Hillary buena, Hillary mala

EN LA PRIMAVERA DE 1993, a pocas semanas de que Bill y Hillary Clinton se mudaran a la Casa Blanca, sus principales asistentes se reunieron para discutir cómo lidiarían con el llamado escándalo de Whitewater, una creciente investigación sobre las inversiones inmobiliarias de la pareja y algunos de sus asociados de Arkansas. Muchos argumentaron que el presidente y su esposa debían hacer frente al asunto, en vez de dejar que se “filtrara” por la prensa, proceso durante el cual “van a matarlos”, según recuerda Leon Panetta, exjefe de gabinete.

Sin embargo, en un adelanto de la manera como resolvería sus problemas con el correo electrónico, 20 años después, Hillary cerró esa opción; y lo hizo en un estado de cólera. “Jamás lo olvidaré”, dice Panetta, en el recién publicado “Inside the Clinton White House: An Oral History”, una selección de 134 entrevistas, editada por el Centro Miller de Asuntos Públicos, de la Universidad de Virginia. Panetta recordó que Pat Griffin, el enlace congresista de la Casa Blanca, “salió de aquella reunión con los ojos enormes y dijo: ‘No vas a creer lo que pasó. La primera dama nos cajeteó'”.

Los Clinton se agazaparon, y esa ha sido la estrategia que han empleado desde entonces. El asunto Whitewater se enconó durante años. Nunca acusaron a la pareja presidencial de algún crimen relacionado con las operaciones inmobiliarias, mas el daño a su reputación fue perdurable. Luego surgió el problema de la forma como Hillary, siendo secretaria de Estado, manejó las controversias de los ataques de Bengasi, la Fundación Clinton, y sus correos electrónicos privados, todo lo cual hizo caer su índice de “confiabilidad” entre los votantes.

¿Cuál Hillary hubiéramos tenido en la presidencia? Russell Riley, copresidente del Programa de Historia Oral del Centro Miller y experto en la Casa Blanca, nos ofrece muchas pistas. Los registros, asentados a partir de 2007, representan a la exprimera dama como una consejera virtual de la Casa Blanca que inspiraba lealtad y miedo a partes iguales. La “Hillary mala” responde al escándalo con posturas defensivas y contraataques, mientras que la “Hillary buena” promueve los valores liberales clásicos de igualdad de género, impuestos, educación, control de armas e inmigración, y lo hace de una manera mucho más disciplinada que su marido.

A principios de la década de 1990, el periodo de transición de Bill Clinton a la presidencia fue caótico. En una de las nuevas historias orales (algunas de ellas, publicadas previamente), el exdirector de la CIA, James Woolsey, recuerda una entrevista muy peculiar con el entonces presidente electo, en la que conversaron sobre dirigir la agencia de espionaje.

“Hablamos sobre el futbol de Oklahoma y Arkansas”, recuerda Woolsey, quien creció en Tulsa. “Hablamos de los mejores lugares para pescar en los Ozarks. Hablamos de muchas cosas. En determinado momento, dijo algo como ‘¿Crees que el director de la CIA deba dar consejos sobre política?’. Yo respondí: ‘No, no lo creo. Los demás pensarían que estaba distorsionando la inteligencia para apoyar políticas’”.

Clinton estuvo de acuerdo, y eso fue todo, dijo Woolsey. Lo siguiente que el exdirector supo sobre el empleo en la CIA llegó en una convocatoria de emergencia para presentarse en Little Rock, enviada por el director de la transición de Clinton. Aunque Clinton no le había ofrecido el puesto, la misiva informaba que se había organizado una conferencia de prensa para el día siguiente, en la cual se anunciaría su nombramiento.

En opinión de los 134 exasistentes y funcionarios entrevistados para el proyecto de historia oral, nada semejante ocurriría en la transición de Hillary. “Creo que, durante buena parte de su carrera, es probable que [Bill] fuera rescatado por Hillary, porque es una persona más decidida y disciplinada, y mantenía las cosas en movimiento”, recuerda Alice Rivlin, la primera directora de la Oficina de Administración y Presupuesto de Clinton. El alegre presidente electo era famoso por prolongar las discusiones sobre política y personales, a veces hasta mucho después de la media noche. Así que Hillary solía irrumpir en la habitación y clausuraba las “sesiones de dormitorio”, como las llamaban numerosos funcionarios.

“Puedes estar en desacuerdo con él. Pero si se trata de Hillary, imposible”, señala Mickey Kantor, un antiguo confidente de Clinton quien fue nombrado representante comercial de Estados Unidos durante el primer periodo de Bill. “Eso es lo único que no puedes hacer”.

Como demuestran los correos electrónicos hackeados de John Podesta, el presidente de la campaña 2016, Hillary también se aferra a las malas decisiones cuando sus asistentes la alientan a ello. En un intercambio de correo, en 2015, Podesta y Neera Tanden, exasistente de política interna de Hillary, compadecen a la secretaria de Estado por el lío de haber usado un servidor privado para sus asuntos oficiales. ¿Quién le habría permitido hacer semejante cosa?, se preguntan. Y ambos apuntan a Cheryl Mills, consejera de Hillary desde hace muchos años. “¿Por qué no han hecho pedazos a esta persona?”, cuestiona Tanden. Mills sigue siendo una asesora cercana de Hillary.

“Hillary no siempre tiene razón, y puede ser muy difícil”, reconoció Bernard Nussbaum, quien trabajó con ella en 1972 en el Comité Senatorial Watergate, durante su entrevista para la historia oral. Considera que, “en esencia, sus juicios son bastante buenos, [pero] el problema es que se vuelve tan formidable, que mucha gente le tiene miedo”.

De haber ganado Hillary, no hubiera sido la primera presidenta (o líder mundial) que estalla si sus asesores no cumplen sus expectativas. Menciona a cualquier presidente o primer ministro, y verás que sus historias están plagadas de periodos de irritabilidad, mal humor o cosas peores. Abraham Lincoln y Winston Churchill eran famosos por episodios de ira y depresión, mas nadie puede discutir sus actuaciones como grandes líderes en tiempos de crisis.

Y esa hubiera sido la prueba de Hillary Clinton. Muchos de sus antiguos asociados la han visto en sus peores momentos durante décadas, pero están convencidos de que tiene las cualidades fundamentales para dirigir a una superpotencia nuclear en una época extraordinariamente difícil. “Es… una figura fuerte, una figura fuerte por derecho propio”, y no solo como complemento de su esposo, aseguró Stanley Greenberg, el encuestador de Clinton, quien fue entrevistado por la Universidad de Virginia.

Joan Baggett, directora política durante el primer periodo de Bill Clinton, vio estallar a Hillary infinidad de veces, “cuando consideraba que los asistentes de la Casa Blanca no defendían los programas de su esposo con el vigor necesario”. Pero en su entrevista para el proyecto de historia oral, Baggett dijo que Hillary tiene “lo que hace falta para ser presidente”.

“Todo depende”, agregó, “de que pueda sobrevivir… a la demonización de sus opositores”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek