Mosul es la tercera ciudad más grande de Irak. El grupo militante Estado Islámico (ISIS) la capturó en junio de 2014 durante una campaña que le dio el control de un territorio del tamaño del Reino Unido. Pero el 16 de octubre de 2016, una coalición integrada por el Ejército iraquí, fuerzas militares de la región autónoma curda de Irak y unidades paramilitares, comenzó a lanzar ataques para recapturar la ciudad.
La destreza militar no explica el éxito inicial de Estado Islámico en Irak. Por el contrario, ese logro se debió al colapso del Ejército iraquí y a la inconformidad sunita con el gobierno iraquí, dominado por los chiitas. Sin embargo, entre 2015 y 2016, el territorio del EI en Irak se redujo en cerca de 50 por ciento. El Estado Islámico ha perdido importantes centros poblacionales, incluyendo las ciudades de Tikrit, Ramadi, Kobane, Faluya y Palmira.
El próximo blanco en la agenda de la coalición es al Raqa, Siria, la capital del Estado Islámico. Tal vez solo es cuestión de tiempo para que el “califato” territorial de EI deje de existir. Y entonces, ¿cuál será el destino del EI? ¿Acaso el grupo sobrevivirá sin tener el control de algún territorio? ¿Podrá recuperarse? ¿O terminará por desaparecer?
Escenario #1: El Estado Islámico se esconde para resurgir en el futuro
Este panorama es poco probable, porque pasa por alto las circunstancias muy singulares que dieron origen al EI y le permitieron anotarse una victoria tras otra en 2014: el vacío político que creó la guerra civil siria; la disfunción del gobierno iraquí de Nuri al-Maliki; el colapso del Ejército iraquí; y la indiferencia de gran parte del mundo ante las ambiciones del grupo, hasta que fue demasiado tarde. Es muy improbable que, en el futuro, se dé un conjunto de circunstancias parecidas.
Escenario #2: El EI establecerá operaciones en otro lugar
Con los años, el EI ha establecido franquicias en el occidente y norte de África, Libia, Yemen, el Sinaí y otras regiones. En algunas partes, como Libia, el EI desplegó combatientes sirios e iraquíes para establecer sus franquicias; en otros, los grupos ya existentes juraron alianza al califato. Uno de esos grupos es Boko Haram, en África occidental.
El Estado Islámico supuso que cada una de sus franquicias expandiría el territorio que controlaba hasta que topara con las otras franquicias y así, a la larga, llegaría hasta el califato basado en Siria e Irak. Los observadores describen esto como una estrategia de “mancha de tinta”, porque cada afiliado habría de extenderse como una mancha de tinta en un papel secante.
Esta posibilidad también es improbable. Ninguna de las franquicias del Estado Islámico se encuentra en buenas condiciones y las que no han fracasado ya, están a punto de caer. Algunas fueron destruidas por conflictos internos, como las de Yemen y África occidental. Otras fueron obligadas a replegarse por enemigos externos, como sucedió con las de Libia y Argelia.
Las franquicias del EI no han podido forjar alianzas con grupos afines porque el EI no sabe colaborar. En vez de construir sociedades, el Estado Islámico insiste en la lealtad incondicional a su proyecto de califato y exige una uniformidad organizacional. En consecuencia, ha convertido colaboradores potenciales en enemigos.
Escenario #3: Los combatientes del EI seguirán librando una guerra insurgente en Siria o Irak, o en ambos frentes
Eso es justo lo que hizo el Talibán en Afganistán después de la invasión estadounidense de 2001. De hecho, después que Estados Unidos invadió Irak, lo mismo hicieron al-Qaeda en Irak (un precursor del EI) y los miembros del desbandado Ejército iraquí que se unieron al EI.
