La vida en las barrancas: pesadilla en el abismo

1. BARRANCA DEL CARMEN: UN VIEJO SEPULCRO

Con fuerza descomunal y repleto de agua, el vendaval azotó la Barranca del Carmen e impuso el terror con los ruidos de árboles que crujen, puertas que se azotan, gritos de alerta. “El agua comenzó a entrar en la casa. Todo rechinaba”, dice Flor Sánchez, madre, abuela y dueña de la casa número 81 del Andador de las Flores. Aquel día del verano del año pasado amenazaba con lo peor. El agua que venía del cielo y la que caía de los cerros de Cuajimalpa en camino al río Agua Bendita había aflojado la tierra hasta volverla fango, y el cemento del piso comenzó a moverse como si flotara en arenas movedizas. Las coladeras no pudieron absorber más agua. Tapadas, su reacción fue vomitar líquido sin pausa. Al agua que caía por la loma y que venía de las nubes se sumó la del drenaje. “De pronto, la tierra se bajó”, añade Flor. Con el piso hundiéndose salió de su hogar “cuando el agua llegaba aquí”, dice, y pone su mano hasta la cadera. Afuera, sobre la escalinata de la barranca, vio el piso de su hogar sumido como si una fuerza dentro de la tierra se lo hubiera chupado. Su hija, Dalia; su nieta y su esposo, Elías, volvieron a casa más tarde: vieron una parte de su patrimonio hecha ruinas, y la otra muchos metros abajo, en la boscosa lejanía, junto a la corriente. “La mitad de la casa se aflojó y cayó al río”.

Era evidente que el pedazo de tierra que un día adquirieron en un contrato de compraventa a Rosa Pérez, “dueña” de esta reserva ecológica, nunca fue apto para construir. Era lo de menos: aunque su hogar estuviera abajo, ellos estaban arriba de la ladera. Y vivos.

A la mañana siguiente, la barranca del Carmen —habitada desde los años 80— despertó como tras un bombardeo. Esta vez, sin embargo, ningún vecino podía quejarse: todos aún existían. Podían decir que nadie corrió la misma suerte que aquella enorme familia que hace casi dos décadas llegó a la barranca desesperada por una vivienda. Por no molestar a los vecinos con su invasión eligieron como sede de su choza una empinadísima y solitaria ladera con varios metros de vacío bajo sus pies hasta que el río aparecía. “Eran 12 de familia. Rebanaron la tierra, hicieron su casita con tabique sobrepuesto y laminita de cartón —dice Flor—. Arriba de su casa quedó mucha tierra y árboles”. Jamás pensaron que tener tierra y árboles sobre sus cabezas sería una condena.

Pero un día de septiembre Cuajimalpa no descansó de lluvia. “Llovió todo el día y toda la noche. Delgadito llovía. A las dos de la mañana, cuando todos dormíamos, se oyó ¡traaas!, un horrible golpazo”, cuenta Flor. “Se escuchó un tronido como un cohete y ladraron los perros. Le dije a mi viejo: a lo mejor se derrumbó una casa”, añade la vecina Estefanía Hernández, de 63 años y madre de cuatro. Ambas mujeres dejaron sus camas y salieron al aguacero para averiguar el destino de su barranca.

Al descender y asomarse, la catástrofe: por el peso del agua, los árboles y la tierra habían empujado la choza de la familia de 12, que se deslizó metros abajo y quedó enterrada bajo montañas de fango.

Un día de septiembre Cuajimalpa no descansó de lluvia y una casa de esta barranca quedó bajo el lodo. Murieron cinco de 12 miembros de una familia.  Fotos: Antonio cruz/NW Noticias.

—¿Qué recuerda? —pregunto a Estefanía.

—La barranca se desgajó y se llevó el jacalito. Todo empezó por la caída de un árbol que arrastró un montonal de tierra.

—No había luz —añade Flor—. Fue ¡busquen palas! Mi marido y otros bajaron por la barranca. Al escarbar con su pala el lodazal con árboles caídos golpearon algo duro: era un niño muerto. Murieron cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres. El grande de 17, la más chica, un bebé de meses, además del papá que trabajaba en el panteón. Los otros hijos y la mamá, sobrevivientes, lloraban: solo Dios sabe lo que sentían —relata.

La delegada en Cuajimalpa, María Elena Martínez, reubicó a los deudos y a otras cinco familias que vivían sobre la ladera en Loma de la Papa.

La familia fue enterrada y la delegación Cuajimalpa instaló mallas ciclónicas a la entrada del abismo donde los cinco murieron. Al perímetro de la choza sepultada lo rodeó con cinta amarilla, aún visible, con la palabra “precaución”. Hoy, la bajada de la barranca —unos 200 escalones— es un depósito de pañales, latas de PVC, botellas, bolsas de basura, tierra, hojas, piedra y hediondos desechos orgánicos. “Aquí la naturaleza no perdona”, dice Flor. “Por muchos años, cada que llovía era tener al Jesús en la boca”, lamenta Estefanía en la calle por donde salieron los cadáveres de aquella familia.

A unos metros, en la misma barranca, está el predio de Flor, donde pese a la reciente caída de su casa hasta el río esta vez no hubo muertos.

Hoy, ese hogar marcado con el número 81 del Andador de las Flores ya está remodelado, listo para volver a ocuparse. Delante de una metálica cruz negra que se erige frente a la entrada del andador que es un sepulcro para los habitantes de la Barranca del Carmen, Flor jura: “Esta casa ya no se va a caer”.

Todo es fe. La autoridad jamás pasa a velar por su seguridad, juran ella y y Estefanía. No recuerdan una sola visita de alguien que revise las casas, la tierra, los árboles.

Por eso se encomiendan a Dios.

2. BARRANCA LOMA NUEVA: LA TUMBA DE GIOVANI

El río Mixcoac,una corriente de agua nauseabunda que baja desde el poniente del valle de México, es la frontera de dos mundos. En la ribera norte, la colonia Olivar del Conde presume, en lo alto de la barranca, sus lujosas torres coloridas en calles cerradas con guardias privados, el lienzo charro La Tapatía y vistas panorámicas que serían una caricia a los ojos si no fuera por la gris franja urbana en la orilla sur del río: Loma Nueva.

El amontonadero de casas en vertical no llega a colonia porque desde hace tres décadas existe como asentamiento irregular, colgado de la luz eléctrica y con un improvisado sistema de agua y drenaje. El enclave humano de Loma Nueva se limita a ser un “paraje” con casas de lámina, azoteas con antenitas de Dish rodeadas de camas viejas, fierros oxidados y banderas del PRD por aquí y allá destazadas por el tiempo: vieja propaganda electoral de las familias que alguna vez agradecieron a ese partido ayudarlos a vivir en una barranca, zona de conservación ecológica.

A los seis andadores habitacionales los flanquean arroyos con roedores y bolsas de basura generada por las 120 casas que la conforman. Pocas, pero suficientes para que sus 800 habitantes estén enfrentados en una guerra, a veces verbal, a veces física, dirigida por dos líderes que se odian rabiosamente. Aquí no hay de otra: eres de Reyes Patiño Lucas, líder de los vecinos por cerca de 20 años y removido hace tres, o de María Teresa Sánchez Mendoza, la nueva representante. Ambos se acusan de vender ilegalmente, en hasta 40 000 pesos, cada uno de las decenas de lotes donde las familias invasoras alzan sus casas. Ambos se insultan cara a cara o vía sus representados. Ambos dicen que su papel es luchar para que su antagonista deje de meter más familias en la barranca. Y ambos denuncian que las amenazas del rival han llegado hasta los machetes y que por eso han debido acudir al MP.

—¿Quién es María Teresa Sánchez? —pregunto a Reyes Patiño.

—Una oportunista amparada por el exdelegado Leonel Luna. La señora se dice “líder”: afecta la reserva ecológica, traspasa clandestinamente y vende predios en 40 000 pesos. A los invasores no les da garantías. Es de palabra y confianza. Pide el dinero y la gente es: “Dáselo, arriésgale”.

—¿Quién es Reyes Patiño? —pregunto a María Teresa Sánchez.

—Por casi 20 años fue nuestro líder, pero la gente se dio cuenta de que su interés era ganar dinero y poder político. Vea cómo vivimos. Hace tres años lo quitamos y su respuesta ha sido insultar a los vecinos, a veces con altavoz. Solo dos veces ha sido golpeado y porque él se lo buscó.

—Él la acusa de recibir hasta 40 000 pesos por cada invasor.

—¿Si yo recibiera esa cantidad tendría una casa tan humilde? —se enfada, mirando a algún punto de la pendiente donde vive con sus hijos.

El enclave humano de Loma Nueva se limita a ser un “paraje” con casas de lámina, azoteas con antenitas de Dish rodeadas de camas viejas, fierros oxidados y banderas del PRD destazadas por el tiempo. Fotos: Antonio Cruz.

En el fuego cruzado está una barranca que se desmorona y que ha causado heridos, casas desplomadas y a la que ya llegó la muerte. En la calle Loma Nueva, la más alta, el domicilio número 33 es puro silencio. Junto a su casa, los Castillo crearon un patio respetando un árbol cuyas raíces quedaron bajo la plancha de cemento y costales de arena. Las tormentas del verano aflojaron la tierra, desprendieron la raíz e hicieron deslizarse el árbol, que de paso se llevó el patio. “La arena mojada de los costales acrecentó el peso y causó el derrumbe”, dictamina Reyes.

Por fortuna, en los segundos del accidente nadie de la familia ocupaba esa área de la construcción. Al asomarse, vieron el patio caído y hecho añicos. La delegación Álvaro Obregón clausuró la casa, hoy abandonada. “Estamos en espera de que Protección Civil autorice a la familia volver a meterse”, confía el mismo dirigente vecinal.

El reciente siniestro fue algo inocuo en comparación con la desgracia de hace 25 años que marcó para siempre a Loma Nueva.

La familia Becerra improvisó su hogar en una ladera sobre costales. Durante las lluvias la tierra se reblandeció, un enorme árbol cayó en la vivienda y la deslizó hacia el río. La casa quedó sepultada bajo tierra. Josefina Becerra y su esposo sacaron de los escombros, las raíces y el fango el cadáver de su pequeño Giovani Flores, de siete años.

El ministerio público nunca deslindó culpabilidades.

Esta mañana, la líder María Teresa Sánchez ve ascender por un andador a la hermana de su enemigo Reyes, una mujer de nombre Ángela Patiño. Le suelta una acusación en pleno barranco: “Tú rellenaste el terreno de esa familia con tepetate. Chupó el agua, no aguantó y desbarrancó todo. Tú fuiste la causante de la muerte de ese niño”.

Ángela: El tepetate se bajó así, solito.

Teresa: Tú hiciste el deslave.

Ángela: No, lo hizo Camilo (su expareja).

Teresa: ¿Y con quién vivía Camilo? Contigo. Los dos rascaron el terreno, señor —me dice—, y metieron el tepetate que se vino abajo.

Ángela:Tú porque traes demandas con mi hermano me echas la culpa a mí —le responde la mujer y avanza apresurada por la calle. En el camino, su hermano sale al paso. “¡Reyes, dicen que por mi culpa se murió el niñito!”, le grita, y su hermano me encara: “¿Qué buscan ustedes, periodistas, que en este lugar nos pongamos en la madre? Ya los vi hablando con los enemigos. Lárguense de aquí, de este lugar de gente peligrosa, y busquen al diputado Leonel Luna, el responsable de toda la corrupción que hay en esta pinche barranca”.

El diputado no aceptó ser entrevistado por Newsweek en Español.

3. BARRANCA CENTLÁLPAL: DONDE EL QUE SE APENDEJA SE CHINGA

Los Camacho decidieronun día jugar al equilibrio. Sobre la loma de Centlálpal, inclinadísima ladera que por momentos traza una perpendicular con el río Atitla, los padres de Dulce construyeron hace 15 años su hogar. “La necesidad de dónde vivir”, justifica la joven enfermera madre de tres niños con los pies puestos a un par de metros del vacío.

Cavar esa tierra boscosa de Cuajimalpa, crear un terreno plano y amontonar tabiques para construir su casita de un piso no les bastó. Hicieron esa faena pero, en medio de la desolación verde, alzaron tres pisos. No los inhibió carecer de electricidad, agua, drenaje y que para alcanzar la puerta sus pies debieran hundirse cuesta arriba en el enfangado follaje. Había que tener un techo.

Para costearse la vida ocuparon una planta y dos familias más les rentaron un piso cada una. Sobre el paraje Agua Bendita, a inicios de este milenio ya tenían en medio de la naturaleza un portento de material aunque sin certezas sobre la firmeza de la tierra. Las noticias sobre casas que se inclinaban no les incumbían: eran problemas exclusivos de Chimalpa —la barranca de enfrente— o del paraje Las Galicias, donde en 2006 murieron cuatro por la caída de un talud en una barranca.

Pero un día de hace cinco años todo cambió: desde entonces el miedo los acecha. Justo en el lote abajo del suyo unos recién llegados comenzaron a construir sobre la calle Antiguo Camino a Chimalpa. Y lo que hicieron fue una obra de caricatura: extrajeron enormes volúmenes de tierra debajo de la planta inferior del edificio de los Camacho, que atónitos vieron el resultado. “Nos dejaron volando 15 metros cuadrados”, cuenta la enfermera del Instituto Ehrlich Paul. Bajo sus pies se extendía un pequeño espesor de tierra y más abajo se abría un enorme hueco. Las tres familias descubrieron que vivían sobre una oquedad y entonces se encomendaron a un milagro físico y a otro religioso: Nuestra Señora de los Dolores, patrona de la comunidad. No bastó.

En cuanto su casa careció de subsuelo la tierra se quejó: “Los vecinos deslavaron. Se desmoronaba la tierra, se hacía lodosa. Escarbaron y debajo de nuestros pies ya no había tierra. Nos daba miedo”. La inquietud se volvió pánico. Protección Civil de Cuajimalpa fue a echar un vistazo y concluyó que la obra no podía proseguir bajo la misma lógica. “La delegación nos dijo: es un riesgo. Nos iban a desalojar —recuerda—, pero la familia de la casa roja nos prometió que iba a crear bardas. Nos dijeron: verán que vamos a construir sin afectarlos”. Las bardas, su “solución”, consistía en revestir los muros de la concavidad con material, una suerte de armadura para la tierra. La delegación autorizó la obra.

—¿Y hoy cómo viven?

—La tierra abajo de nuestra ladera se desmorona como polvo —cuenta Dulce.

—¿Qué hacen?

—En cuanto tenemos esas señales y se pone grave, a correr —se ríe—. Nos vamos un tiempo porque no sabemos qué pueda pasar.

—¿Y ustedes cómo compraron aquí?

—Un contrato de compraventa con la señora Estefanía. Por ella esta barranca se llenó de familias.

—¿Y ella quién es?

—La dueña de todo, hasta del último lote de la cima junto a la carretera —dice subiendo la cabeza para abarcar el muro verde donde penden casas junto a los andadores con escalinatas—. Vayan con ella.

A Estefanía Martínez se le conoce como “la dueña de todo” en Centlálpal. “Aquí nadie se mete, ni la delegación: saben que mandamos nosotros”, sentencia ella. Fotos: Antonio Cruz.

Vamos. Blanca melena cepillada, grueso cuerpo de mujer recia, Estefanía Martínez, “la dueña de todo”, espera la entrevista sentada en silencio con elegancia de reina. En plena sala de su casa una llama ilumina el altar de su protectora, la Virgen de la Piedad.

Madre de diez, abuela de 22 y bisabuela de diez, casi no mueve el cuerpo ni la cara al hablar, pero sí alarga el brazo y el dedo índice para mostrarme desde su hogar, en lo alto de Cuajimalpa, el verde paisaje montañoso que se despliega delante muestro, sus feudos, a los que a la distancia domina: “Esa barranca de enfrente fue de mis bisabuelos, luego de mis abuelos, luego de mis padres, luego de mis tías Joaquina y Tomasa Pérez. Ahora todo es mío y de mi prima Carmen Granados”.

A la dama de 86 años ha acudido la mayoría de interesados en adquirir un lote en zona de conservación sobre la barranca del río Atitla desde los años 80, en días en que las casas de tejamanil se tornaron obra sólida. Durante casi cuatro décadas ha extendido contratos de compraventa que establecen magnitud, ubicación y precio del lote.

—¿Cuántos terrenos habrá vendido en la loma de Centlálpal?

—(Se carcajea) ¿Para qué le digo?

—¿Un aproximado?

—(Niega con la cabeza).

Jovencitos en época de la Revolución, sus abuelos, “personas pobres de calzoncillos y huaraches”, cortaban y raspaban magueyes para hacer pulque. Luego compraron pedazos de barranca, donde paseaban vacas, acémilas, caballos y borregos. Los animales ayudaban al pueblo a alimentar a los niños que inflamaban a las multitudinarias familias cuya descendencia Estefanía hoy invita a casa cada 15 de septiembre. La razón: ella esa la patrona, una especie de madre de todos.

“Preparo 100 kilos de mole para el pueblo. Pasilla, mulato, cacahuate, ajonjolí, chocolate, nuez, avellanas, almendras. Sabroso”, sonríe por primera vez y cuenta que su esposo, campesino de Coatepec Harinas, la ayudó a talar el monte para que sin los árboles la gente le comprara terreno llano apto para construir con material pese a la violenta pendiente que marea a todo el que voltee hacia abajo.

