El dilema no es nuevo, pero sigue siendo
muy cuestionado, aunque el camino que eligió Nina Adamowicz le da un giro
novedoso, al menos en el Reino Unido: ¿es correcto desactivar el marcapasos de
un paciente si esa es su voluntad?
La solicitud de Nina Adamowicz fue
finalmente cumplida, luego de un largo proceso que incluyó reuniones de
médicos, consultas legales y pruebas psicológicas para verificar que ella
entendía plenamente las consecuencias de su petición.
La familia de Adamowicz tenía un
historial de enfermedades del corazón y ella recibió su primer marcapasos en
1996. Durante diez años funcionó a la perfección, luego sufrió un ataque al
corazón leve que causó el deterioro de su estado de salud.
Nina aseguró recibir una excelente
atención médica todo el tiempo; a finales de 2014 su corazón trabajaba menos de
diez por ciento de su capacidad, por lo que la vida no iba a ser larga.
Adamowicz, quien entonces tenía 71 años,
describía cómo quedaba inconsciente, con frecuencia por las noches, y luego
escuchaba el clic de su marcapasos entrando en acción. Aseguró ser “afortunada”
y estar “agradecida” por su vida, pero también que ya estaba preparada para
morir.
La práctica de desactivar los marcapasos
es más frecuente en Estados Unidos. En más de 30 años de carrera, el doctor
Westby Fisher, un cardiólogo del Sistema de Salud Universitario North Shore de
Chicago, ha escuchado esa petición en decenas de ocasiones y la compara con el
procedimiento de retirar la sonda de alimentación o el ventilador que permite
mantener a los pacientes con respiración asistida.
El médico describió el caso de un
paciente que había tenido un marcapasos durante años hasta que una caída en una
escalera le causó un grave derrame en el cerebro. “Su familia no quería alargar
el inevitable proceso de la muerte y me pidió que desactivara su marcapasos”,
relató.
Fisher les explicó que el marcapasos
estaba funcionando y que existía la posibilidad de que al ser desactivado el
aparato, su corazón se detuviera completamente o, quizá, podía reducir su ritmo
y ellos tendrían que pasar algún tiempo aún con él antes de que muriera. “Hablé
con su esposa, quien se mostraba muy segura de lo que quería para su esposo, y
lo que él mismo hubiera querido”, dijo.
Fisher permitió a la esposa dar el paso
final al tocar en una computadora el botón que apagaba el marcapasos. El
paciente murió al día siguiente. Como bien decía Nina: “No es que yo me quiera
morir, me estoy muriendo”.
En México, en 2008, hubo una Reforma a la
Ley de Salud, aprobada en la Cámara de Senadores para permitir la eutanasia
pasiva, que es precisamente dejar de suministrar los medicamentos o
retirar los aparatos que mantienen con vida artificialmente; se trata del
derecho de los enfermos terminales a suspender el tratamiento curativo y
recibir cuidados paliativos en su domicilio, hasta que llegue la muerte. Pero
deja muy claro que la eutanasia, entendida como “homicidio por piedad”, está
prohibida.