Un mentiroso compulsivo llamado trump

DONALD TRUMP cometió perjurio. O miró a los fieles republicanos directamente a la cara y mintió intencionadamente. No existe una tercera opción.

El hecho de que Trump lance una serie casi infinita de falsedades se ha convertido en una realidad plenamente aceptada en esta campaña presidencial. Durante meses, los medios de comunicación han batallado con esta situación sin precedentes: un candidato que, a diferencia de otros políticos que ponen a prueba los límites de la verdad, simplemente crea su propia realidad. Trump suele difundir “hechos” que no son verdaderos, describe acontecimientos que nunca ocurrieron o niega haber participado en acciones en las que todo el mundo lo vio. Pronuncia sus falsedades tan rápidamente que antes de que los reporteros tengan la oportunidad de corregir una de ellas, él ya ha arrojado cinco o seis más.

Pero esta vez es diferente. Trump no puede saltar por encima de su perfidia. Existen dos registros, uno de ellos es una declaración no revelada anteriormente del candidato republicano donde testifica bajo juramento; la segunda es la transcripción de un video de un debate presidencial republicano. En ellos, Trump narra versiones contradictorias de la misma historia, y ambos recuentos discrepantes fueron manipulados para comunicar lo que él deseaba que la gente creyera cuando hablaba.

Este embuste es mucho más importante que si Trump fue sincero o no sobre la razón por la que abandonó su movimiento birther (según el cual, Barack Obama no nació en Estados Unidos) o la mentira de que Hillary Clinton fue quien comenzó con la historia racista de que el presidente nació en Kenia. En la mentira que examinamos aquí, Trump cometió un delito grave o demostró que está dispuesto a engañar a sus seguidores siempre que le convenga.

Trump relató la versión pública de esta historia el año pasado, durante el segundo debate presidencial republicano. Trump se había jactado durante semanas en sus mítines diciendo que conocía el sistema político mejor que cualquiera debido a que, esencialmente, había comprado a políticos durante décadas otorgándoles aportaciones para sus campañas cuando él deseaba obtener algo. También proclamó que solo él, siendo un extraño que había participado en tal corrupción de la democracia estadounidense en un alto nivel, podía limpiar ese desastre. Durante el debate de septiembre de 2015, uno de los rivales de Trump, el exgobernador de Florida Jeb Bush, verificó la afirmación de Trump, diciendo que el multimillonario había tratado de comprarlo con favores y aportaciones cuando Bush era gobernador de Florida.

“Que yo sepa, la única persona que tenía algún interés especial en hacerme cambiar de opinión con respecto a algo, que fue generosa y me dio dinero, fue Donald Trump”, declaró Bush. “Él deseaba la construcción de casinos en Florida”.

Trump interrumpió a Bush:

TRUMP: Yo no…

BUSH: Sí, lo hiciste.

TRUMP: Es totalmente falso.

BUSH: Tú lo deseabas y no lo obtuviste, debido a que yo me oponía a…

TRUMP: Lo habría obtenido.

BUSH: La creación de casinos antes de…

TRUMP: Lo juro, lo habría obtenido.

BUSH: Durante y después. A mí nadie me va a comprar.

TRUMP: Lo juro, de haberlo querido, lo habría obtenido.

BUSH: De ninguna manera. Créeme.

TRUMP: Conozco a mi gente.

BUSH: Ni siquiera es posible.

TRUMP: Conozco a mi gente.

Si Trump decía la verdad aquella noche, que así sea. Pero si mentía, ¿cuál fue su propósito? Su frase de “Si lo hubiera querido, lo habría obtenido” puede ser una pista. Contrario a las muchas historias imprecisas que contó en la ruta de campaña acerca de ser un controlador político repartidor de dinero, esta historia tiene un nombre, un objetivo específico y termina en el fracaso. Si Bush decía la verdad, entonces Trump habría tenido que admitir que perdió un roundy, como le aseguró al público, eso no habría sucedido. Cuando desea algo, lo obtiene.

Sin embargo, eso no era lo que necesitaba demostrar en 2007. La declaración fue parte de una demanda judicial que había presentado contra Richard Fields, a quien Trump había contratado para gestionar la expansión de su negocio de casinos en Florida. En la demanda, Trump afirmó que Fields había renunciado y se había llevado a otra empresa toda la información que obtuvo cuando trabajaba para Trump. Bajo juramento, Trump dijo que deseaba entrar en el negocio de los casinos en Florida, pero no lo hizo debido a que Fields lo había engañado.

Un abogado le preguntó a Trump, “¿Hizo usted algo para obtener cualquiera de los detalles acerca del ambiente del juego en Florida, sobre las aprobaciones requeridas y demás?”

TRUMP: Un poco.

ABOGADO:¿Qué hizo?