—¿Nunca la delegación le ha dicho: a ver, qué esta pasando aquí?

—Nunca. Antes tirábamos árboles y la delegación no se metía. Éramos propietarios y los propietarios mandábamos. Con la madera hacíamos carbón. Mi esposo tiró todo el árbol con machete y hacha. Nadie dijo: ¿por qué tiran todo ese árbol? Los tirabas, hacías milpa y nadie protestaba. Caían cedros, ailes, ocotes, oyameles, jalocotes, pinos.

—¿Y los deslaves? Una persona que le compró cuenta que…

—Nada de eso, es terreno seguro —interrumpe negando con el índice.

—¿La delegación se molesta de que construyan en zona ecológica?

—Aquí nadie se mete, ni la delegación: saben que mandamos nosotros.

—¿Ustedes piden permisos para vender?

—No pedimos permiso. Aquí es la “ley de la gringa”: el que se apendeja se chinga (alza los brazos, cierra los puños y los baja de un jalón hasta su cadera cuando pronuncia “se chinga” y se carcajea). Nosotros somos propietarios y nosotros mandamos —repite doña Estefanía, camina a su patio y vuelve a señalar la barranca tapizada con casas de tabique que fueron arrasando el ecosistema. “Todo eso es mío”, insiste “la dueña de todo” mirando al punto donde viven Dulce, sus hijos y decenas de otras familias que temen a los deslaves.

La anciana vuelve a sonreír: “En este pueblo mando yo. Aquí las faldas mandan”.

4. BARRANCA SAN PABLO CHIMALPA: EL AGUA FORMÓ UNA LAGUNA

Las cuevas,las hondonadas y las cañadas complicaban en Cuajimalpa el paso a caballo de cualquiera, pero no el de las tropas carrancistas. Desafiantes, galopaban seguras. Su ambición no hallaba obstáculo, pero todo tiene límite y el suyo era San Pablo Chimalpa. En ese pueblo los valientes dejaban de serlo: aunque quisieran secuestrar, matar, violar, al llegar ahí esos hombres fieros no se arriesgaban a trepar la muralla de fango y follaje tupido donde a inicios del siglo pasado los pobladores se resguardaban en chozas de madera que retaban a la gravedad.

Empinada hasta paralizar con su vértigo a los osados que se asoman en sus peñascos, la barranca fue en la Revolución una trinchera a la que aquellos soldados miraban con respeto. Pasaron los decenios y las ligeras casas de tejamanil mudaron en pesados hogares de tabique que retaron a la naturaleza alzándose sobre el subsuelo lodoso.

“¿Han ocurrido cosas a todas estas personas que viven aquí?”, pregunto al policía de la patrulla DF 411 P1. “Desgajamientos”, dice. “¿Me cuenta?”, le pido. “Hace dos años —responde, y calla arrepentido—… No puedo dar entrevistas”. Hunde el acelerador.

Frente a su coche se abre un enorme amasijo cúbico de casas sin pintura, desnudas, heladas, habitadas por cientos y ensartadas en una ladera que escupe mechones verdes, memoria moribunda de lo que un día fue un bosque aromático. Cada casa mira al río como el insensato que coquetea con el abismo poniendo un pie en la cornisa. Justo ese es el sitio donde Columba Hernández compró un terreno hace más de medio siglo. Huía de una desgracia tras otra y creyó a Chimalpa buen lugar para aferrarse a la vida, pues ese lugar parecía el fin del mundo. Huérfana a los tres años, en su natal Atlixco había perdido a su hijito, luego a su hija y después a su esposo por causas naturales que la mujer de 86 años refiere con frases inconexas, embrollada en un pasado del que huye.

En un cuartito desde el que se miran los cerros, oye a la Rondalla de Saltillo cantar “…te vas, nuestro amor no pudo ser”, y guarda en su mesa de luz un viejo libro que en una página dice: “Brazo poderoso de mí, Jesús / ante ti vengo con toda la fe de mi alma / a buscar tu consuelo en mi difícil situación / no me desampares Jesús mío”.

Ese rezo Columba no lo ve, solo lo toca. La ceguera ya solo le deja ver siluetas luminosas “como difuntos aparecidos”.

Columba Hernández vive en estas barrancas desde los años 50, y hace dos años su hogar quedó atrapado bajo una avalancha. “Se desbarrancó el terreno de arriba, el agua reventó”, explica. Fotos: Antonio Cruz/NW Noticias.

Huérfana, viuda y sin hijos con apenas 29 años, tomó un autobús, dejó su comunidad poblana y buscó lo que ya desde aquel 1950 era lo más barato de lo más barato: un lote en una barranca. Hasta hace dos años no le habían tocado las frecuentes desgracias de vivir justo arriba de uno de los elevados quiebres que crea en la tierra el paso del agua.

Pero un día de la época de lluvias de hace dos años el agua persistió mañana, tarde y noche. Duro que dale, lloviznas y trombas.

Frente a la casa de Columba, en la tortillería de la calle Prolongación de Juárez, Eduardo Lara vio cómo se inundaba el colindante terreno verde de enfrente, un declive en el que se alzaban cinco árboles de unos 20 metros de altura en una concavidad natural. “El agua formó una laguna”, dice el dueño del negocio. Justo cuando la noche estaba por iniciarse, las calles en pendiente se volvieron torrentes sobre los que los autos perdían piso. Los frenos de mano no pudieron amarrar unos 15 aparatos que en su descenso enloquecido horrorizaban a la gente que corriendo eludía toneladas patinadoras de fierro. Y entonces un alud causado por esa “laguna” se deslizó desde el monte y aprisionó el auto donde se refugiaba don David Téllez, vecino de esta área del poniente capitalino. “El señor esperaba a que la lluvia pasara y por el peso de la tierra que se vino encima su carro quedó como acordeón”, añade Eduardo, que se unió a la espontánea brigada de salvamento vecinal. A paladas, con manos y ropas chorreantes bajo la tormenta sacaron con vida a don David. El alivio duró poco.

Las cascadas recién formadas, el fango y la tierra volcándose desde arriba se unían como un coloso capaz de patear a los árboles más grandes. La tromba los arrancó desde sus raíces con la energía de toneladas de tierra y rocas. El destino del amasijo natural fue la casa de doña Columba. Espantado, Eduardo salió a rescatar a su vecina en instantes en que los chimalpenses ya entraban al hogar semisepultado. “Nos pusimos a remover”, recuerda el tortillero. Al griterío se sumaban el sudor y el músculo de hombres y mujeres que buscaban el cuerpo, cuando alguien apareció. Era doña Columba: “Les dije que llovía tanto que me dio miedo y fui aquí al lado con Adela”, recuerda que les explicó a las caras de pánico.

—¿Cómo estaba su casa al regresar?

—El agua cayó fuerte. Se desbarrancó el terreno de arriba, el agua reventó. Bajó la corriente: tiró árboles, la barda de piedra y mi puerta se la llevó hasta abajo. Perdí mis plantas, la cocina, y cuando los vecinos quitaban escombros alguien se robó mi tanque de gas —ríe Columba, que me señala a un milagroso sobreviviente de su jardín: una higuera.

—¿Están ricos sus higos?

—Los pajaritos no le dan paz. No dejan ni uno —vuelve a reírse.

Aunque el destino le arrebató lo más amado, ríe mucho.

No le faltan alegrías. La mejor, su propia vida, contra la que no ha podido ni la furiosa barranca de Chimalpa.

5. BARRANCA HOGAR Y REDENCIÓN: SUEÑO LLAMADO REUBICACIÓN

Un escalón,y otro, y así 50 escalones más y aún no llegamos a la cima. “¿Está buena la subida? No hemos instalado elevador”, bromea un vecino del paraje Hogar y Redención testigo de nuestro ascenso agitado. Reímos en la pendiente de la barranca con los últimos vestigios pulmonares, y cuando advierte nuestros pasos lerdos, como si en nuestras piernas corriera engrudo, remata sonriendo: “Ya solo les faltan 100 escalones”. La verticalidad extrema de este muro de piedra sobre el río Mixcoac hace que, si uno alza la cabeza, solo vea escalones que desembocan en un invisible punto remoto de la avenida Centenario.

Pero aquí la historia es distinta: no fueron habitantes desesperados por un hogar quienes invadieron la reserva ecológica. Fue el gobierno local que no supo qué hacer el día de hace cerca de 16 años en que la presa La Araña se reventó por las lluvias, inundó los 60 hogares que estaban a la altura de la corriente. De todas las casas, el agua incontrolable se llevó ocho que se unieron a las toneladas de desperdicios pestilentes que en este punto de la delegación Álvaro Obregón se han acumulado durante medio siglo. “Las casas se cayeron por la tierra que deslavó la presión del agua. Nos reubicaron en las faldas”, dice Rosario Ambriz, la joven dirigente vecinal, y saca un montón de papeles para probar que no están aquí por placer, sino porque ese fue el mandato oficial. Las 60 familias acataron la orden del gobierno, construyeron sus casas picando la roca, cavando la tierra, expulsando el fango, y nombraron a una dirigente: Infra Lázaro.

La otrora hermosa barranca verde mutó en la caótica forma que le dan decenas de casas de ladrillos encimados unos sobre otros con tubos de desagüe que escupen sus aguas negras al cauce del río. Foto: Antonio Cruz.

La hermosa barranca verde mutó en la caótica forma que le dan decenas de casas de ladrillos encimados unos sobre otros con tubos de desagüe que escupen sus aguas negras al cauce del río, tal como lo hacen hasta hoy las cercanas colonias de Santa Lucía y Panteón Jardín.

Por esos días, la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda envió un dictamen que advertía: el paraje Hogar y Redención es momentáneo, pues el tepetate del subsuelo se desgaja con la humedad y hay riesgos de derrumbe.

El gobierno les hizo una oferta: pronto el Instituto de Vivienda (Invi) les daría departamentos de interés social con que comenzaría su nueva vida. “(Para) mejorar las condiciones de vida del predio denominado Hogar y Redención se llevará a cabo el reordenamiento urbano de dicho asentamiento, el cual consta de 70 familias”, indica el documento.

Pero la espera fue larga. Pasaron seis años para que 30 familias fueran reinstaladas junto a San Lázaro y en la colonia Llano Redondo. Y en ese periodo, Hogar y Redención pasó de ser un andador con unas cuantas casas a una urbanización mayor. La primera representante del paraje se había ocupado de talar para que nuevas familias venidas de otras regiones se instalaran, afirma su sucesora: “Infra Lázaro trajo 20 familias desconocidas y el reordenamiento las incluyó. Y nosotros, los que tenemos 16 años ensuciándonos en los lodos, aquí seguimos”.

—¿Qué efectos tiene la vida en una barranca?

—Se cuartean las escaleras, el cemento se bota ante la presión con que corre el agua. Se resquebrajan los muros por la humedad y las raíces de los árboles que están debajo nuestro avientan hacia arriba los suelos de las casas. Y como es un área de valor ambiental no se puede hacer nada: está prohibido meter materiales —explica.

Amarillo de cepa, al paraje lo ilusionan las promesas de un político del PRD. “Esperamos que el diputado Leonel Luna (no aceptó una entrevista de Newsweek en Español) etiquete recursos del Invi en la Asamblea Legislativa y nos reubique”. En la entrada del predio, bajo un impresionante diablito donde se enredan cientos de cables multicolores que roban la electricidad para dotar a las casas, una enorme manta da la bienvenida a todo el que visite Hogar y Redención: “PRD-DF para tu bien gobierna y legisla para tu bien”. En la casa más elevada de la barranca, Leonor Alavés, madre de seis, reclama: “Ya es mucho tiempo aquí, ya es hora de que alguien se compadezca de nosotros”.

A mitad de la ladera, Rosario, la líder vecinal sale a la escalinata que recibe la luz blanca de la mañana tras una noche de lluvias furiosas. “Gracias a Dios —sonríe— hemos salido airosos de los desastres naturales”.

Metros abajo, frente al abismo natural, un altar de Jesús luce repleto de botellas de agua Santorini llenas de flores.

Hogar y Redención reza ahí por la firmeza de su barranca.

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Un drama sin gobierno

A la vida en las barrancas la azota el caos.El descontrol del gobierno se suma a los graves riesgos que corre ahí la vida humana. Cada año, durante la época de lluvias las noticias de deslaves y derrumbes, a veces fatales, se reproducen. Las estadísticas de asentamientos en barrancas con que cuenta la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la CDMX (PAOT) datan de 1998. Miguel Ángel Cancino, titular de ese órgano responsable de procurar la ordenación de los enclaves humanos en suelo de conservación ecológica, admite que sus bases de datos son de hace casi dos décadas. En esa época había 74 barrancas habitadas que sumaban unas 11 500 viviendas, cada una con entre cuatro y cinco ocupantes. Es decir, poco más de 50 000 personas vivían ahí. En 18 años la cifra aumentó “por la invasión hormiga y el desdoblamiento de los asentamientos”, advierte el funcionario, pero no tiene idea de los números actuales.

