El optimismo en sí mismo no funciona

El poder del pensamiento positivo ha sido un principio
rector para los líderes empresariales desde por lo menos 1936, cuando el
escritor estadounidense Napoleon Hill publicó Think and Grow Rich(Piense y hágase rico). Dos décadas más tarde, el también
estadounidense Norman Vincent Peale escribió The Power of Positive Thinking
(El poder del pensamiento positivo),
un libro que ha vendido más de 21 millones copias en todo el mundo. Y más
recientemente, The Secret (El secreto), de la australiana Rhonda Byrne, cautivó a líderes
empresariales y otros lectores con sus promesas de éxito basadas en el
pensamiento positivo.

Según
esas obras, los pensamientos negativos o las dudas se interponen en el camino del
triunfo.

Sin embargo, una nueva
corriente de investigación ha encontrado que el pensamiento positivo tiene sus
límites e incluso
acarrea sus propios obstáculos. Gabriele Oettingen, profesora de psicología de
la Universidad de Nueva York y autora de Rethinking Positive Thinking:
Inside the New Science of Motivation
(Repensar el pensamiento
positivo: dentro de la nueva ciencia de la motivación), dice que cuando comenzó
a estudiar el pensamiento positivo descubrió que la energía, medida por la presión arterial, baja cuando las personas
generan fantasías felices sobre su futuro. “El problema es que no suben
su energía para cumplir sus deseos”, dice Oettingen.

En sus estudios Oettingen descubrió, por ejemplo, que
tras dos años de fantasear sobre la obtención de un empleo, los graduados
universitarios de su muestra terminaron ganando menos dinero y recibiendo menos
ofertas que los egresados que tenían más dudas y preocupaciones al principio. “Los
que fantasean se sienten realizados y
relajados, pierden la motivación necesaria para esforzarse y lograr que
sucedan las cosas”.

Nimita Shah, psicóloga británica especializada en
orientación profesional, dice que con frecuencia las personas se sienten frustradas por no poder manifestar sus deseos y
luego se sienten culpables por tener pensamientos negativos, creyendo
que ese pesimismo es parte del problema. “Fantasear sobre el futuro puede
ayudar a crear un impulso a corto plazo pero a la larga hace que la gente se
sienta peor”.

Todo conduce a pensar que se debería estar más
preocupado y pensando que lo peor está por venir. No. Tampoco.

Tali Sharot, neurocientífica autora del libro Optimism Bias (La
predisposición al optimismo), asegura que el optimismo está incorporado a la psique humana. Sharot calcula que
existe un sesgo optimista en 80 por
ciento de la población, sin importar cultura o nacionalidad, que ayuda a
que la gente esté motivada en un principio. Los estudios también muestran que los optimistas viven más tiempo y
tienen probabilidades de ser más saludables.

Y un optimismo arraigado también puede ayudar a que la gente supere circunstancias
terribles. Sin embargo, también provoca que las personas subestimen los riesgos.

Al final, demasiado
optimismo es peligroso, parece ser la opinión de los expertos.