Este es un escenario más factible que los dos anteriores. No obstante, combatir en una insurgencia es bastante menos digno que establecer, defender y expandir un califato territorial, algo que los devotos del Estado Islámico consideran un acontecimiento histórico. Y establecer, defender y expandir un califato territorial es, justamente, lo que ha diferenciado al EI de al-Qaeda y grupos parecidos. Los verdaderos creyentes del Estado Islámico creen que un califato territorial libre de toda influencia no islámica es indispensable para la supervivencia del verdadero islam.
Los combatientes del Estado Islámico podrían continuar con su lucha, y la venganza es un motivador poderoso. Pero el EI ya no sería el EI si sus combatientes limitaran su visión a una campaña tipo guerrilla. Ya no serían distintos de, por ejemplo, Jabhat al-Nusra, el ex afiliado de al-Qaeda y derivado del EI que combate contra el gobierno sirio. El objetivo de Jabhat al-Nusra es derrocar al gobierno sirio –algo mucho menos glorioso que reestablecer un califato territorial que reúna a todos los musulmanes-, lo cual fue causa de que los dos grupos se separaran.
Escenario #4: El Estado Islámico desaparece
¿Qué pasaría si los combatientes del EI se dieran por vencidos o emprendieran otras actividades criminales? Para los creyentes verdaderos, la derrota de su califato podría persuadirlos de que su objetivo es inalcanzable. Por consiguiente, sería extraordinariamente descorazonador. Quienes se afiliaron en busca de emociones, buscarán estímulos en otra parte, o simplemente se disiparán en el paisaje.
Esta es otra posibilidad importante, sobre todo si otras naciones, además de Dinamarca, ofrecen a sus ciudadanos afiliados a ISIS incentivos para regresar a casa. Grupos similares, como al-Qaeda, han sufrido deserciones en sus filas a la vez que sus miembros se decepcionan, desalientan o aíslan.
Escenario #5: Ex combatientes y mercenarios prosiguen con sus ataques globales con o sin respaldo de la organización
Esto también es posible, aunque solo sería por un tiempo. Después de todo, hubo varios ataques fuera del territorio controlado por el EI –incluido el ataque de San Bernardino, California- que fueron perpetrados sin conocimiento ni ayuda del Estado Islámico.
La destrucción del califato del EI podría reducir su capacidad para producir y diseminar propaganda. Esto disminuiría la capacidad del Estado Islámico para seducir a seguidores potenciales en el futuro. Con todo, a corto plazo, hay que considerar que el mundo no carece de individuos crédulos y perturbados.
En cualquier caso, la historia ofrece lecciones sobre la manera eficaz de acabar con movimientos e individuos que hacen la guerra contra el orden internacional.
En los siglos XIX y XX, los anarquistas la emprendieron contra gobernantes y símbolos del capitalismo en todo el mundo. Los anarquistas asesinaron a los presidentes de Francia y Estados Unidos, a una emperatriz de Austria, a un rey de Italia y a numerosos ministros del gobierno de Rusia. También bombardearon símbolos de opresión, desde reductos de la burguesía hasta la propia Wall Street.
Y entonces, de pronto, la oleada de violencia anarquista cesó. Al iniciar la Gran Depresión, la actividad anarquista se limitó a unos cuantos incidentes aislados. Los historiadores señalan varias razones para explicar la extinción del movimiento anarquista. El anarquismo competía con otros grupos disidentes por los corazones y las mentes de individuos influenciables. Así que las naciones emprendieron reformas políticas y sociales que respondieron a los agravios de los anarquistas potenciales; adoptaron nuevos métodos policiales y de vigilancia; y las agencias de policía empezaron a colaborar entre fronteras.
Sin embargo, lo más importante fue, posiblemente, el hecho de que los movimientos de alto riesgo que intentaban realizar lo irrealizable tuvieron una vida muy corta. Y tal vez ese podría ser el caso del Estado Islámico.
James L. Gelvin es profesor de historia moderna de Medio Oriente en la Universidad de California, Los Ángeles.