Para conocer la realidad de la problemática, Newsweek en Español buscó a los titulares de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda (Seduvi), de la Secretaría de Protección Civil, de la Secretaría de Medio Ambiente, del Invi y al diputado Leonel Luna, señalado como personaje clave en asentamientos en barrancas de la capital. Al cierre de esta edición ninguno aceptó una entrevista.

Cancino, procurador ambiental, no recuerda un solo desalojo en barrancas en la Ciudad de México en los cerca de 15 años de labor de su dependencia, pese a que los Programas de Desarrollo Urbano delegacionales en los que su institución ha participado con la UNAM y la UAM alertan del riesgo de que decenas de miles vivan en pronunciadas pendientes que se están deslavando.

—¿Cuál es el estado de las barrancas en la ciudad que son asentamientos humanos?

—La problemática persiste y el riesgo viene con las lluvias. Sabemos que en Álvaro Obregón hay viviendas de cemento y ladrillo sin cimientos. Vivir en barrancas implica remover vegetación: por eso el suelo no retiene el agua, que al bajar en grandes caudales crea problemas.

—¿Cuántas resoluciones de desalojo por riesgo ha hecho la PAOT desde que existe, hace casi 15 años?

—No lo tengo claro.

¿Ha habido algún desalojo por riesgo?

—No.

—¿De qué sirven los diagnósticos que ustedes hacen con la UNAM y la UAM si, como me dice, jamás se hizo un desalojo?

—Tema difícil. Tenemos información, pero falta que se tomen (decisiones).

—¿Alguna vez el gobierno de la Ciudad de México les ha dicho “tras el estudio que me hiciste reubicamos a los pobladores de tal barranca”?

—Tal cual, no.

—Habitantes señalan a Leonel Luna (diputado local del PRD y exdelegado en Álvaro Obregón) como alguien clave en las invasiones. ¿Sabe algo?

—Es un tema con una vertiente política. (Los políticos) garantizan la seguridad de las personas o la reubicación.

—¿Y ayudan a crear asentamientos?

—Hasta ese nivel (de investigación) no llegamos: solo (indagamos) los efectos (de la vida humana) sobre la estructura de la barranca.

—¿Hay barrancas cuya situación esté regularizada?

—La propia Comisión de Derechos Humanos (de la Ciudad de México) obliga a las delegaciones a dotar de agua a los asentamientos irregulares. Le hemos dicho: ojo, existe el derecho humano a la vivienda, pero hay otro derecho humano, el de la protección de los recursos naturales.

—¿Hay una distracción deliberada? ¿El gobierno local deja pasar el problema de la vida en las barrancas?

—No tengo información.

—¿Cuál es la situación numérica de las barrancas con asentamientos?

—En suelo de conservación hay 74 barrancas con cerca de 11 500 viviendas, cada una con entre cuatro y cinco habitantes. Su longitud es de 232 kilómetros cuadrados. Pero son datos viejitos, esto que te doy es de 1998.

—¿Trabajan con datos de hace 18 años? ¿Es la última contabilización?

Cancino asiente.

—(Contabilización) Oficial, de la Seduvi. Y después están las 22 barrancas de valor ambiental en suelo urbano… pero de estos datos tengo dudas.

—¿Es factible reubicar (a más de 50 000 personas)?

—Necesitamos política pública. Hay casos donde puedes crear condiciones para que los asentamientos se mantengan.

—¿Son comunes las denuncias por invasiones en barrancas?

—No hay, sí hay (sic).

—¿Cuántas?

—Muchas.

—¿Las comisiones en la Asamblea Legislativa que se deberían ocupar del asunto (Atención a Grupos Vulnerables, Preservación del Medio Ambiente y Protección Ecológica y Cambio Climático, Desarrollo e Infraestructura Urbana, Protección Civil) los buscan a ustedes para intercambio de información?

—No.

—¿Como se previenen las invasiones de barrancas en la ciudad?

—Con vigilancia.

—¿La hay?

—No te da el recurso para hacerlo. Un ideal nuestro es tener sistemas de monitoreo de lo que pasa con los asentamientos en suelo de conservación. Pero necesitas muchos recursos y tecnología.

—¿Cuanto personal de la PAOT trabaja en las 74 barrancas?

—20 personas. Y es un número forzado: 20 son muchos.