UNA RECIENTE MAÑANA DE DOMINGO, Donald Ossewaarde, un predicador bautista de Estados Unidos, acogió a un grupo informal de estudio de la Biblia en su hogar en Oriol, una pequeña ciudad a 360 kilómetros al sur de Moscú. La mayoría de las 12 personas allí reunidas habían asistido a las reuniones semanales de Ossewaarde por años, y esperaban su rutina de canciones cristianas, oraciones y discusión.
Pero cuando la lección comenzó, tres oficiales de policía entraron en la casa de Ossewaarde. Esperaron en silencio a que terminara la lección, luego empezaron a interrogar a todos, antes de insistir en que Ossewaarde y su esposa, Ruth, los acompañaran a la delegación de policía local. La policía le dijo a Ossewaarde que una mujer había presentado una queja en su contra, diciendo que estaba escandalizada de que a “sectarios religiosos extranjeros” se les permitiera operar en la ciudad.
A las pocas horas, en una audiencia ante la corte, un juez halló a Ossewaarde culpable de labor misionaria ilegal y lo multó con 40 000 rublos (alrededor de 600 dólares). Para Ossewaarde, un hablante de ruso que ha vivido en Oriol desde 2002, el dictamen fue increíble. “Todos estos años tuvimos la libertad de dar la literatura, de hablar con la gente en la calle —asegura—. La gente había sido amistosa o indiferente”.
No más. En julio, el presidente Vladimir Putin aprobó una ley que reprime la labor misionaria y el evangelismo. Entre otras cosas, ordena que la gente comparta sus creencias religiosas solo en lugares de adoración registrados ante el Estado. Los críticos dicen que la ley, la cual fue aprobada como parte de una serie de legislaciones “contra el extremismo y terrorismo”, contradice la constitución postsoviética rusa, la cual garantiza a ciudadanos y extranjeros el derecho a difundir sus creencias religiosas. “La historia soviética nos muestra cuánta gente de credos diferentes ha sido perseguida por difundir la palabra de Dios”, escribió Sergei Ryakhovsky, presidente de Iglesias Protestantes de Rusia, en una carta abierta a Putin. “Esta ley nos regresa a ese pasado vergonzoso”.
La ley se da en un momento en el que el Kremlin impulsa una importante campaña de propaganda antioccidental, desde acusar a Estados Unidos y el Reino Unido de conspirar para derrocar a Putin hasta presumir de la capacidad de Moscú para reducir la “ceniza radioactiva” de Estados Unidos. Hasta ahora, la ley ha afectado exclusivamente a miembros de religiones “extranjeras” minoritarias: la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna, los testigos de Jehová y protestantes con raíces bautistas, pentecostales y adventistas del Séptimo Día. Los creyentes de estas religiones tienen problemas frecuentes para obtener el permiso del Estado para iglesias y templos, y a menudo no tienen más opción que reunirse informalmente en los hogares de sus congregantes.
La Iglesia ortodoxa rusa, una aliada poderosa del Kremlin que tradicionalmente ha sido hostil con los credos minoritarios, no ha sido afectada, y funcionarios ortodoxos han desdeñado las críticas a la ley, diciendo que no les impide a los creyentes el compartir su fe. Los musulmanes de Rusia, quienes suman alrededor de 10 por ciento de la población, parecen divididos, con los muftíes regionales divididos entre que si la ley es una violación crasa de los derechos humanos o una acción necesaria en la lucha contra el extremismo islámico.
Ossewaarde cree que es lo primero. Dos días después de su sentencia, recibió una advertencia de su abogado impuesto por la corte, Andrey Butenko: si él y su esposa deciden quedarse en Rusia, dijo el abogado, podrían estar en peligro. Preocupada porque la advertencia de Butenko fuera un mensaje indirecto de las autoridades, Ruth Ossewaarde voló a Estados Unidos el 22 de agosto. Donald Ossewaarde permaneció en Oriol para apelar su sentencia.
Butenko dice a Newsweek que no actuaba por órdenes de alguien y dice que su advertencia estuvo inspirada en una preocupación genuina por el bienestar de la pareja. “Todas las religiones, excepto los credos rusos tradicionales, lentamente son forzados a marcharse de Rusia”, dice. “El Estado hará lo que considere necesario hacer con el fin de lograr esto. Así es como trabajan las fuerzas de seguridad. De ser necesario, podrían hacerle algo malo a él”.
Los Ossewaarde no son los únicos que han sido afectados. A finales de julio, oficiales de policía detuvieron a Ebenezer Tuah, un estudiante de Ghana, mientras realizaba un bautismo en una piscina en Tver, una pequeña ciudad cerca de Moscú. Tuah y un grupo de connacionales ghaneses rentaron la alberca para su grupo protestante por un día, y no hubo ciudadanos rusos presentes. Los oficiales esposaron a Tuah y lo tuvieron bajo custodia toda la noche. Luego fue multado con 50 000 rublos (alrededor de 780 dólares) por “llevar a cabo ritos y ceremonias religiosos” sin los documentos necesarios (él se negó a comentar).
“Lo trataron como a un delincuente común”, dice Konstantin Andreev, un abogado del Centro Eslavo de Ley y Justicia, el cual ha presentado apelaciones a las sentencias de Ossewaarde y Tuah, y de otros acusados bajo la nueva ley. Andreev, quien también es un predicador protestante, cree que la legislación es parte de una represión más amplia a las libertades civiles desde que Putin se hizo presidente, en medio de protestas masivas, en 2012. Considera que las cortes y la policía que aplican esta ley lo hacen con un entendimiento imperfecto de esta, ya que técnicamente solo concierne a miembros de grupos religiosos organizados que tratan de convertir a aquellos que no comparten su fe. En realidad, dicen los críticos, las autoridades pueden etiquetar casi cualesquiera actividades religiosas que no se lleven a cabo en iglesias registradas ante el Estado como labor misionaria o evangelismo.
“Esta ley ha sido recibida jubilosamente por la gente con mentalidad nacionalista, quienes dicen que por fin tienen un medio para combatir a aquellos que no son cristianos rusos ortodoxos y no quieren compartir nuestras ideas”, dice Andreev.
Los mormones en particular han tenido problemas desde que la ley entró en vigor. En agosto, las autoridades rusas deportaron a seis misioneros mormones por violar los requisitos obligatorios de registro. Aun cuando las deportaciones no se vincularon directamente con la ley de compartir creencias, los analistas dicen que las expulsiones son parte de una nueva intolerancia contra las religiones extranjeras en Rusia. “Los legisladores han decidido que los misioneros son personas peligrosas”, dice Roman Lunkin, un analista de religiones en la Academia Rusa de Ciencias en Moscú.
Algunos en la Iglesia ortodoxa también han criticado la legislación. “Esta ley llanamente contradice los evangelios”, escribió Karina Chernyak, quien administra un club juvenil ortodoxo en Moscú, en un artículo para el Centro Sova, una organización sin fines de lucro que monitorea la religión y sociedad rusa. “Es la misión de todo cristiano ir y enseñar su creencia a otros. De muchas maneras, esta es la esencia de la creencia”.
De vuelta en Oriol, Ossewaarde se prepara para su apelación. Por ahora, ha cerrado su grupo de estudio de la Biblia. Un aviso en idioma ruso en la puerta de su hogar dice: “¡Queridos amigos! Hasta nuevo aviso no habrá reuniones aquí. Hay una aseveración oficial de que estas actividades son ilegales. Disculpen la inconveniencia. Donald”.