TRUMP: En realidad, hablé con el gobernador electo Bush… y pensé que yo era su recaudador de fondos más exitoso, el más exitoso que él había tenido hasta ese momento, que estaba en la Torre Trump Tower en la Quinta Avenida de Nueva York.

ABOGADO:¿Cuándo ocurrió eso?

TRUMP: En algún momento antes de su elección.

ABOGADO:¿Sabía usted que el gobernador Bush, Jeb Bush en ese momento, se oponía a la expansión del juego en Florida, no es así?

TRUMP: Pensé que era posible convencerlo de lo contrario.

ABOGADO: Pero usted no lo hizo cambiar de opinión con respecto a su postura contraria al juego, ¿no es cierto?

TRUMP: Bueno, nunca tuve realmente una oportunidad debido a que Fields renunció, diciéndome que nunca obtendríamos lo que deseábamos, solo para irse y hacerlo con otra empresa.

Una de estas historias es mentira, una invención detallada e interesada. Sin embargo, a diferencia de la montaña de mentiras que ha dicho, esta vez el rasgo de carácter que conduce a la falsedad de Trump está a la vista de todos: él inventa cosas cuando no desea admitir que perdió.

Supongamos que la historia que contó en el debate es mentira. Aun cuando la historia de Bush reforzó lo que Trump decía en los mítines, es decir, que había jugado el juego político de “dar dinero a cambio de resultados” durante años, no podía admitir que había intentado hacer lo mismo en Florida porque no podía ponerse en una posición donde debía admitir que perdió. En lugar de ello, miró a los ojos a Estados Unidos y mintió. Y entonces, se sintió obligado a añadir otra fanfarronada: su gente es tan maravillosa que habría tenido casinos en Florida, independientemente de la oposición de Bush si Trump lo hubiera deseado.

TOPAR CON PARED: El juramento de Trump de hacer que México pague por un muro fronterizo es algo que le encanta a las multitudes que acuden a sus mítines, pero dijo que no mencionó el tema cuando se reunió con el presidente mexicano. Foto: BRYNN ANDERSON/AP.

Consideremos ahora la otra opción, que Trump cometió perjurio en el testimonio de 2007. En esa ocasión, admitió haber presionado para que se autorizara la instalación de casinos en Florida, pero dijo que habría obtenido lo que deseaba si Fields no lo hubiera engañado. La base de su testimonio perjuro es simple: Trump deseaba obtener dinero de un hombre que dejó de trabajar para él y, una vez más, la historia le permitía negar que es menos que perfecto.

Incuestionablemente, estas dos historias deben ser analizadas si llega a haber un presidente Trump. En el juicio político contra el presidente Bill Clinton por mentir bajo juramento acerca de una aventura extramarital, los republicanos establecieron el estándar de que el hecho de no decir la verdad al testificar, incluso en la más comprensible de las circunstancias, alcanza el nivel de un delito grave. Por supuesto, no es posible pasar por alto el perjurio para propósitos pecuniarios o para inflar la autoimagen de una persona

Finalmente, la mentira de la que hablamos es importante debido a que muestra lo desvergonzado y lo temerario que es Trump. Él dijo esta mentira aunque sabía que estaba parado junto a un testigo creíble (Bush) que podía contradecirlo, y apostó a que nadie descubriría su testimonio hecho bajo juramento.

La tendencia de Trump hacia este tipo de mentiras descaradas podría perjudicar la política exterior de Estados Unidos. Cuando se reúna con un funcionario extranjero, ¿tratará de engañar al mundo sobre lo que ocurrió? Esta pregunta entró en juego a principios de septiembre cuando Trump voló a México para hablar con el presidente de este país en un extraño acto publicitario. Salió de la reunión y declaró que no habían hablado en ningún momento acerca del tema insignia del candidato, es decir, que obligaría al gobierno mexicano a pagar la construcción de un muro a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos. Antes de una hora, un funcionario mexicano declaró que la afirmación de Trump era falsa y que el presidente mexicano Enrique Peña Nieto le había dicho al candidato republicano que su país nunca aportaría el dinero para el muro. O Trump mintió, o lo hizo Peña Nieto. El gobierno de México, que es uno de los más importantes socios de negocios y aliados de Estados Unidos, ¿sabe si un presidente Trump será confiable o mentirá según su conveniencia en asuntos grandes o pequeños? ¿Acaso el público estadounidense no debería saberlo también antes de acudir a votar en noviembre próximo?

Trump debe ser llamado a responder las preocupantes preguntas planteadas por el episodio relacionado con Bush y el juego en Florida: ¿El candidato republicano cometió perjurio o simplemente es un mentiroso? Si rehúsa responder, de la misma forma en que ha rehusado abordar casi cualquier otra cuestión sobre su carácter y sus antecedentes, los partidarios de Trump deben considerar cuidadosamente si desean votar por un hombre que, en el mejor de los casos, los ha tratado como tontos durante todo el año pasado, y en el peor, ha cometido un crimen.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek