lo menos otro millón de afganos vive allí no oficialmente, como Gula). “Los afganos son nuestros hermanos y muy queridos por nosotros”, dijo el primer ministro de Pakistán, Nawaz Sharif, en una declaración reciente.
Pero los refugiados afganos, desde hace mucho acostumbrados a la intimidación de las autoridades pakistaníes, dicen que el acoso se ha intensificado desde junio, cuando los dos países intercambiaron fuego brevemente cerca de Torkham, un puerto de montaña que forma uno de los dos principales cruces entre su frontera compartida. Activistas de derechos humanos dicen que la policía pakistaní desde entonces ha comenzado a exigir sobornos exponencialmente más altos y encarcelado a los refugiados con pretextos endebles.

REGRESO A CASA: El gobierno afgano le ha dado la bienvenida a Gula y le ha prometido una casa. Pero ella es una celebridad; pocos afganos que regresan pueden esperar tal generosidad. FOTO: MUHAMMED SAIME /ANADOLU AGENCY/GETTY
Los refugiados creen que Pakistán los está expulsando para castigar al presidente afgano, Ashraf Ghani, por buscar lazos más estrechos con India, su rival nuclear. A los militares pakistaníes desde hace mucho les ha preocupado que Nueva Delhi los supere en Afganistán, y este miedo motivó a las agencias de inteligencia del país a apoyar a los talibanes en la década de 1990. En septiembre, para la ira de los generales pakistaníes, Ghani regresó de unas pláticas en nueva Delhi con una promesa de 1000 millones de dólares en ayuda económica. El acuerdo se dio cuando las tensiones renovadas en el territorio disputado de Cachemira provocaron un mayor antagonismo entre Pakistán e India. Los refugiados afganos dicen que la tensión es palpable. Desde hace mucho, llamados “Kabulis” por sus vecinos, algunos musulmanes afganos quienes viven en Pakistán dicen que ahora les llaman hindúes.
Como Gula, muchos de quienes regresan huyeron del lío político que envolvió a Afganistán a finales de la década de 1970 y la subsiguiente invasión soviética. Los migrantes de segunda y tercera generación regresan a un país que apenas y conocen. Temprano en una mañana reciente de jueves, un convoy destartalado de camionetas y minibuses con muebles apilados descargó a familias extensas enteras —desde abuelos envejecidos hasta madres jóvenes con bebés— en un centro de la ONU para recepción de refugiados de tiendas blancas en las afueras de Kabul. “Vivimos en Pakistán por 30 años, pero luego ellos nos expulsaron súbitamente de una manera muy insultante”, dice Mohammed Ishaq, de 52 años, uno de los atormentados recién llegados. “De por sí batallábamos. Ahora hemos perdido nuestros negocios. No tenemos un plan claro de qué hacer después”.
Muchos de quienes regresan están varados en el lado afgano de la frontera desolada, y los trabajadores humanitarios temen que pueden sucumbir a la malnutrición, alguna enfermedad o incluso congelarse hasta morir. Aun cuando los donantes renovaron sus compromisos con Afganistán en una conferencia en Bruselas a principios de octubre, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU está batallando para recabar los fondos para alimentar a los recién llegados, junto con los cientos de miles que fueron forzados a abandonar sus hogares por la ofensiva de los talibanes este año. “Va a ser terrible para mujeres y niños cuando llegue el invierno”, dice Angelline Rudakubana, subdirectora en Afganistán del PMA.
Peor aún: la cantidad de afganos que busca refugio aumentará cuando Europa empiece a deportar por la fuerza a decenas de miles que no pudieron obtener asilo de acuerdo con un nuevo acuerdo con el gobierno de Ghani dependiente de la ayuda. El 9 de noviembre, el presidente personalmente recibió a Gula de vuelta y le ha prometido una casa. Pero ella es una celebridad; muy pocos afganos pueden esperar tal generosidad.
Sea justo o no, muchos culpan al gobierno dividido de Ghani de no hacer más para ayudarlos. Jan Khan, un tendero, se apretujó en un Land Cruiser atiborrado de parientes mientras los talibanes atacaban Tarin Kowt, la capital de la provincia sureña de Uruzgan, en septiembre. Él hizo el viaje de 130 kilómetros hasta las afueras polvorientas de Kandahar, la ciudad más grande del sur, donde su familia ahora apenas subsiste en condiciones más que bajas. “Si hubiera unidad y coordinación en el gobierno, entonces no habría problema”, dice Khan. “Pero todos buscan su propio beneficio”.
Con los talibanes infligiendo bajas duras al ejército y policía afganos, las posibilidades de Ghani de negociar un fin a la guerra parecen escasas. En el hospital de la Cruz Roja en Kabul, un soldado llamado Hamidullah, quien perdió su pierna derecha en un bombardeo suicida, espera para probarse una prótesis de plástico. Él dice que 16 de sus colegas murieron en la explosión y 42 fueron heridos. “Cuando regrese al deber, ya no me pondrán en la línea del frente; me darán un trabajo de escritorio”.
Los afganos tal vez ya no sean bien recibidos en Pakistán, pero para los desempleados en edad de combatir que regresan, las fuerzas de seguridad tienen muchas vacantes.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek